Tres Mezquites, Benito Canales Godínez y la Revolución Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era una mañana nebulosa y fría en la campiña, uno de esos días apacibles que quedan resguardados en la memoria, en el ropero de las añoranzas y los recuerdos, cuando caminamos por la orilla del río Lerma, entre las flores minúsculas y de intensa policromía que agitaba el aliento del aire, el follaje de los árboles que proyectaban sus sombras jaspeadas, la corriente que arrastraba hojarasca y las cabras que arrancaban los matorrales y el pasto que crecían agrestes.

   Olía a pétalos, lluvia, tierra y troncos mojados. Las abejas posaban en una y en muchas flores, al mismo tiempo que las otras, las mariposas, revoloteaban y presumían su belleza y sus colores efímeros. Las fragancias y tonalidades de la naturaleza contrastaban con la melancolía del poblado casi yermo.

  Miramos el extraordinario puente con sus vías de acero que reposaban sobre durmientes agotados por las décadas, perforados por la lluvia y la polilla, mientras el silbato del ferrocarril agónico y anciano parecía, entonces, voz de horas añejas, grito de días consumidos en el ayer, hasta que reprimía el canto de los pájaros, el murmullo de los juegos infantiles y el sonido áspero de la milpa que se acariciaba entre sí al recibir los ósculos del viento.

   Consideramos que con rostro desencajado, cual náufrago de otros tiempos, el tren avanzaba agotado, envejecido, lentamente, sobre los rieles de acero que yacían en durmientes de madera heridos por el sol, los años y la lluvia. Los rostros de la gente y de las cosas cambian ante la caminata de las horas; nada es permanente.

   Notamos con asombro que acosados constantemente por la hierba que avanzaba incontenible, los durmientes soportaban menos que antes, en sus días de esplendor, el dolor provocado al sentir el roce y toneladas de peso de los furgones no tan obesos porque ya pertenecían a estampas viejas.

   Igual al enfermo que recibe visitas menos frecuentes, el ferrocarril anunciaba nostálgicamente, desde el terruño surcado y pletórico de maizales, sorgo y trigo, su llegada al caserío desolado y triste, solamente para recordar que las horas transcurren implacables y que las historias quedan sepultadas y cubiertas por la lápida del olvido.

   La antigua estación de madera, yacente entre el caserío y los mezquites, se perfilaba cadavérica, irreconocible, desmejorada, porque su juventud y madurez quedaron atrapadas en los capítulos de la historia, en las páginas de antaño, en la memoria colectiva que se desvaneció una noche y otra. Estábamos en Tres Mezquites.

   Éramos muy jóvenes cuando entristecida e inservible, la estación de madera ya contrastaba con las habitaciones vetustas de piedra, también abandonadas y en proceso de desmoronamiento, que otrora alojaron a los ferrocarrileros y a sus familias, precisamente en tiempos en que el tren era sinónimo de progreso en Puruándiro.

   Entre lo que fueron las haciendas de San Martín, Villachuato y Zurumuato, que ahora parecen exhalar suspiros melancólicos, Tres Mezquites, el caserío de adobe y tabique enclavado en el municipio michoacano de Puruándiro, muy cercano al de Pastor Ortiz, añora al ferrocarril que sacudía las flores y la milpa con frenesí, estremeciendo los corazones de los enamorados que se despedían y miraban a los ojos intercambiando mil secretos. Ferrocarril que entregó y llevó alegría, desesperanza, ilusiones y tristeza.

   Contemplamos los surcos con maíz, sorgo y trigo que componían una alfombra fresca, verde y dorada, alterada en algunos rincones por flores multicolores, mezquites y pirúes abruptos. Paisaje apacible, olvidado y triste como muchos de los ojos de las mujeres que todavía aguardan el retorno de sus amados, y de los niños que, igualmente, esperan a sus padres que un día marcharon a Estados Unidos de Norteamérica en busca de mejores alternativas laborales e ingresos económicos.

   Hace poco, tras muchos años de aquella excursión juvenil, regresamos a la comarca, donde la naturaleza, disfrazada de artista, siempre pinta los paisajes más hermosos e insospechados, aunque con tintes melancólicos; una, otra y muchas pinceladas forman el cuadro que a determinadas horas, en la aurora y al atardecer, maquillan y ruborizan las nubes con sombras jaspeadas.

