¿Espectáculo en México?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quienes han ofrecido un espectáculo pobre, ofensivo, denigrante, peligroso y ridículo son ellos, los dueños del poder económico y político en México, la élite que gobierna a este país, no los articulistas que han señalado sus abusos e incapacidad para conducir el rumbo y mirar de frente y con resultados a la sociedad.

En entrevista concedida al diario español El País, el jefe de la Oficina de la Presidencia de la República Mexicana, Aurelio Nuño, declaró que el gobierno de Enrique Peña Nieto no va a ceder a pesar de que la plaza pública pida sangre y espectáculo en la nación, como tampoco saciará el gusto de los articulistas porque serán las instituciones las que saquen de la crisis y no las bravuconadas.

Habría que preguntarle al funcionario que descalifica la estrategia de comunicación social del mandatario mexicano y, a la vez, admite que la administración federal no consideró la dimensión del problema de inseguridad y la prioridad que debió tener, además de asegurar que el gobierno no sustituirá las reformas por lo que definió actos teatrales con gran impacto y que no existe interés en crear ciclos mediáticos de éxito de 72 horas, quiénes andan con bravuconadas y desean sangre y espectáculo en el país. Si lo sabe, debe darlo a conocer de inmediato.

Resulta aterrador y preocupante que un funcionario tan cercano al presidente de la República Mexicana, manifieste que la administración federal no midió la dimensión del problema de inseguridad ni la prioridad que se le debió dar, lo que significa, entonces, que quienes gobiernan andan distraídos, en rutas distintas a los intereses de las mayorías, desfasados de los problemas y urgencias nacionales.

Adicionalmente, si conoce a determinados grupos o personas que desean sangre y espectáculos de violencia en el territorio nacional, su obligación y responsabilidad es presentar la denuncia correspondiente y hacerlo público porque significaría que posee información privilegiada que coloca en riesgo de inestabilidad a los mexicanos.

De no ser la violencia que provocan los infiltrados en las manifestaciones, ningún mexicano, por enojado que se encuentre, desea que su país se convierta en espectáculo de sangre.

Si a los artículos y señalamientos de algunos periodistas les llama bravuconadas, olvida que una de las tareas fundamentales de los medios de comunicación es denunciar y difundir lo que se hace mal, no aplaudir lo que por obligación y responsabilidad deben cumplir los funcionarios públicos y políticos.

Esta entrevista se dio a conocer días después de otro espectáculo, el de Televisa con sus empleados Eugenio Derbez y Carlos Loret de Mola, durante el controvertido Teletón. Muy ad hoc y al estilo de Televisa, ambos personajes intentaron deslindar a la empresa de Emilio Azcárraga Jean, beneficiaria y cómplice del gobierno desde hace mucho tiempo, del escándalo de la casa blanca, propiedad, según se dice, de Angélica Rivera, la esposa de Enrique Peña Nieto.

La estrategia se orientó a las mayorías, a quienes no solamente les removieron su parte sentimental para donar dinero a favor de una causa noble que es obligación del Estado con los impuestos que pagamos, sino con la intención de dejar en claro que una cosa es Televisa y otra el mandatario nacional con los problemas de la casa blanca, los normalistas de Ayotzinapa y todos los asuntos complejos que ahora condena la opinión pública de México y el mundo.

Si alguien va a decir algo, una verdad dolorosa, debe hacerlo con la seriedad del caso, de frente y sin temor a que lo corran de su empleo, muy contrario, por cierto, al espectáculo bufonesco y a la expresión ridícula que mostró Eugenio Derbez al temer que se fuera a molestar su patrón. Claro que no lo van a despedir. Todo forma parte de una estrategia. Sólo los ingenuos pueden creer que Televisa mantiene un serio distanciamiento con el presidente Enrique Peña Nieto, cuando ha sido partícipe de los beneficios del poder, o que se trata de un medio con apertura y pluralidad que practica la libertad de expresión.

Por si fuera poco, el presidente Enrique Peña Nieto opinó a nombre de los mexicanos y aseveró que Televisa es motivo de orgullo a nivel nacional, ya que es la empresa productora de mayor número de programas en el ámbito de habla hispana y proyecta al país a nivel mundial.

Omitió decir que es la madre de todas las nodrizas y que durante décadas ha manipulado e idiotizado a gran número de generaciones de mexicanos, y que forma parte del perverso juego del poder que se practica en México. Eso sí es espectáculo vergonzoso. Como de telenovela.

