Paleta de colores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…por eso le llamo color de mi vida y matiz de mi cielo…

Eres mi arte. De la paleta de colores, tomo la sutileza de los tonos más parecidos a tu alma, preparo los matices que me sugiere el perfil de tu rostro, sustraigo los pigmentos que definen tus labios, mezclo la gama que delinea tu sonrisa. Así asomo al cielo y siento la dulzura de tus besos y el encanto de tu compañía. Deslizo los pinceles sobre el lienzo para reproducir tu cara de niña y jugar contigo la mañana, la tarde y la noche de cada día, como lo hacíamos, antes de venir al mundo, en el patio de nuestra morada. Trazo tu cabello y tus ojos que me recuerdan, cuando los miro, el firmamento más bello que tú y yo hemos admirado desde una terraza envuelta en la magia del romanticismo. Plasmo las fragancias de tu piel en mi obra con la intención de percibir la delicia de un perfume que flota en mi taller de artista y de esta manera sentirte cerca de mí cuando por alguna razón no estás a mi lado. Al pintar al óleo, combino las tonalidades que mayor semejanza tienen contigo. Pinto la lozanía de tu piel, el carmesí de tus labios, el rubor de tus mejillas. Te trazo, te pinto, te traigo. Nunca estoy solo. Siempre me acompañas. Converso, juego y río contigo. Juntos mezclamos colores y pintamos el mundo y el paraíso, los sueños y la realidad, las ilusiones y la vida. Inventamos un espacio hechizante, paralelo al universo, para permanecer juntos. Nos divertimos, paseamos y volamos libre y plenamente. Ensayamos una y otra vez con los tonos de la paleta. Unas veces creamos los sueños e ilusiones que compartimos, y otras ocasiones, en cambio, dejamos constancia de nuestras vivencias, quizá porque somos mundo y cielo, tú y yo, musa y artista. Hay momentos en los que jugamos y nuestras manos y rostros se cubren de pintura. Cuánto disfrutamos. Quien es capaz de inspirar amor fiel y puro, arte, asombro, belleza y respeto, es un ser superior, alguien que trae consigo un código especial, una fórmula celeste, la otra parte del alma de uno. Te pinto con los tonos de mi paleta porque eres color de mi vida y matiz de mi cielo. Te pinto porque te amo.

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¿Qué puede uno decir?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al darme cuenta del amor tan grande que me inspira, convertí mi taller de artista en fragua para fundir el abecedario y entregarle el más bello de los poemarios, versos dulces y el libro de nuestra historia

¿Qué puede uno decir cuando parece que las letras del abecedario se agotaron y las palabras del diccionario resultan insuficientes para expresar sentimientos? ¿Qué escribe uno al creer los demás que el lenguaje, en cualquier idioma, es ancestral y pobre para describir un gran amor? ¿Cómo defender y conservar los textos que brotan de la inspiración, cuando te vistes de musa, si ahora mucha gente pretende talar letras, quemar acentos y borrar puntuaciones? ¿Dónde plasmar las ideas si cualquier espacio se reduce a las limitantes de su superficie, la caminata del tiempo y el precio que se le fija? ¿Qué puede uno escribir cuando otros, en el pasado, ya hicieron del amor un verso, una novela, un concierto, una canción, un cuadro, una escultura? ¿Cómo transmitir el amor que me inspiras si antes de venir tú y yo al mundo, ya había poetas que fundían las letras para formar palabras que delataban la locura de su enamoramiento? ¿De qué manera quebranto los barrotes de las celdas y libero todos los dialectos e idiomas del mundo y los rumores del universo para componerte el poema más bello y subyugante? ¿Con qué sustituyo las estrellas si las tomo para fundirlas durante mis noches de inspiración y colocarlas en tu almohada mientras duermes? ¿Cómo diseñar y escribir una carta de amor y pretender que la humanidad cimbre, si los sobres escasean y ya no provocan encanto ni las letras causan ilusión? Si la mayoría es proclive al brillo de la superficialidad, a los apetitos pasajeros y a la levedad de la existencia y las cosas, ¿cómo uno puede introducirse a las profundidades del océano para armar una declaración de amor? Si en una confusión de ideas y atrapados entre las pasiones y los sentimientos, los compositores ofrecen canciones baladíes y los productores filman películas redituables económicamente, ¿cómo escribir, entonces, la historia más bella, excelsa, rica e inolvidable de amor? ¿Qué puedo decir cuando parece que todo se ha pronunciado? ¿Cómo susurrar a tu oído la cadencia de mis composiciones si muchos prefieren la discordancia de los gritos? Nadie sabe, aunque algunos lo sospechen, que la aleación de mis palabras, al escribir para ti, proviene de los talleres del cielo y de mi alma, donde todos los días horado con la intención de descubrir los tesoros más resplandecientes que un artista puede entregar a su musa, a una dama, al ente femenino que ama y en el que se reconoce eternamente. Esa es, parece, la razón por la que el material de mis escritos es inagotable. No podría rasgar trozos de tela para entregarte remiendos que cubran y resalten tu brillantez; es preciso, por ser quien eres, cortar con delicadeza el lienzo que merece alguien que late en el corazón y mora, por lo mismo, en el interior de uno y en los salones de un destino sin final.