   Es en la campiña, entre la población de Puruándiro y la ex hacienda de Villachuato, a unos metros del río Lerma y rumbo al municipio de Pastor Ortiz, ya cerca del estado de Guanajuato, donde se erige el caserío nostálgico, solitario y sosegado que atestiguó una historia intensa, romántica, salpicada de heroísmo, traición y valor, durante las horas de la Revolución Mexicana, en la aurora del siglo XX.

     Allí, en las callejuelas desérticas y empolvadas de Tres Mezquites, entre casas añejas de adobe con tejados bermejos, que pertenecieron a peones otrora explotados por acaudalados y poderosos hacendados, y construcciones de concreto y tabique habitadas por familias afables, hospitalarias, o abandonadas, en su caso, por quienes emigraron a Estados Unidos de Norteamérica, descubrimos que un hombre acudió muy exacto a la convocatoria que le extendió el destino, a su encuentro con la historia. Fue de frente.

   No muy lejos del pueblo rodeado de sembradíos, el antiguo y majestuoso puente de acero cruza el río Lerma; sostiene con fuerza y sin titubeos las pesadas vías y los gruesos durmientes del ferrocarril.

   En aquel paisaje provinciano, a la orilla del río Lerma, caballos, chivos y vacas arrancan la pastura, mientras el agua corre, huye y humedece la tierra de la que brotan árboles, flores y plantas. Los abejorros zumban y posan en cada flor que mira enamorada al cielo. Las mariposas, en tanto, revolotean sobre los pétalos fragantes y tersos.

   Monumento del esplendor hacendario, impulsado durante el régimen porfiriano, el puente, ya anciano, se yergue soberano, espléndido, desafiando la sencillez que le rodea y guardando en su estructura de acero el eco de aquellos días y del silbato del ferrocarril.

   Fue en Tres Mezquites donde el 23 de marzo de 1875, nació Benito Canales Godínez, el legendario personaje que ha inspirado a autores de corridos e historias y que se convirtió, a través de incontables hazañas, en héroe revolucionario del Bajío de Michoacán y Guanajuato, y para otros, en cambio, en bandolero y mujeriego que desafió a los hacendados, a los señores que entonces eran dueños de tierras y vidas.

   Héroe, luchador social, enemigo de las injusticias, o bandido, cínico y enamorado, él, Benito Canales Godínez, escribió su historia durante las horas más convulsivas de México en la adolescencia del siglo XX.

   Acaso a fuerza de transitar tantos caminos o estimulado, quizá, por la curiosidad de conocer los parajes de la Revolución Mexicana, la ruta de la convulsión armada que padeció el país en la juventud del inolvidable y turbulento siglo XX, el aventurero, como nosotros, habrá recorrido Puruándiro y la augusta ex hacienda de Villachuato, hasta llegar a Tres Mezquites, donde evocará, innegablemente, la figura de Benito Canales Godínez.

   Sentado en alguna de las bancas de la pequeña plaza arbolada, frente al kiosco y al monumento dedicado a Benito Canales Godínez, el viajero descansará, sentirá el palpitar de la naturaleza y el pulso de la historia que rondan en las calles un tanto desérticas, para rescatar de las profundidades de la memoria colectiva y reconstruir paulatinamente la imagen de un hombre de origen humilde que aborreció, desde la infancia, tal vez por padecerlos, los abusos e injusticias que cotidianamente cometían los hacendados y sus capataces en contra de los desposeídos, hasta que se transformó, al paso de los años, en revolucionario que con estrategias originales estremeció a los ricos, a los despiadados militares y al gobierno.

   Considerado guerrillero por algunos y ladrón y mujeriego por otros, Benito Canales Godínez tomó las armas. Aseguraba repudiar los abusos y la crueldad de los poderosos. Los odiaba, o al menos eso aseguraban las personas de la región guanajuatense al referirse a él.

