Al dibujar tu mirada…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miré sus ojos. No había visto otros tan bellos. Y me gustaron sus pestañas. Me encantó ella. No necesitó maquillaje para inventar su belleza… ya la tenía

Al dibujar tu mirada, Dios sustrajo colores de la primera flor que brotó en el mundo y de los jardines de su paraíso, con el brillo e intensidad de las estrellas que aparecen cada noche en la pinacoteca celeste. hasta mezclarlos en su paleta de artista y deslizar los pinceles sutilmente. Al pintar tus ojos, el artista de la creación derramó agua que se transformó en cristales, en corriente de mágica belleza e ilusión que te conecta con la esencia y el barro, con las alas y las manos, con la vida y su policromía. Al pasar, una y otra vez, los pinceles sobre tu mirada, plasmó el espejo del infinito y los reflejos de la temporalidad, las tonalidades de la alegría y la verdad, la gama que se convierte en música cuando se le mira. Al dibujar e iluminar tus ojos, el pintor impregnó el encanto de tu mirada y la fórmula de la inmortalidad. Al pintar tu mirada, Dios derramó dos lágrimas tras experimentar en sí la emoción de crear algo más que dos diamantes. Al crear tus ojos, no olvidó que algún día, al fijarme en ti, me descubriría retratado, me mostrarías el reflejo de la vida y me conducirías a tu ruta interior, a parajes donde eres yo y soy tú, al punto de encuentro con la esencia y la tierra. Al pintar tu mirada, el artista de la creación me incluyó, aunque parezca la locura de un amor.

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Mi vocabulario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En mi lenguaje, aparecen letras bellas con las que formo tu nombre y pronuncio sentimientos que te consienten y envuelven para llevarte a un mundo mágico y de ensueño. En mis palabras hay amor, sentimientos, realidades e ilusiones. En mi vocabulario,, te descubro cada instante

Mi vocabulario incluye todas las letras del abecedario, abrazadas en ecuaciones que dan por resultado palabras sublimes y bellas. La primera expresión, sin duda, es Dios, acompañada de los nombres de mi familia, el tuyo y los de la gente que tanto amo. Me resultaría imposible, majadero e ingrato hablar con un estilo diferente e incluir palabrejas que se mezclan con el lodo, y más cuando hablo contigo o con ellos, los de siempre. En mi diccionario no detecto términos despectivos ni relacionados con el miedo, la traición y el odio; pero descubro, en cambio, los signos del amor, el idioma de los sentimientos, el vocablo del bien y la verdad. Es un lenguaje que se traduce en poema, en canto, en susurro. Desde mi infancia azul y dorada, mecida en el terciopelo de las flores que crecían en los jardines y las macetas de la casa solariega, seleccioné el vocabulario más excelso -el que pronuncia Dios, el que susurra el viento, el que la lluvia convierte en rumor, el que cantan los ángeles, el que se vuelve concierto al expresarlo la vida, los pájaros, la nieve, el océano, la naturaleza-, quizá con el presentimiento de que algún día, a cierta hora y en determinado lugar, lo utilizaría para escribir un poema inspirado en ti o tal vez con la idea de halagarte cuando eres dama y ángel, o acaso con la finalidad de decir, simplemente, te amo, me cautivas y te admiro. No sé hasta dónde llegan las palabras cuando uno las pronuncia enamorado; pero supongo que se dispersan y proyectan aquí y allá, en un espacio y otro, en un itinerario que conduce a paraísos insospechados, a un cielo que palpita en el alma y se presiente eterno. Seguramente mi vocabulario parece evocación perdida, náufrago de otras horas, fragmento que anda en el destierro; no obstante, es auténtico, el que un día me convierte en poeta y en otro momento me transforma en caballero que halaga a la dama y musa de mi existencia que defino en ti. En las palabras y expresiones distingo si hablo con gente educada, amable, evolucionada y dulce, con valores, o si se trata de personas groseras, necias y de sentimientos negativos. Hoy preparo, al revisar mi diccionario, el lenguaje de los ángeles para componer y dedicarte el más hermoso de los textos poéticos.

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Pedro Infante en Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la tumba del abuelo. El nombre y los apellidos continúan inscritos en la lápida. La memoria no falla. La hojarasca y la tierra, en alianza con el sol, la lluvia y el viento, se empeñan en esconder la identidad del hombre, quien desde la década de los 40, en el inolvidable e irrepetible siglo XX, yace en el sepulcro, entre el silencio, los rumores y la soledad del Panteón Municipal de Morelia.

Las ramas de los árboles corpulentos se balancean y crujen al recibir las caricias del aire. Proyectan sus sombras jaspeadas sobre las lápidas y los monumentos mortuorios, hasta que la cortina del anochecer desciende y aparecen la luna y las estrellas en el firmamento.

Las hojas que cubren la tumba abandonada, han soltado aceite y manchado la placa pétrea en la que aparecen los datos del abuelo Domingo Cruz Acosta. Algunos, quizá, preguntarán quién fue ese hombre cuyo sepulcro permanece desolado, entre los murmullos y el silencio de la vida y la muerte.

Es él, don José Inés Estrada Ramírez, quien nació en 1935 y a sus 84 años de edad camina por los parajes y calzadas del cementerio moreliano, fundado durante postrimerías del siglo XIX, en la época del Porfiriato, en la capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México.

Camina el hombre como desafiando al tiempo. Coincidimos, como siempre, en algún sitio y me acompaña hasta la tumba solitaria de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del fallecido actor y cantante que millones de mexicanos han convertido en ídolo, Pedro Infante, Pedro Infante Cruz, si hay que escribir su nombre completo.

Don José Inés Estrada Ramírez, a quien estimo y ha hecho favor de concederme su amistad, es nieto de don Fermín Ramírez, primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, a final de la decimonovena centuria. Ese hombre fue enviado por el acaudalado y poderoso dueño de la Hacienda La Huerta, don Ramón Ramírez Núñez, primer presidente formal, en 1896, de la otrora Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, hoy de Comercio, Servicios y Turismo.

Aquel velador Fermín que presenció los fusilamientos que ejecutaban los solados en el cementerio y quien fue hombre longevo, tallador de lápidas de cantera, moró gran parte de su existencia en el interior del cementerio, donde nacieron dos de sus hijas, María y Carmen Ramírez. La primera, María, fue madre de don José Inés.

Si alguien, en nuestros días, conoce la historia y el mapa del cementerio ubicado en el antiguo predio El Huizachal, antaño perteneciente a la Hacienda La Huerta, es don José Inés Estrada García, hijo del primer artífice de sepulcros modernos, a partir del siglo XX.

No sin antes expresar “entiendo que eso es la vida, un paseo temporal en el mundo y el tránsito inmediato a la muerte”, el hombre, propietario de uno de los talleres de monumentos mortuorios de mayor tradición en la ciudad de Morelia, abre los expedientes de su memoria, escudriña los datos resguardados en su memoria, repasa los muchos días del ayer, cuando en 1954, a sus 19 años de edad, inició su convivencia con el actor y cantante Pedro Infante.

