De escalinatas, gradas, bufones y espectadores

Experiencia de un viaje

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tras recorrer las callejuelas y plazuelas de Guanajuato, una de las ciudades de origen colonial y minero más bellas y majestuosas de México, donde cada rincón ofrece un detalle arquitectónico, legendario e histórico, no pocos visitantes optan por descansar en las escalinatas que conducen al Teatro Juárez, desde las que se contemplan la estampa mágica y urbana que se antoja para desentrañar sus encantos y deleitarse.

Inesperadamente, cuando gran porcentaje de la superficie de las escalinatas están ocupadas por familias, amigos, parejas y grupos de excursionistas, se transforman en gradas ante la aparición repentina de un arlequín que grita para atraer la atención de los espectadores, quienes momentáneamente olvidan su fatiga y regalan su tiempo -materia prima de la vida- al hombre de la voz que ejerce control absoluto del escenario.

Ya dueño de la atención y los escalones de piedra, el bufón, quien es agudo observador, domina por completo el panorama y lo mismo juega bromas a los turistas asiáticos o europeos que caminan y miran la arquitectura, que cuenta algún chiste a su público, en su mayoría de origen mexicano.

Hace trucos, habla en doble sentido, alburea, relata chistes, bromea y hasta cuestiona y evidencia a los espectadores que se distraen. La calle y las escalinatas le pertenecen, se las apropia; pero también son suyos la atención de la gente e incluso las risas, seriedad y distracción de hombres y mujeres porque cualquier motivo lo estimula a ridiculizarlos.

Una vez que concluye su espectáculo, que monta con destreza y sin inhibiciones, el cual puede incluir hasta el cortejo a cualquier mujer bella acompañada de su pareja y el coqueteo a las turistas que beben café en las mesas al aire libre que se encuentran a un costado, más que pedir cooperación, la exige, y es tan hábil que hace sentir al público que es exhibido y así obtiene su objetivo monetario.

Al final, el hombre recibe aplausos y dinero, cual negociante que es; sin embargo, no todo termina con la recolección económica, ya que suele ordenar a sus otrora espectadores que desalojen las escalinatas con el propósito de que otros paseantes las ocupen más tarde. Supuestamente su comentario tiene cierto sentido de broma, pero en el fondo corre a las personas para que los lugares sean ocupados por otras.

Por increíble que parezca, un amplio porcentaje de viajeros se incorporan y se retiran del lugar, como si acataran puntualmente las instrucciones del payaso, quien hábilmente se confunde entre los transeúntes y reaparece tras haber analizado a su siguiente auditorio.

Evidentemente, este relato breve se deriva de una experiencia de viaje a Guanajuato. Quizá podría pasar desapercibido o formar parte del anecdotario, de no resultar preocupante el manejo de masas tan sencillo por parte de un manipulador que se apropia de un espacio público y turístico para obtener ganancias económicas.

Si tales grupos, por no llamarlos auditorio, conceden licencia a un desconocido que los exhibe y ridiculiza para finalmente arrebatarles dinero y tiempo, cuando el hecho de sentarse en el Teatro Juárez, obra del siglo XIX, no implica compromiso para dedicarle atención ni darle dinero, la cuestión es que un hecho de apariencia tan insignificante delata el nivel en que se encuentra la gente al aprobar que se le masifique y convierta en rebaño.

Y es que si así actúan quienes poseen ciertos recursos económicos para excursionar, incluso modestamente, el planteamiento es hasta qué grado consentirán las mayorías empobrecidas la intromisión de líderes, políticos, funcionarios, bufones de la televisión, locutores y noticieros en sus vidas privadas y en la colectividad.

Es que si un payaso callejero se apropia de la voluntad de su público, ¿qué no obtendrán los manipuladores ya descritos en el párrafo anterior? Este asunto, el del control de las masas y su conducción a objetivos trazados, casi siempre ajenos a los intereses comunitarios, mortifican más que el hecho referente a apropiarse de un espacio.

No es de extrañar, en consecuencia, que si un bufón se apodera de un sitio público con la intención de cautivar la atención de los paseantes, obtener un beneficio monetario y manipularlos al grado de que tienen que abandonar las escalinatas, dirigentes sindicales y gremiales, líderes de partidos, funcionarios, políticos, televisoras, noticieros, actores, cantantes, cómicos, locutores y conductores de programas, entre otros personajes, ejerzan control sobre las masas y las manejen hacia rumbos egoístas y con intereses bien definidos.

Mientras millones de personas en México coexistan en el pauperismo y en la carencia de cultura, enfrenten necesidades alimentarias y laborales, permanezcan distraídas con los espectáculos futbolísticos y telenoveleros, se preocupen por las alzas frecuentes en los precios de los bienes y servicios que generan mayor inflación, sigan esquemas de conducta impuestos por la radio y la televisión, no tengan acceso a servicios educativos y de salud, entre otros problemas graves y preocupantes que representaría la palabra etcétera, siempre habrá un hombre o una mujer, como el arlequín de las escalinatas, que manipule y obtenga beneficios materiales.

2 comentarios en “De escalinatas, gradas, bufones y espectadores

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