Museo de Arte Colonial, relicario de obras sacras en Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tiene cicatrices. Cuenta las centurias. Es finca de la historia y del tiempo. Su patio y salones pertenecen a las otras horas, a las del ayer, cuando en el siglo XVIII Valladolid era una ciudad próspera y típica de la Nueva España; pero sus rincones también forman parte de la aurora de la decimonovena centuria, precisamente del 23 de junio de 1821, fecha en que él, Luis Arango, dirigió la primera imprenta de la capital de la provincia de Michoacán.

Desde el patio con baldosas y columnas de cantera, hasta las habitaciones de muros gruesos, la casona colonial exhala la fragancia de familias linajudas y acontecimientos añejos, acaso como si ya inmersa en la vorágine de la hora contemporánea, en el tropel de los años y de lo cotidiano, pretendiera reencontrarse consigo, con su esencia, para curar sus heridas y perdurar siempre en la memoria y los sentimientos de los moradores de Morelia.

Cada rincón parece evocar a los otros, a las familias que durante la Colonia habitaron el inmueble, con sus alegrías y tristezas, con los claroscuros de la existencia, hasta que el olor del papel y la tinta señala, en las horas convulsivas de México, la labor de Luis Arango. Mansión de familias vallisoletanas y taller de libros y escritos impresos.

La construcción de cantera, cuyo perfil mira al templo colonial del Carmen y al ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, es refugio de imágenes sacras de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, junto con algunas pinturas virreinales y otras piezas invaluables.

Durante su historia, la casona ha tenido, al menos, tres rostros: morada de familias de la antigua Valladolid, primera imprenta de la ciudad y Museo de Arte Colonial. Es una finca destinada a permanecer entre nosotros, los de hoy y mañana, para recordar el arte y la historia de Michoacán.

Para no pocos especialistas, el Museo de Arte Colonial es recinto que alberga la mejor colección de imágenes de pasta de caña que existe en el territorio nacional. Se trata, en verdad, de un proyecto cultural muy importante; aunque es evidente que no reúne todas las imágenes que se elaboraron durante las centurias coloniales, sobre todo en la ribera del lago de Pátzcuaro, porque la mayoría se encuentran en colecciones privadas. Hay que reconocer que el saqueo de piezas coloniales ha sido una práctica cotidiana en México.

El espacio aloja más de 100 imágenes coloniales de Cristo. La mayoría son de pasta de caña de maíz, elaboradas, principalmente, en talleres establecidos en Pátzcuaro, Tzintzuntzan y Tiripetío; también hay una de marfil, procedente de Asia, y otras talladas en madera. Hay Cristos suplicantes, agonizantes y yacentes.

Desde su fundación en 1984, el Museo de Arte Colonial, dependiente del Gobierno de Michoacán, signó convenios de comodato con el templo de San Agustín y el ex convento de Santa Rosa de Lima, conocido entre los morelianos como Las Rosas, con la intención de exhibir alrededor de 45 pinturas virreinales de caballete, de las cuales sólo se encuentran expuestas 22. El resto se ubica en la pinacoteca del templo de San Agustín y en Casa de Gobierno, en la ciudad de Morelia.

Entre la colección de pinturas, en su mayoría anónimas, destacan tres del célebre artista oaxaqueño Miguel Cabrera: ecce homo; una referente al obispo Juan de Palafox y Mendoza, quien fundó una imponente biblioteca en Puebla; San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Igualmente, el recinto expone obras firmadas por J.C. Padilla y Miguel de Herrera.

Igualmente, el Museo de Arte Colonial presenta objetos correspondientes al arte pagano y suntuario, figurando las tres carabelas a escala de Cristóbal Colón; dos piezas de porcelana oriental que datan del siglo XVIII, las cuales pertenecieron a José Bernardo Foncerrada, alférez real de Valladolid; una pareja real en plata y marfil, también de la decimoctava centuria.

No pocos de los Cristos coloniales pertenecieron a la colección de Jesús Huerta Fernández, hombre que rescató muchas imágenes en diferentes poblaciones de Michoacán, las cuales, por cierto, eran quemadas, según la costumbre, con el objetivo de obtener tizne para los miércoles de ceniza.