Sentados en una tumba, mientras recibimos las caricias del viento otoñal, repasa la historia y declara: “Pedro Infante llegaba al Panteón Municipal de Morelia cada tres meses. Aparecía de improviso, vestido de charro o con un traje elegante. No tenía fecha exacta para llegar. Previamente, me buscaba en el taller y me saludaba con mucha cortesía. Me abrazaba. Entonces lo acompañaba al cementerio”.

Y prosigue el hombre: “con frecuencia se trasladaba en un Cadillac corto, muy bonito y lujoso. Con él viajaban su madre y la actriz célebre del momento. Sí. Lo acompañaron innumerables actrices y cantantes”.

El hombre admite que quien más le impresionó fue Miroslava -Miroslava Stern o Miroslava Sternová Beková-, no solamente por su belleza y porte, sino por su estilo. “Era una mujer refinada, no tan superficial ni escandalosa como otras de las actrices y cantantes. Aunque en esa época la gente aseguraba que era una mujer nerviosa e irascible, conmigo y con los acompañantes, en el Panteón Municipal de Morelia, se comportaba con cortesía. Eso la hacía más hermosa, cautivante y extraordinaria”.

Relata don Fermín, a quien todavía lo buscan clientes de hace media centuria, que Pedro Infante se sentaba en una banca, a la entrada del cementerio, al lado de su madre, María del Refugio Cruz Aranda, y de la actriz o cantante que lo acompañaba, de sus hermanos Ángel y Pepe, de algunos amigos y de los sepultureros. “Mi familia también asistía a las reuniones trimestrales”, admite.

Agrega don Fermín que “aunque Pedro Infante llevaba guitarra, cantaba sin el acompañamiento del instrumento musical. Todos participábamos en la convivencia. Conversábamos y reíamos”.

Posteriormente, añade, “nos trasladábamos hasta la tumba de Domingo Cruz Acosta, su abuelo materno, donde proseguíamos con las canciones y la convivencia. Quien se alejaba, por su carácter altivo, era Ángel Infante Cruz; sin embargo, Pepe, el otro hermano, era simpático, platicador y agradable”.

Durante sus años juveniles, antes de ser actor y cantante famoso, Pedro Infante “vivió en Morelia, en la calle Ortega y Montañez, Èl y su familia moraban en la contraesquina de una vecindad a la que los morelianos denominaban “La Chata”, cerca de García Obeso”, refiere don José Inés, quien explica que “el taller de carpintería se localizaba en el centro de la ciudad, en Miguel Silva, muy cerca de 1º de Mayo y Plan de Ayala”.

Habría que hacer un paréntesis para mencionar que de acuerdo con testimonios de personas que nacieron alrededor de 1930, en Morelia, Pedro Infante, que entonces era carpintero muy joven, tenía relación sentimental con una señora que vivía al poniente de la ciudad, cerca de la avenida Francisco I Madero, por las instalaciones de lo que actualmente es el Instituto Mexicano del Seguro Social.

“Pedro y Pepe Infante Cruz confiaban en mí. Me ofrecieron su amistad. Yo era muy joven entonces”, relata don José Inés, quien manifiesta que el otro hermano, Ángel, trataba a la gente con desprecio, “y tan mal se portó conmigo, que rehusó que yo realizara algunos trabajos sepulcrales. Me consideraba muy joven e inexperto. Prefirió que un señor a quien los morelianos conocían como Tato, con experiencia en un taller de mosaicos, efectuara el trabajo. Ese señor no cumplió ni entregó el trabajo encomendado”.

Dentro de sus remembranzas, José Inés cuenta que alguna vez la madre de Sonia Infante, Consuelo López, le solicitó la elaboración de un trabajo. Al ir a su domicilio, en Morelia, a cobrar la tarea, Sonia Infante abrió el portón “y casi me corrió; pero afortunadamente llegó su madre y le ordenó que se marchara. Me pagó y comentó que la muchacha era grosera y que había heredado la altivez y grosería del padre, Ángel Infante. Me percaté de que tenían una gran reunión en casa”.

La caminata de las horas es impostergable. Tras lavar la tumba del abuelo Domingo Cruz Acosta, don José Inés no olvida que después de la muerte de Pedro Infante, registrada en 1957, su hermano Pepe continuó con la tradición de visitar el sepulcro de su antepasado, en recuerdo, quizá, de aquellas tertulias trimestrales. “Pepe solía beber. Ya ebrio, el buen amigo iba al taller y me pedía que lo acompañara hasta el sepulcro de su abuelo porque olvidaba la ubicación”.

La muerte es compañera inseparable de don José Inés Estrada Ramírez. Siempre lo ha acompañado, y como él dice: “un día reposaré en este lugar”. En ese sitio vivió su abuelo Fermín. En el cementerio nacieron la madre y la tía de don José Inés, quien jugó entre las calzadas y las tumbas. Su abuelo tallaba lápidas en cantera y su padre fue el primer artífice de monumentos sepulcrales de la época moderna en Morelia. Él elabora lápidas y sepulcros. Conoce la historia del Panteón Municipal de Morelia.

Lo abrazo con gran emoción y afecto, como siempre. Acordamos reunirnos próximamente con la idea de convivir en algún paraje del Panteón Municipal de Morelia, donde almorzaremos. Habrá que desenterrar historias antes de que la desmemoria se nos adelante.

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Plagian fragmento de obra al escritor y periodista Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quien plagia una obra artística o intelectual, minúscula o extensa, no se respeta a sí mismo, y menos al autor original y a su público. Es un fraude que equivale a colocarse una máscara de vedette para recibir aplausos y reconocimiento.

Tal atrevimiento, siempre ha existido y es, hasta la fecha, tentación y manjar de aquellas mentes superficiales y mediocres que, igual que los zánganos, viven de lo que otros producen porque ellos, dentro de su estulticia, pereza mental o insignificancia, son incapaces de emprender algo extraordinario.

El plagio de textos, en internet, es práctica cotidiana en todo el mundo, como antaño lo fue entre quienes copiaban y robaban fragmentos u obras completas de documentos y libros, para presentarlos como de su autoría y obtener beneficios personales, desde calificaciones escolares y “aportaciones” de ideas en sus centros laborales, hasta con la intención perversa de engañar a sus lectores con la idea de que tienen capacidad y talento.

Hoy, el internet facilita a los raptores de obras, totales o parciales, en sus fechorías. Se trata de actos que resultan inmorales e ilícitos; sin embargo, la tecnología actual los delata y coloca en el sitio vergonzoso que merecen. Finalmente, el mismo medio que utilizan para robar, los delata. El maquillaje se desvanece y quedan al descubierto.

Como escritor y periodista, siempre me he respetado. Respeto a mis lectores y mis obras, independientemente de que sean libros o publicaciones cotidianas en los medios de comunicación. Mi primer libro fue publicado cuando tenía 20 años de edad; además, ejerzo el periodismo con ética y responsabilidad desde hace tres décadas.

