Simplemente…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero dejarte trozos de mí, como la primavera, al nacer, regala sus colores y fragancias;  el verano, en sus mañanas y noches, dispersa perlas de agua que deslizan por las hojas de los árboles y los cristales de las ventanas; las tardes otoñales, en su empeño de no desfallecer, arrastran rumores y silencios en su viento procedente de horizontes recónditos y misteriosos; y las madrugadas invernales, en tanto, maquillan de nívea blancura las montañas, los techos de las casas, los jardines, las calles y los parques, mientras la lumbre de la chimenea arrulla y cobija las horas de ensueño. Me resulta preciso salvar del naufragio de la desmemoria, las historias que compartimos, las ocurrencias que tenemos y hasta los juegos y las risas que dan un toque de locura a nuestros días. Tengo interés en colocar pedazos míos en ti, y no como ensayo de una ecuación de sobrantes y vacíos, sino en un acto que complemente el tú y el yo de nuestras existencias, con la arcilla de mi rostro y la esencia de mis sentimientos, hasta que un día, a cierta hora, pronuncies mi nombre al escribir el tuyo y me sientas en ti al volar libre y plena, con tu sonrisa de niña y tus ojos de muñeca. Antes de partir a otras fronteras -ya sabemos que los días de la existencia son breves y frágiles-, quiero esculpir mi perfil cerca del tuyo con la intención de que me sientas junto a ti y si corres por el césped, sepas que también ando contigo, como lo estaré en los perfumes que el aire matinal arrastrará imperturbable, ráfagas que, por cierto, jugarán con tu cabello, te despeinarán y te recordarán que es bello experimentar el milagro de la vida y el deleite del amor. Simplemente, lo confieso, deseo vivir con intensidad el minuto presente, a tu lado, correr, abrazar troncos de abetos, girar hasta caer sonrientes, hundir los pies en la arena y en la corriente de la alegría e inmortalidad e invitarte a asomar  al engranaje de los segundos con el propósito de desarmar el tiempo y dar paso a la libertad y al infinito. Quiero dejar algo de mí en ti para que siempre, al abrir y cerrar los ojos, al amanecer y al anochecer, sepas que el amor flagela la espalda del tiempo y derrumba sus murallas. Es, sencillamente, una fórmula que tiende puentes etéreos y mágicos entre uno y otro, y propicia, por lo mismo, la cercanía a paraísos que de pronto creíamos perdidos y solamente estaban ocultos en nosotros, entre los abrojos y los maquillajes de la cotidianeidad. Es, en suma, amar, componer el poema o la sinfonía magistral y sutil, atreverse, traspasar umbrales, cruzar puentes, salvar abismos, desvanecer fantasmas, diluir sombras y conquistar vergeles, escalar cumbres, zambullirse a profundidades insondables, entender las pautas de la vida, percibir los rumores y silencios que pulsan en la creación y transformarse en cielo, luz y corriente diáfana.

