Mariposas Monarca, lienzo y poemario de la naturaleza

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Montañas, las del oriente de Michoacán, transformadas en lienzo, partitura y poemario de la naturaleza, porque allí, en lo más intrincado del bosque cobijado por la neblina matinal, posteriormente disipada por la luz solar que intenta filtrarse por las coníferas, la policromía de las flores y las mariposas, el concierto de los pájaros y los riachuelos y la armonía y el equilibrio en todas las expresiones del paisaje, se perciben irrepetibles, intensos y subyugantes.

Cuando el viento pertinaz rasguña las nubes apelmazadas y ensortijadas, hasta convertirlas en filamentos endebles y de efímera belleza, o en el instante fugaz en que la corriente entume los helechos y matorrales que crecen en la orilla y próximos a los troncos cubiertos de musgo, parece como si una mano mágica -la de la creación- pretendiera que todo palpitara al mismo ritmo y se manifestara con múltiples rostros. Como que hay un orden en todo.

Y es que desde el azul intenso del cielo y la blancura de las nubes rizadas o rasgadas por el aire helado, hasta las tonalidades verdosas del musgo, de las plantas silvestres y del follaje de los oyameles y los pinos, mezclados con el café peculiar de los hongos y de los troncos arrugados y el matiz intenso de las flores aromáticas, reunidas en ramilletes o solitarias en lo más sombrío del bosque, se siente el palpitar de la vida, alterado más tarde -de octubre o noviembre a marzo de cada año- por las pinceladas de la naturaleza que incluyen en su tapiz los colores blanco, naranja y negro de docenas, cientos, miles, millones de mariposas Monarca que revolotean alegres e inquietas es un escenario imponente.

Realmente se trata de un juego de colores y formas, de luces y sombras, cuando el bosque se convierte en morada temporal, en casa, en refugio invernal de incontables mariposas Monarca, peregrinas, viajeras incansables, que ya traen en la memoria colectiva, desde hace miles de años, la fórmula y el itinerario de sus antepasadas, los rumbos que les resultan familiares, las rutas de los parajes que les dan asilo temporal.

Corpulentos e imperturbables, los oyameles y los pinos añejos y perfumados extienden sus ramas en las que posan, cual huéspedes distinguidos, grupos de mariposas que obstruyen el verdor natural a cambio de sus alas blancas, naranjas y negras, con dibujos y diseños irrepetibles cual huellas digitales o signos en las partituras de una sinfonía magistral.

Inmersas en un mundo que es el suyo, distante del ruido y donde el oxígeno, a esa altura, es tan puro, se atraen unas con otras y hasta permanecen reunidas en los ramajes en grandes comunidades convertidas en racimos que cuelgan de los árboles, mientras otras, más desenvueltas, vuelan, agitan sus alas estimuladas por los rayos solares que se filtran en el bosque y alumbran las flores, los helechos, los hongos y el musgo. Unas posan en los pétalos, de los que hurtan el sabor de la naturaleza, de la creación; pero otras, ya envejecidas, agotadas por la jornada existencial, por el viaje, llegan al suelo y aletean una y repetidas veces en un proceso inquietante y misterioso de agonía, hasta fundirse con la hojarasca, con la tierra, con el todo. Sentimiento, el de su muerte, similar al del ocaso, al de la hora que se mece entre el atardecer y la noche, al del instante postrero, cuando las luces se transforman en sombras.

Entre más alumbra el sol las frondas, mayor es el número de mariposas que se desprenden de los ramilletes y vuelan, dan vueltas, aletean, giran y recuerdan que la vida es dinámica y, la vez, efímero. Parecen incansables. Transmiten la alegría y la emoción de coexistir dentro del palpitar de la naturaleza.

Espectáculo inagotable, hechizante, mágico. Concierto silencioso que se percibe con los sentidos y el corazón; poema que embelesa y conduce a rutas insospechadas; lienzo que reproduce el soplo divino. A algunos les parece, por cierto, el juego de Dios; a otros, en tanto, las combinaciones de la naturaleza; a unos más, en cambio, una simple manifestación de la vida.

No cesa la vida en los bosques del oriente michoacano, colindantes con los del Estado de México. Las montañas boscosas, constantemente acosadas por neblina que flota con lentitud, en las que los cantos de los pájaros y el rumor de los insectos se propagan incesantes, como extraídos de un mundo cada vez más extraño, albergan comunidades millonarias de mariposas Monarca.