   Y así, mientras el viento fresco de las montañas, con aroma a agua, barro, flor, hierba y hortaliza, acariciará y sonrojará las mejillas del caminante que se ha detenido en Tres Mezquites para explorar sus rincones, percibiendo el murmullo de los niños que juegan libremente y la sonrisa de las mujeres que platican, quedará sorprendido al enterarse acerca de las estrategias con que Benito Canales Godínez burló a los hacendados y soldados que se empeñaron en perseguirlo con la finalidad de aprehenderlo y aplicarle un castigo brutal y ejemplar.

   Tal vez parado en el añejo puente de acero, mirando entre los durmientes el agua que corre, o quizá sentado en una de las vías, con la vista fija en las montañas y el paisaje campirano, el viajero se trasladará a las muchas horas del ayer, en la lozanía del siglo xx, cuando Benito Canales Godínez, al pretender reunirse con su familia después de un viaje a Estados Unidos de Norteamérica, se enteró que los rurales, al mando del teniente Rito Martínez, ya lo buscaban en Tres Mezquites.

   Astuto y ausente de temor, Benito Canales Godínez acomodó el sombrero hasta sus hombros, se mezcló con los peones y pasó inadvertido junto a los rurales que anhelaban aniquilarlo.

   Rosario Gómez, su amigo, lo identificó y se alarmó porque era precisamente a él, Benito Canales Godínez, a quien buscaban el jefe Rito y su gente; sin embargo, el revolucionario del Bajío permanecía inquebrantable, tranquilo, ayudando a sus enemigos a cruzar los caballos por el puente y cuidando que no tropezaran con los durmientes.

   Abajo, el entonces caudaloso río Lerma emitía el canto de la naturaleza. Agua que corría imperturbable como arriba, en la misma condición de seguridad, caminaba Benito Canales Godínez al lado de los caballos con cargamento militar.

   Al faltar un caballo por cruzar el puente, el humilde Benito Canales Godínez ofreció trasladarlo, ir por el animal y entregarlo a los militares burdos, exigentes y despiadados, de manera que cuando sus adversarios y los ayudantes se encontraban en el otro extremo de la estructura de acero, montó la bestia y partió engrandecido, victorioso, rumbo a Pénjamo, Guanajuato, dejando atónitos a los rurales.

   Si un rebaño de chivos distrae momentáneamente al trotamundos, de inmediato abordará la canoa de la historia y navegará por sus capítulos para recordar que el acontecimiento registrado en el puente del ferrocarril no fue la única estrategia con que Benito Canales Godínez, el de los corridos mexicanos, burló a sus poderosos y sanguinarios enemigos.

   En otra ocasión, en el discurrir de 1911, tras el triunfo que Benito Canales Godínez y sus seguidores obtuvieron en las Barrancas de San Juan Chico al derrotar a más de cuatrocientos rurales, llegaron personas del gobierno y una guarnición a una de las haciendas del Bajío con la intención de interrogar a los peones sobre la identidad exacta y el paradero de su enemigo que cada día cobraba más fama en Michoacán, Guanajuato, Ciudad de México y Estados Unidos de Norteamérica.

   Siendo desde hacía algunos años benefactor de los moradores de Tres Mezquites y la región, nadie se atrevió a delatar al revolucionario. Muchos lo querían y otros, sin duda, le temían; mas respetaban la figura del hombre que engrandecía conforme transcurrían las semanas.

   Al interrogar al último de los peones, a quien ofrecieron una copa, lo cual ya era un privilegio en aquellos días, se percataron que resultaba inútil que alguien les revelara el escondite de Benito Canales Godínez; por tal motivo, al marcharse el hombre, su invitado, y plantearle la misma pregunta al sirviente de nombre Refugio, éste aparentó desconocer el motivo de las confesiones que habían llevado a cabo y afirmó que hasta ellos conocían al individuo que buscaban, ya que era el mismo al que momentos antes convidaron bebida.

   Las nubes se aglomerarán y desvanecerán en un juego que delatará la finitud de las cosas en este mundo, mientras la corriente del río Lerma se fugará, igual que la existencia o las historias; mas para Benito Canales Godínez, quien caminó por el caserío y la campiña, el tiempo transcurría raudo. Tenía que apresurarse a realizar su obra, porque su cita con el destino ya contaba con día y hora.