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Se fueron muchas historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Alguien pretende desdibujar los trazos del maestro. Tiene interés en mutilar el lienzo,  contaminar los tonos de la paleta, alterar las notas del pentagrama, voltear el sentido de los poemas y distorsionar las historias. Su táctica consiste, estos días, en borrar sonrisas, confundir rutas, barnizar la alegría con los colores del dolor y la tristeza, eliminar destinos, enlodar la arcilla y la esencia. cortar puentes y presentar desfiladeros insondables y oscuros. Es alguien compuesto por una multiplicidad de rostros, nombres y apellidos, con poder, que siempre tuvo un plan siniestro para despedazar a las familias, a las instituciones, a las sociedades, a la humanidad, y generar divisiones y enfrentamientos entre los opuestos. Son quienes pretenden suplantar al uno, al artista de la vida. Es la élite que propició que la gente se escupiera a sí misma y se transformara en plástico, en concreto, en petróleo, en superficialidad, en porquería. Con el rapto de la salud y la vida, destruyen, enlutan, desequilibran, controlan. Se apoderan de todo. Y lo celebran y lo saben. No desconocen que con la gente, partieron y se rompieron innumerables historias sin relatar. Con los ancianos, se fueron otros días, épocas de antaño, costumbres y momentos que apenas ayer eran realidades y sueños. Con las mujeres y los hombres ausentes, perdimos trozos de diversidad, riqueza incalculable y originalidad. Con la infancia perdida, se desvanecieron sonrisas naturales, algarabía, juegos, inocencia y mañanas prodigiosas. Con los artistas que hoy faltan, se derrumbaron las quimeras y se apagaron las luceros de la noche. Con los enfermos que perecieron un día, otro y muchos más en la confinación y la táctica del aislamiento y la incomunicación, murieron las alegrías, la fe, la esperanza, las ilusiones. Los juegos de la vida quedaron incompletos. Con los adolescentes y jóvenes que abordaron los furgones con destino a otras fronteras, se fortalecieron los espectros de la generación perdida y aparecieron el luto, la tristeza y el dolor. El desconsuelo tiene figura. Con las preguntas e incógnitas, se multiplicaron los signos de interrogación y la falta de respuestas. Con los padres y las madres que a cierta hora enfermaron y sucumbieron, se multiplicaron los huérfanos desprotegidos, el luto, la desesperanza, la miseria y la soledad. Con la ambición desmedida de una élite poderosa y de apariencia indestructible que tiene bajo su control gobiernos, finanzas, ciencia e información y que anhela adueñarse del planeta y de la voluntad humana para someterla a niveles despiadados de explotación en un orden mundial totalmente injusto, el virus alterado en laboratorios y cultivado en zonas estratégicas para su inmediata propagación global, ha propiciado que las familias e instituciones se desmoronen y que haya faltantes, ausencias que lastiman. Con la denigración de los sueños, la esperanza, los sentimientos nobles, las ilusiones, la libertad, la fe, las ideas y la diversidad, empezamos a agonizar y perder la vida. Alguien -una élite cruel y poderosa, un grupúsculo en exceso ambicioso- pretende alterar y borrar rostros, nombres y apellidos, historias, valores, alegría, ideales, amor, remembranzas de un ayer apenas real hace algunos meses, sentimientos e inteligencia,  precisamente con el objetivo de masificar, controlar y explotar a la humanidad. Y nosotros, como individuos, familias, sociedades e instituciones, somos responsables, en amplio porcentaje, de que tales pillos estén destazando a una parte de la humanidad, al preferir los apetitos y superficialidades y arrojar a la basura los sentimientos nobles y los valores, al dar a los hijos y menores de edad aparatos costosos para distraerlos ante nuestra ausencia de amor y creatividad para atenderlos, al encender a la nodriza llamada televisión que criticó y ridiculizó desde hace décadas el bien y los conceptos positivos y normalizó y justificó el mal, al practicar la simulación y utilizar la táctica del engaño e innumerables antifaces, al perder identidad y el sentido de la vida, al carecer de proyectos reales. Ellos, los miembros de la élite que hoy somete a la humanidad, siempre han tenido un plan y no desconocen la ruta que hay que seguir para apoderarse del planeta, sus recursos y su gente. Es hora de despertar y reaccionar antes de que alguien conduzca a los rebaños humanos a los abrevaderos de la desmemoria y, aterrados, débiles y fragmentados, olvidemos quiénes somos y estiremos los brazos para recibir dócil y voluntariamente los grilletes o seamos empujados a abismos de los que surgirán nuevos dioses a los que tendremos que rendir tributo y estar agradecidos. Alguien intenta disolver nuestra historia e identidad a través del cargamento que esconde una enfermedad totalmente manipulada y dirigida. Como que tienen la aspiración ruin de suplantar los colores de la vida, las fragancias y las tonalidades que, al inicio, Dios o el principio creador aplicó magistralmente.