La lápida

En el Panteón Municipal de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desafiante a las horas, a los días, a los años que se acumulan imperturbables, cual abuela que relata una, otra e incontables historias empolvadas en el desván de las remembranzas, la lápida permanece cautiva en el muro de cantera, mirando siempre hacia el poniente, donde el crepúsculo agoniza cada tarde.

Prófuga del inventario de criptas, liberada de la colección de sepulcros en las calzadas del Panteón Municipal de Morelia, la losa quedó atrapada, durante un minuto no recordado del ayer, en la pared de piedra, en la quinta columna de sur a norte. Reposa en posición horizontal, en el exterior del cementerio, como si alguien, al descubrirla abandonada en uno de los parajes desolados, hubiera deseado exponerla al mundo de los vivos para que al mirarla recordaran la brevedad de la existencia.

Recuerda la fugacidad de los días en este mundo no solamente por su esencia, por haber sido cubierta de una fosa mortuoria, sino porque tiene el nombre de una niña que a los dos años de edad renunció a los juegos, a la risa, a su historia, a sus padres, a su familia, a la escuela, al derecho de escribir la trama de su existencia.

Ennegrecida y desgastada por el aire, la lluvia, el sol, la humedad y el tiempo, la losa rectangular de cantera exhala suspiros melancólicos de otras horas, las del ayer, las de los primeros días otoñales de 1922, quizá envueltas en la lluvia longeva y retrasada o tal vez con el viento recién nacido, o probablemente con ambos, entre dolor y lágrimas de lo que significa la despedida.

La lápida lo recuerda cada instante. Es un eco de antaño, un evento lejano que se repite un segundo, otro y muchos más, como si pretendiera llamar la atención de los transeúntes de cada generación para reclamarles sus existencias somnolientas y gritarles “¡vivan, vivan, vivan!”

Alguien talló, con cincel y martillo, los datos que quedaron inscritos en la piedra inerte: María del Carmen Graciela Oviedo Estévez. Nació el 18 de julio de 1920, murió el 7 de octubre de 1922. Remata con la leyenda: “recuerdo de sus padres”.

No obstante, la losa permanece expuesta en la fachada exterior del muro poniente del Panteón Municipal de Morelia y pocos moradores y visitantes de la capital de Michoacán se han percatado de que forma parte de la colección de reliquias de un espacio que se fundó durante postrimerías del siglo XIX, en la época del Porfiriato.

La de María del Carmen Graciela Oviedo Estévez, es una lápida extraviada, atrapada en un muro de cantera, que recuerda la fugacidad de la vida y pertenece al relicario del Panteón Municipal de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541. Es, sin duda, una de las pocas losas que no reciben flores durante la celebración mexicana del día de muertos, en noviembre, quizá porque su destino no fue cubrir una tumba infantil en la que seguramente gravita un aterrador vacío, una soledad inconmensurable, una ausencia que regala más incógnitas que respuestas, sino el de ser antigüedad que recuerda la caducidad de la vida.

¿Superar el dolor de lo ocurrido?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para la parte oficial, en Guerrero, el mensaje que hace unos días pronunció el presidente Enrique Peña Nieto fue claro y de frente a los habitantes de esa entidad; a los parientes de los normalistas de Ayotzinapa, a las incontables familias mexicanas que han enfrentado la desaparición o el asesinato de sus miembros, a los críticos, a los pensadores y a los sectores sociales que ya no toleran más corrupción e impunidad, les pareció una bofetada, un discurso insensible, cínico y ausente de humanismo y sentido común, una burla y humillación al pueblo.

Y es que el mandatario nacional convocó a los guerrerenses a superar el dolor de lo ocurrido a los normalistas y a realizar un esfuerzo colectivo para avanzar hacia adelante. Aseguró, como si conociera el dolor, coraje e impotencia de la gente empobrecida y ofendida, que son más los habitantes de Guerrero que anhelan orden y paz en su estado y los que están a favor de las instituciones democráticas, a quienes invitó a construir puertas de comunicación con todos los órdenes de gobierno.

Si el gobierno no respondió oportunamente al reclamo público sobre la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, a pesar de tener la presión mundial, ¿cómo se construirán puentes de comunicación?

Quienes aconsejaron al presidente Enrique Peña Nieto a declarar semejante discurso, demostraron, junto con él, absoluta ausencia de respeto al pueblo mexicano que más que escuchar palabras frías e insensibles, carentes de sentido, espera y exige soluciones, resultados tangibles, seriedad por parte de sus gobernantes. Es inconcebible que alguien pida superar el dolor a quienes han escuchado contradicciones gubernamentales sobre el destino de sus hijos.