Comparten las fragancias, los colores y las formas del bosque. Vuelan. Están en su hogar, en su otra casa, la de México, la de Michoacán, lejos de su morada veraniega en Canadá y Estados Unidos de Norteamérica, cual intermediarias entre una generación, la que partió, y otra, la que finalmente llegará. Son las de en medio, las que realmente disfrutan la estancia en los bosques michoacanos y mexiquenses.

Ya desde los senderos se contemplan, bellos y majestuosos, los insectos peregrinos que vuelan durante instantes de acentuada brevedad, como sus existencias, acaso en un ritual de la vida que cada generación ha repetido desde hace milenios.

Con atuendos y maquillajes auténticos y propios, son actrices en el escenario boscoso, donde conviven en armonía y equilibrio, aprovechando cada instante el desenvolvimiento de su esencia.

Quienes pertenecemos a la hora contemporánea, sabemos que su nombre científico es Danaus Plexippus Linneo y que se trata de lepidópteros muy resistentes a las condiciones variables del clima Presentan, incluso, longevidad de nueve meses, equivalente a doce veces más que otras especies de esa clase de insectos.

De acuerdo con investigaciones de los especialistas, desde hace 40 mil años las mariposas Monarca, procedentes de Norteamérica, entre las Montañas Rocallosas y los Grandes Lagos, emigran a parajes situados en Angangueo, Contepec, Maravatío, Ocampo, Senguio y Zitácuaro, donde llegan a partir de postrimerías de octubre e inicio de noviembre de cada año y retornan a su lugar de origen alrededor de marzo.

Recorren más de cuatro mil kilómetros de distancia a una velocidad aproximada a 20 kilómetros por hora. En un lapso de 25 días, cubren un trayecto de tres mil kilómetros. Vuelan a 50 metros de altura en zonas planas y a 10 en las montañas.

Su sentido de orientación continúa como incógnita para los científicos. En realidad, las mariposas que llegan a los santuarios son descendientes de las que partieron del lugar de origen.

Es un insecto que se agrupa. Forma comunidades compuestas por aproximadamente 600 individuos; al llegar a las zonas boscosas de Michoacán y parte del Estado de México, han llegado a sumar hasta 160 millones de mariposas.

La cifra puede variar, e incluso la tendencia en los últimos años ha sido de disminución, pues la tala clandestina de árboles en la región, las alteraciones en el uso de suelo y el desequilibrio ecológico, han contribuido a alterar su entorno y sus condiciones de vida durante su permanencia en el país. De hecho, su sobrevivencia involucra a los tres países de América del Norte.

Si bien es cierto que durante años la comunidad científica del mundo reconocía que la mariposa Monarca pasaba el invierno en alguna zona distante a su lugar de origen, fue hasta 1975 cuando quedó oficialmente al descubierto la región de hibernación, donde las temperaturas normales alcanzan cerca de cero grados centígrados. Se trata de áreas boscosas con una altitud promedio de tres mil 300 metros sobre el nivel del mar.

La búsqueda de los lugares de hibernación fue iniciada, en 1938, por el zoólogo canadiense Fred Urquhart, quien demostró que el vuelo de la mariposa Monarca es diurno y que se alimenta durante las noches.

La mariposa Monarca habita, en verano, la región norte de Estados Unidos de Norteamérica y la zona sur de Canadá. Esa es su otra morada, la casa distante, el hábitat lejano de tierras michoacanas y mexiquenses.

La hipótesis de su migración se fundamenta en diversos análisis. Les atrae el magnetismo del área minera del oriente michoacano y de una porción del Estado de México. El microclima de los bosques de oyamel produce en tales insectos un retraso metabólico que les ayuda, incluso, a alcanzar la madurez sexual cuatro meses después de su nacimiento. De esta manera, la próxima generación nacerá una vez que los grupos hayan emprendido el retorno. En mayo llegan al semidesierto del norte de la República Mexicana y del sur de Estados Unidos de Norteamérica, región en la que existe asclepcia, planta en la que nacen y de la que se alimentan. Continúan el viaje hasta el lugar de origen de sus antecesoras.

La asclepcia, denominada popularmente “algodoncillo” o “venenillo”, contiene un alcaloide peligroso para otras especies; pero representa protección para las mariposas Monarca porque al ser devoradas por las aves, acelera su ritmo cardíaco y propicia su muerte.