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Muñeca de porcelana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y una mañana, tras despertar, asomó al espejo y descubrió, ipso facto, que era ella, ausente de fragancia y maquillaje. Intentó reconocerse. Estaba rota. Faltaban y sobraban trazos, colores y pedazos. No era error del espejo de la belleza y la ensoñación al dibujarla añeja e insípida. Algo había sucedido con ella durante la repetición y monotonía de los días. Se acostumbró tanto a su imagen cotidiana, que no distinguió los rayones de las horas acumuladas. Pensó que su mirada -al fin sentido humano- la engañaba; sin embargo, el espejo permaneció callado, ausente, como quizá siempre lo había estado. Parece que los espejos son indiferentes, pero crueles si alguien insiste en molestarlos y preguntarles acerca de la belleza de la que se sienten dueños o que iluminan con paletas de diferentes tonos. Sintió, por primera vez en su vida, la carga del tiempo, lo sinuoso del camino, la amargura de sus rasgos. La altivez que padeció desde que aprendió a ser muñeca de aparador y no, como sus familiares, compañeras y amigas, mujeres con aciertos y errores, le arrebató la sencillez y la capacidad de saber que la apariencia física sólo es un vestido que carece de porvenir, un destello que se convierte en vestigio al paso del tiempo, un trozo de arcilla que embellece la luz o denigra la sombra. Olvidó que el brillo y la lozanía de los rasgos se apagan algún día, a cierta hora, y que al final quedan zanjas que sepultan la vanidad de otrora. Intentó distraer su mortificación, diluir su tristeza. Le resultaba difícil aceptar que tras innumerables momentos iguales, algo había sucedido con su cara y sus manos de muñeca de porcelana. Era un atributo, una característica, un algo que cautivaba y arrebataba la atención y los sentidos. Era su riqueza. Formaba parte de su éxito. ¿Qué haría? Consultó sus finanzas y descubrió con alarma y dolor que algo había acontecido en el mundo, de manera que ya no funcionaba el modelo económico que la ensalzaba socialmente. Supuso que se encontraba atrapada en una cárcel, entre sueños, pesadillas y realidades. El destino o algo había enmendado, entre un anochecer y un amanecer, su rostro, su piel, su apariencia física, su patrimonio material, las dos características que sostenían su distinción y su éxito. Se encontró consigo, con sus múltiples rostros escondidos en alguna caverna, desnuda, y entre rumores y silencios del interior y del exterior, alguna voz le indicó que nada, en el mundo, es permanente, y que los apellidos de linaje, los títulos académicos o nobiliarios, los reconocimientos sociales, la fortuna material, la ropa y los accesorios con etiquetas de prestigio y hasta los lujos y la belleza física, estorban cuando se utilizan superficialmente y con el objetivo de someter a los menos afortunados, obtener beneficios personales y descalificar y humillar a los demás. Asomó a la ventana y miró, a través de los cristales biselados y emplomados, a la gente que sonreía alegre, a los niños acompañados de sus padres y sus madres, a los enamorados, a las familias, a los solitarios, a hombres y mujeres que agradecían y disfrutaban el sol matinal, el perfume de las flores, las gotas de agua que salpicaban de la fuente del parque, las sombras jaspeadas que regalaban las frondas de los abetos, el canto de las aves, el vuelo de libélulas y mariposas, el zumbido de las abejas y la profundidad azul del cielo. Ninguno requería, para ser dichoso, libre y pleno, algún perfil de muñeca, una fortuna material, un apellido linajudo o un documento que acreditara su conocimiento. Simplemente, vivían contentos, en armonía, con equilibrio, libres y plenos, en su derecho de vivir dignamente y cumplir sus sueños y proyectos; pero no basaban su grandeza en rostros, siluetas, cuerpos y lujos excesivos.  Coexistían figuras de porcelana, cartón, trapo, madera y plástico en un ambiente donde raza, origen, creencias, nivel académico y posición socioeconómica resultaban secundarios. Volteó al otro lado, donde las construcciones grises de concreto estaban maquilladas y vestidas con apariencia de boutiques y tiendas elegantes, y presenció el desolador espectáculo que ofrecían los empleados silenciosos y malhumorados de un establecimiento comercial, envueltos en overoles apagados y botas opacas, quienes arrojaban al carretón de la basura pedazos de maniquíes que eran recompensados, tras permanecer diferentes temporadas en los aparadores con ropa que un día, otro y muchos más se convirtieron en ayer, en moda caduca, con el olvido y la partida entre porquerías y desechos de una sociedad consumista. Comprendió que la belleza física, la formación de riqueza material y la concentración de reconocimientos públicos derivados del conocimiento o de otros aspectos humanos, tienen validez cuando lo más importante, en cada persona, son sus principios, su esencia, sus sentimientos nobles, sus actos buenos, su sencillez. Se sintió la más miserable de todas las muñecas de porcelana. Asomó al espejo que, indiferente y silencioso, la dibujó sin maquillaje.

