El cuarto de adobe

Una gran lección

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Convencí a mis padres. Consintieron que derrumbara, a mis 17 años de edad, el cuarto de adobe que databa del siglo XIX. Desde las horas infantiles había escuchado que existía la sospecha de que en el terreno que entonces poseíamos en Azcapotzalco, al noroeste de la Ciudad de México, la madre de Genoveva Artigas Ubaldo, propietaria original del predio, había enterrado monedas de oro y plata durante los años porfirianos, antes de la revuelta social de 1910.
Ya anciana, la mujer narró que en su familia quedaba la duda acerca del lugar exacto donde su madre había guardado una olla de barro con monedas. Recordaba que durante la infancia, miraba a su progenitora depositar piezas de oro y plata en el recipiente que solía ocultar en alguno de los rincones del cuarto oscuro; sin embargo, nadie se atrevió a escarbar con la finalidad de buscar el tesoro.
Mi imaginación infantil me estimuló a soñar, a sentirme descubridor de la vasija de arcilla con su preciado contenido. Fue un año antes de cumplir la mayoría de edad y tras insistir, que obtuve la autorización paterna para convertirme en buscador de tesoros.
Iniciamos la aventura. Planeamos dedicar el fin de semana con su grandioso “puente” -en México siempre se ha desperdiciado la productividad con el pretexto de celebrar fechas memorables e históricas- a la limpieza de las dos casas que formaban parte de la propiedad y, en mi caso, a la demolición del cuarto de adobe que, por cierto, tenía un gran significado en mi niñez porque era un recinto fantástico y prohibido que guardaba celosamente libros de todos los temas, cuadernos con anotaciones realizadas en otras horas, fragmentos de antaño, retratos de personajes atrapados en un momento del ayer y los duendes, hadas y fantasmas que uno crea cuando es pequeño y dan un sentido especial y mágico a las cosas del mundo.
Durante el trayecto, mi madre preguntó por la toponimia de Azcapotzalco y mi padre, apasionado de la arqueología e historia, explicó su significado, “en los hormigueros”, y relató que en instantes perdidos en las páginas amarillentas y quebradizas del ayer, en los segundos prehispánicos, Quetzalcóatl se convirtió en hormiga con el objetivo de penetrar al inframundo y extraer granos de maíz que satisficieran las necesidades de los seres humanos, leyenda que contribuyó a aumentar y fortalecer mi interés en temas sobre el pasado y principalmente, ese día, en pensar que si aquel personaje había entrado por algún orificio a las entrañas de la tierra, seguramente existía algo digno de descubrirse. Tomé la leyenda por su significado literal.
También sabía, por referencia paterna, que décadas antes, al comprar el terreno en una delegación que nos parecía tan distante de la casa solariega, los peones descubrieron vasijas y figurillas de barro de origen tepaneca al realizar excavaciones y pavimentar las calles cercanas a la vía del ferrocarril y al centro de Azcapotzalco.
Hicimos la excursión -así nos parecía a mis hermanos y a mí- desde alguna zona del sur de la urbe hasta el norte, en la capital del país. Durante el viaje, innegablemente fueron las fincas de la colonia Clavería, fundada, por cierto, en 1907, durante los años postreros del Porfiriato en lo que fue la Hacienda San Antonio Clavería, la imagen urbana que más cautivó nuestra atención y despertó la imaginación.
Aprendimos que la Hacienda de San Antonio Clavería tuvo su origen en los minutos coloniales del siglo XVI, cuando Hernán Cortés repartió tierras a los soldados que lo acompañaron durante la conquista de los aztecas.
Fue una hacienda importante en la Nueva España. Entre sus propietarios, destacó, en el siglo XVIII, Domingo de Bustamante, descendiente directo de un sobrino de Carlomagno, de manera que en los años virreinales el lugar fue conocido como el Palacio de los Bustamante.
Más tarde, en el Porfiriato, el paraje se convirtió en zona donde las familias acaudaladas construyeron chalets con influencia francesa e inglesa. Establecieron sus palacetes de descanso veraniego en la calzada que enlazaba al pueblo de Tacuba con Azcapotzalco. En las siguientes décadas se sumaron otras casas.
La fantasía y la realidad se mezclaban, y más cuando mi madre recordaba, a propósito del Porfiriato, las anécdotas de nuestros antepasados, los fundadores de las familias a las que pertenecemos. Las casonas de Clavería me invitaban a imaginar historias de personajes en sus grandes salones pletóricos de pinturas, gobelinos y estatuas; reuniones de familias en los comedores de mesas y sillas elegantes; pláticas de mujeres en enormes cocinas de las que escapaban aromas que cautivaban los sentidos y donde las recetas de las abuelas adquirían mayor significado; juegos de niños que se desarrollaban en sótanos, buhardillas y pasadizos. Creo que mi imaginación excedía los límites de la realidad.