En consecuencia, hoy denuncio públicamente, a través de los medios de comunicación, las redes sociales y mi espacio oficial como escritor y periodista, santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com, el plagio parcial de mi texto “Gota de agua”, por parte de la administradora y propietaria del blog “Estaba en un cajón”, quien le cambió el título por “Somos agua”, idea que planteo en esa obra.

Ella, la bloguera, raptó tres párrafos de los 102 que componen mi texto “Gota de agua”.  La publicación que hizo de tres párrafos de mi texto, con las fallas naturales del traductor, se encuentran en francés; yo lo hice en castellano.

Generalmente, mis publicaciones cuentan con el respaldo legal de Derechos de Autor. Hago pública esta denuncia porque considero justo y sano delatar a quienes se dedican a plagiar obras y engañar a sus lectores, hecho que diariamente enfrentan innumerables páginas y blogs en todo el mundo.

Me permito presentar el enlace de mi texto publicado en mi espacio oficial de escritor y periodista: https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2019/11/04/gota-de-agua/. Este es el vínculo de los tres párrafos raptados, que encontrarán en el blog “Estaba en un cajón”: https://avimelech24.wordpress.com/2019/11/06/suntem-apa/?fbclid=IwAR0FB253O0WeXfuWKPFGM8IVjpzbUNQDU-iFUl0VENJL5eNgcHFDVkQgrzc.

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Plagio de mi obra “Gota de agua”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con molestia, acabo de descubrir que alguien plagió un fragmento de mi texto “Gota de agua”, el cual se encuentra protegido por Derechos de Autor. Modificó el título por “Somos agua” y presentó un trozo del mismo. Siempre he respetado a los autores y blogueros; sin embargo, me parece inconcebible, mediocre, perverso e ilegal que alguien robe material artístico e intelectual para lucirse ante su público. Lo que esta persona hizo, es un delito y un fraude a sus lectores. Este es el enlace de mi texto “Gota de agua”: https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2019/11/04/gota-de-agua/, y este es el vínculo del fragmento de mi obra plagiada: https://avimelech24.wordpress.com/2019/11/06/suntem-apa/?unapproved=3479&moderation-hash=9b9508b34b79ef6adc432a22feab328e#comment-3479. Exijo a la dueña de ese blog aclare mi autoría o retire ese texto. Todos los autores y blogueros tienen mi respeto. Mucho valoraré si me ayudan a difundir este caso porque hoy tocó a mi texto ser plagiado; mañana puede suceder lo mismo a otro autor.

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Amor de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si te llevo a mi poemario? ¿Y si ya dentro, entre las páginas, saltamos ilusionados, corremos alegres, tomamos nuestras manos y giramos enamorados? ¿Y si patinamos sobre las páginas blancas, con ambiente y textura de nieve, hasta dibujar letras, trazar palabras y escribir historias? ¿Y si, inseparables, pedimos al viento que sople y arrastre los textos poéticos a otras fronteras, a fechas y rumbos distantes y cercanos, para que todos, en este y otros mundos, escuchen y comprendan el amor que te escribo? ¿Y si navegamos entre una nota y otra, en las partituras? ¿Y si nuestro velero es mecido por las olas del silencio y los rumores? ¿Y si paseamos por las canciones que a ambos encantan, por las sinfonías de imponente majestuosidad y subyugante belleza, por los conciertos de la mañana y la noche? ¿Y si te pinto en un lienzo junto a mí, en una casa de cristal rodeada de flores? ¿Y si te llevo a mi buhardilla, a nuestro refugio del arte, y te transformas en mi musa y convierto tu voz en el más bello y sublime de los adagios? ¿Y si, tú musa y yo artista, confieso que te amo?

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Gota de agua

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Canto, poema, concierto. Eco y fragmento, parece, de algo muy cercano y, a la vez, distante, que se percibe en uno y flota en el ambiente. Trozo de paraíso resguardado en la memoria y en los sueños, presente cada día en la vida, mezclado en la esencia y en el barro.

Poesía con mirada, voz y piel de agua. Escultura de hielo que se forma en la cumbre y envuelve pinos y rocas. Partitura con voces de lluvia, algarabía de cascada y lenguaje de olas. Lienzo diáfano y policromado que pinta el lago rodeado de árboles. Sabor a Tierra e infinito, fragancia mundana y celeste, tonalidades claras y oscuras, textura suave y mágica. Agua.

Somos agua. El escultor del universo talla el rostro, da forma a las manos y a los pies, esculpe el cuerpo entero, dibuja y pinta los ojos, maquilla la cara, hasta que, al concluir su tarea, en su buhardilla de artista, sopla, pronuncia algunas palabras y transmite el aliento de la vida. El agua fluye. Es la esencia, la fórmula, el elíxir. Es la existencia.

Agua que canta al brotar de las entrañas terrestres, agua que refleja la inmensidad del cielo azul con su sol y sus nubes y el enigma de la noche con la luna de sonrisa de columpio y los luceros que brillan en el firmamento, agua que se transforma en gotas diáfanas de lluvia, agua de níveo aspecto que decora y pinta el escenario de blanco y abraza bosques y aldeas con su temperatura de hielo, agua que hierve en la profundidad y contiene el sabor de los minerales y la tierra, agua que se deshiela, agua que repite los susurros de la vida, agua que es manantial y lago, agua que es cascada y río, agua que es laguna y estero, agua que es mar.

El agua sutil aparece en las citas de los primeros libros sobre la creación, en la trama de la vida y en las pautas de la muerte, con su fórmula prodigiosa que alivia la sed y devuelve el aliento, la textura, los colores y las fragancias a la naturaleza que renace cada instante.

Los ciclos de la vida transitan presurosos, con sus épocas de calor, sus días de lluvia, sus horas de viento y sus instantes de frío; sin embargo, el agua está presente en las auroras y en los ocasos, en ti y en mí, en nosotros, en ellos, en todos.

Un día, igual que la aurora de la existencia, una, otra e incontables gotas brotan de la intimidad de la tierra, en el manantial, y revientan las burbujas al sentir las caricias del viento y la mirada del sol o de la noche ausente de luceros o pletórica de estrellas, hasta fundirse y partir en la corriente en un viaje insospechado para sumar y multiplicar la vida y convertirse en río, cascada, estero, lago y mar.

Las gotas son perlas que viajan incansables por rumbos disímiles y corren fugaces o se estacionan en alguna orilla. Enseñan, a quienes las observan, que los días de la existencia son fugaces y que el ritmo, en la creación y el mundo, es dinámico, y que quien se abandona y pierde el sentido de la vida, comienza a morir.

Las cascadas, los ríos, los lagos y los mares hablan. Enseñan, igual que la lluvia, el granizo y la nieve. Como que traen el lenguaje de la esencia, las voces de la creación, los gritos de la vida, los susurros del principio, las palabras de Dios.

Durante su jornada, el agua que un día surgió por los poros de la tierra, sacia la sed de la humanidad y da vida a la flora y a la fauna. Su fuerza es tan vital, que reúne al hidrógeno y al oxígeno en un acto irrenunciable de amor universal.

