Tres Mezquites, Benito Canales Godínez y la Revolución Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era una mañana nebulosa y fría en la campiña, uno de esos días apacibles que quedan resguardados en la memoria, en el ropero de las añoranzas y los recuerdos, cuando caminamos por la orilla del río Lerma, entre las flores minúsculas y de intensa policromía que agitaba el aliento del aire, el follaje de los árboles que proyectaban sus sombras jaspeadas, la corriente que arrastraba hojarasca y las cabras que arrancaban los matorrales y el pasto que crecían agrestes.

   Olía a pétalos, lluvia, tierra y troncos mojados. Las abejas posaban en una y en muchas flores, al mismo tiempo que las otras, las mariposas, revoloteaban y presumían su belleza y sus colores efímeros. Las fragancias y tonalidades de la naturaleza contrastaban con la melancolía del poblado casi yermo.

  Miramos el extraordinario puente con sus vías de acero que reposaban sobre durmientes agotados por las décadas, perforados por la lluvia y la polilla, mientras el silbato del ferrocarril agónico y anciano parecía, entonces, voz de horas añejas, grito de días consumidos en el ayer, hasta que reprimía el canto de los pájaros, el murmullo de los juegos infantiles y el sonido áspero de la milpa que se acariciaba entre sí al recibir los ósculos del viento.

   Consideramos que con rostro desencajado, cual náufrago de otros tiempos, el tren avanzaba agotado, envejecido, lentamente, sobre los rieles de acero que yacían en durmientes de madera heridos por el sol, los años y la lluvia. Los rostros de la gente y de las cosas cambian ante la caminata de las horas; nada es permanente.

   Notamos con asombro que acosados constantemente por la hierba que avanzaba incontenible, los durmientes soportaban menos que antes, en sus días de esplendor, el dolor provocado al sentir el roce y toneladas de peso de los furgones no tan obesos porque ya pertenecían a estampas viejas.

   Igual al enfermo que recibe visitas menos frecuentes, el ferrocarril anunciaba nostálgicamente, desde el terruño surcado y pletórico de maizales, sorgo y trigo, su llegada al caserío desolado y triste, solamente para recordar que las horas transcurren implacables y que las historias quedan sepultadas y cubiertas por la lápida del olvido.

   La antigua estación de madera, yacente entre el caserío y los mezquites, se perfilaba cadavérica, irreconocible, desmejorada, porque su juventud y madurez quedaron atrapadas en los capítulos de la historia, en las páginas de antaño, en la memoria colectiva que se desvaneció una noche y otra. Estábamos en Tres Mezquites.

   Éramos muy jóvenes cuando entristecida e inservible, la estación de madera ya contrastaba con las habitaciones vetustas de piedra, también abandonadas y en proceso de desmoronamiento, que otrora alojaron a los ferrocarrileros y a sus familias, precisamente en tiempos en que el tren era sinónimo de progreso en Puruándiro.

   Entre lo que fueron las haciendas de San Martín, Villachuato y Zurumuato, que ahora parecen exhalar suspiros melancólicos, Tres Mezquites, el caserío de adobe y tabique enclavado en el municipio michoacano de Puruándiro, muy cercano al de Pastor Ortiz, añora al ferrocarril que sacudía las flores y la milpa con frenesí, estremeciendo los corazones de los enamorados que se despedían y miraban a los ojos intercambiando mil secretos. Ferrocarril que entregó y llevó alegría, desesperanza, ilusiones y tristeza.

   Contemplamos los surcos con maíz, sorgo y trigo que componían una alfombra fresca, verde y dorada, alterada en algunos rincones por flores multicolores, mezquites y pirúes abruptos. Paisaje apacible, olvidado y triste como muchos de los ojos de las mujeres que todavía aguardan el retorno de sus amados, y de los niños que, igualmente, esperan a sus padres que un día marcharon a Estados Unidos de Norteamérica en busca de mejores alternativas laborales e ingresos económicos.

   Hace poco, tras muchos años de aquella excursión juvenil, regresamos a la comarca, donde la naturaleza, disfrazada de artista, siempre pinta los paisajes más hermosos e insospechados, aunque con tintes melancólicos; una, otra y muchas pinceladas forman el cuadro que a determinadas horas, en la aurora y al atardecer, maquillan y ruborizan las nubes con sombras jaspeadas.

