Panteón municipal de Morelia, la otra historia de la ciudad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

   Cuando uno camina por las calzadas desoladas y silenciosas del Panteón Municipal de Morelia, entre criptas y árboles corpulentos que proyectan tintes sombríos, una mañana o una tarde otoñal, es inevitable estremecerse ante el dilema y la pregunta si nosotros, los seres humanos, somos accidente, casualidad, ensayo o proyecto con un orden y un propósito bien definido; sin embargo, cualquiera que sea la creencia o la respuesta, los ósculos del viento seducen para pensar en otro cuestionamiento, en la interrogante de lo que son los días de la existencia dentro de un proceso dinámico y fugaz.

   No es que uno, incansable caminante, se sienta entristecido por el aislamiento y destierro de una losa que alguien, hace muchos años, colocó horizontalmente en la quinta columna de la barda perimetral del cementerio moreliano, en el área poniente, al exterior, como para que todos -hombres y mujeres- la miren cotidianamente y recuerden que la estancia en el mundo es pasajera.

   Es la lápida que alguna vez, en la década de los años veinte del siglo pasado, cubrió el sepulcro de una niña pequeña de apellido Antúnez y que indudablemente arrancó dolor, lágrimas y suspiros por tratarse de una historia breve, un adiós cuando la vida parecía florecer. La losa simboliza las luces y las sombras, el día y la noche, los claroscuros de la existencia humana.

   Hay que insistir en el ambiente, en las cosas, en los nombres, en las evocaciones, en el inventario, en la colección del cementerio. Las frondas de los árboles corpulentos, donde se refugian incontables pájaros que trinan incansables durante las auroras heladas y los atardeceres melancólicos, son mecidas suavemente por el aliento del aire y proyectan sus sombras sobre las lápidas ennegrecidas y cubiertas de hojarasca, como si evocaran los otros días, los de 1882, año en que las autoridades del Ayuntamiento de Morelia planearon la construcción de un cementerio que sustituiría a los que se encontraban en el barrio de San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales, los cuales, por cierto, resultaban insuficientes ante la demanda de la población de la época porfiriana.

   Refiere la historia que Ramón Ramírez, hombre acaudalado, propietario del establecimiento comercial La Mina de Oro y de la Hacienda La Huerta, donó parte de un terreno que denominaba El Huizachal, donde las autoridades trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, que registró la primera inhumación en 1885 y fue inaugurado formalmente en 1895, precisamente en los días en que él, el general y presidente Porfirio Díaz Mori, tomaba las decisiones en un país que durante el siglo xix pareció desmoronarse, preámbulo de la vigésima centuria con su movimiento revolucionario, la lucha de los generales por el poder y las décadas de corrupción y descomposición social.

   La capilla y la rotonda de los hombres ilustres iniciaron su construcción en 1905, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

   Según la tradición, el poderoso hacendado envió a Fermín Ramírez como vigilante al terreno del cementerio, donde vivió alrededor de 80 años. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

   Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante casi ocho décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijos nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez se ha dedicado por más de media centuria a la elaboración de lápidas y monumentos mortuorios.

   Ya anciano, el velador solía contar que cuando fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, en el centro histórico de Morelia, los soldados lo mandaban llamar para que recogiera los cadáveres y los sepultara; además, aprovechó su estancia en el cementerio para esculpir lápidas de cantera muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto.

   Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, se incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente también fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que cargaba, salvándose milagrosamente.

   Al mismo José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer vigilante del Panteón Municipal, le tocó presenciar, en los minutos de la infancia, los últimos dos fusilamientos que se practicaron en alguno de los parajes de ese ambiente de muertos.

   La monumental cruz de piedra fue trasladada, al cabo del tiempo, a un costado del Santuario de Guadalupe o templo de San Diego, mientras los fusilamientos se cancelaron. Todo quedó en el ayer, en las cuartillas amarillentas y quebradizas de la historia.

   Se trata, en verdad, de un cementerio con tradición, donde se concentran la historia y los nombres de los morelianos de las últimas 12 décadas. ¿Quién que mora en Morelia, la capital de Michoacán, no ha acudido alguna vez a ese lugar donde los claroscuros de la vida se perciben con mayor fuerza?

   En cada una de las incontables criptas del Panteón Municipal de Morelia, yace un cadáver; pero también una identidad, una historia que algún día se ha de convertir en polvo, en remembranza, en olvido.

   Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores, por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacan Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

   Evidentemente, el Panteón Municipal de Morelia es compendio de diferentes estilos arquitectónicos; aunque también, nadie lo niega, es la otra casa, el álbum de historias silenciosas, el resumen de la gente del ayer, de hace más de una centuria, de algunas décadas o de horas atrás.

   Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán.

   Nombres, fechas, epitafios, suspiros de una, otra y muchas vidas que de pronto callaron ante el silencio y las sombras de la noche. Incontables biografías desvanecidas por un soplo, por una transición. Los apellidos célebres y los nombres anónimos y comunes permanecen bajo tierra, cubiertos por lápidas y rodeados de flores y veladoras.

   Infantes que de pronto abandonaron el juguete, la pelota, el soldado, la muñeca, las diversiones y la escuela, para ocultarse tras el telón de la vida; jóvenes que renunciaron, sin desearlo, a sus ilusiones, a la primavera; adultos que cruzaron el umbral y no miraron más a sus hijos, a su familia, a sus amigos; ancianos que contaron los días y los años, hasta que concluyeron la caminata y las historias de sus existencias.

   Como parte de la historia y de los monumentos centenarios que existen en Morelia, la capital de Michoacán, se antoja emprender una caminata por las calzadas y las criptas del Panteón Municipal, donde los días 1 y 2 de noviembre de cada año las familias se reúnen para recordar a quienes un día formaron parte de esta ciudad que fue fundada el 18 de mayo de 1541.

   Durante esa fecha, incontables morelianos acuden al cementerio para lavar las criptas, colocar flores, convivir y recordar a sus amados familiares difuntos, hasta que la fiesta de los vivos concluye y los demás días del año retornan el silencio y la soledad, inesperadamente rotos por el llanto de dolientes que con impotencia acompañan al pariente o al amigo muerto a la morada postrera.

   Y como alguna vez recordó el “marmolero” José Inés Estrada Ramírez, nieto de quien fue velador del Panteón Municipal de Morelia durante casi ochenta años e hijo de una mujer que nació en una casa pequeña, entre calzadas y criptas, “el hecho de trabajar en los asuntos fúnebres, con la muerte, enseña a que la vida debe aprovecharse plenamente en todos los sentidos”.

   Desde la primera inhumación, en el discurrir de 1885, hasta la hoja dorada y quebradiza que barre el viento en las horas del tercer milenio de nuestra era, el Panteón Municipal de Morelia contiene parte del palpitar de la capital de Michoacán, fragmentos de su historia, y hay que recorrerlo para conocer el otro rostro, los claroscuros de la ciudad que hoy es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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7 comentarios en “Panteón municipal de Morelia, la otra historia de la ciudad

  1. ES INCREÍBLE LA GRAN DESCRIPCIÓN QUE AL LEER NOS TRANSPORTA AL LUGAR NOS AYUDA A IMAGINAR CADA RINCÓN CADA PERSONAJE SIN DUDA ES UN VIAJE A LA HISTORIA. FELICIDADES.
    LOURDES GOMEZ.

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