Se agregan, en su recorrido, las gotas de lluvia, los copos de nieve y otras corrientes que aparecen aquí y allá, en un lugar y en otro, en un proceso inquebrantable, en un paraíso sin comparación, en una labor que aporta y da sin medida.

El agua es artista. Pinta arcoíris. Una mañana o una tarde, a cierta hora, se registra un acto de amor maravilloso y sublime en algún rincón del mundo, cuando el sol se introduce en las gotas de agua que descienden de un cielo nublado. Algo de encanto se percibe en la atmósfera. El romance entre el sol y el agua provocan la manifestación de colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. De la paleta de la naturaleza, el pincel toma los colores, desliza suavemente en el lienzo y traza los tonos y las rutas de los arcoíris.

Y sigue con su arte de espejo al formar charcos que reflejan la profundidad del cielo, el follaje de los árboles y los rostros de quienes asoman alegres y enamorados. El agua reproduce, en su mirada de espejo, las tonalidades de la naturaleza, el grisáceo de las nubes y la gama del cielo, los tintes de la vida y los colores de la muerte.

De dibujante y pintora, el agua continúa con su voz de poeta y sus notas musicales a través de la lluvia, el granizo, la nevada, los ríos, las cascadas y el oleaje. Reproduce las octavas de la vida. Sus voces y sus notas melódicas envuelven y encantan.

En ocasiones, el agua forma un concierto, una sinfonía, un coro; a veces, en cambio, permanece inmersa en su silencio y soledad. Es artista y musa, cielo y arcilla, mujer y hombre, blanco y negro, aurora y ocaso. Es el sí y el no de la existencia.

Y es el agua, también, escultora. Las olas, en el mar, embisten la arena, los acantilados y las rocas, en los que, con apoyo del viento, esculpen formas, tallan un día y muchos más, hasta crear obras de admirable y enigmática belleza que cautivan los sentidos de quienes las admiran. Remueven incontables granos de arena y dejan, a su regreso, formas caprichosas en las playas, como para que alguien, desde lo más elevado, contemple su incomparable majestuosidad.

Son las cascadas artistas que esculpen las rocas a su paso. Dejan constancia de su trayectoria. Sólo requieren, al fusionar su canto con la sinfonía de la naturaleza, que el tiempo camine implacable, como lo hace cotidianamente en el mundo, para dar forma a las piedras, al paisaje, a la tierra.

Y si el agua tiene la sensibilidad de crear arte, resulta innegable que es ambivalente, igual que el principio universal y toda energía, porque contiene un rostro positivo y otro negativo, y si es símbolo de vida y salud, también puede causar la muerte y ser conducto de enfermedades. El agua vitaliza o mata.

Contribuye a la ciencia, a la salud, a la vida. Mantiene los colores, las fragancias y los sabores de la Tierra. Todo cuanto existe en el mundo, sería negación sin la presencia del agua. Simplemente, todo desaparecería y, por lo mismo, el planeta mostraría un rostro de desolación y muerte.

Al transformarse incontables personas, en el mundo, en criaturas de plástico, en seres de asfalto, petróleo y concreto, y cubrir impíamente los poros de la naturaleza, el agua de los manantiales ha sido asfixiada, cautiva, envenenada, mientras los ríos, cascadas, lagos, esteros y mares presentan intoxicación.

Los paisajes naturales, otrora surcados por corrientes diáfanas, hoy exhiben arrugas y quedan cual testimonio de antiguas rutas del agua, donde la vida silvestre floreció. Hoy, la basura obstruye los orificios de la tierra e impide que broten gotas, burbujas, trozos de vida.

Tanto aman hombres y mujeres las expresiones artificiales, que el agua es aprehendida, igual que un prisionero condenado a la horca, con la intención de someterla a procesos químicos y devolverla embotellada, atrapada en plástico o vidrio, con ingredientes que le arrebatan su esencia y la alejan de su autenticidad.

Y muchos, en femenino y en masculino, en minúsculas y en mayúsculas, no se sienten contentos ni satisfechos con el agua al natural, al grado de experimentar mayor dicha si las bebidas contienen productos químicos. Colocan máscaras al agua, disfraces, maquillaje. Otros, en tanto, se sienten descontentos si a esa agua adulterada no le agregan alcohol y diferentes sustancias.

Arrebatan al agua su inocencia, la pureza que la hace irrepetible. La mancillan. La raptan de sus veneros, de las corrientes, de las lagunas, para adulterarla y quitarle sus propiedades vitales, su belleza natural, su condición de vida. Vil crimen se ha cometido en contra del agua, el principio creador y la vida. Es vergonzosa la conducta humana.

Metafóricamente, el ser humano es conducido por una corriente etérea al nacer y al morir. Y en el vientre de una mujer, ¿no acaso el feto flota en líquido amniótico? El agua es el principio y el final, es la vida y la muerte, es la aurora y el ocaso.

Una mañana, una tarde, una noche o una madrugada de lluvia es recordada por la infancia, por la juventud, por los adultos, por los ancianos, por los enamorados, por ti y por mí, por ellos, por todos. Las nubes plomadas se aglomeran y el ambiente es distinto. El cielo se entinta y aparecen, entonces, incontables gotas, perlas de agua que revientan al impactarse en el suelo, en los árboles, en las piedras, en las casas, en los kioscos, en las bancas, en los cristales de las ventanas, en las fuentes, en las calzadas.

¿Quién que es no recordará la llovizna y los aguaceros torrenciales que ha presenciado durante su jornada existencial? ¿Quién olvidará, al siguiente día, durante la mañana, el aroma a tierra mojada? Quedan en la memoria imágenes de los charcos que forma la lluvia, y el ambiente fresco con perfume de agua, tronco, musgo, hierba, flor y tierra.

El agua es lavandera incansable. No tiene horario ni tregua. Trabaja día y noche, aquí y allá, a una hora y otra, con el objetivo de llevarse los residuos humanos, en los caseríos y en las urbes. Es entubada y conducida a las oficinas, a los hogares, a las fábricas, a las escuelas, a todas partes, y deleita en la regadera, en la tina, a la hora de la ducha, sin olvidar su servicio de llevar a arterias oscuras y de tejido complejo, los desechos. Mantiene la limpieza, la higiene, la salud.

Hay quienes la desperdician en la ducha, en las fugas de las instalaciones hidráulicas, al lavar automóviles y pisos, sin imaginar que los próximos conflictos y guerras locales y mundiales serán por el control del agua, cada vez más contaminada y escasa. Ninguna fortuna alcanzará para comprarla. Será racionalizada y más tarde, al agotarse, motivará disputas armadas que provocarán desolación y muerte.

Quizá, aquellos que ostentan el poder económico y político en el mundo, creen que podrán aplastar a las masas y comprar agua, destinar reservas para su uso exclusivo; pero están equivocados porque las mayorías enardecidas, transformadas en hordas, asaltarán los vehículos que transporten tan vital líquido, los veneros, los humedales, los pozos, los depósitos.