   Es en la campiña, entre la población de Puruándiro y la ex hacienda de Villachuato, a unos metros del río Lerma y rumbo al municipio de Pastor Ortiz, ya cerca del estado de Guanajuato, donde se erige el caserío nostálgico, solitario y sosegado que atestiguó una historia intensa, romántica, salpicada de heroísmo, traición y valor, durante las horas de la Revolución Mexicana, en la aurora del siglo XX.

     Allí, en las callejuelas desérticas y empolvadas de Tres Mezquites, entre casas añejas de adobe con tejados bermejos, que pertenecieron a peones otrora explotados por acaudalados y poderosos hacendados, y construcciones de concreto y tabique habitadas por familias afables, hospitalarias, o abandonadas, en su caso, por quienes emigraron a Estados Unidos de Norteamérica, descubrimos que un hombre acudió muy exacto a la convocatoria que le extendió el destino, a su encuentro con la historia. Fue de frente.

   No muy lejos del pueblo rodeado de sembradíos, el antiguo y majestuoso puente de acero cruza el río Lerma; sostiene con fuerza y sin titubeos las pesadas vías y los gruesos durmientes del ferrocarril.

   En aquel paisaje provinciano, a la orilla del río Lerma, caballos, chivos y vacas arrancan la pastura, mientras el agua corre, huye y humedece la tierra de la que brotan árboles, flores y plantas. Los abejorros zumban y posan en cada flor que mira enamorada al cielo. Las mariposas, en tanto, revolotean sobre los pétalos fragantes y tersos.

   Monumento del esplendor hacendario, impulsado durante el régimen porfiriano, el puente, ya anciano, se yergue soberano, espléndido, desafiando la sencillez que le rodea y guardando en su estructura de acero el eco de aquellos días y del silbato del ferrocarril.

   Fue en Tres Mezquites donde el 23 de marzo de 1875, nació Benito Canales Godínez, el legendario personaje que ha inspirado a autores de corridos e historias y que se convirtió, a través de incontables hazañas, en héroe revolucionario del Bajío de Michoacán y Guanajuato, y para otros, en cambio, en bandolero y mujeriego que desafió a los hacendados, a los señores que entonces eran dueños de tierras y vidas.

   Héroe, luchador social, enemigo de las injusticias, o bandido, cínico y enamorado, él, Benito Canales Godínez, escribió su historia durante las horas más convulsivas de México en la adolescencia del siglo XX.

   Acaso a fuerza de transitar tantos caminos o estimulado, quizá, por la curiosidad de conocer los parajes de la Revolución Mexicana, la ruta de la convulsión armada que padeció el país en la juventud del inolvidable y turbulento siglo XX, el aventurero, como nosotros, habrá recorrido Puruándiro y la augusta ex hacienda de Villachuato, hasta llegar a Tres Mezquites, donde evocará, innegablemente, la figura de Benito Canales Godínez.

   Sentado en alguna de las bancas de la pequeña plaza arbolada, frente al kiosco y al monumento dedicado a Benito Canales Godínez, el viajero descansará, sentirá el palpitar de la naturaleza y el pulso de la historia que rondan en las calles un tanto desérticas, para rescatar de las profundidades de la memoria colectiva y reconstruir paulatinamente la imagen de un hombre de origen humilde que aborreció, desde la infancia, tal vez por padecerlos, los abusos e injusticias que cotidianamente cometían los hacendados y sus capataces en contra de los desposeídos, hasta que se transformó, al paso de los años, en revolucionario que con estrategias originales estremeció a los ricos, a los despiadados militares y al gobierno.

   Considerado guerrillero por algunos y ladrón y mujeriego por otros, Benito Canales Godínez tomó las armas. Aseguraba repudiar los abusos y la crueldad de los poderosos. Los odiaba, o al menos eso aseguraban las personas de la región guanajuatense al referirse a él.