Aquel sábado llegamos muy temprano. La propiedad, antiguamente denominada “Acoyuco”, tenía dos accesos, uno en la calle San Francisco Tetecala y otro en San Isidro. Estacionamos el automóvil, abrimos la puerta verde de metal e ingresamos con el objetivo de instalarnos y pasar varios días en el lugar.
Corrí hasta el “cuartito”, como le llamábamos durante la infancia, donde a diferencia de las dos fincas, el paso estaba restringido. Era el recinto prohibido, con portón desvencijado de madera y ventana diminuta, cual celoso guardián que ocultaba incontables e insospechadas sorpresas.
Al paso de los años, el “cuartito” se había convertido en una desolada bodega familiar, donde convergían retratos, muebles y objetos de diferentes épocas, tan intactos como el polvo acumulado. Era es museo de la familia, el relicario de las añoranzas, el rincón de los suspiros.
En determinadas ocasiones, tal vez como premio a nuestra conducta o con el objetivo de satisfacer la curiosidad e inquietud que nos inspiraba, mi padre consentía que ingresáramos al cuarto de adobe. Se abrían, entonces, las puertas prodigiosas.
La penumbra, mezclada con los aromas a libros, muebles, óleos, esculturas y madera, se liberaba, huía al abrir mi padre el portón. El “cuartito” exhalaba su aliento cautivo durante semanas o meses. Percibíamos la intromisión de la humedad.
Ese día, iniciamos el trabajo. Trasladamos incontables objetos del cuarto de adobe a una de las habitaciones de concreto, de modo que ante mis ojos y por mis manos pasaron dos muñecos ventrílocuos de colección, discos de acetato de 78 revoluciones por minuto, un fonógrafo, planchas de acero, litografías de fines de la decimonovena centuria, retratos de antepasados, un radio de bulbos y mueble de madera, libros empolvados y hasta escritos en latín, tarjetas postales, timbres, una máquina de escribir Smith y otra de coser, recortes de periódicos y revistas de antaño, juguetes de otra infancia, lienzos, un vitral con emplomados, un violín, figuras y platos de porcelana, una mesa del siglo XIX, un Cristo de marfil y cosas que parecían sustraídas de un mundo fantástico y que tiempo después, por diversas circunstancias, se perdieron.
Una vez que acarreamos las cosas, el recinto parecía un bazar de antigüedades y curiosidades, como los que existían en La Lagunilla, el centro de la Ciudad de México, la colonia Roma, San Ángel y otros rumbos de la urbe que cada día se extendía por llanuras, trepaba laderas y asfixiaba los poros de la naturaleza, hasta convertirse en lo que hoy es.
La noche me pareció interminable. Ansiaba que amaneciera, que las sombras nocturnas agonizaran ante la aurora, porque el deseo de cavar, derrumbar bloques de adobe y escudriñar cada partícula en busca de indicios que me sugirieran la existencia de monedas u objetos ocultos, se apoderaba de mí como la fiebre del moribundo.
Al principio con la ayuda de mis hermanos y posteriormente al lado de mi padre, emprendí la tarea. Resultó complicado desmantelar el techo de láminas; aunque menos sencillo fue retirar las vigas carcomidas por la polilla, por los años acumulados en la oscuridad del cuarto. Acomodamos el material pacientemente, hasta que las manecillas del reloj señalaron el mediodía y ella, mi madre, llamó a todos a comer, a deleitar nuestros sentidos con las recetas que preparaba con amor y esmero; sin embargo, yo, empecinado en hacer un gran descubrimiento, renuncié a la alimentación y permanecí solo durante un par de horas.
El sudor, mezclado con la tierra que saltaba de las láminas y las vigas, dibujó marcas inequívocas del aspirante a arqueólogo, del buscador incansable de tesoros, del intrépido que renuncia a la comodidad para internarse en la pasión que lo mueve. Las ojeras permanentes se diluyeron al tostarse las mejillas rosadas que entonces tenía. Los ósculos y caricias del sol estamparon en mi piel el tono que adquieren, al cabo de los años, los aventureros, los trotamundos, la gente que anda aquí y allá, en un lugar y en otro, en constante peregrinación.
Tal fue mi empeño, por no denominarle necedad, en iniciar, al menos, con la demolición de la primera hilera de bloques de adobe, que mi padre tuvo que preparar una extensión con un foco para alumbrar la faena que llevaba a cabo.
Del frío de la mañana pasé al calor del mediodía y posteriormente, al oscurecer, al descenso de la temperatura, y no me importó que el sol marcara mi cutis y mis brazos, ni tampoco me interesó aparecer con el rostro cubierto de tierra.