Durante el apareamiento, los machos consumen las últimas reservas de energía que conservan tras largas jornadas de vuelo y el aletargamiento de los meses fríos, razón por la que mueren.

En tanto, las hembras depositan los huevecillos en las asclepcias, hasta que en un ciclo de 10 días salen orugas que se fijan a las ramas y tejen a su alrededor capullos de seda, donde completan su metamorfosis. Se registran la maravilla y el milagro de la vida. Salen mariposas bellas que continúan el viaje de retorno durante los primeros días de abril.

Ya en 1980, fue decretada la protección a la mariposa Monarca en todo el país. Años más tarde, en 1986, se emitió un decreto adicional que establece un área de conservación de flores y fauna, localizada en los municipios michoacanos de Angangueo, Contepec, Ocampo, Senguio, Tlalpujahua y Zitácuaro, y en los mexiquenses de Donato Guerra, San Felipe del Progreso, Temascalcingo y Villa de Allende.

No obstante la intensa labor de búsqueda de santuarios que emprendieron los científicos, los nativos del oriente michoacano ya conocían desde hacía mucho tiempo antes el rostro de las mariposas Monarca. Tuvieron el privilegio de convivir con tan extraordinario insecto siglos antes de que la comunidad científica del mundo y los turistas se maravillaran con su presencia.

Las ráfagas del viento helado las aglutinan, las invitan a reunirse en las ramas, en los árboles, en ramilletes mágicos que entonces adoptan tonalidades apagadas por el reverso de sus alas; pero los besos cálidos del sol las llaman e inquietan para que nuevamente bailen en el aire o reflejen su belleza efímera en el agua, en los charcos que retratan la profundidad del cielo y la temporalidad de las nubes.

Y así se acumulan los minutos, las horas, los días, en aquellos rincones boscosos del oriente michoacano y los parajes mexiquenses, hasta que concluyen sus vacaciones y coinciden en el retorno a la morada, en el regreso al hogar. Dejan por unos meses su otra casa, la de Michoacán y el Estado de México, que siempre, como mujer maternal, las esperará con amor en su regazo.

Espectáculo maravilloso y singular el de las mariposas Monarca en los bosques, en las montañas, al oriente de Michoacán y en los parajes del Estado de México, rincones que eligieron sus ancestros, hace milenios, para hibernar y convertirse, sin sospecharlo, en patrimonio natural de la humanidad.

7 comentarios en “Mariposas Monarca, lienzo y poemario de la naturaleza

    • Los santuarios de las mariposas Monarca son espectaculares, Irene. Si bien es cierto que algunos ejidatarios han emprendido esfuerzos para proteger tales reservas naturales, hay otros que en complicidad con autoridades -no todas- se han dedicado a devastar los bosques. Paralelamente, hasta en Estados Unidos de Norteamérica están contribuyendo a exterminar las mariposas Monarca. Existe una gran controversia sobre el tema, pero algo hay que hacer. Hace años, dentro de mi ejercicio periodístico, asistí a un encuentro sobre la mariposa Monarca y un intelectual michoacano me desilusionó al lucirse con palabras estéticas, pero totalmente vacías y carentes de propuesta. Dijo que se reunieron varios artistas de diferentes partes del mundo -novelistas, poetas, pintores, escultores- con la intención de captar en sus obras a las mariposas Monarca, ya que concluyeron que no podrían hacer nada ante la destrucción gradual de los santuarios, de modo que al menos, como conformistas, serviles y cobardes que se vuelven quienes podrían alzar sus voces, las plasmarían con la intención de que quedaran como recuerdo para futuras generaciones, cuando su responsabilidad, desde mi punto de vista, era denunciar lo que sucede en sus respectivas naciones, hacer algo en los ámbitos intelectuales, económicos y sociales donde se desenvuelven. Este poeta creyó lucirse con sus palabras de falso redentor y salvador de las Monarca al plasmar su imagen en obras de arte para que al menos sepan las futuras generaciones cómo eran. En fin, en un correo te diré de quién se trata. Por otra parte, hace alrededor de 12 años fui a la Sierra Chincua y me tocó presenciar una nevada. Escribí un artículo sobre ese viaje, pero no estoy seguro de publicarlo en este espacio porque se trata de un evento que ya pasó, a menos que desees leerlo. Agradezco tus comentarios. Saludos, Irene.

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