Al transformarse en criatura de petróleo, asfalto y plástico, el ser humano cubre los poros de la tierra y no sólo aniquila cruel e irresponsablemente bosques y selvas, flora y fauna; también se asesina a sí mismo al despedazar humedales, ríos, cascadas, manantiales, esteros, lagos y mares. Hombres y mujeres se convierten, por irresponsabilidad, decisión propia, intereses económicos e ignorancia, en negación de la vida y la naturaleza, en detractores de sí y de todas las especies que existen en el mundo.

El agua es tan grandiosa que se muestra humilde al andar en la tierra. Cumple su encomienda de servir y dar vida indistintamente, lo mismo a los árboles, a las flores y a los frutales, que a las plantas con cardos y a las especies venenosas. Su labor consiste en entregarse y nutrir a todos los seres, independientemente de su naturaleza positiva o negativa.

Y dar consiste en entregar lo mejor de sí, en llevar consigo la esencia de la vida y el principio universal, en cumplir una misión cósmicamente definida. El agua ha llevado a cabo el pacto que asumió desde el principio, antes de que brotaran los primeros árboles y flores; nosotros, los seres humanos, hemos fallado.

Mi infancia azul y dorada transcurrió en la década de los 60 y se prolongó a parte de los 70, en el inolvidable e intenso siglo XX, período en que todavía abundaba el agua y, por lo mismo, causaba extrañeza a otros, a los adultos, mi preocupación e insistencia en cuidar el agua y considerarla el principio, la fórmula de la existencia, por contener en cada partícula la esencia.

En mis dibujos y relatos infantiles aparecían cascadas, ríos, lagos, mares. Me resultaba imposible resistir al encanto que en mí ejercía el agua al expresarse en los manantiales, en los vertederos, en las corrientes, en las lagunas, en el mar. Junto con el aire, el agua siempre fue mi elemento. No es de extrañar, entonces, que no pocos de mis paseos infantiles, en familia, se hayan concentrado en parajes naturales con abundancia de agua, entre el deshielo de las montañas y cascadas y ríos cristalinos.

Hoy transcribiré un cuento breve que hace años, en los días de mi niñez, escribí acerca del agua. Evidentemente, tenía alrededor de 10 años de edad cuando lo compuse, inspirado en aquellos paseos familiares en la campiña, donde mis hermanos y yo, al lado de mi padre y mi madre, corríamos libres y plenos, al natural, sin importar retornar a casa con la ropa enlodada. He aquí la narración:

Gota de agua

Me siento contenta e ilusionada. Pronto saldré a recorrer el mundo. Conoceré muchos lugares y colaboraré, al lado de mis hermanas y compañeras, a mantener los colores, las fragancias y los sabores de la vida. Juntas, pintaremos la naturaleza y aliviaremos la sed y las necesidades de los seres humanos, los animales y los vegetales.

Soy una gota recién formada. Nací para dar vida. Estoy ansiosa por liberarme de los túneles subterráneos, surgir de los poros de la tierra y reventar en el manantial al sentir las caricias del sol o la mirada de la noche, y así, ufana, pasear aquí y allá, y experimentar el proceso mágico y sublime de dar vida y convertirme, quizá sin buscarlo, en corteza musgosa, en hongo, en piedra, en fruto, en raíz.

Dicen que una de las experiencias más bellas, al amanecer, es deslizar por los pétalos de las rosas y las flores, convertida en gota del rocío. Deseo patinar sobre esas pequeñas alfombras de colores y sentir su textura, captar sus perfumes, sentirlas plenas y vivas, hasta caer a la tierra, refrescarla y evaporarme con los rayos del sol para más tarde, al llover, precipitarme desde las alturas y fundirme en algún riachuelo cristalino.

Quiero probarme y ser gota de lluvia, copo de nieve, fragmento de cascada y río, pedazo de laguna, trozo de mar. Anhelo tanto dar de beber a la campiña, refrescar los cultivos, y así contribuir, con otras gotas, al crecimiento y desarrollo de los alimentos, de la fruta y las hortalizas.

No obstante, mi ansiedad e ilusión de abandonar la profundidad de la tierra y surgir al aire libre, suele apagarse repentinamente porque hay ocasiones en que temo enfrentar la crueldad que, según noticias de mis compañeras, practican innumerables seres humanos, de quienes aseguran desecan los manantiales, los ríos y las lagunas en su afán y ambición desmedida y enfermiza de sustituir la naturaleza por concreto y ladrillos. Eso significa, creo, que prefieren el valor aparente, temporal e inmediato de lo que llaman dinero, bienes materiales, al agua, a la vida, a su presente y futuro.

Vale más, para ellos, un puño de monedas que un vaso con agua pura y cristalina. Les fascina más que sus ojos miren paisajes artificiales que escenarios naturales. Matan la vida al construir sus fraccionamientos, clubes, plazas comerciales, hoteles y centros de negocios, y para justificar la destrucción de la naturaleza y supuestamente reparar el daño ecológico, ellos mismos se imponen, a través de sus leyes y reglamentos, destinar ciertas áreas a los árboles y las plantas. Me parece que se engañan.

Tales hombres y mujeres, que suman millones en el planeta, sienten mayor encanto y fascinación por las apariencias, los maquillajes y el engaño, que por la verdad, la naturaleza, la vida y lo que verdaderamente tiene sentido. Son tan superficiales y vacíos que causan lástima. Lo único que poseen, junto con su estulticia y soberbia, son objetos materiales que al final, cuando mueran, no los acompañarán y sí, en cambio, los atarán.

Sé que al brotar y fundirme con la corriente de la superficie, estaré expuesta a la contaminación, a mezclarme con la basura y la suciedad; sin embargo, mi encomienda consiste en servir, en aliviar la sed, en purificar, en dar vida. Es una tarea noble e irrenunciable. Debo llegar, por lo mismo, puntual y de frente a mi cita con el destino. Se trata de un compromiso impostergable.

Duele nacer. De pronto, tras flotar en un ambiente donde el tiempo y el espacio son inexistentes, y el ayer, el hoy y el mañana parecen lo mismo, en la profundidad de un océano que contiene todo el conocimiento, el bien y el mal, y cuantos conceptos, ideas y sentimientos existen, el oxígeno y la luz del mundo deslumbran y se manifiestan las primeras expresiones materiales.

Me encuentro en la matriz de la tierra, en las profundidades, entre el silencio y la soledad. Soy resultado de la unión de la esencia y el barro, y aquí estoy, brotando a la superficie, cristalina, pura, con la idea de contribuir a preservar la vida.

El sol es intenso. El oxígeno llega a mí con energía. Siento vibrar en mis entrañas la fuerza de la creación. Experimento en mi interior el universo, el mundo, la naturaleza, la vida. Mi cuerpo de gota brilla al recibir las caricias de los rayos solares, cual perla cuyo destello encanta por su resplandor. Junto con incontables burbujas que nacen igual que yo en el incesante proceso de creación, reviento al inhalar el oxígeno y me fundo con el agua del manantial que huye en riachuelos, en corrientes, en vertederos.