Cené y dormí en espera, como el día anterior, de la alborada. Desde muy temprano, ayudado de un marro, derrumbé, uno a uno, los rectángulos de adobe que en determinadas ocasiones, cuando me parecían extraños, demolía y cernía. Algunos, para tener consistencia, guardaban en sus entrañas fragmentos de cerámica y obsidiana; otros, en tanto, conservaban, a pesar de poseer más de una centuria de antigüedad, trozos minúsculos de paja ya descolorida y quebradiza.
Ante la caminata de las horas, los días me alcanzaron y concluí la demolición del legendario cuarto de adobe sin llevar a cabo el hallazgo que tanto había soñado. Asoleado y fatigado, cubierto de polvo apelmazado por el sudor, contemplé una y otra vez los escombros de lo que alguien, hacía más de una centuria, había utilizado para construir una vivienda modesta en la que indudablemente habitó una familia, y que yo, estimulado por la ambición, destruí en unos días.
Todavía con la esencia de niño, porque la infancia no terminará, a pesar de la edad, mientras uno mantenga vigentes los sueños e ilusiones, experimenté angustia e impotencia al haber creído que descubriría monedas de oro y plata entre los bloques irreconocibles de adobe. Apoyé mis manos y brazos en la pala clavada en la tierra y contemplé el panorama de desolación que había dejado a mi alrededor. Me sentí demasiado frágil e insignificante.
Como pude, aquella noche de insomnio traté de recuperar la energía perdida para levantarme a las seis de la mañana y reiniciar el trabajo inconcluso. Retiré, por no decir que despedacé, el piso antiguo que quedaba cual sobreviviente del cuarto de adobe. En una carretilla trasladé los escombros y excavé durante horas sin obtener resultados positivos. Únicamente hallé trozos de cerámica y obsidiana, seguramente de origen tepaneca, y en uno de los primeros estratos, un pedazo de metal ennegrecido, oxidado y con algunas palabras en inglés. Fue todo lo que descubrí.
Esa noche caí enfermo. Insolado, triste, deshidratado, débil, con fiebre, ampollas en las manos y la piel tostada y enlodada, concluí que había pedido el tiempo y la oportunidad de descubrir un tesoro, el de la olla con las monedas de oro y plata que en algún sitio ocultó, hace más de 100 años, la madre de Genoveva Artigas Ubaldo en el “Acoyuco”. Si hubiera escarbado unos centímetros más o a unos metros de distancia del espacio que ocupó el cuarto de adobe, quizá habría encontrado algo, me reclamaba esa noche con energía.
Al dormir mis hermanos, mis padres se aproximaron al sitio en el que permanecía acostado, a mi lecho improvisado, donde me acosaban malestares físicos y torturas mentales. Acariciaron mi cabeza y con el amor que siempre expresaron hacia nosotros, sus hijos, hablaron pausadamente y me felicitaron con el argumento de que era un joven más rico que antes, y que si no descubrí las monedas de oro y plata, poseía una fortuna superior e inmensa porque me había demostrado que por medio de constancia, dedicación, disciplina, esfuerzo y trabajo, apoyados en un proyecto bien definido, podía emprender grandes hazañas.
En realidad, agregaron, me había forjado como ser humano. Solamente necesitaba aprender a controlar mis emociones positivas y negativas, a ser maestro de mi vida; pero por lo demás, era rico aunque no tuviera las monedas, porque había desarrollado una gran fuerza de voluntad. Si aplicaba las experiencias adquiridas en otros asuntos de la vida, indudablemente me convertiría en un hombre con amplias posibilidades de triunfar.
Transcurrieron los años. Vendimos la propiedad y allí se perdieron, por negativa del nuevo propietario de entregármelas como lo había pactado, las losas coloniales que décadas antes compró mi padre cuando demolieron el ex convento que se localizaba frente a la Alameda Central, en la Ciudad de México, del cual fueron numerados los bloques que formaban las arcadas y los muros para reconstruir la finca religiosa en algún terreno perteneciente a la hija de un mandatario nacional; pero esa, la de las piedras, es otra historia.
Lo más importante de todo es que alguna vez, en cierto rincón del mundo, en el predio denominado “Acoyuco”, próximo al centro de Azcapotzalco, aprendí que independientemente de los resultados que se obtengan al final, el ser humano, cuando se lo impone, es capaz de llevar a cabo grandes proezas. Hoy, en una playa cada vez más distante, no pregunto a las cosas si se puede o no, las hago con convicción y la idea de que voy a conseguir mi objetivo. El cuarto añejo de adobe me dio una gran lección.

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