Son imágenes que cautivan por su realismo, como los Cristos del siglo xvii, llenos de dramatismo. Sus expresiones son de dolor y presentan heridas, llagas, sangre escurriendo y huesos.

Entre la colección destacan un Cristo de marfil, procedente de Asia, y otro negro con rasgos indígenas. Por cierto, antiguamente existía la creencia de que algunos Cristos absorbían los pecados de los seres humanos y que, por lo mismo, cambiaban a un color negro.

No obstante, en una de las salas se encuentra un Cristo de gran tamaño, conocido como el Señor del Veneno. La gente creía que al curar los piquetes de los animales, absorbía la ponzoña y que por tal motivo se convirtió en una imagen negra. Lo cierto es que la figura es de mezquite y está pintada de color negro.

Si bien es cierto que los investigadores reconocen que en horas prehispánicas existía una deidad negra, la cual estaba dedicada al comercio, no pocos de los Cristos de ese color se han localizado precisamente en regiones que son cruce de caminos y que tuvieron cierto auge mercantil.

El Museo de Arte Colonial es una puerta abierta, un albergue de antigüedades, un punto de encuentro con parte del arte sacro que abundó en la provincia de Michoacán durante las centurias pasadas.

Una historia

Hay una historia apasionante, la de un hombre que dedicó parte de los días de su existencia a rescatar imágenes coloniales, a coleccionar Cristos elaborados por manos anónimas y adorados por pueblos indígenas durante las cada vez más distantes horas del ayer. Sin él, no podría entenderse el invaluable e irrepetible acervo de esculturas sacras que exhibe el Museo de Arte Colonial.

Originario de Jalisco, Jesús Huerta Fernández amó entrañablemente el otro terruño, el de Michoacán, donde formó a su familia y fue admirado y muy querido por incontables personas aquí y allá, en una ciudad y en otra, en ese y en aquel pueblo, en el rincón de mayor modestia y en el salón más augusto, acaso porque su estilo de vida invitaba a experimentar cada instante con plenitud e intensidad.

Nada más ilustrativo para conocer su pasión por rescatar imágenes, que el pensamiento que plasmó alguna vez: “Cristo es el centro de la historia y del mundo, el autor de la vida y el vencedor indiscutible de la muerte”.

Tal vez sin darse cuenta, se convirtió en redentor de las imágenes añejas y deterioradas de Cristo. Por algo afirmaba que “cada Cristo es sencillamente una expresión de cultura religiosa, algunos en talla de madera y otros fabricados en pasta de maíz, tan devotos y buenos, que nos podrían contar largas historias de dolor y de amargura. Cristos que tienen bordadas en sus pies, innumerables leyendas”.

Jesús Huerta Fernández tenía cita con el destino. Sintió el llamado y emprendió, por lo mismo, la tarea intensa. No habría tregua en su pasión. Se convertiría en el rescatista de la colección de Cristos coloniales más importante que existe en México.

Hace ya varias décadas, cuando era joven, precisamente en el inolvidable y singular siglo XX, sus actividades lo condujeron a muchos rincones de Michoacán y la región, donde tuvo oportunidad de conocer y recorrer capillas, ex conventos y templos virreinales.

Fue allí, en los recintos sacros que exhalaban el aroma y el eco de otras horas, las del Virreinato, donde sintió atracción por las imágenes, principalmente de Cristos, que fotografiaba y, además, agregaba a su colección que cada día resultaba más grande e interesante.

Aquellos, los de su juventud y madurez, fueron años de aventura y emoción. Eran los días en que él, Jesús Huerta Fernández, conquistaba el mercado en todos los pueblos michoacanos para una empresa refresquera, y así tuvo oportunidad de transitar por cada capilla, ex convento y templo de los minutos coloniales, precisamente para conocer sus tesoros y retratar las imágenes de Cristos adoloridos, totalmente ensangrentados. Imágenes implorantes, agonizantes y yacentes.