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Mesa incompleta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La mesa se rompió. Está incompleta. No es la misma de hace días. Luce descompuesta e irreconococible. Sobran asientos y platillos; faltan risas, conversaciones y rostros. Hay ausencias que duelen y se sienten en lo más profundo del ser.  Es algo que lastima. Son presencias que se añoran y se repiten cada instante en las esquinas y los rincones de los sentimientos y la memoria. Las sillan evocan otras horas, instantes tan lejanos y próximos a la vez. Son recuerdos de minutos apenas consumidos ayer y que intentan, en medio de faltas y desolaciones, cubrir huecos, trazar siluetas, dibujar rasgos de seres con nombres y apellidos que ya no regresaron. Quizá un amanecer o tal vez un anochecer -todo es tan impreciso-, despertamos o dormimos con la noticia de que alguien pretende modificar cruelmente la vida humana, oculto cobardemente entre el ropaje del coronavirus -Covid-19-, y lo creímos porque la enfermedad, sin ser pandemia como aseguran, es real y aniquila con la complicidad de actores de todas las disciplinas: gobernantes, científicos, laboratorios y medios masivos de comunicación a nivel internacional, entre otros. El ambiente se encuentra enrarecido. Flotan medias verdades y medias mentiras que se mezclan con contagios, temores, quebrantos y dolor. Atrapados en el naufragio desconsolador de un aislamiento dirigido, forzoso o sugerido, entre grupos humanos interesados en el bien y hordas primarias, el telón se ha levantado con el objetivo de presentar un espectáculo mundial de miedo, corrpción, muerte, conductas excesivas y lastimosas, discursos enloquecedores, debilitamiento mental y físico, saciedad, distractores, noticias contradictorias, montajes, antagonismos y divisiones en las familias y las instituciones de la sociedad, rumores y promesas incumplidas, en un afán deapiadado de asesinar al mayor número posible de personas, apoderarse del planeta con todas sus riquezas y manipular y ejercer control absoluto en todos los pueblos. Es así como al deambular entre destellos y sombras, mucha gente se retiró del camino. Innumerables hombres y mujeres ya no retornaron a sus sitios en la mesa por perecer temprana e irremediablemente, por sentir la atrocidad y cargar el peso de la época o simplemente por no coincidir con los otros comensales. La mesa está incompleta. Falta gente. No se distinguen las múltiples caras de niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos. No llegaron. Unos quedaron atrás, atrapados en las espinas de la muerte, en la caducidad de la existencia, y otros, en cambio, prefirieron no presentarse más. El banquete de la vida continúa con sus sazones, a pesar de las luces y sombras. Al menos hoy es notoria la cantidad de espacios vacíos. Lloramos las faltas anticipadas de aquellos que ocuparon paréntesis dentro de nuestras existencias, con todo y nada de lo que fueron y significaron, y lamentamos que otros, con vida, hayan elegido no regresar por ser piezas discortantes de la maquinaria de la coexistencia. Cómo hieren y matan las ausencias. Hay exceso de sillas vacías. La mesa, insisto, no es la misma. Se palpan huecos y se perciben ausencias.

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Las máscaras cayeron… ya nos reconocemos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando los seres humanos superemos el capítulo del coronavirus -Covid-19- y se convierta en ayer, en recuerdo doloroso, en vestigio triste, en rostro desmaquillado de lo que seres humanos crueles e intoxicados por la ambición desmedida y las pretensiones de dominio global son capaces de hacer en contra de la vida y el equilibrio del planeta, el mundo presentará rasgos diferentes, algo habrá cambiado, por lógica se establecerán otras reglas y seremos náufragos y pedazos de la historia y del destino que irresponsablemente consentimos durante años al resultarnos más fácil quedarnos en la aparente comodidad de las butacas, entre la masa informe del auditorio, insensibles e irreflexivos, que diseñar proyectos existenciales auténticos y actuar de frente, transformarnos en protagonistas de los cambios individuales y colectivos que requerimos para trascender.

Quizá tan doloroso episodio quedará registrado en la historia mundial como algo asqueroso y repugnante por parte de un grupo asesino y dominante -dependerá de quienes documenten y escriban tan terribles capítulos, desde luego no pocos justificando las decisiones, conductas y reacciones de quienes les paguen-, probablemente los responsables de la masacre mundial serán denunciados y perseguidos o tal vez dicha élite continuará libre e impune, como hasta hoy, empeñada en apoderarse del planeta y de las voluntades humanas, ya fortalecida con la información obtenida de tan fatal experiencia global y con los resultados de su ensayo macabro y las conclusiones del ejercicio mortal que llevaron a cabo sin importarles disfrazar la realidad, esconderse y manipular el dolor, la enfermedad y el miedo de acuerdo con sus caprichos e intereses. Nadie lo sabe. Dependerá, en mucho, del despertar o del adormecimiento de millones de personas que han permanecido en el aislamiento, condenadas a presenciar espectáculos terribles y vergonzosos para una civilización que se creyó y sintió dueña y eje del universo.

Más allá de análisis, de especulaciones y del intento de armar un paisaje al que a la vez le faltan y le sobran piezas, es innegable que las condiciones y reglas del mundo serán otras y habrá que reconstruir lo que cada persona y nación perdimos durante la etapa que ha colapsado a la mayoría. Cada uno, al regresar a los espacios públicos, a las escuelas, a los centros laborales, a los despachos, a las oficinas burocráticas, a las empresas, a las actividades cotidianas, habremos tenido oportunidad de medirnos previamente por medio de las pruebas y tribulaciones de mayor dimensión en la historia humana que enfrentamos, y sabremos, en consecuencia, si somos esencia y arcilla o simple tierra burda mezclada con residuos de desagües y movidos con hilos que alguien manipula conforme a sus apetitos, intereses y caprichos.