Resulta indignante e injustificable jugar con el dolor humano y exhortar a los oprimidos y víctimas a superar su malestar, sobre todo cuando las reacciones y respuestas oficiales han sido lentas, torpes y contradictorias, y la sociedad se siente burlada, menospreciada y pisoteada por sus autoridades que derrochan los recursos públicos y los desvían e invierten en residencias, viajes y lujos.

¿Cómo confiar en lo que el mandatario nacional llamó instituciones sólidas, si quienes las encabezan están involucrados en actos de corrupción y carecen de estrategias y respuestas inteligentes y sinceras?

La gente rechaza los discursos porque las palabras, los enojos, las advertencias, los pactos y las propuestas no decretan ni propician transformaciones sustanciales; necesitan acompañarse de acciones y compromisos responsables, sustentados en la legalidad, justicia y honestidad, aspiración y reclamo nacional casi imposible de cumplirse cuando incontables funcionarios públicos y políticos actúan dentro de la corrupción e impunidad.

Marchas y manifestaciones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando el desorden social y la ausencia de autoridad se convierten en práctica cotidiana y la falta de respeto a los demás, en tanto, se vuelve moda, ellos y nosotros, los ciudadanos que diariamente estudiamos, trabajamos o invertimos, experimentamos coraje e impotencia ante los abusos y rapiña de unos y la corrupción, complacencia y simulación de otros.

Unas veces por la corrupción e ineptitud de las autoridades y otras ocasiones, en cambio, por la manipulación de líderes y políticos interesados en conseguir prebendas, las calles y los espacios públicos se transforman en escenarios de conflictos, bloqueos y marchas, caos que finalmente se traduce en molestias, daños a las cosas, pérdida de tiempo y malestar social.

Evidentemente, las respuestas de los funcionarios públicos son ambiguas, frecuentemente no ofrecen soluciones reales y demuestran improvisación e incapacidad, mientras los otros, los diputados, sumidos en el delicioso arrullo de las canonjías y percepciones millonarias a costa de los impuestos del pueblo, omitieron durante mucho tiempo legislar en materia de marchas, plantones y manifestaciones más por sus relaciones, intereses y compromisos políticos, que por olvido.

Obviamente, ciertos actores políticos han utilizado como recurso esa clase de expresiones y movilizaciones para obtener el apoyo de diversos sectores sociales; otros, en tanto, temen afectar su “reputación” e intereses si abordan el tema. Nadie se atreve a emprender acciones auténticas para cambiar a México. En ese rubro, como en otros tantos, practican la simulación.

Lógicamente, si las autoridades cumplieran sus funciones con responsabilidad y escucharan, al menos, las demandas de los diferentes grupos sociales, se reduciría el número de manifestaciones, marchas y plantones; pero con sus actuaciones tan poco acertadas y afortunadas, propician que el descontento aumente y se generen conflictos.

Si hubiera atención a los problemas y planteamientos legítimos de la población, habría menos movilizaciones y problemas, e incluso sería fácil identificar los movimientos con fondo político e intereses ajenos a los de la colectividad de aquellos totalmente auténticos.

Autoridades, legisladores y políticos desatendieron durante muchos años un tema que ha afectado a amplios sectores de la sociedad; sin embargo, desde hace meses, al notar que la población se ha indignado por la corrupción, la falta de resultados y la incapacidad gubernamental que prevalece en el territorio nacional, lo cual los ha rebasado y puesto en evidencia y vergüenza ante el mundo, ahora sí muestran interés en el asunto, de modo que la tendencia es restringir el derecho a manifestarse por parte de los ciudadanos. Prueba de esto es la ley de movilidad o antimarchas.

Habrá que imaginar, en el corto plazo y dentro de nuestra cínica e indiscutible ruta hacia la dictadura y el totalitarismo, las atrocidades que cometerá el Estado contra aquellos que pretendan manifestarse como hasta el momento lo han hecho diversos grupos.

Claro, para apoyar sus intenciones, una de las estrategias gubernamentales ha sido infiltrar a los violentos, a los que aprovechando el descontento generalizado y genuino de los mexicanos, agreden y causan destrozos. Es una fórmula perversa para infundir miedo colectivo y descontento, y que la gente, adocenada por completo, descalifique las recientes expresiones contra la élite política.