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Nosotros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando sentí alegría al verla tan feliz y celebré, jugué y reí a su lado o experimenté tristeza al notarla afligida y le ofrecí mis brazos y enjugué sus lágrimas, entendí que ya no no éramos ella y yo separados, sino nosotros, fundidos en un amor que trasciende la concepción humana y que quizá Dios, al colocarnos en el mundo, ya tenía concebido para embellecer su cielo

Tú y yo somos nosotros. Nosotros significa tú y yo, la vida y los sueños, el día y la noche, tu risa y la mía, el mundo y el cielo, el amor y las ilusiones. Ya no es soledad. No son destinos apartados ni caminos desiertos. Es compartir tus cosas y las mías, un destino, instantes, sentimientos, capítulos de un guión, nuestra historia. Es percibirte en mí y que me sientas en ti. Al pronunciar nosotros una mañana nebulosa y fría, pretendo que las ráfagas del viento lleven mis palabras a los confines del mundo y el universo para que al anochecer, las estrellas alumbren nuestra caminata al firmamento. Entiendo que por nosotros hay una unión especial, un amor inextinguible, una compañía permanente, y que nuestros sueños y vivencias, alegrías y tristezas, ilusiones y desilusiones, triunfos y fracasos, luces y sombras, pertenecen a ambos, los compartimos y ya no sentimos soledad y dolor durante los momentos de angustia y desencanto. Al decir nosotros, un abrazo prolongado es para trasmitir nuestro amor o darnos apoyo y consuelo. No estamos solos. Somos tú y yo, nosotros, los de ayer, hoy y mañana. Quizá un día, al descender el telón, cuando la flama de nuestras existencias terrenas se extinga, tu nombre aparecerá en alguna cripta y el mío en otra; sin embargo, siempre serán eso, lápidas frías, ausentes de sentimientos, porque nosotros guardaremos las horas, los días y los años de encuentros y coincidencias, alegrías y amor, locura y juegos, realidades y sueños, y eso, musa mía, nos hará ricos aquí y allá. No importará que nuestros labios, ojos y manos queden separados, al final de nuestra jornada mundana, hasta convertirse en polvo, ceniza, recuerdo u olvido porque habremos diseñado y edificado puentes a fronteras y rutas de ensueño, mágicas y sublimes. La eternidad se construye desde el mundo a través del amor, la alegría, los sentimientos, las ilusiones, los valores y las huellas indelebles que se dejan al transitar en el sendero. Al ser tú mi musa, mi dama en el mundo y mi ángel en el cielo, la criatura femenina que me acompaña en mis juegos y horas de creación y soledad, y yo tu amante de la pluma, el caballero que experimenta el sentimiento más fiel y puro por ti, el hombre capaz de escalar la cumbre y que te abraza en los momentos de dicha y en los minutos de aflicción, tocamos los hilos etéreos de Dios y acaso sin darnos cuenta, andamos en un camino que sin duda conduce a la morada. Ahora somos nosotros, tú y yo.