Estos días de rasgos ensombrecidos, también han sido de aprendizaje. Ahora, cada uno sabemos lo mucho o poco que valemos como personas. Hemos tenido oportunidad de comprobar si estamos despiertos, a pesar de las adversidades y los desafíos, o si preferimos refugiarnos en apetitos, superficialidades y pretextos.

Cada uno, en el interior, entendemos si somos luz o sombra, identidad o cifra y estadística. Al cabo de días repetidos, hemos sido náufragos amorosos y solidarios o resentidos, crueles y amargados. A pesar del dolor, la tristeza y el miedo impuestos, ya demostramos de qué estamos hechos y lo que somos. Ahora hay que renacer o morir, despertar o esconderse entre celdas, fantasmas y sombras.

Habrá quienes se reconciliaron consigo, con la vida, con sus familias, con otros seres humanos, y crecieron sustancialmente; pero también aquellos que no dejaron de proyectar que vienen de hordas y solamente se interesan a sí mismos, en la satisfacción de sus apetitos, en la petulancia de sus apariencias o posesiones, en la estupidez y en la ausencia de valores y de sí en que coexisten. Cada uno tenemos la respuesta.

Igual que como estos días, semanas y meses hemos tenido paréntesis y lapsos tendientes a probarnos como individuos, familias, instituciones, comunidades y naciones, los gobernantes y políticos de todo el mundo también han demostrado quiénes son en realidad, qué intereses existen detrás de ellos y si efectivamente aportaron e hicieron algo valioso por la gente o si aprovecharon la confusión, el miedo y el caos para fortalecerse como grupo y perpetuarse en el poder.

En cuanto a aquellos que se han amurallado y callado desde sus fortalezas científicas, sociales, académicas, religiosas, médicas, intelectuales y artísticas, definitivamente ya enseñaron sus credenciales. El silencio, cuando urge la información firme y honesta, suele transformarse en cómplice o en mercenario al pronunciar medias verdades y medias mentiras. No tiene caso ni sentido desperdiciar el tiempo tan preciado en solicitarles que hablen lo que prefirieron mantener en las prisiones del silencio.

Las máscaras cayeron. El maquillaje se desvaneció pronto. Los antifaces y los vestuarios se mostraron inservibles, caducos, artificiales e insulsos. Estamos rotos y debemos reconocernos y pegarnos, rescatar los minutos perdidos y la vida fugaz, reconstruir nuestros ideales, sueños, aspiraciones, sentimientos, realidades, proyectos, valores e ilusiones.

No dudo que algunos continuarán con la necedad de permanecer atrapados en sus propias celdas espirituales y mentales, en sus salones de tortura personal, familiar y colectiva, hacinados en su miseria humana, mientras otros tantos optarán por quebrantar las cadenas y respirar el aire de la libertad, disfrutarse con lo que son y amar a sus familias, experimentar los instantes de la vida con su sí y su no, respetar a la gente y la naturaleza, coexistir en armonía y con equilibrio, destilar luz y no sombras, actuar con principios y sentimientos nobles.

¿Quiénes somos? Cada uno tenemos la respuesta. La presente, ha sido la prueba global más desafiante y peligrosa para la humanidad por todo lo que esconde y significa. Si el período histórico que hemos enfrentado con tanto dolor, preocupación y temor no nos ha motivado a la reflexión, al reencuentro con nosotros y los seres que amamos, a la reconciliación interna y colectiva, al rescate de las familias y los principios nobles, definitivamente somos, en consecuencia, la basura y la escoria que cierto grupo poderoso, a través de los años, ha tratado de volvernos en lo personal y socialmente. Cada uno sabemos, ahora, quiénes somos y si tenemos capacidad de ser auténticos, amar a nuestras familias. dar de nosotros a los que más sufren y dejar huellas imborrables, hermosas e inolvidables.

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La escuela extraña a su gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El polvo se mezcla con los rumores del silencio y, juntos, trazan rutas cotidianas, entre nombres y apellidos que una y otra vez pasaron lista y susurros de recreos que permanecen a los lados, atrás, enfrente, aquí y allá, en las aulas, los pasillos, las escaleras y el patio. Se encuentran latentes en la memoria y en los sentimientos, en los recuerdos, en el tiempo, en los ecos fragmentados que a veces flotan.