Indudablemente, esa clase política tan desaprobada y repudiada por cada vez mayor número de mexicanos e incluso extranjeros, conseguirá su objetivo. Nadie desconoce que los legisladores de este país no únicamente no representan a la población, sino obedecen a intereses de grupos muy poderosos y con proyectos ajenos al bien común de la nación.

Un ejercicio que una vez más los colocó en evidencia, fue el de la aprobación de las llamadas reformas estructurales. No solamente levantaron irresponsablemente las manos para votar a favor de reformas que definitivamente no responden a los intereses de la nación, propias de grupos de poder económico y político muy identificados, sino actuaron con una línea que los comprometió a hacerlo, claro, traducida en dinero y continuidad de sus carreras. Las consecuencias negativas en materias económica y fiscal, por ejemplo, las conocemos y padecemos todos, excepto ellos, los hombres de las “oportunidades” históricas.

Si la tendencia es el control absoluto, imponer sin escuchar ni tomar en cuenta a las mayorías, gobernar para enriquecerse, asumir que todo marcha correctamente y permitir que el país se descomponga en el basurero, no será de extrañar, entonces, que la élite política continúe prostituyendo la legislación para minimizar e inhibir las marchas y manifestaciones bajo el riesgo de enfrentar la represión brutal del Estado.

Después de todo, ya iniciaron el proceso. Y ni nos daremos cuenta cuando profundicen en el tema. Buscaran distractores, como sucedió con las reformas fiscales. La mayoría de los mexicanos se distrajeron con las discusiones sobre si se aplicaban impuestos a alimentos, medicinas, colegiaturas y rentas, cuando en el traspatio los políticos se pusieron de acuerdo y aprobaron medidas que ahora afectan a millones de personas. Lo mismo está sucediendo, por no poner atención, con el derecho a manifestarse.

Avenidas, calles y espacios públicos lucirán libres de manifestantes e inconformes, y todos podremos transitar con menos contratiempos; sin embargo, ya no habrá fluidez para expresar descontento contra la impunidad, corrupción e ineptitud del sistema político mexicano. Se habrá roto el contrapeso y nadie podrá protestar contra el grupo que controla al país y que por lo visto pretende alojarse en los recintos del poder político y económico durante mucho tiempo.

Alekus Macondo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo conocí, primero, como Alejandro Báez, sí, el profesor Alejandro Báez. Hasta hace un par de días me enteré que su apellido materno es del Castillo. Así que se llama Alejandro Báez del Castillo, pero suprime el segundo apellido para evitar suspicacias relacionadas con rancios abolengos.

Muchos lo conocen como Alekus Macondo. Es escritor, periodista y profesor universitario. Trabajó en La Prensa, Proceso y otros medios de comunicación de la Ciudad de México e incluso de Oaxaca; aunque hace dos décadas nos abandonó a los talacheros de la información para dedicarse a dar clases de géneros periodísticos y otras materias inherentes a la carrera.

Claro, la vocación periodística, cuando se tiene, nunca se extingue en uno, y él, el señor Alekus Macondo, continúa vigente. Habrá que escuchar los comentarios y entrevistas radiofónicas que realiza los martes de cada semana en el Sistema Michoacano de Radio y Televisión, al lado de Liliana David. El programa cultural, Anverso, está dedicado, principalmente, a los escritores.

Hace más de tres meses, cuando lo conocí, se presentó ante un grupo de periodistas interesados en un curso, taller o diplomado. Así inició su relación como maestro con los comunicadores, gremio del que sobra decir muchas veces actuamos como divos.

Alex, como le llamamos al cabo de las primeras clases, enfrentó, sin duda, el reto de preparar cada semana un tema no para alumnos de Ciencias de la Comunicación, sino para periodistas que ejercen la profesión desde hace dos o más décadas. El desafío fue diseñar las clases al nivel de experiencia del grupo y, adicionalmente, conservar su autoridad de profesor ante un gremio difícil de tratar.

El hombre al que nos referimos se desveló durante 12 semanas consecutivas. Esto se traduce en que los jueves concluía sus diapositivas y trabajo a las cuatro o cinco de la mañana y ya no dormía porque antes de sus disertaciones con los periodistas, cumplía el compromiso de impartir clases con sus alumnos universitarios.

He de admitir mi aversión a no pocos profesores universitarios que suelen asumir poses de deidades humanas, al grado, incluso, de que el 10 o la excelencia les corresponde a ellos y las calificaciones inferiores, en tanto, a sus alumnos, quienes además tienen que entregar trabajos casi profesionales para aprobar, ofrecer un regalo o si los señores tienen apetitos, cuidar a las compañeras. Ejemplos hay muchos. A ese grado llega la corrupción en México. Por fortuna no todos son así.

