Leyenda de la fuente del Torito en Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada instante es una burbuja que escapa y revienta ante las caricias del aire y los destellos del sol, igual de fugaz que los arcoíris, las nubes y la lluvia, de manera que para los hombres y las mujeres que miran atrás, sólo quedan los recuerdos y las ruinas de los otros, los que les antecedieron durante una y muchas horas del ayer, hasta que todo se convierte en olvido, soledad y silencio.

Por lo mismo, uno se transforma en buscador incansable, en rescatista de las cosas de antaño, para armar los fragmentos, las piezas, y entender así la historia e identidad de pueblos como el de Pátzcuaro, en la provincia mexicana de Michoacán, que contienen lecciones enriquecedoras y extraordinarias.

Y de esa forma, uno abre el álbum y lo hojea pausadamente, como para descubrir algún capítulo digno de relatar. Pátzcuaro es un libro inagotable. Compendio con páginas de adobe, madera, teja y lago, el poblado atesora incontables capítulos de una historia intensa e irrepetible, acaso porque allí, en sus rincones pintorescos, se llevó a cabo la fusión de la cultura indígena -la de los purépechas- con la europea -la de los españoles-, y surgieron, en consecuencia, leyendas y tradiciones concebidas durante un instante lúdico o inscritas, tal vez, en cada callejuela y rincón pintoresco.

Tras los días de caminatas y exploración infatigable aquí y allá, en un pueblo y en otro de la zona lacustre de Pátzcuaro, uno sustrae de la mochila el cuaderno de anotaciones y la cámara fotográfica para recapitular, ya en la biblioteca, las historias escritas una hora y muchas más del ayer en las calles, los jardines, las plazas y los sitios encantadores.

Uno abre los cerrojos del pasado para huir, por unos momentos, de la vorágine de la modernidad y rememorar, entonces, episodios protagonizados por otra gente, por hombres y mujeres que pertenecieron a minutos de la Colonia, como el que se registró en el típico caserío michoacano de Pátzcuaro y quedó asentado en un juicio que ahora cautiva la atención por su peculiaridad.

Refiere la tradición que en el discurrir de los años virreinales, se presentó un acontecimiento que conmocionó a los moradores de Pátzcuaro. Nunca habían presenciado algo similar. Fue un suceso, el de entonces, que consternó a los testigos. La historia es en torno a la fuente del Torito, localizada en la antigua plazuela de San Agustín -hoy Gertrudis Bocanegra-, pila de piedra con abrevadero que en minutos del Virreinato se encontraba, exactamente, en la desembocadura de la calle Las Campanitas -actualmente Iturbe-, muy próxima al lugar que ocupa en nuestro tiempo. Hoy permanece imperturbable, entre la algarabía de indígenas, turistas y moradores del pueblo. Como que esconde un secreto.

Según la leyenda, no pocas de las personas que durante los segundos de la Colonia se encontraban en la plazuela y en la entonces calle de Las Campanitas, presenciaron con gran horror y sobresalto la carrera desbocada de un caballo que provenía de la plaza Mayor -hoy Vasco de Quiroga-, montado por un personaje del ejército español, quien luchaba desesperadamente por dominar al animal.

El caballo, totalmente enloquecido en su carrera, no cedía; pero el jinete, acostumbrado a las aventuras y a los peligros, intentaba recuperar la calma, al grado, incluso, de que pretendió parar al equino en la fuente conocida popularmente como del Torito. Dirigió al animal hacia la fuente famosa por el toro esculpido en piedra.

Raudo e irracional como era, el animal pasó entre la pared y la fuente. Azotó al desventurado jinete contra la torre de la fuente. El hombre, como era de esperarse, murió de inmediato, horrorizando a los testigos. Fue un acontecimiento fatídico que quedó registrado en los anales de Pátzcuaro.

La misma tradición indica que las autoridades de Pátzcuaro, totalmente indignadas, acusaron a la fuente de homicidio, iniciando así un proceso en su contra, consistente, en primer término, en la suspensión del agua y, posteriormente, en un juicio extenuante y prolongado, para lo que se requirió la declaración de cada testigo.

Con su toro tallado en una piedra, la fuente se encontraba en un problema serio. Por curioso o ridículo que parezca, estaba en líos con la justicia, con las autoridades encolerizadas, quienes injustamente la acusaban porque el culpable, en realidad, era el caballo desbocado.

La tristemente fuente del Torito recibió su sentencia: fue condenada a perder su lugar original, el que ocupaba en la calle Las Campanitas, para ser trasladada a otro sitio, metros más adelante, con la intención de evitar, en lo sucesivo, que causara daño.

Según las pruebas que datan de aquella época, se tomó en consideración su función de dar vida a través del agua que contenía. Los jueces ordenaron cambiarla, sin derribarla, añadirle o quitarle cualquier elemento original, con lo que pretendieron hacerle padecer por entero el escarmiento acordado.

Creíble o no la historia, es del conocimiento común que cuando fue pavimentada la calle Iturbe, los trabajadores de la obra descubrieron cimientos de la fuente en el espacio que supuestamente ocupaba originalmente.

Hay quienes relatan una historia diferente y refieren, al mirar el relieve de piedra con la inscripción del año 1837, que un jinete corría por la calle Iturbe, enlace entre la plaza principal y la de San Agustín, cuando inesperadamente, casi al llegar a la esquina de la segunda, se estampó contra un toro, acontecimiento en cuya memoria la fuente recibió el título que ostenta en la actualidad.

En cuanto a la fecha, aseguran algunos que no se sabe si data de la época en que se registró el suceso o si indica el año de la colocación del relieve con la cabeza del toro. Desconocen, incluso, si la piedra tallada es la original; sin embargo, coinciden en que el estilo de la escultura corresponde al de la fecha inscrita.

La fuente del Torito, en el pueblo mágico de Pátzcuaro, forma parte de la colección de antigüedades de Michoacán, del inventario de rincones pintorescos y legendarios. Su arquitectura original fue diseñada para que los moradores del poblado tomaran el agua que requerían, mientras en la parte más baja, cuya función fue de abrevadero, los animales podían beberla. El hidrante se erige a mayor altura que las casas de adobe y tejados bermejos.

Quien visite Pátzcuaro, de inmediato reconocerá en la plaza Gertrudis Bocanegra, la fuente del Torito, que es un testimonio más de la historia y, al mismo tiempo, de las narraciones populares de la Colonia. Relato, el de la fuente, que aparece en el cuaderno de apuntes.

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