¿La ropa sucia se lava en casa?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Existe un dicho entre los mexicanos que sentencia “la ropa sucia se lava en casa”, alusivo a que los problemas y diferencias familiares, entre amigos, vecinales o de cualquier índole se solucionan dentro de sus respectivos ámbitos, sin necesidad de que trasciendan y los demás se enteren; no obstante, el coraje, la frustración y la impotencia de la sociedad contra la clase política es tanta, que resulta imposible callar y esconder los niveles de corrupción e impunidad que se practican en el país y que, además, la comunidad internacional conoce y condena severamente.

Hace unos días, para asombro de millones de personas en todo el mundo y vergüenza por parte de los gobernantes y políticos que no han sabido actuar ni conducir al país a la altura de los mexicanos, el joven universitario Adán Cortés Salas tuvo el valor de manifestarse durante la ceremonia de entrega del premio Nobel de la Paz, en Oslo, Noruega, concedido a la paquistaní Malala Yousafzai y al presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, Kailash Satyarthi.

Unos censurarán al joven de 21 años de edad, estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México, por su falta de diplomacia, mientras otros, en tanto, lo condenarán por oportunista y aprovechar la atención mundial para convertirse en personaje célebre, obtener asilo y beneficiarse a través de una supuesta lucha social, y algunos, en cambio, criticarán sus actitudes y reacciones de estudiante impulsivo e inmaduro; sin embargo, independientemente de cualquier argumento, es innegable que él, Adán, demostró y representó en ese momento el enojo de amplios porcentajes de mexicanos contra su presidente, los funcionarios públicos y la clase política, quienes al parecer, por lo hechos sin aclarar, están más inmersos en sus privilegios e intereses personales y de grupo que en trabajar por el desarrollo integral de la nación.

Por unos segundos, las cámaras captaron a Adán con una bandera mexicana, manchada de rojo, color que simboliza la sangre que se ha derramado en perjuicio de innumerables personas, ante una estructura política inhumana, insensible a las causas sociales y aferrada en sostener sus aprobadas reformas impuestas y que no necesariamente reflejan los intereses de las mayorías, como la fiscal, por ejemplo.

Evidentemente, el joven mexicano fue retirado del escenario y sancionado. Volvió a remover, por si los gobernantes y políticos creían que los temas ya estaban cubiertos por la sepultura del olvido, asuntos como el de los normalistas de Ayotzinapa, y de paso, claro está, la casa blanca y otras cuestiones muy delicadas para el México.

No se puede negar que esa clase de expresiones se presentan cuando las autoridades no responden oportunamente ni tienen capacidad para resolver los problemas que mortifican a los mexicanos. Cierto que existe la posibilidad de que alguien apoyó al joven a acreditarse e ingresar al recinto de premiación; aunque el colmo sería que algún miembro de la clase política mexicana declarara, como suelen hacerlo, que tras la conducta del universitario Adán Cortés Salas existen intereses perversos que pretenden deslegitimizar al gobierno, generar inestabilidad, debilitar las reformas estructurales que cambiarán al país y provocar sangre y “espectáculo”.

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