Ya me encuentro en el mundo. Soy una gota que se suma al torrente y camina imparable. Surcamos la campiña y saciamos la sed de los árboles, las flores y los matorrales. La tierra absorbe la humedad y se transforma, inesperadamente, en lienzo, en superficie donde la naturaleza pinta verdores de cautivante e incomparable belleza, flores de intensa policromía, tonos que embelesan y son, en parte, reminiscencias de un paraíso cercano y a la vez distante.

Miro, al navegar, los remansos donde la vida fluye. Flora y fauna coexisten en equilibrio, libres, contentas. Cada especie, animal o vegetal, actúa de acuerdo con su naturaleza; sin embargo, todas necesitan agua, y aquí estamos nosotras, para acompañarlas y que las expresiones de la creación se manifiesten incesantemente.

Raíces, hojas, ramas y flores asoman a la orilla del río. La rocas, lisas y multiformes por nuestro paso desde tiempos remotos, se bañan con el agua que forma burbujas, espuma que desliza suavemente, mientras la tierra, en cambio, absorbe la humedad.

Los animales, herbívoros y carnívoros, beben agua. Nosotras saciamos la sed de elefantes, camellos, jirafas, hipopótamos, rinocerontes, libélulas, cocodrilos, leones, cebras, tigres, osos, hienas, caballos, linces, coyotes, lobos, mariposas, perros, tortugas. Damos lo que somos y tenemos. Actuamos y jugamos limpio, siempre con la idea de sumar y multiplicar.

Y al tomarnos las manos y abrazarnos, las gotas formamos una hermandad, un manto que cubre a todos los seres vivos, independientemente de sus sentimientos e instintos; también se encuentran en nuestras entrañas, en forma de peces, reptiles y otras especies. Es la vida que pulula y se experimenta y prueba a sí misma.

Algunas compañeras forman grupos y se despiden intempestivamente. Unas quedan atrapadas en la amargura, el temor y la mediocridad de las orillas estancadas; otras, en tanto, se aventuran a trasladarse a rutas insospechadas y protagonizar epopeyas, historias extraordinarias e inolvidables, hasta que se unen a los lagos que retratan la profundidad del cielo, las nubes peregrinas, las arboledas y las siluetas de las montañas.

Más adelante, la caída es imponente. La cascada es enorme y nos precipitamos en lo que semeja el vacío. Sentimos vértigo. Abajo, entre rocas e innumerables gotas que salpican y forman una capa de agua que flota, coincidimos con la belleza, el vigor, la armonía, el equilibrio y la fuerza de la creación y la naturaleza.

Descubrimos la capacidad y fortaleza que tenemos al unirnos. Me siento contenta y satisfecha por la labor invaluable que llevamos a cabo para mantener la armonía, el equilibrio, la belleza y la vida en la Tierra, llamada planeta azul por la superficie marítima que se distingue desde el espacio sideral.

Otras gotas, envueltas en la corriente, prefieren marchar a los campos de cultivo. Siguen los consejos de nuestros padres y abuelos: “hay que dar vida para tenerla siempre con nosotros y así preservarnos. Quien da vida, la tiene consigo y no muere. Se vuelve inmortal”.

Y es así como mis hermanas, amigas y compañeras son desviadas por canales, hasta que llegan, finalmente, a presas y al campo, donde hombres y mujeres aran la tierra, siembran y cosechan verduras, o a las huertas, en las que crecen frutos deliciosos. Nosotras contribuimos a elaborar sus formas, sus colores, su pulpa, sus sabores.

Y si nos evaporamos a cierta hora, regresamos a la superficie al precipitarnos en la lluvia, en el granizo. Nos renovamos y cambiamos de ambiente y escenario. Participamos en la generación de energía eléctrica. Ayudamos en la navegación. También somos hielo, nieve, blancura helada que cubre el paisaje. Estamos presentes aquí y allá, a toda hora, en la mañana, en la tarde, en la noche, en la madrugada, en los días primaverales, en los minutos veraniegos, en los períodos otoñales, en los trozos invernales.

Me siento tan feliz y plena al servir a la naturaleza, a la vida, y he aprendido tanto durante mi caminata, en mi peregrinar incansable, que ahora sé que en lo sencillo está lo bello y se encuentra la grandeza. Es un honor y un privilegio ser gota de agua.

Algo sucede de repente. Observo a un lado y a otro, al frente y atrás, y descubro tierra seca, curtida igual que los rostros de los ancianos, como si de barro seco se tratara, ausente de vida y humedad. Huele a sequía, a abandono, a muerte. Volteo a aquel paraje y distingo un cauce seco, pletórico de basura, invadido de plástico, con charcos contaminados.

Las gotas que antaño conocí, antiguas compañeras mías, permanecen aprisionadas en charcos sucios. Perdieron su vitalidad y quedaron atrapadas en las ranuras de la tierra, entre escombros y suciedad, carentes de porvenir e incapaces de dar vida. Reciben descargas residuales que simbolizan la muerte. Y si se trata de nuestro exterminio, también representa el de los seres humanos y todas las criaturas vivientes. Son letras muertas, poemas inertes, perlas mancilladas.

Me parece que mis hermanas, amigas y compañeras, las gotas de agua, se encuentran divagantes, con la identidad robada, carentes de nombres y apellidos, porque alguien, en un lugar y en otro, les arrebató su belleza y encanto al contaminarlas.

Y ahora, tras navegar, somos atrapadas en presas y tuberías con la intención de cumplir fines nobles, como participar en la generación de energía eléctrica, dar de beber a hombres y mujeres y colaborar en su limpieza e higiene. Vamos con el ánimo de contribuir a la perpetuidad de la vida, a pesar de ser testigos de la crueldad e ignorancia de los seres humanos.

Llegamos a caseríos, aldeas, pueblos y ciudades. Nos separamos, en grupos, de nuestras compañeras de travesía. Sabemos que algún día, en cualquier momento, volveremos a reunirnos en la fuente de donde surgimos; pero antes tendremos que probarnos cada instante y trascender o perecer.

A veces, nuestro destino es fatal, y no por decisión propia, sino por la irracionalidad de millones de seres humanos que se han convertido, a pesar del desarrollo de su ciencia y tecnología, en negación de la vida, en antítesis de la naturaleza, en contradicción de la salud. Sus hábitos y costumbres empeoran, y lo peor es que cada generación cree que es dueña de la verdad.

En cada grupo humano, se han distinguido quienes valoran el agua y la vida. Utilizan el líquido necesario para su aseo personal y sus necesidades y tareas domésticas; pero jamás lo desperdician, como aquellos que dan más valor a la apariencia de un automóvil y derrochan innecesariamente incontables litros de agua, mientras en otros parajes mundanos hay quienes mueren de sed y coexisten en condiciones deplorables.

Tengo confianza en que los seres humanos que me recibirán en sus hogares, cuidarán toda el agua. Mi pureza y transparencia, como las de mis compañeras, inspirarán a la gente, la motivarán a protegernos y encauzar tan valioso elemento a perpetuar la vida, a saciar la sed, a limpiar cada espacio.