Las instalaciones se encuentran desoladas. Evocan a las miniaturas de hombres y mujeres que ensayan a la vida, con rasgos de juguete, y a los adolescentes y jóvenes cargados de mochilas con libros y cuadernos, ilusiones y ocurrencias, y a los profesores entregados a su ministerio, a su profesión, a su quehacer de la enseñanza.

El viento arrastra hojarasca y la dispersa en su camino, como para recordar que nada es permanente, en memoria de aquellas mañanas nebulosas y frías de algarabía infantil, adolescente y juvenil, y las tardes calurosas o de lluvia con tareas y repaso de lecciones.

La escuela exhala suspiros nostálgicos. Extraña a sus niños estudiosos y traviesos, a sus adolescentes con tantas ocurrencias, a los jóvenes enamorados e inquietos, a sus maestros estrictos, tolerantes o inolvidables.

¿Dónde se encuentran los alumnos?, preguntan, a cierta hora, las butacas a los salones de clase y estos, a la vez, al patio, a las canchas deportivas, a los jardines, al gimnasio, a la cafetería. Nadie contesta. No hay respuestas. Simplemente prevalecen esos pedazos de susurros que a veces uno percibe cuando los estudiantes y sus profesores se encuentran ausentes.

Anochece y las estrellas alumbran la escuela. Vuelve a amanecer. Los días se repiten, inagotables e indiferentes, con sus pausas de murmullos y silencios, sus paréntesis de luces y sombras, cual es la vida, con un sí y un no.

Los muros de los salones de clase dialogan con los pintarrones, los marcadores, los proyectores, el material educativo y los cristales. Saben que la infancia, adolescencia y juventud se encuentran en el aislamiento, ante los abismos y los desafíos de la historia y el destino, quizá, con suerte, si poseen medios de subsistencia y tecnología, protegidos en sus casas, al lado de sus padres, madres y hermanos, asistiendo a clases virtuales.

No es normal, sugieren los corredores; mas las nubes ennegrecidas que anuncian una lluvia inesperada, expresan que la humanidad, atrapada en su ambición desmedida, su soberbia y su estilo de vida antinatural, cayó en su propia trampa y parece agonizar.

La escuela llora. Sí. Derrama lágrimas. Extraña a sus niños y a sus muchachos. Sabe que muchos de ellos tienen miedo, sufren o se preguntan la razón de tanto dolor y quebranto. Algo anda mal en la humanidad. No es centro ni eje de la vida y del mundo, como erróneamente lo creyó.

Mientras llueve, las aulas intuyen que algunos estudiantes y profesores tal vez ya no ocuparán sus asientos y espacios. Una enfermedad alterada en laboratorios y dispersada cruelmente en el mundo, con sus contradicciones y terrores, dará un paso al frente y provocará que muchos hombres y mujeres sufran lo indecible y no abran más los ojos, o que retornen incompletos, tristes y rotos.

Los árboles, que asoman por la barda perimetral y las rejas, entristecen al reflexionar que la ambición de una élite despiadada que tiene a su servicio gobiernos corruptos, científicos mercenarios, artistas e intelectuales mercantilistas e inhumanos y medios de comunicación a sus órdenes, se orienta a aniquilar parte de las personas, en el planeta, e imponer un orden perverso a las generaciones que sobrevivan.

¿En qué momento ingresaron a los salones de clase, lecciones tendientes a ensoberbecer a la infancia, adolescencia y juventud, dividirla y endurecer sus sentimientos, hasta convertir a un porcentaje de egresados en profesionistas insensibles al dolor y las necesidades humanas, ambiciosos en extremo, insaciables y con capacidad de vender sus conocimientos?, interrogaron los trozos de gises y los pizarrones antiguos a los proyectores y pantallas, y ninguno respondió.

¿Fue en las familias, en los hogares, al fracturarse? ¿En las escuelas? ¿En ambas partes? ¿En qué momento se establecieron las condiciones para deshumanizar a niños, adolescentes y jóvenes, generarles antagonismos y divisiones, inculcarles falta de respeto e intolerancia, fomentarles lo grotesco y pisotear sus ilusiones, creatividad, sueños, imaginación, autenticidad, inocencia y valores?

La escuela se siente sola y triste. Añora los días de clases, las horas de recreo, los encuentros infantiles, las voces de quienes aprenden y ensayan el juego de la vida. Llora desconsolada por la generación perdida, por lo bueno que no se hizo, por la ausencia todos y la presencia de nada.

Sabe la escuela que la propagación del coronavirus, denominado Covid-19, es una prueba, el anticipo de otras guerras más funestas, planeadas, diseñadas y organizadas por una élite que pretende apropiarse del mundo, dominar las voluntades humanas y someter a la gente a esquemas económicos, políticos y sociales despiadados y tiranos.

