Fuente del Arcángel Miguel en Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El cielo nublado corona las montañas que en días soleados asoman sus siluetas en el lago legendario, mientras la llovizna se precipita y añade un tinte nostálgico y sombrío en las callejuelas chuecas e inclinadas, en el caserío de adobe con tejados, en los campanarios añejos de los templos y en los rincones pintorescos e insospechados de Pátzcuaro, donde ellos, los caminantes, diluyen horas intensas e irrepetibles de sus existencias.

Los trotamundos andan aquí y allá, en un rumbo y en otro, descubriendo cada instante un detalle singular, un escondrijo encantador, un espacio novelesco, donde abren un paréntesis con la intención de tomar alguna fotografía o sustraer de la mochila de excursionista una libreta y hacer una anotación. Fotos y apuntes que formarán parte de un álbum, del compendio de la vida, del libro de los recuerdos.

Tras horas prolongadas de paseo, finalmente los viajeros llegarán hasta una esquina muy próxima a El Sagrario y la Casa de los Once Patios que durante la Colonia fue convento de monjas dominicas de Santa Catarina, única institución religiosa de Santo Domingo que existió en Pátzcuaro, donde admirarán la fuente del Arcángel Miguel con su callado misterio que se esconde en la oscuridad de las centurias.

Fuente enigmática que exhala las historias populares del ayer y el terror de las mujeres que por allí anduvieron durante los años coloniales. De acuerdo con la tradición oral, los moradores del poblado, principalmente los que se encontraban cerca de la fuente, se sentían atemorizados porque aseguraban que él, el demonio, siempre tan perverso y terrible, aparecía ante ellos y asumía la forma espeluznante y horrible de un gato negro, con el lomo arqueado, que maullaba y los agredía.

Totalmente aterrados por la espantosa figura, por Satán transformado en felino, aquéllos, los habitantes de la entonces capital de la provincia de Michoacán, se persignaban y huían, atreviéndose a regresar armados de garrotes, precisamente con la finalidad de enfrentar a la infernal criatura que generaba un ambiente de miedo y tensión.

Refiere la leyenda que las mujeres, espiadas por el diablo, solicitaban la compañía de alguna persona, orando en voz baja para ahuyentar al representante del mal que solía rondar la comarca. Morboso y perverso, las acechaba.

Discurrían, entonces, los años del siglo XVI. Ante el creciente descontento y el temor popular, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, ordenó pintar la imagen del Arcángel Miguel en un nicho de la fuente donde los habitantes de Pátzcuaro sustraían agua. La gente sintió gran consuelo.

Ya con la pintura del Arcángel Miguel, el demonio optó por apartarse y no molestar más a los vecinos. El bien resultó vencedor del mal. Pátzcuaro regresó a la normalidad. Se impuso el Arcángel Miguel como triunfador de las fuerzas malignas.

Y si Satán no se atrevió a tocar la fuente, con su pintura del Arcángel Miguel, transcurrieron los años, las centurias, para que el dueño de una de las casas contiguas, con la idea de que el depósito de agua humedecía su inmueble y asegurando que contaba con permiso de las autoridades municipales, intentara, en el siglo XIX, derribar el monumento colonial.

Evidentemente, las autoridades impidieron que el hombre demoliera la fuente del Arcángel Miguel, ya vencedor, según la tradición, del diablo; pero omitieron ordenar la reposición del abrevadero destruido.

Otro dato curioso, también derivado de la tradición oral, es que la fuente surtía agua del manantial localizado metros atrás, la cual, por cierto, era salada, según afirmaban los moradores, y no porque tales fueran sus características desde la formación del venero, sino por la gran cantidad de sacrificios que cometieron, antes de la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, los sacerdotes purépechas, quienes al lavar sus collares de conchas y huesos, teñidos de rojo, provocaron el mal sabor del líquido.

Hoy, la fuente se erige en una de las callejuelas pintorescas, con su pintura dedicada al Arcángel Miguel, vencedor del demonio, como asegura la tradición; pero también de los años, la lluvia, el viento y, por supuesto, de gente que acostumbrada a lo cotidiano, a la moda, a lo rutinario, arremete contra obras de arte y monumentos históricos.

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