Algo acontece en el entorno. Siento que me desgarro. Es una sensación de fuego, escalofrío y suciedad que me invade. A mi alrededor distingo el ambiente nauseabundo de rostros burlones e indiferentes que contaminan y usurpan la vida como si fueran dueños de la misma. No estoy bien. Algo tóxico me cubre.

Y a mi alrededor observo a mis hermanas, amigas y compañeras totalmente irreconocibles, enfermas y agónicas. Algo ha contaminado nuestra esencia. Fuimos utilizadas brutal y cruelmente, y ahora, moribundas, permanecemos en charcos sucios, entre basura, suciedad, animales muertos, desperdicios y cosas pútridas.

Mientras sentimos que el aliento escapa de nosotras, me entero que la humanidad está aterrada. La guerra ha comenzado. En todo el mundo inició el conflicto por el agua. Primero, la escasez de agua pura se registró en las concentraciones humanas, donde las mayorías arrebataron a otros las pequeñas reservas que con sacrificio poseían. Posteriormente, la carencia de agua se volvió problema regional y nacional, aquí y allá, y hoy ha estallado la guerra mundial.

Transformados en criaturas de plástico, en seres de asfalto y petróleo, los humanos descubren tardíamente lo que siempre tuvieron ante sus miradas, océanos, manantiales, ríos, cascadas y lagos, hoy contaminados, intoxicados por basura, sustancias y muerte.

Antaño, la lluvia dejaba charcos que desde su pequeñez reflejaban la profundidad azul del cielo. Ahora, en cambio, el agua acumulada es negra, hedionda, envenenada, y sólo reproduce un manto celeste oscuro, impregnado de sustancias flotantes que asfixian y aniquilan, repentinamente incendiado por los bombardeos derivados de la lucha cruenta por unas gotas de líquido vital.

No habrá nación vencedora. La que aniquile a la mayor parte de la humanidad o someta a los otros países, estará condenada a la sed, al envenenamiento, a la suciedad, al calor, a las epidemias, a la hediondez, a la desolación, a la muerte, al destierro. No habrá ganador. No hay agua. Los mantos acuíferos se agotaron por la contaminación y la explotación irracional.

Se acusan entre ellos. Amenazan invadir sus territorios y apropiarse de las pocas fuentes y reservas de agua que existen, con la idea de robarla y posteriormente envenenar los manantiales. Los mares devuelven podredumbre en las playas, depositan en la arena basura y cosas putrefactas.

Pronto seremos muerte y sequía. Bosques, selvas, paisajes naturales de cautivante belleza, pertenecen al ayer, a las estampas, a retratos olvidados en los desvanes. La realidad actual es tierra desgajada y ranurada, seca, estéril y sedienta. Los rumores de la naturaleza se apagaron. El ser humano se sintió de clase suprema, eje del universo, y destruyó la vida, exterminó lo único que poseía.

Ellos, los seres humanos, consiguieron fortunas, aparatos, poder material; sin embargo, inmersos en su egolatría, soberbios al sentirse imagen de Dios, cegados por sus alcances científicos y tecnológicos, se dedicaron a buscar agua y vida en otros planetas, y olvidaron rescatar y salvar el plano terrestre de la destrucción a la que ellos lo sometieron con su ambición, crueldad, descuido y locura.

Tras la conclusión de la guerra, prevalecerá un gran silencio y llegarán y se propagarán en todos los rincones los rumores de la muerte. Aquellos que sobrevivan, perecerán más tarde entre el calor y las llamas, aterrados y sedientos, en la más terrible de las soledades porque los otros, personas, animales y vegetales, estarán muertos. Una gota de agua, como lo fui yo, valdrá más que una mina de diamantes.

Al siguiente día, tras el paisaje de desolación y muerte, soplará el viento imperturbable y arrastrará susurros de fronteras distantes, enclavadas en otros planos, con el lenguaje de la vida y la muerte, hasta que el cielo ennegrecido sea rasgado de nuevo y derrame lluvia y forme manantiales, cascadas, ríos, lagos y mares…

Gota de agua fue el título de mi cuento infantil. Las maestras Teresa y Juana, mis detractoras incansables en el colegio de mi niñez, coincidieron en que la obra superaba la fantasía y colaboraba a asustar a mis compañeros, quienes me miraban con burla y malicia, incrédulos todos, adultos e infantes, acerca de la caducidad del agua. Ellas, las profesoras, aseguraron que el agua no enfrentaría tan fatal destino, y lo dejaron como lo que era, un simple cuento escrito por una mente infantil fantasiosa.

Transcurrieron los años -no tantos, como podría suponerse-, hasta que la realidad alcanzó a los seres humanos, y no por decreto de la vida ni por capricho e infortunio, sino por irresponsabilidad colectiva. Todos somos responsables al oponernos a la vida y contaminar las expresiones naturales.

El agua es nieve. El agua es lluvia y granizo. El agua es manantial, río, cascada, lago, mar. El agua es naturaleza. El agua alivia la sed, limpia y purifica. El agua es fórmula que se mezcla y salva. El agua es pureza. El agua es creación y vida. El agua somos todos.

Alguna vez, en mis días juveniles, asistí en México a la conferencia de un poeta, quien habló acerca de la contaminación y la destrucción que los seres humanos han provocado en contra de la naturaleza y la vida. Específicamente, se refirió a la muerte de millones de mariposas Monarca en los santuarios de Michoacán y el Estado de México, al centro de esta nación, a los que, relató, asistieron escritores y artistas de diversas regiones del mundo con la intención de reproducir la belleza natural de los insectos que anualmente viajan desde Canadá y Estados Unidos de Norteamérica.

Los escritores, las definieron en sus textos; los poetas, las incluyeron en sus poemarios; los pintores, las reprodujeron en hojas de papel y en lienzos; los músicos, sin duda captaron sus susurros, su lenguaje, y crearon melodías. El conferenciante expresó, en tono deplorable, que ante su impotencia, prefirieron captar las mariposas Monarca en sus obras y legarlas a la humanidad como remembranza y constancia de la riqueza natural que coexistió en la Tierra. Quedaría el recuerdo para futuras generaciones.

Confieso que molesto, alterado por las declaraciones insulsas del poeta, me sentí ofendido como escritor y abandoné el recinto. No compartí su declaración. Sencillamente, no estaba de acuerdo. Me parecía hermoso y romántico, digno de artistas, reproducir la maravilla de tales insectos en obras literarias y pictóricas; pero consideré irracional conformarse, declararse públicamente vencido por los intereses de quienes talan bosques, la corrupción de las autoridades y la indiferencia de la población.

Mientras caminaba por el pasillo del auditorio, reflexioné en el sentido de que nosotros, los artistas, no solamente tenemos la función de entregar a la humanidad obras literarias, pinturas, música y esculturas para alumbrar el mundo; nuestro compromiso y responsabilidad consisten, adicionalmente, en iluminar y resplandecer, contribuir a abrir la conciencia humana, resaltar las cosas y tareas nobles, reprobar el mal y la oscuridad, enfrentar lo negativo y proponer lo bello y positivo. Quien no denuncia las perversidades humanas y aprovecha las coyunturas para engrandecer su nombre y fama, se vuelve cómplice y juega con el arte para obtener beneficios. El arte es más que lucimiento personal y soberbia. El arte es luz.