   Y así, mientras el viento fresco de las montañas, con aroma a agua, barro, flor, hierba y hortaliza, acariciará y sonrojará las mejillas del caminante que se ha detenido en Tres Mezquites para explorar sus rincones, percibiendo el murmullo de los niños que juegan libremente y la sonrisa de las mujeres que platican, quedará sorprendido al enterarse acerca de las estrategias con que Benito Canales Godínez burló a los hacendados y soldados que se empeñaron en perseguirlo con la finalidad de aprehenderlo y aplicarle un castigo brutal y ejemplar.

   Tal vez parado en el añejo puente de acero, mirando entre los durmientes el agua que corre, o quizá sentado en una de las vías, con la vista fija en las montañas y el paisaje campirano, el viajero se trasladará a las muchas horas del ayer, en la lozanía del siglo xx, cuando Benito Canales Godínez, al pretender reunirse con su familia después de un viaje a Estados Unidos de Norteamérica, se enteró que los rurales, al mando del teniente Rito Martínez, ya lo buscaban en Tres Mezquites.

   Astuto y ausente de temor, Benito Canales Godínez acomodó el sombrero hasta sus hombros, se mezcló con los peones y pasó inadvertido junto a los rurales que anhelaban aniquilarlo.

   Rosario Gómez, su amigo, lo identificó y se alarmó porque era precisamente a él, Benito Canales Godínez, a quien buscaban el jefe Rito y su gente; sin embargo, el revolucionario del Bajío permanecía inquebrantable, tranquilo, ayudando a sus enemigos a cruzar los caballos por el puente y cuidando que no tropezaran con los durmientes.

   Abajo, el entonces caudaloso río Lerma emitía el canto de la naturaleza. Agua que corría imperturbable como arriba, en la misma condición de seguridad, caminaba Benito Canales Godínez al lado de los caballos con cargamento militar.

   Al faltar un caballo por cruzar el puente, el humilde Benito Canales Godínez ofreció trasladarlo, ir por el animal y entregarlo a los militares burdos, exigentes y despiadados, de manera que cuando sus adversarios y los ayudantes se encontraban en el otro extremo de la estructura de acero, montó la bestia y partió engrandecido, victorioso, rumbo a Pénjamo, Guanajuato, dejando atónitos a los rurales.

   Si un rebaño de chivos distrae momentáneamente al trotamundos, de inmediato abordará la canoa de la historia y navegará por sus capítulos para recordar que el acontecimiento registrado en el puente del ferrocarril no fue la única estrategia con que Benito Canales Godínez, el de los corridos mexicanos, burló a sus poderosos y sanguinarios enemigos.

   En otra ocasión, en el discurrir de 1911, tras el triunfo que Benito Canales Godínez y sus seguidores obtuvieron en las Barrancas de San Juan Chico al derrotar a más de cuatrocientos rurales, llegaron personas del gobierno y una guarnición a una de las haciendas del Bajío con la intención de interrogar a los peones sobre la identidad exacta y el paradero de su enemigo que cada día cobraba más fama en Michoacán, Guanajuato, Ciudad de México y Estados Unidos de Norteamérica.

   Siendo desde hacía algunos años benefactor de los moradores de Tres Mezquites y la región, nadie se atrevió a delatar al revolucionario. Muchos lo querían y otros, sin duda, le temían; mas respetaban la figura del hombre que engrandecía conforme transcurrían las semanas.

   Al interrogar al último de los peones, a quien ofrecieron una copa, lo cual ya era un privilegio en aquellos días, se percataron que resultaba inútil que alguien les revelara el escondite de Benito Canales Godínez; por tal motivo, al marcharse el hombre, su invitado, y plantearle la misma pregunta al sirviente de nombre Refugio, éste aparentó desconocer el motivo de las confesiones que habían llevado a cabo y afirmó que hasta ellos conocían al individuo que buscaban, ya que era el mismo al que momentos antes convidaron bebida.

   Las nubes se aglomerarán y desvanecerán en un juego que delatará la finitud de las cosas en este mundo, mientras la corriente del río Lerma se fugará, igual que la existencia o las historias; mas para Benito Canales Godínez, quien caminó por el caserío y la campiña, el tiempo transcurría raudo. Tenía que apresurarse a realizar su obra, porque su cita con el destino ya contaba con día y hora.