   Quien visite la augusta, opulenta y soberbia ex hacienda de Villachuato, con cara de niña bonita y consentida, y contemple, posteriormente, algunas de las casas de adobe que coexisten con otras de ladrillo, en Tres Mezquites, comprenderá, ipso facto, la desigualdad que prevalecía entre las clases sociales y la razón por la que se registró el estallido contra el régimen porfiriano. Eso es vivir la historia y entender sus lecciones. Es mirarla de frente y sin prejuicios, en total libertad y con nitidez.

   Uno de aquellos días, encontrándose el coronel Enrique Villaseñor en la tienda de la Hacienda de San Martín, manifestaba ante los rurales su deseo de conocer a Benito Canales Godínez, hombre que de acuerdo con informes con que contaba, era de gran valor.

   Un hombre que se encontraba bebiendo tequila, se aproximó al militar y le pidió que lo acompañara, que tenía algo que confiarle, a lo que el coronel aceptó, no sin antes beber el último trago como acostumbran en estas tierras, sin temor a embriagarse.

   Ya afuera, el impaciente coronel de los rurales preguntó al extraño qué le iba a confesar; el hombre, humilde y tranquilo, admitió que él era Benito Canales Godínez, por quien preguntaba momentos antes en la cantina.

   Reconociendo la valentía de Benito Canales Godínez, el otro, el coronel Enrique Villaseñor, estrechó la mano campesina, identificando la grandeza de su adversario; desabrochó su cinturón de piel de víbora, entonces muy usuales, del que extrajo algunas monedas de oro y plata que entregó al revolucionario para su causa.

   A partir de entonces, ambos oponentes cultivaron la amistad, que no es casualidad ni saludo, sino un sentimiento profundo, capítulos compartidos. Los nuevos amigos coincidirían en otras ocasiones.

   Casado en 1894 con Crescencia Ramírez y padre de cinco hijos, a los que amó intensamente, Benito Canales Godínez se enamoró un día de Marina Robledo, “La Tapatía”, a quien obviamente convirtió en amante.

   Todavía en la década de los 70 del siglo XX, ya anciana, la examante de Benito Canales Godínez, que radicaba en Estados Unidos de Norteamérica, lo recordaba como un gran hombre que quería a los desposeídos, a su pueblo que nació con el estigma de la miseria.

   Benito Canales Godínez la amaba porque era bella e irrepetible, de esas mujeres que cautivan desde que se les conoce; aunque un día, a su regreso de Estados Unidos de Norteamérica, la encontró con un soldado que intentaba seducirla.

    Celoso y encolerizado, el revolucionario creyó que se trataba de una infidelidad y sin escuchar las explicaciones de la angustiada y temerosa mujer, le advirtió que le dejaría un recuerdo para toda la vida, disparándole en una pierna. Otros aseguran que esta mujer, La Tapatía, vivía en Valle de Santiago, Guanajuato, y que Benito Canales le disparó en uno de los glúteos.

   Nunca más se volvieron a ver. La despedida entre amantes es dolorosa, patética, triste. Sólo escucharía las hazañas y el ocaso del hombre que amó, del que siempre llevaría, como él prometió, un recuerdo suyo. Ella, Marina Robledo, “La Tapatía”, lo evocó con amor y pasión hasta el último instante de su existencia.

   Antes de retirarse de Tres Mezquites, donde posiblemente alguna familia campesina le invitará a realizar una comida cerca de los cultivos de maíz, el viajero se enterará que en aquel terruño, en 1910, Carlos Markazuza, hacendado de Zurumuato -hoy Pastor Ortiz-, había contratado como capataz al perverso Pedro Navarro, quien incluso era obedecido en las haciendas de San Martín y Villachuato.

    Para evitar conflictos con el todavía joven Benito Canales, el hacendado decidió contratarlo como velador de sus tierras, coyuntura que el futuro revolucionario aprovechó para ayudar a los menesterosos que le solicitaban comida.

   Cuando el malvado Pedro Navarro sorprendió a Concepción recogiendo maíz para llevarlo a su familia, intentó golpearlo; pero la intervención oportuna de Benito Canales salvó al humilde campesino y determinó el inicio de una historia que quedó inscrita en las páginas de la Revolución Mexicana.