Ya poseedor de un acervo impresionante de fotografías, caminó hacia el siguiente peldaño. Tal era su amor por el redentor, por Cristo, que se convirtió en coleccionista de esa clase de piezas, las cuales, por cierto, frecuentemente rescataba en condiciones deplorables.

Conforme transcurrían los días, los meses, los años, su fama de coleccionista trascendía allende las fronteras del territorio michoacano, de manera que no pocos anticuarios, chachareros y comerciantes lo buscaban con la intención de ofrecerle alguna pieza en venta.

Y en tan célebre coleccionista de imágenes antiguas de Cristo se convirtió, que no pocas veces fue entrevistado por periodistas de medios de comunicación estatales y nacionales, e incluso el propio Raúl Velasco, cuando dirigía el programa “Siempre en Domingo”, transmitido por Televisa, se interesó en el acervo y visitó Morelia para platicar con Jesús Huerta Fernández. Se convirtió, como es de suponerse, en especialista de arte sacro y su conversación cautivó a muchos con sus anécdotas e interpretaciones.

Antes de que su impresionante colección de imágenes pasara a formar parte del Museo de Arte Colonial, este hombre tan apasionado y sensible montó varias exposiciones con la finalidad de que los otros, los morelianos y michoacanos en general, tuvieran oportunidad de admirar el gran legado de la historia y de las centurias.

Con la regata de los años, se transformó en especialista de arte sacro. En no pocos de los recintos religiosos, descubrió imágenes antiguas, coloniales, tan deterioradas que serían destinadas a las caricias del fuego, a la lumbre, para los miércoles de ceniza.

Hombre agradable e ingenioso, sabía convencer a la gente y evitaba así que las imágenes vetustas de Cristo tuvieran como destino las llamas y la ceniza. Daba alguna limosna, ofrecía ayuda o proporcionaba determinado apoyo.

Narra la tradición que cierta vez, cuando se encontraba cerca de Atlacomulco, Estado de México, entró a una capilla y descubrió, ipso facto, la imagen de un Cristo en completo abandono, situación que lo estimuló a convencer al matrimonio que cuidaba el lugar que se la entregara para restaurarla. La pareja cedió la escultura a don Jesús, pero con la condición de que llevara a la señora a consultas con un oculista, le comprara los anteojos que requería y solventara el tratamiento para sus ojos.

En otra ocasión, le entregaron un Cristo despedazado a cambio de bancas que necesitaba el templo, y él, el rescatista, era feliz porque salvaba una imagen más y, adicionalmente, hacía el bien a los otros, a la gente con mayores carencias.

Cuenta la historia que un día ya muy distante, encontrándose en Tingambato, Michoacán, fue tanta su insistencia por adquirir una imagen muy valiosa que estaba abandonada en la sacristía, que los miembros de la comunidad indígena creyeron que pretendía hurtarla y lo llevaron preso.

Y como lo recuerdan sus hijos, “siempre supo ver la belleza y el valor de cada Cristo, incluso cuando sólo eran cuerpos desmembrados, los cuales con paciencia y con la ayuda del maestro restaurador Nicolás de la Torre y de las monjas adoratrices, lograba integrar a su colección”.

Si Jesús Huerta Fernández tenía compromiso con las imágenes sacras y un día, muchos años después, su impresionante colección reposaría en el Museo de Arte Colonial, en el centro histórico de Morelia, también llegaría puntual y de frente a su encuentro con la comunidad indígena de Santa Fe de la Laguna, uno de los pueblos que tanto amó el primer obispo de la provincia de Michoacán, Vasco de Quiroga, durante la decimosexta centuria.

Para nadie es desconocido que un día aciago, ya en la séptima década del siglo XX, se registró un incendio en el templo colonial de Santa Fe de la Laguna, que consumió varias reliquias, como la imagen de un Cristo muy venerado, de modo que ellos, los sacerdotes que conocían la fama de Jesús Huerta Fernández como coleccionista, enviaron a los otros, a los miembros del consejo de indígenas de la región, con el objetivo de que le solicitaran una pieza en donación.