   Quien visite la augusta, opulenta y soberbia ex hacienda de Villachuato, con cara de niña bonita y consentida, y contemple, posteriormente, algunas de las casas de adobe que coexisten con otras de ladrillo, en Tres Mezquites, comprenderá, ipso facto, la desigualdad que prevalecía entre las clases sociales y la razón por la que se registró el estallido contra el régimen porfiriano. Eso es vivir la historia y entender sus lecciones. Es mirarla de frente y sin prejuicios, en total libertad y con nitidez.

   Uno de aquellos días, encontrándose el coronel Enrique Villaseñor en la tienda de la Hacienda de San Martín, manifestaba ante los rurales su deseo de conocer a Benito Canales Godínez, hombre que de acuerdo con informes con que contaba, era de gran valor.

   Un hombre que se encontraba bebiendo tequila, se aproximó al militar y le pidió que lo acompañara, que tenía algo que confiarle, a lo que el coronel aceptó, no sin antes beber el último trago como acostumbran en estas tierras, sin temor a embriagarse.

   Ya afuera, el impaciente coronel de los rurales preguntó al extraño qué le iba a confesar; el hombre, humilde y tranquilo, admitió que él era Benito Canales Godínez, por quien preguntaba momentos antes en la cantina.

   Reconociendo la valentía de Benito Canales Godínez, el otro, el coronel Enrique Villaseñor, estrechó la mano campesina, identificando la grandeza de su adversario; desabrochó su cinturón de piel de víbora, entonces muy usuales, del que extrajo algunas monedas de oro y plata que entregó al revolucionario para su causa.

   A partir de entonces, ambos oponentes cultivaron la amistad, que no es casualidad ni saludo, sino un sentimiento profundo, capítulos compartidos. Los nuevos amigos coincidirían en otras ocasiones.

   Casado en 1894 con Crescencia Ramírez y padre de cinco hijos, a los que amó intensamente, Benito Canales Godínez se enamoró un día de Marina Robledo, “La Tapatía”, a quien obviamente convirtió en amante.

   Todavía en la década de los 70 del siglo XX, ya anciana, la examante de Benito Canales Godínez, que radicaba en Estados Unidos de Norteamérica, lo recordaba como un gran hombre que quería a los desposeídos, a su pueblo que nació con el estigma de la miseria.

   Benito Canales Godínez la amaba porque era bella e irrepetible, de esas mujeres que cautivan desde que se les conoce; aunque un día, a su regreso de Estados Unidos de Norteamérica, la encontró con un soldado que intentaba seducirla.

    Celoso y encolerizado, el revolucionario creyó que se trataba de una infidelidad y sin escuchar las explicaciones de la angustiada y temerosa mujer, le advirtió que le dejaría un recuerdo para toda la vida, disparándole en una pierna. Otros aseguran que esta mujer, La Tapatía, vivía en Valle de Santiago, Guanajuato, y que Benito Canales le disparó en uno de los glúteos.

   Nunca más se volvieron a ver. La despedida entre amantes es dolorosa, patética, triste. Sólo escucharía las hazañas y el ocaso del hombre que amó, del que siempre llevaría, como él prometió, un recuerdo suyo. Ella, Marina Robledo, “La Tapatía”, lo evocó con amor y pasión hasta el último instante de su existencia.

   Antes de retirarse de Tres Mezquites, donde posiblemente alguna familia campesina le invitará a realizar una comida cerca de los cultivos de maíz, el viajero se enterará que en aquel terruño, en 1910, Carlos Markazuza, hacendado de Zurumuato -hoy Pastor Ortiz-, había contratado como capataz al perverso Pedro Navarro, quien incluso era obedecido en las haciendas de San Martín y Villachuato.

    Para evitar conflictos con el todavía joven Benito Canales, el hacendado decidió contratarlo como velador de sus tierras, coyuntura que el futuro revolucionario aprovechó para ayudar a los menesterosos que le solicitaban comida.

   Cuando el malvado Pedro Navarro sorprendió a Concepción recogiendo maíz para llevarlo a su familia, intentó golpearlo; pero la intervención oportuna de Benito Canales salvó al humilde campesino y determinó el inicio de una historia que quedó inscrita en las páginas de la Revolución Mexicana.