Es momento de que familias y academia desechen aquellos modelos educativos que han creado robots insensibles e implementar esquemas de enseñanza más humanos, amigables y prácticos para hacer del desarrollo integral algo real, incluyente, benéfico para todos, evidentemente con derecho a la superación material de los individuos y al bienestar familiar y colectivo.

Suspira la escuela. Promete darlo mejor de sí con la idea de preparar seres humanos auténticos e íntegros, con valores y responsabilidad social, capaces de diseñar y aplicar modelos reales de desarrollo y progreso.

Las familias y las escuelas deben retomar sus principios, colocarse de frente ante las condiciones y los retos de la hora contemporánea, adelantar sus pasos ante quienes ambicionan dañar y ensombrecer la alegría, los valores y el derecho a la vida, al respeto, a la dignidad, a los sueños, al bienestar.

Hoy, mientras las ráfagas de viento penetran y cantan melodías tristes en los pasillos, salones, corredores, patios y escaleras, la escuela extraña a sus niños, a sus adolescentes, a sus jóvenes. No desea generaciones perdidas. Quiere que su comunidad tenga acceso a familias unidas y con valores, a la dignidad humana, a las libertades, al respeto, al desarrollo integral.

Cómo duele ya la ausencia. Lastima que la lista de alumnos permanezca vacía. Hiere no escuchar las voces de la inocencia. Incomoda no enseñar. Aturde la falta de susurros infantiles y juveniles. Faltan juegos, ocurrencias, risas.

Entre paréntesis de rumores y silencios, la escuela suspira hondamente y espera el amanecer de la vida. Sabe que mañana será otro día. Abraza y añora a su gente, a su comunidad, a las minúsculas que pronto serán mayúsculas. La escuela sufre lo indecible ante la falta de sus alumnos; sin embargo, sabe que al siguiente día nada será igual que en el pasado inmediato, que la generación del momento presente forma parte de un capítulo intenso de la historia y que si en verdad extraña a sus niños y muchachos, tendrá que establecer alianzas con los padres y las madres, con las familias, para juntos rescatar los valores desdeñados y perdidos, formar individuos completos y sanos e inculcar conocimiento que sea empleado al bien y al servicio de la humanidad. La escuela, repito, extraña a su gente.

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Las citas del destino y de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que a la botella de vidrio grueso y forma elegante, a la que una mañana cualquiera alguien introduce la hoja de papel que escribió durante la noche previa de tormenta, la protege con un tapón de corcho y la entrega a los pliegues turquesa y jade del océano con la esperanza e ilusión de que algún día -al siguiente, una década más tarde o dos siglos después- el oleaje incesante concluya su naufragio y la devuelva a la playa, en un rincón incierto del mundo, con la idea de que una mujer o un hombre de identidad anónima la descubra entre los granos de arena y lea el mensaje, muchas personas deciden que llegará la fecha, por sí sola, en que el destino, las circunstancias o la vida las colocarán en el sitio y la hora exactos para dar de sí a los desposeídos, solicitar perdón a quienes han ofendido y lastimado, oír con atención e interés a los desolados y enfermos de tristeza, aconsejar con sabiduría a los que sienten el peso del extravío, pintar de colores alegres las sonrisas e inocencia de la gente, devolver las ilusiones, alimentar a los hambrientos, unir lo que está roto, tender puentes, cubrir de detalles las existencias de aquellos que les rodean, expresar amor y actuar con honestidad y sentimientos nobles.

Existen ciertos niveles de emotividad e ingenuidad en quienes lanzan al mar botellas con cartas y tienen la esperanza de que algún día recibirán noticias de su destino o que otros seres humanos, en una época lejana, las descubrirán, cuando durante la travesía, los objetos de vidrio enfrentarán tormentas, horas soleadas, turbulencias y hasta impactos contra rocas, corales y toda clase de materiales. Se trata de un sí y un no.

Lo mismo acontece con aquellos que aguardan otra fecha con la intención de probarse. Quizá nunca llegará el momento de medirse ni de conocer sus verdaderos talentos, capacidades y sentimientos. La oportunidad de demostrarse a sí mismo el valor que lo salvará o hundirá, está presente en cada segundo. Después, como generalmente sucede, puede resultar demasiado tarde y ni las lágrimas, el arrepentimiento, las flores, el dolor y la tristeza devolverán la vida a quienes indudablemente sólo requerían que alguien les demostrara que realmente eran importantes para ellos, un detalle, un consejo, algunos minutos de atención, un mensaje pronunciado con amor, una visita de cortesía, una llamada telefónica o simplemente un mensaje que hubiera requerido escasos segundos.