     Cobarde como todos los impíos, Pedro Navarro suplicó a Benito Canales que no lo dañara, que lo perdonara; pero el hombre que pasaría a la historia, lo obligó a que se hincara y extendiera los brazos, en forma de cruz, colocándole una piedra en cada mano.

   Ya en la noche, agotado y liberado del castigo impuesto por Benito Canales Godínez, Pedro Navarro corrió temeroso y corroído por el rencor hasta la hacienda de Carlos Markazuza, exponiéndole el problema que escuchó otro perverso de nombre Donaciano Martínez, “El Tullido”, quien planeó denunciarlo en Pénjamo, Guanajuato, como agitador, ladrón y enemigo del gobierno.

   Al marcharse de Tres Mezquites, el turista escuchará por parte de algún habitante el final de Benito Canales Godínez, en 1912, cuando fue traicionado por sus amigos Marcial Camacho y Genaro Andrade, quienes ambicionaban el dinero y las semillas que el revolucionario solicitó guardaran para la causa.

   Benito Canales Godínez llegó muy puntual a su cita con el destino, a su encuentro con la historia, a su romance con la muerte, en Maritas, Guanajuato. Le esperaba la noche de su vida en aquel rincón guanajuatense, perteneciente a un México convulsionado que derramó sangre únicamente para cambiar amos, pues como balance del movimiento revolucionario cabría preguntar si alguna vez, ya en el discurrir del siglo XX y en la vigesimoprimera centuria, los habitantes de este país se zafaron del yugo de los opresores, disfrazados determinadas ocasiones de generales y políticos y otras, en tanto, de religiosos, profesores, banqueros y líderes populares, por citar ciertos ejemplos.

   Dormía tranquilamente el revolucionario Benito Canales, mientras los supuestos amigos se dirigían al cuartel de Zurumuato. María, la esposa de Marcial, fue obligada a delatar el lugar exacto donde pernoctaba el hombre que había favorecido a los menesterosos.

   Comandados por el repudiado teniente Rito Martínez, los rurales llegaron hasta la casa donde dormía Benito Canales Godínez al lado de su hija María de Jesús y de su suegra Refugio. La familia fue sorprendida cuando los primeros destellos del día disolvían las sombras de la noche pasajera.

   Apenas tuvo tiempo el revolucionario de ayudar a su hija y a su suegra a huir, resistiendo el ataque de sus enemigos desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde de aquel memorable 14 de octubre de 1912.

   Si las balas y el incendio a la casa donde se encontraba Benito Canales Godínez no lo doblegaron, la intervención del sacerdote Rafael Moreno, capellán de la Hacienda de Zurumuato, lo motivó a rendirse ante el enemigo. No fue la primera vez que un religioso facilitó las condiciones para entregar a un hombre ante los amos del dinero y el poder. No pocas ocasiones, algunos sacerdotes han pactado con la gente más impía, como fue el caso de Rafael Moreno.

   Una vez capturado por sus adversarios, los soldados lo humillaron y golpearon brutalmente, casi a la misma hora en que su familia, espantada, huía para evitar represalias del gobierno, los hacendados y los rurales. Su hijo primogénito fue ahorcado por sus rivales.

   El 16 de octubre de 1912, Benito Canales Godínez, el revolucionario del Bajío de Michoacán y de Guanajuato, fue fusilado horas antes de que llegara la carta del gobierno federal que lo solicitaba vivo, o al menos eso informaron los verdugos, que la misiva fue recibida tardíamente.

   Por instrucciones gubernamentales, los autores intelectuales del fusilamiento de Benito Canales Godínez murieron de similar forma a la del revolucionario de Tres Mezquites. El hecho de no entregar al rebelde con vida fue considerado un desacato que los ejecutores pagaron con sus vidas.

   Incontables personas -ancianos, adultos, jóvenes, niños- se sumaron al cortejo fúnebre de Benito Canales Godínez. Su defensor, asesinado cobardemente, nació en Tres Mezquites y fue sepultado en Puruándiro, donde la multitud lo reconoció como benefactor y héroe.

   Hay quienes se empeñan en denominar a Benito Canales Godínez el Zapata del Bajío; pero lo cierto es que cada uno debe conservar su individualidad. Él fue, en consecuencia, Benito Canales Godínez, con sus luces y sombras. Nada más.