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La dama

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quedé sorprendido cuando la descubrí ante mi mirada. Se trataba de la dama que yo, como caballero, había presentido y trazado en mis dibujos infantiles, en mis pinturas juveniles. Era ella. Asomé a mi alma, a mis deseos, a mis sueños, a mis remembranzas en los parajes de la eternidad, y la descubrí conmigo

Fui educado para sentir, pensar y actuar como caballero. Es, quizá, la razón por la que entre un suspiro y muchos más te busqué aquí y allá, en un rincón del mundo y en otro, en los pliegues jade y turquesa del océano y en la galería plateada del firmamento, con la idea de amarte y hacer de los años de tu existencia un collar de alegrías y una diadema con flores de cristal. Desde mi infancia te presentí y decidí, por lo mismo, diseñarte en mis sueños y hacerte real,  porque sabía que en algún momento te encontraría y me probaría como caballero. Intuí, entonces, que serías la dama a quien ofrecería un asiento o se lo fabricaría en caso de que no lo hubiera. La niña, la adolescente, la joven, la mujer madura y la anciana de mi amor y mis detalles; pero también la dama de mansiones superiores, femenina, sutil, etérea. inseparable de mi alma. Contigo, a mi lado, en mí, siempre seré el caballero que regale a su dama esferas de alegría, sueños e ilusiones, y que haga de sus aspiraciones y fantasías una historia mágica y real. Reúno arena y piedras con la intención de construir un puente que una el mundo con el cielo y así ofrecerte la posibilidad de transitar libremente a los espejismos y las realidades terrenas y al encanto de la inmortalidad. Armaré una escalera que llegue hasta la morada de Dios con el propósito de amarnos y jugar en su taller de artista, en sus jardines, en ríos de corrientes etéreas, en su patio, en sus salones, en la espiral. Reservé mi amor y mis obras para ti. Una dama es un ser femenino y delicado como tú, con un código de vida especial, de quien uno puede esperar el amor más fiel y puro. Una dama es, parece, una criatura que Dios eligió para transmitir los principios más bellos, sus secretos y delicadezas. Una dama no es, como ahora cree la mayoría, una mujer sometida y caduca; al contrario, se trata de un ser femenino y pleno, libre y digno, con la luz que proviene de la esencia. Una dama no pasa de moda mientras exista un caballero. Una dama, insisto, es el ángel a quien amo y del que cuido hasta su nombre para no exponerlo a la tempestad.

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Mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Voló aviones de dos alas, impartió clases, participó en el desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, conoció el encierro y el silencio de las celdas conventuales, exploró las entrañas de la tierra y descifró las ruinas arqueológicas, se sumergió en las profundidades de su ser, leyó incontables libros y me relató historias, me mostró el sendero del arte, me indicó la ruta interior, me invitó a descubrirme y escalar la cumbre.

También montó un elefante en su infancia, estudió el libro de los Vedas y las obras más antiguas y profundas de la humanidad, fue aventurero, vivió lo que soñó y dedicó muchos años a los inventos, a orientar sus esfuerzos en el descubrimiento del movimiento continuo, principio que desarrollaría para entregar a la humanidad un sistema que generara por sí solo su propia energía, con lo que intentó eliminar el uso de hidrocarburos y otras fuentes contaminantes.

No era hombre arrogante ni ostentoso. Prefería mostrarse al natural, honesto, sencillo, humano, dispuesto a trascender, ayudar a quienes le rodeaban y dejar huellas indelebles en el camino. Su mayor riqueza reposaba en las profundidades de su ser y se manifestaba en sus sentimientos, palabras, acciones e ideas.

Fue mi padre. De él aprendí a amar y entregarme plenamente a mi familia, los secretos del arte y el pensamiento, la caballerosidad, el sendero a fronteras insospechadas, el código que rige los días de mi existencia.

Me enseñó, además, a enfrentarme a mí mismo, a mis miedos, a los abismos diseñados y creados desde mis sentimientos y pensamientos, a las sombras que se disipan ante la luz. Su fuerza de voluntad era inquebrantable. Poseía la fórmula de la vida.

Igualmente, me amó y consintió mucho, pero también me corrigió y me mostró la energía y disciplina. Parecía saber todo. Hablaba de Dios, del ser, de filosofía, de religiones, de medicina, de política, de inventos, de historia, de arte, de ciencias, como si tuviera acceso al conocimiento universal.

Le agradezco que me haya abrazado para protegerme y, a la vez, dado oportunidad de volar libre y pleno, auténtico y feliz, con un relicario de principios que no caducan con el tiempo ni se doblegan ante las modas, pasiones y tendencias humanas.

Amó a mi madre, que era una dama. Cada día le entregó alegría y detalles de caballero. Su familia fue lo más amado en el mundo. Fue un ser humano espiritual, artista, intelectual y práctico, con incontables vivencias en una sola existencia.