     Cobarde como todos los impíos, Pedro Navarro suplicó a Benito Canales que no lo dañara, que lo perdonara; pero el hombre que pasaría a la historia, lo obligó a que se hincara y extendiera los brazos, en forma de cruz, colocándole una piedra en cada mano.

   Ya en la noche, agotado y liberado del castigo impuesto por Benito Canales Godínez, Pedro Navarro corrió temeroso y corroído por el rencor hasta la hacienda de Carlos Markazuza, exponiéndole el problema que escuchó otro perverso de nombre Donaciano Martínez, “El Tullido”, quien planeó denunciarlo en Pénjamo, Guanajuato, como agitador, ladrón y enemigo del gobierno.

   Al marcharse de Tres Mezquites, el turista escuchará por parte de algún habitante el final de Benito Canales Godínez, en 1912, cuando fue traicionado por sus amigos Marcial Camacho y Genaro Andrade, quienes ambicionaban el dinero y las semillas que el revolucionario solicitó guardaran para la causa.

   Benito Canales Godínez llegó muy puntual a su cita con el destino, a su encuentro con la historia, a su romance con la muerte, en Maritas, Guanajuato. Le esperaba la noche de su vida en aquel rincón guanajuatense, perteneciente a un México convulsionado que derramó sangre únicamente para cambiar amos, pues como balance del movimiento revolucionario cabría preguntar si alguna vez, ya en el discurrir del siglo XX y en la vigesimoprimera centuria, los habitantes de este país se zafaron del yugo de los opresores, disfrazados determinadas ocasiones de generales y políticos y otras, en tanto, de religiosos, profesores, banqueros y líderes populares, por citar ciertos ejemplos.

   Dormía tranquilamente el revolucionario Benito Canales, mientras los supuestos amigos se dirigían al cuartel de Zurumuato. María, la esposa de Marcial, fue obligada a delatar el lugar exacto donde pernoctaba el hombre que había favorecido a los menesterosos.

   Comandados por el repudiado teniente Rito Martínez, los rurales llegaron hasta la casa donde dormía Benito Canales Godínez al lado de su hija María de Jesús y de su suegra Refugio. La familia fue sorprendida cuando los primeros destellos del día disolvían las sombras de la noche pasajera.

   Apenas tuvo tiempo el revolucionario de ayudar a su hija y a su suegra a huir, resistiendo el ataque de sus enemigos desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde de aquel memorable 14 de octubre de 1912.

   Si las balas y el incendio a la casa donde se encontraba Benito Canales Godínez no lo doblegaron, la intervención del sacerdote Rafael Moreno, capellán de la Hacienda de Zurumuato, lo motivó a rendirse ante el enemigo. No fue la primera vez que un religioso facilitó las condiciones para entregar a un hombre ante los amos del dinero y el poder. No pocas ocasiones, algunos sacerdotes han pactado con la gente más impía, como fue el caso de Rafael Moreno.

   Una vez capturado por sus adversarios, los soldados lo humillaron y golpearon brutalmente, casi a la misma hora en que su familia, espantada, huía para evitar represalias del gobierno, los hacendados y los rurales. Su hijo primogénito fue ahorcado por sus rivales.

   El 16 de octubre de 1912, Benito Canales Godínez, el revolucionario del Bajío de Michoacán y de Guanajuato, fue fusilado horas antes de que llegara la carta del gobierno federal que lo solicitaba vivo, o al menos eso informaron los verdugos, que la misiva fue recibida tardíamente.

   Por instrucciones gubernamentales, los autores intelectuales del fusilamiento de Benito Canales Godínez murieron de similar forma a la del revolucionario de Tres Mezquites. El hecho de no entregar al rebelde con vida fue considerado un desacato que los ejecutores pagaron con sus vidas.

   Incontables personas -ancianos, adultos, jóvenes, niños- se sumaron al cortejo fúnebre de Benito Canales Godínez. Su defensor, asesinado cobardemente, nació en Tres Mezquites y fue sepultado en Puruándiro, donde la multitud lo reconoció como benefactor y héroe.

   Hay quienes se empeñan en denominar a Benito Canales Godínez el Zapata del Bajío; pero lo cierto es que cada uno debe conservar su individualidad. Él fue, en consecuencia, Benito Canales Godínez, con sus luces y sombras. Nada más.