   Todavía viven algunos de los descendientes de Benito Canales Godínez en Tres Mezquites. Uno de ellos, por cierto, conserva la fotografía del multicitado personaje.

   Cada vez que los moradores de Tres Mezquites escuchan en alguna parte el silbato del ferrocarril, recuerdan que es un anciano que agoniza y se lleva para siempre sus historias, recuerdos y vivencias, igual que aquel enamorado que un verano o un invierno de su existencia conoce a la hermosa dama que por flotar en la aurora, en la primavera, ni siquiera percibe que él, en su hora postrera, se asfixia por el amor que ésta le ha negado.

   Se alejó el susurro del ferrocarril que trasladó todos los recuerdos a un rumbo desconocido e incierto. Con su fuga, se arrancó una estampa del México provinciano y viejo, como cae también la hoja postrera del árbol en otoño o se desvanece la ilusión que se pensaba sería duradera e intensa. Sólo queda la huella con un puente centenario de acero y la imagen de un hombre que, aseguran, luchó contra las injusticias y por la libertad y la tierra de los mexicanos, independientemente de su estilo de vida. Tal fue la historia, en Tres Mezquites, en la región de Puruándiro, durante los instantes de la Revolución Mexicana.

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10 comentarios en “Tres Mezquites, Benito Canales Godínez y la Revolución Mexicana

    • Cierto, Dora, tu bisabuelo fue un personaje destacado de la Revolución Mexicana. Fíjate que este artículo es uno de los que más se leen en mi blog, sobre todo por parte de personas de México y Estados Unidos de Norteamérica. Es importante darle difusión. Muchos lo llaman “el Zapata del Bajío”, pero siempre me ha parecido que es incorrecto comparar a las personas porque cada uno tiene su mérito propio. Gracias por leer mis publicaciones y comentar. Saludos.

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      • que gusto enrriqueserse de cultura acerca de benito canales godines solo que te hacen falta algunas cosas como el recuerdo que le dejo no fue en la pierna fue en el gluteo y que marina robledo despues de mucho tiempo regreso a ayudar a la gente de esos mismos ranchos llevandoles ropa y ella comentaba y les enseñaba a las mujeres que la conocian donde le habia dado el balazo en la nalga y todas se reian marina lo recordaba como su gran amor y tambien te hace falta comentar del tesoro de benito que le robaron sus amigos otro dia lo comentamos mi esposa es familiar de benito su abuela guadalupe martinez canales era sobrina de el y participo con el en sus andansas en la revolucion no hay mejor libro para aprender que la historia contada de los personajes que la vivieron otro dia platicamos

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      • Hola mi padre es bisnieto de Benito canales yo aún tuve el gusto de conocer a María de Jesús canales hija de Benito canales aún recuerdo las historias que nos contaba sobre su padre
        Es algo que nunca olvidaré

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  1. Felicitaciones, por esa biografía de Benito Canales Godínez, encontré este blog por casualidad, buscando información sobre el tema, soy de Valle de Santiago, Guanajuato, municipio que solía caminar Benito Canales.

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      • Solamente una presición, con el único afán de corregir datos históricos, pues parece ser que, Benito Canales no combatió contra el usurpador Victoriano Huerta, pues Benito es fusilado el 16 de Octubre de 1912, y la decena trágica se dio del 9 al 19 de Febrero de 1913, que para estas fechas Benito ya había muerto, e leído que Benito combatió de lado de Pascual Orozco, en contra del gobierno de Francisco I. Madero, precisamente fueron fuerzas gobiernistas (Maderistas) quienes lo perseguían y mataron. En la rica región agrícola de Valle de Santiago, Benito Canales fue muy conocido por estos rumbos, incluso tenia un familiar viviendo en Valle de Santiago, al igual que una querida viviendo en la ciudad, a la cual visitaba regularmente a escondidas, pues ya era un perseguido por la justicia, curiosamente el recuerdo de este personaje en esta zona Guanajuatense, poco se le relaciona como revolucionario, mas bien con un bandolero y abigeo, valiente y mujeriego, con una gran ascendencia con la gente pobre de los ranchos, pareciera ser que Benito siempre estaba en contra del orden de gobierno. Saludos.

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