Recuerdo que la gente, a su alrededor, acudía en su búsqueda para recibir un consejo, palabras de aliento, opiniones sobre determinados temas y hasta ayuda en alguna reparación. Parecía inagotable. Siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás.

De él podría escribir una obra bella y sublime porque fue un ser humano extraordinario e inagotable, demasiado luminoso; sin embargo, al rendirle mi más profundo amor, respeto, admiración y agradecimiento dentro de la brevedad de este texto, recuerdo que yo era muy joven cuando aquella noche, la última que lo miré con vida, lo saludé como cada día, con un beso en una mejilla y en otra, y la idea de reunirme pronto con él, mi madre y mis hermanos, ya que me ausentaría algunos días de la ciudad.

Reservaré para mí los prodigios, los detalles, el capítulo de sus horas postreras. Retorné a la casa solariega antes de tiempo. Cuando llegué en el automóvil, acompañado de uno de mis hermanos, descubrimos personas en el jardín del frente, siempre con flores y plantas cultivadas por mi padre. Uno de los vecinos interceptó a mi hermano, lo abrazó y dijo: “lo siento mucho, tu papá falleció”. Escuché la noticia y corrí desolado a mi habitación con la intención de llorar como nunca antes lo había hecho.

Él, quien durante alguna hora de su niñez aprendió a tocar violín y otro día de su vida regresó invicto del umbral de la muerte, tras su agonía en cierta época, supo interpretar la proximidad de su instante postrero en el mundo y señaló su corazón aquella madrugada de octubre, cuando mi madre escuchó su estertor. Tras señalar su corazón, su brazo desplomó ausente de vitalidad, igual que un guerrero victorioso. Su transición fue breve, acorde al personaje y a su grandeza.

Han transcurrido los años, unos primaverales, algunos veraniegos, otros otoñales y unos invernales, con sus luces y sombras, sus senderos, sus dualidades y la intensidad de nuestra historia; no obstante, es octubre, cuando el hálito del viento desprende las hojas de los árboles, las mece y las barre posteriormente, al acumularse en alfombras doradas y quebradizas, el mes que él, mi padre, pasó por la transición.

Los años, transformados en décadas, no han impedido que recuerde y sienta a mi padre cada día, como el primero de mi existencia en este plano, cuando abrí los ojos y lo vi amoroso y protector. Él me enseñó a fundir la esencia del ser a pesar de la frontera que parece existir entre la vida en el mundo y planos superiores. Siempre le llamé papi. Lo recuerdo con amor y le rindo homenaje al expresarle que fue un honor y un privilegio ser su hijo.

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El índice de nuestra historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En cuanto sentí que mi amor por ella se desbordó, visité la biblioteca de Dios, consulté las páginas de nuestra historia y descubrí que se prolongan hasta los suspiros de la inmortalidad. Abracé el tomo sin final, cerré los ojos y me vi con ella en cada amanecer y anochecer, entre el sol dorado y las estrellas plateadas del firmamento