   Todavía viven algunos de los descendientes de Benito Canales Godínez en Tres Mezquites. Uno de ellos, por cierto, conserva la fotografía del multicitado personaje.

   Cada vez que los moradores de Tres Mezquites escuchan en alguna parte el silbato del ferrocarril, recuerdan que es un anciano que agoniza y se lleva para siempre sus historias, recuerdos y vivencias, igual que aquel enamorado que un verano o un invierno de su existencia conoce a la hermosa dama que por flotar en la aurora, en la primavera, ni siquiera percibe que él, en su hora postrera, se asfixia por el amor que ésta le ha negado.

   Se alejó el susurro del ferrocarril que trasladó todos los recuerdos a un rumbo desconocido e incierto. Con su fuga, se arrancó una estampa del México provinciano y viejo, como cae también la hoja postrera del árbol en otoño o se desvanece la ilusión que se pensaba sería duradera e intensa. Sólo queda la huella con un puente centenario de acero y la imagen de un hombre que, aseguran, luchó contra las injusticias y por la libertad y la tierra de los mexicanos, independientemente de su estilo de vida. Tal fue la historia, en Tres Mezquites, en la región de Puruándiro, durante los instantes de la Revolución Mexicana.

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Panteón municipal de Morelia, la otra historia de la ciudad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

   Cuando uno camina por las calzadas desoladas y silenciosas del Panteón Municipal de Morelia, entre criptas y árboles corpulentos que proyectan tintes sombríos, una mañana o una tarde otoñal, es inevitable estremecerse ante el dilema y la pregunta si nosotros, los seres humanos, somos accidente, casualidad, ensayo o proyecto con un orden y un propósito bien definido; sin embargo, cualquiera que sea la creencia o la respuesta, los ósculos del viento seducen para pensar en otro cuestionamiento, en la interrogante de lo que son los días de la existencia dentro de un proceso dinámico y fugaz.

   No es que uno, incansable caminante, se sienta entristecido por el aislamiento y destierro de una losa que alguien, hace muchos años, colocó horizontalmente en la quinta columna de la barda perimetral del cementerio moreliano, en el área poniente, al exterior, como para que todos -hombres y mujeres- la miren cotidianamente y recuerden que la estancia en el mundo es pasajera.

   Es la lápida que alguna vez, en la década de los años veinte del siglo pasado, cubrió el sepulcro de una niña pequeña de apellido Antúnez y que indudablemente arrancó dolor, lágrimas y suspiros por tratarse de una historia breve, un adiós cuando la vida parecía florecer. La losa simboliza las luces y las sombras, el día y la noche, los claroscuros de la existencia humana.

   Hay que insistir en el ambiente, en las cosas, en los nombres, en las evocaciones, en el inventario, en la colección del cementerio. Las frondas de los árboles corpulentos, donde se refugian incontables pájaros que trinan incansables durante las auroras heladas y los atardeceres melancólicos, son mecidas suavemente por el aliento del aire y proyectan sus sombras sobre las lápidas ennegrecidas y cubiertas de hojarasca, como si evocaran los otros días, los de 1882, año en que las autoridades del Ayuntamiento de Morelia planearon la construcción de un cementerio que sustituiría a los que se encontraban en el barrio de San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales, los cuales, por cierto, resultaban insuficientes ante la demanda de la población de la época porfiriana.

   Refiere la historia que Ramón Ramírez, hombre acaudalado, propietario del establecimiento comercial La Mina de Oro y de la Hacienda La Huerta, donó parte de un terreno que denominaba El Huizachal, donde las autoridades trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, que registró la primera inhumación en 1885 y fue inaugurado formalmente en 1895, precisamente en los días en que él, el general y presidente Porfirio Díaz Mori, tomaba las decisiones en un país que durante el siglo xix pareció desmoronarse, preámbulo de la vigésima centuria con su movimiento revolucionario, la lucha de los generales por el poder y las décadas de corrupción y descomposición social.

