2015, ¿bebé enfermo o agonizante?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nada, en este mundo, es permanente. Las horas de la existencia, para todos los humanos, se mecen cada instante entre el cunero y el sepulcro; los separa una línea muy fina y delgada de la aurora y el ocaso, de la mañana y la noche, de la risa y el llanto, porque hay que repetirlo, nada, en este mundo, es permanente, y en tal proceso ni el tiempo escapa.
Lo más cruel, en México, no es que millones de personas naveguemos hacia rutas opuestas a la infancia y la juventud, a días, meses y años que gradualmente esculpirán signos en nuestros rostros, sino que al abrir la puerta del traspatio para despedir al anciano, enfermo y agonizante en que se ha convertido 2014 y esperar en el portón del frente al recién nacido, a 2015, descubriremos su aspecto grave por los padecimientos, tristezas, preocupaciones y trastornos heredados de su padre. El bebé llegará demacrado y enfermo.
Hay que ser claros. Las expectativas de desarrollo para los mexicanos son nulas. Las autoridades y los políticos mexicanos han demostrado incapacidad para gobernar y resolver los problemas que cotidianamente afectan a incontables familias, a quienes definitivamente no han respondido acertadamente porque les falta responsabilidad histórica y social. Han arrebatado la oportunidad de progreso a la población.
Envuelta en escándalos que muestran indicios claros de corrupción o al menos sospechas de que algo ilícito se practica en el país -entiéndase casa blanca presidencial de las Lomas de Chapultepec, mansión en Malinalco del secretario de Hacienda y Crédito Público, relación perversa y privilegiada de negocios entre la élite gobernante y el Grupo Higa, el Porsche millonario que presuntamente regaló un alto funcionario a su hijo, también servidor público, entre otros hechos vergonzosos e insultantes para los mexicanos- y ante acontecimientos preocupantes como el de los normalistas de Ayotzinapa que por las débiles, retardadas, incongruentes y ambiguas respuestas oficiales parecen un crimen de Estado, la administración de Enrique Peña Nieto, empecinada en defender sus llamadas reformas estructurales, atacar y culpar a grupos sociales sin aportar nombres ni pruebas, reprimir toda clase de expresión pública que se oponga a sus intereses y aplicar políticas e impuestos que no corresponden a la realidad nacional, parece carecer del respaldo colectivo, de la simpatía por parte de la comunidad internacional y lo más preocupante, de rumbo.
Aunado a lo anterior, el descenso en los precios internacionales del petróleo y el alza del dólar frente al peso, versus el cinismo y la necedad gubernamental de insistir en que la economía concluirá el año con mayor dinamismo, declaración que parece enfocada a la clase gobernante que es la que posee enormes fortunas para adquirir mansiones, autos y viajes, sin que aplique a ellos la ley contra lavado de dinero, y no a millones de familias que diariamente padecen lo indecible para sobrevivir en un país de ilegalidad, injusticias e inseguridad, los pronósticos son que el año 2015 resultará bastante complicado para los mexicanos.
El aumento ofensivo al salario mínimo, comparado con el incremento exagerado y voraz a los precios de alimentos y productos de primera necesidad, denotan la insensibilidad de las autoridades y los políticos, a quienes habría que revisar, uno por uno, sus percepciones y extraños ingresos que hoy, como siempre, los convierten en la clase privilegiada de una nación que se resquebraja.
Realmente no hay proyecto integral de nación. Las llamadas reformas estructurales, que ahora están amparadas en la legislación, ni siquiera tomaron en cuenta a los mexicanos. Basta con salir a las calles, a las plazas públicas, en las ciudades y en los pueblos, para preguntarles a hombres y mujeres de diferentes clases sociales si conocen las tan defendidas reformas estructurales del mandatario nacional y si se sienten contemplados o beneficiados. Claro, la gente seguirá recibiendo pantallas y migajas, y comprometerá el presente y futuro de sus hijos.
El Gobierno Federal, ausente de sentido humano, transformado en verdugo implacable que sólo planea y ambiciona obtener mayor cantidad de recursos económicos y oportunidades históricas para sí, no da respuestas a la sociedad porque no las tiene. No hay proyecto de país como consecuencia de que la población no es primordial para la élite del poder político y sus aliados multimillonarios en dólares.
Resultaría utópico creer que 2015 será el año de las oportunidades para México. Al menos no mientras una parte significativa de la sociedad, como son las autoridades y los políticos, continúen abusando y menospreciando a los mexicanos, enriqueciéndose con el presupuesto público y ni siquiera garantizando niveles mínimos de bienestar y seguridad.
Están rompiendo el equilibrio social. Deslumbrados con sus intereses personales y de grupo, dan la impresión de olvidar que una vez que se rompa el equilibrio social y el descontento se generalice, surgirán problemas más graves para el país, a menos que eso planeen para imponer la fuerza y justificar su permanencia en el poder.
Por lo pronto, 2014 es el anciano que agoniza en el lecho. Cubierto de llagas y cáncer, entre sábanas manchadas de sangre, vómito y suciedad, aportó lecciones a los mexicanos y pretende decir algo que no se entiende, quizá que su hijo 2015 nacerá con tumores, tal vez anticipar los días complicados que se avecinan o acaso sacudir a la gente, despertarla de su letargo para que actúe con responsabilidad e impida más arbitrariedades a autoridades y políticos.

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