La vida es tan breve y frágil que la temo insuficiente para entregarte mi amor con mil poemas, incontables flores perfumadas y tersas disfrazadas con mis sentimientos, guiños, promesas y detalles envueltos en burbujas de cristal y nieve, abrazos y besos, sorpresas, juegos y una historia con portada de alegría y páginas de ternura y vivencias inolvidables. Es por lo mismo que diariamente toco a la puerta de tu morada, asomo a las ventanas de tu ser y al fundir tu mirada con la mía, tus latidos con los de mi alma, te invito a volar libre y plenamente en la inmensidad del cielo, siempre juntos, para sentir el viento de la inmortalidad y reconocer su itinerario, la ruta a la tierra donde el tiempo y el espacio sólo son medidas de planos temporales, tan lejanos y diminutos como la finitud. Nosotros somos más grandes. Nuestra unión en el mundo sólo es preámbulo de un guión maravilloso e inagotable, capítulos subyugantes que aparecen en un índice sin final. El destino que te ofrezco es el jardín donde alguna vez jugamos, ¿lo recuerdas? Es el patio de nuestra convivencia perenne, el recinto sin muros, la palestra en la que flotan nubes de colores inimaginables y en la que corren ríos etéreos, la buhardilla y el taller de Dios que huelen a creación, tinta, fórmulas, pinturas y música. Mi amor por ti, lo sabes y lo sientes, es inagotable, de tal manera que la estancia en el mundo, los días de la vida, parecen insignificantes; es el motivo por el que me resulta perentorio zambullirnos en las hojas de nuestra historia, descubrir pasajes entre la realidades mundanas y los sueños y la luz inextinguible. Busco el índice de nuestro libreto, el que escribió Dios para ti y para mí, con la intención de comprobar que es interminable y que la historia se prolonga hasta planos sublimes y etéreos. Tras temer que la vida, en este mundo, no alcanzará para entregarte la locura de un amor que se siente auténtico, fiel, libre, pleno, intenso, puro e inagotable -disculpa por comportarme tan descriptivo, pero es la fuerza de mi ser, la intensidad de mis sentimientos-, compruebo, al leer el inventario de los capítulos, el sumario de nuestra obra, que tu historia y la mía, juntos, tiene futuro porque continúa en ti y en mí, en la fuente más luminosa, de donde surgen, en un acto mágico, el sol dorado y las estrellas plateadas, las gotas diáfanas de lluvia, las flores que te regalo y las miradas más dulces que intercambiamos una noche romántica con velas y luceros. Estamos contemplados en esa historia. Leí el índice de nuestros capítulos. En sus páginas no encontré conceptos ni palabras relacionados con dolor, enojo, perversidad y tristeza; descubrí, en cambio, las que definen amor, alegría, luz, eternidad. La lista interminable de capítulos indica que tú y yo estamos incluidos en una obra maravillosa. Es la historia sin final.

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Confesión

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Le compuse un poema, la describí en mis conciertos incansables, la pinté en el lienzo, y decidí, al sentir su aliento de musa, llevarla de paseo al cielo y quedarnos en alguno de sus parajes

Dicen que los artistas no somos de este mundo, que venimos un rato de otras fronteras, quizá de los sueños, de las quimeras o de planos inimaginables, porque transformamos las estrellas y los cometas en poemas, el oleaje del océano y las tormentas en conciertos y sinfonías, el trinar de las aves y los rumores del viento en canciones, las fragancias y la policromía de las flores en cuadros y murales, y la dureza del mármol yerto en formas cautivantes. Piensan algunos que nosotros, los artistas, somos bohemios incorregibles, seres que hablamos con las musas, soñadores que volamos libremente con la imaginación allende las nubes de colores tenues, para traer textos, poemas, relatos, pinturas, sonidos, formas, belleza; sin embargo, pocos saben, en verdad, que si traspasamos las murallas del cielo o nos sumergimos en nuestras propias profundidades, es para alumbrar y colocar luceros en la pinacoteca celeste, faroles en las calzadas empedradas y pletóricas de árboles, bancas y fuentes. Hacemos vibrar a los seres humanos y les ofrecemos, a través de nuestras creaciones, los regalos de Dios. Desconocen que nuestras obras son las piedras y el herraje tejido que forman el puente hacia la altura, donde termina el mundo y concluye el firmamento porque inicia la inmortalidad, principian el día y la noche interminables. Ignoran que Dios presta a los artistas su bolígrafo, su libreta de anotaciones, sus pinceles y su lienzo, sus instrumentos musicales, su marro y su cincel, con sus fórmulas inmortales y secretas, y como regalo una musa, para crear obras sublimes. Somos sus aprendices, sus discípulos, sus artistas. Si no fuera así, ¿quién haría del amor un canto, una pintura, un concierto o un poema? ¿Quién convertiría el amor y la vida en letra, en música, en color, en forma? ¿Alguien más podría transformar la realidad en sueños, fantasías, juegos e ilusiones? Si tú, color de mi vida, eres mi musa, entiendo que al inspirarme, al salpicar la tinta de mis letras y las pinturas de mi paleta en ti, al rozarte con los detalles de mi marro y cincel, al escuchar los fragmentos de mi violín, notarás que parte de mi creación es tuya porque tu esencia, tu perfume y tu aliento están impregnados en mí, en mis obras, en mi palpitar. Somos tú y yo en los textos que escribo, en el arte y las ideas que concibo, en la inspiración que recibo. Nadie entiende que los artistas, cuando amamos, poseemos capacidad de hacer de nuestros sentimientos un verso, un texto poético, una partitura, un lienzo… Sí, trozo de ángel, los artistas podemos entrar al cielo libremente, en compañía, si lo deseamos, de nuestras musas.

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