   La capilla y la rotonda de los hombres ilustres iniciaron su construcción en 1905, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

   Según la tradición, el poderoso hacendado envió a Fermín Ramírez como vigilante al terreno del cementerio, donde vivió alrededor de 80 años. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

   Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante casi ocho décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijos nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez se ha dedicado por más de media centuria a la elaboración de lápidas y monumentos mortuorios.

   Ya anciano, el velador solía contar que cuando fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, en el centro histórico de Morelia, los soldados lo mandaban llamar para que recogiera los cadáveres y los sepultara; además, aprovechó su estancia en el cementerio para esculpir lápidas de cantera muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto.

   Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, se incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente también fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que cargaba, salvándose milagrosamente.

   Al mismo José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer vigilante del Panteón Municipal, le tocó presenciar, en los minutos de la infancia, los últimos dos fusilamientos que se practicaron en alguno de los parajes de ese ambiente de muertos.

   La monumental cruz de piedra fue trasladada, al cabo del tiempo, a un costado del Santuario de Guadalupe o templo de San Diego, mientras los fusilamientos se cancelaron. Todo quedó en el ayer, en las cuartillas amarillentas y quebradizas de la historia.

   Se trata, en verdad, de un cementerio con tradición, donde se concentran la historia y los nombres de los morelianos de las últimas 12 décadas. ¿Quién que mora en Morelia, la capital de Michoacán, no ha acudido alguna vez a ese lugar donde los claroscuros de la vida se perciben con mayor fuerza?

   En cada una de las incontables criptas del Panteón Municipal de Morelia, yace un cadáver; pero también una identidad, una historia que algún día se ha de convertir en polvo, en remembranza, en olvido.

   Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores, por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacan Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

   Evidentemente, el Panteón Municipal de Morelia es compendio de diferentes estilos arquitectónicos; aunque también, nadie lo niega, es la otra casa, el álbum de historias silenciosas, el resumen de la gente del ayer, de hace más de una centuria, de algunas décadas o de horas atrás.

   Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán.

   Nombres, fechas, epitafios, suspiros de una, otra y muchas vidas que de pronto callaron ante el silencio y las sombras de la noche. Incontables biografías desvanecidas por un soplo, por una transición. Los apellidos célebres y los nombres anónimos y comunes permanecen bajo tierra, cubiertos por lápidas y rodeados de flores y veladoras.

   Infantes que de pronto abandonaron el juguete, la pelota, el soldado, la muñeca, las diversiones y la escuela, para ocultarse tras el telón de la vida; jóvenes que renunciaron, sin desearlo, a sus ilusiones, a la primavera; adultos que cruzaron el umbral y no miraron más a sus hijos, a su familia, a sus amigos; ancianos que contaron los días y los años, hasta que concluyeron la caminata y las historias de sus existencias.

   Como parte de la historia y de los monumentos centenarios que existen en Morelia, la capital de Michoacán, se antoja emprender una caminata por las calzadas y las criptas del Panteón Municipal, donde los días 1 y 2 de noviembre de cada año las familias se reúnen para recordar a quienes un día formaron parte de esta ciudad que fue fundada el 18 de mayo de 1541.

   Durante esa fecha, incontables morelianos acuden al cementerio para lavar las criptas, colocar flores, convivir y recordar a sus amados familiares difuntos, hasta que la fiesta de los vivos concluye y los demás días del año retornan el silencio y la soledad, inesperadamente rotos por el llanto de dolientes que con impotencia acompañan al pariente o al amigo muerto a la morada postrera.

   Y como alguna vez recordó el “marmolero” José Inés Estrada Ramírez, nieto de quien fue velador del Panteón Municipal de Morelia durante casi ochenta años e hijo de una mujer que nació en una casa pequeña, entre calzadas y criptas, “el hecho de trabajar en los asuntos fúnebres, con la muerte, enseña a que la vida debe aprovecharse plenamente en todos los sentidos”.

   Desde la primera inhumación, en el discurrir de 1885, hasta la hoja dorada y quebradiza que barre el viento en las horas del tercer milenio de nuestra era, el Panteón Municipal de Morelia contiene parte del palpitar de la capital de Michoacán, fragmentos de su historia, y hay que recorrerlo para conocer el otro rostro, los claroscuros de la ciudad que hoy es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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