Imaginé a mis compañeros artistas -novelistas, pintores, poetas, escultores, músicos- reunidos en rincones abruptos, entre pinos y montañas, contemplando los ramilletes de mariposas Monarca que cuelgan de las ramas corpulentas, revoloteando, bebiendo agua, posando sobre las flores, en el sueño y en el juego de la vida, en las fantasías y la realidad, y me pareció bello, sublime e importante, digno de nosotros, los creadores; pero reprobé enérgicamente las actitudes pasivas, el conformismo con que habló el hombre y actuaron sus acompañantes a aquella excursión y al encuentro con la naturaleza. Había que crear y deleitar a la humanidad, regalarle obras de arte, es verdad; sin embargo, el grupo de artistas perdió la oportunidad de unir sus voces y expresar el mismo lenguaje en el mundo con la idea de denunciar un hecho criminal contra la vida y presionar a la comunidad internacional para actuar en defensa de su patrimonio natural.

Las obras que mencionó, indudablemente quedarán cual testimonio de una especie animal de excepcional belleza y capacidad. Serán recuerdo de lo que hombres y mujeres tuvieron y aniquilaron despiadadamente, unos con acciones perversas y llenas de ambición y otros, en tanto, por medio de ignorancia, pasividad e indiferencia.

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana… Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Por lo mismo, los artistas estamos obligados a ser luz y disipar las sombras. Al ser creadores, emulamos a la esencia, el principio generador de todo cuanto es y existe, y tenemos la encomienda de producir arte, marcar rutas y sendas, definir rumbos y horizontes, expresar el bien, la verdad y la belleza en nuestras obras, y defender siempre la vida y la justicia.

Hoy, al escribir poéticamente sobre el agua e incluir un cuento, me sé artista, creador. No obstante, me sentiría un ser mediocre e incompleto si no me atreviera a convocar a los más de 7,500 millones de seres humanos que poblamos la Tierra en la hora contemporánea, a hermanarnos, convertirnos en una sola voz, en un lenguaje universal, con el objetivo de condenar a quienes por ignorancia, perversidad e intereses materiales contaminan el agua y su entorno natural, a denunciar a aquellos que destruyen el patrimonio viviente del mundo, a cuidar tan preciado líquido y proteger los mantos acuíferos, manantiales, cascadas, ríos, lagos, esteros y mares.

Exijamos leyes y acciones severas que preserven el agua y la protejan como patrimonio de la humanidad, la naturaleza y la vida. Quien la contamina, desperdicia o aniquila, atenta contra el planeta y todo ser viviente. Sencillamente, es un asesino que aprovecha el miedo, la ignorancia y la pasividad de los demás para enriquecerse y adquirir poder, sin importarle acentuar el fin de la naturaleza y la vida.

Si a los niños y jóvenes, en México y otras naciones, verdaderamente se les enseñara ciencia, no habría pueblos ni gobiernos rapaces e irresponsables, capaces de destrozar los recursos y la vida en el planeta. Si a ellos, adicionalmente, les inculcaran valores, la humanidad daría pasos firmes y seguros sobre los peldaños de la evolución y habitaría un entorno feliz, equilibrado, perdurable y sano.

Y así presenciamos, desde alguna ventana, en cierto instante de verano, la lluvia que desliza por los cristales y refresca el ambiente, siempre con el deseo de formar un poema de cada gota, un concierto magistral, una pintura cautivante, o sencillamente correr y sentir el agua en la piel, al hundir los pies en los charcos, en el barro, y al caminar sobre el pasto, al tocar las flores y al abrazar los troncos de los árboles.

El agua es el poema, la joya de la creación, el líquido que da vida y la conserva. Resguarda en sus entrañas la fórmula mágica del palpitar cósmico, los secretos de la esencia, la memoria del principio y el infinito,

Quienes hemos transitado más allá de la comodidad moderna y llegado hasta las cascadas, identificamos la sensación de recibir incontables gotas pulverizadas que arrastra el viento, mientras el susurro de la corriente transmite insondables secretos y emite cantos y sinfonías de exquisita belleza.

Al nevar, uno siente embeleso al admirar la belleza y majestuosidad de los copos que cubren las montañas, los bosques, las rocas, los desfiladeros, las llanuras, los techos de las casas, las calles. Todo, en el paisaje, se tiñe de blanco. Es el agua transformada en hielo, en nieve, en alfombra prodigiosa que recuerda, en determinados momentos, el ambiente de un paraíso latente, cerca y lejos, en uno y fuera, como para no olvidar que la vida se extiende y prolonga cada instante.

La nieve deleita los paisajes. Es el agua en su pureza, en su ambiente helado, en su unión de amor, en su disfraz de blancura resplandeciente. Las nevadas son incomparables y forman, en consecuencia, paisajes que de improviso parecen reproducir otros mundos, escenarios esplendorosos, trozos de sueños y vida.

El oleaje interminable, los vertederos, las corrientes diáfanas, los esteros, las lagunas, los charcos, las represas, los veneros, son fragmentos de algo cercano y distante que se siente en el interior y se distingue ante la mirada.

Al sumergirme en mi interior, entre la ruta del silencio y la soledad, detecto el paso de la vida y la muerte a través de un río cristalino y etéreo que conduce al principio, al origen, a la fuente inagotable; aunque también miro, ya muy cercano, un panorama sombrío, a millones de personas, hombres y mujeres, padeciendo sed, enfrentando padecimientos y epidemias por la contaminación e insalubridad, matándose para apropiarse de los escasos yacimientos de agua. Y eso lastima, duele, mata, porque igual que la gota de agua de mi cuento, estamos hermanados, somos una fraternidad.

El agua es la luz y la vida. El agua es el inicio del paraíso perdido. Es el cielo y la Tierra. Es la esencia y el barro. Somos agua, tú, yo, nosotros, ellos, todos. Es la caricia, el detalle, la ruta, el pulso incesante, la sonrisa, el estilo y el soplo que ensaña a los seres humanos que la grandeza se encuentra no en las apariencias ni en las superficialidades, ni tampoco en las fortunas materiales y el poder, sino en la sencillez, en cada acto positivo y sincronizado con el principio de la creación. El agua, en una cascada y un río, dejan constancia de su paso, a través de los años, en las rocas que esculpen. El agua da salud y vida. Como que transmite la lección de que el amor y las cosas no solamente son para uno, sino para el bien que se puede hacer a los demás.

Somos agua. Heredamos un paraíso no recordado que cita el agua. Estamos en un mundo azul y verde, cubierto y maquillado de agua. Como que el agua reúne el sabor de la vida, la fuerza de la creación, el aliento de Dios. El agua conserva los secretos infinitos de la creación, el encanto y la fórmula de la vida, la esencia que compartimos durante nuestra caminata. Nuestros nombres y apellidos, con toda la historia que protagonizamos, con lo que somos, se traducen en el idioma universal del agua. El agua eres tú, soy yo. Somos nosotros. Son ellos. Somos todos.

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