Preocupado por la noticia de que los indígenas ya no asistían al templo ante la falta de la imagen de Cristo, accedió y les ofreció que eligieran alguna de su colección; no obstante, aquéllos, los nativos, quedaron fascinados con una escultura de tamaño natural que se localizaba a la entrada de la casa y que, por cierto, era la preferida de quien al parecer se convertiría en su benefactor.

Rehusaron cualquier imagen que no fuera la que se parecía a la consumida por las llamas. Se trataba del Señor de la Misericordia. Es el Cristo que deseaban para su templo. Es un Cristo de tamaño natural, elaborado a base de pasta de caña, que data del siglo XVI y cuenta con incrustaciones de cuero de animal en el cuello y los hombros, ya que antiguamente, durante los viernes santos, los indígenas lo descendían de su cruz y lo llevaban en procesión.

Mortificado por los habitantes de Santa Fe de la Laguna y la región, Jesús Huerta Fernández reunió a su familia, con quien conversó y a la que expresó: “aquí lo veneramos siete personas; allá lo adorará un pueblo”. Y así fue. Hasta la fecha, aman con pasión al Señor de la Misericordia.

Fue un 3 de mayo de 1978 cuando donó la imagen del Señor de la Misericordia. El recibimiento de la misma, en Santa Fe de la Laguna, fue impresionante e inolvidable para la familia Huerta Leal, y más por el prodigio que poco después se presentaría en su casa.

Grandioso e irrepetible fue el recibimiento, pero la misa y las muestras de agradecimiento y cariño en el atrio siempre quedarían grabadas en la memoria del benefactor y su familia. Al término de la ceremonia religiosa, la comunidad indígena sentó a Jesús Huerta Fernández en el atrio, para posteriormente formarse los hombres y besarle la mano, mientras las mujeres, en tanto, pasaban a un lado con la finalidad de obsequiarle limas, ollas de barro e incontables regalos.

Aquel acontecimiento marcó las vidas de los miembros de la familia Huerta Leal y, al mismo tiempo, incrementó su amor y devoción al Señor de la Misericordia, de modo que cada año sus integrantes retornan a Santa Fe de la Laguna, en la ribera de Pátzcuaro, a la fiesta de la imagen y a la misa que se celebra en honor de su padre y de ellos.

Precisamente fue un religioso, Samuel Bernardo Lemus, quien citó en uno de sus libros que “por convicción cristiana, por pasión, defensor de la verdad y de la vida, ahí, en su tierra soñada, aprendió a ver con los ojos del alma, al Cristo de la Misericordia, famoso por su historia, por sus insignes favores, por su santuario siempre lleno de perfume de la bondad. De ahí arranca su anhelo de encontrar la más devota figura de Cristo en la cruz”.

La jornada existencial de Jesús Huerta Fernández fue grandiosa y singular. Vivió incontables experiencias en una sola existencia. Conoció el rostro de la vida y hasta un día, en una década ya distante del siglo XX, asistió muy puntual al llamado, a la convocatoria con sus Cristos coloniales. Fue parte de un acontecimiento increíble, similar a las historias y leyendas que se cuentan acerca de las imágenes antiguas; no obstante, se llevó el secreto, la emoción de experimentar un capítulo pleno, un prodigio. El milagro ocurrió en el patio de su casa y exclusivamente él y algunos miembros de su familia lo atestiguaron; pero prefirió conservarlo en el anonimato, en la memoria, en el corazón, quizá porque lo sintió tan íntimo y suyo. Eligió la sencillez y fue feliz.

Tal es la historia de quien aportó la mayor parte de los Cristos que hoy forman parte de la colección inigualable del Museo de Arte Colonial, en Morelia, la capital de Michoacán. Sin su ardua e invaluable labor, no se entendería el acervo de tan bello y valioso recinto.

Hoy, la gente ingresa a la antigua casona de cantera para admirar la belleza y hasta la singularidad de las piezas, principalmente de los Cristos que parecen contar las horas, los días, los años y las centurias, y relatar los capítulos, los episodios y la historia del pueblo de México, principalmente el de Michoacán, que embelesa a quienes tienen la maravillosa oportunidad de conocer su esencia, rasgos, sabor, formas y fragancia.

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