¿Por qué si alguien es capaz de arrojar a la inmensidad del océano un mensaje atrapado en una botella de vidrio, no se atreve a comunicarse con una persona con la finalidad de preguntarle si amaneció bien o si puede hacer algo en especial por ella? Parece fascinarnos lo enorme, el escándalo, lo que alumbran las lámparas, los maquillajes que otros pueden mirar; sin embargo, somos tan insignificantes que no tenemos capacidad de entregarnos a los demás ni repartir pequeños detalles de amor, bien y verdad.

La de hoy es una etapa compleja. El destino, la historia y la vida ya demostraron que todo, en el mundo, ofrece una cita impostergable. La ambición desmedida, en los seres humanos, presenta fauces armadas de colmillos temibles. Ningún experimento perverso o guerra había ejercido tanto control y miedo como hoy lo hace una élite cruel que pretende apoderarse del planeta, la riqueza y la voluntad humana.

El coronavirus, denominado Covid-19, es una alteración efectuada en diversos laboratorios y dispersado intencionalmente en sitios estratégicos de la geografía internacional, evidentemente en alianza y complicidad de gobiernos corruptos y serviles, medios de comunicación masiva dedicados a distorsionar las noticias, científicos y médicos que callan, academia y líderes políticos, religiosos y sociales que se mantienen herméticos, con la intención de asesinar gente y propiciar la destrucción de modelos tradicionales e imponer sus caprichos e intereses.

Lamentablemente, el coronavirus que mantiene aislados e inactivos a millones de seres humanos en el planeta, con la parálisis de las actividades cotidianas, es un arrebato ruin de vida, un ensayo, una prueba que permite a la élite dominante adquirir información valiosa como capacidad de resistencia de cada nación y raza, reacciones de las sociedades, estrategias de los diferentes grupos, fortalezas y debilidades, para así, en futuras guerras, eliminar con precisión a mayor número de gente.

Ante tal panorama, es obvio que la realidad humana ha cambiado radicalmente. A diario comprobamos que la fragilidad rompe cualquier expresión de vida. Los verdaderos cambios, las transformaciones capaces de derrocar cualquier debilidad personal e imperios perversos, surgen del interior, y es uno quien posee la decisión de modificar las condiciones, destruir el mal y edificar el bien.

El presente ciclo de aislamiento, demostrará a cada mujer y hombre sus verdaderos sentimientos y valores. Hasta el momento, la actual es la etapa más compleja en la historia de los seres humanos y la que probará a cada uno sus rostros reales, ausentes de maquillajes y vestuario.

Hay quienes cotidianamente se distraen en las bajezas y la suciedad que les inculcaron sus padres y les nutre, y no se percatan de que multiplican su miseria en las familias que formaron, en sus hijos, en sus descendientes. Otros se entregan a sus debilidades y vicios, agreden, hablan mal de toda la gente que les rodea y destilan odio, violencia, resentimiento.

También abundan los materialistas, los que carecen de principios firmes para regalar detalles, sonrisas, consejos, atención, consuelo, palabras. Les encanta recibir beneficios, pero son incapaces de conceder algo de sí a los demás.

Unos, intoxicados por el rencor y la soberbia, y otros, presos en su estulticia, ambición desmedida, apetitos, superficialidades, egoísmo e insignificancia, sepultan momentos, instantes, oportunidades para crecer y realizarse plenamente. Apagan la luz y deambulan en la oscuridad que se han creado.

Las citas del destino y de la vida no ocupan páginas interminables ni asuntos incumplidos de agendas inciertas. Un día se nace, otros se vive y uno más se da el último suspiro. Casi nadie se regala el privilegio de hacer paréntesis diarios para trascender, dar de sí a los demás, pronunciar las más bellas palabras de amor, reconciliarse, empezar de nuevo, pedir perdón, escuchar con atención, aconsejar, ayudar y derramar acciones y detales nobles a los demás.

Hoy es el día. Desconocemos si habrá mañana. El porvenir no tiene certeza. Este día y los que siguen tendremos oportunidad de conocernos realmente y comprobar si en verdad somos esencia y arcilla o simplemente mezcla de barro grosero. Somos luz o sombras.

Como humanidad, actualmente enfrentamos el período más complejo y peligroso de la historia. Es en las adversidades y ante los desafíos, problemas y riesgos cuando mujeres y hombres demuestran lo que son y se prueban y miden a sí mismos. ¿Cuánto valemos? La respuesta se encuentra en los sentimientos, ideas, palabras y actos de las más recientes semanas.

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