También existen los profesores que abrazan con pasión su ministerio, y este señor, Alejandro Báez o Alekus Macondo, dio ejemplo de lo que es entregarse a sus alumnos, dar lo mejor de sí y compartir sus conocimientos y experiencias.

Hace un par de semanas, Alekus Macondo hizo favor de compartirme la lectura de un par de párrafos de la novela que está escribiendo, y en verdad, lo admito, fue un deleite. Por respeto al autor y su obra, no revelaré el tema; pero tengo la certeza de que será un libro excelente. Si como profesor fue ameno, indudablemente su novela, al concluirla, se convertirá en un libro que con orgullo leeré, conservaré en mi biblioteca y recomendaré.

El profesor Báez logró integrar al grupo heterogéneo de periodistas. Todos quedamos satisfechos con sus clases. Nos conocimos durante 12 jueves y sábados ininterrumpidos. Fueron clases amenas y estimulantes. De no ser las 12 clases a las que asistí, una entrevista que me hizo, junto con Liliana David, acerca de mi última obra literaria, en su programa Anverso del Sistema Michoacano de Radio y Televisión, en la que tuvo la delicadeza y el detalle de llevar un disco del catalán Joan Manuel Serrat, y dos caminatas largas que compartimos, no conozco más de él; pero hoy puedo afirmar que existen profesores excelentes y entregados a su compromiso. Siempre hay algo que aprender y esta ocasión el señor Alekus Macondo me lo recordó.

De cartas y correos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fausto era su nombre. Casi diariamente entregaba correspondencia en la casa solariega, entre los días postreros de mi adolescencia y los primeros años de mi juventud. Portaba su uniforme de cartero con orgullo, tocaba el silbato y entregaba las cartas que tomaba de la mochila de cuero que colgaba de su bicicleta verde, junto con un palo que en ocasiones utilizaba para ahuyentar a los perros que le ladraban y lo perseguían, a pesar del enojo de los vecinos irresponsables que descuidaban a sus mascotas.

Eran los días en los que uno se inspiraba para escribir una carta y esperaba con ansias, durante varios días e incluso semanas, la anhelada respuesta. Había quienes escribían a los hombres y las mujeres que amaban, a sus parientes, a sus amigos, a sus ex compañeros de escuela, a sus clientes.

Millones de cartas transitaban cotidianamente en el territorio nacional y el mundo, con sus historias anónimas, sus encantos y desencantos, las luces y sombras de la vida. Cada sobre escondía una alegría o una lágrima, un suspiro, una esperanza, una ilusión, una tristeza, un encuentro o un desencuentro, una noticia.

En mi caso particular, escribía con vehemencia a los archivos, consulados y embajadas en busca de mi genealogía, a mis parientes establecidos en otras entidades y naciones, a la hermandad filosófica a la que pertenecía, a mis amistades de Antillas Holandesas, Argentina, Cuba, Egipto, España, Estados Unidos de Norteamérica, Francia, Guatemala, Israel, México, Niger, Suiza y Uruguay, entre otros rincones del mundo.

Intercambiaba, entonces, fotografías, billetes, monedas, tarjetas postales, estampillas y hasta libros; pero también relatos, anécdotas, suspiros e ilusiones tan transparentes como la propia intención de la correspondencia. Abría con emoción y esperanza cada sobre.

Aprendí a conocer a la gente y al mundo a través de las misivas. En esa época practicaba atletismo, escribía cuentos y novelas, estudiaba y trabajaba; sin embargo, la correspondencia fue una llave que abrió compuertas a rutas insospechadas, quizá por el encanto que significaba redactar una carta y el hechizo que era leer las tan anheladas respuestas.

Desde las cartas elegantes, procedentes de Suiza, hasta las que provenían de Cuba retrasadas y totalmente mancilladas por el régimen de Fidel Castro Ruz que revisaba su contenido, uno sentía ilusión al abrirlas y leerlas. Pertenecí, sin duda, a la última generación que disfrutó el intercambio de correspondencia intensa con amistades y familiares. Probé el encanto de escuchar el silbato del cartero y salir al jardín con la finalidad de recibir los sobres que procedían de diferentes rincones de México y el mundo.

Juntos aprendimos a descubrir el mundo, a desentrañar los claroscuros de la vida, a ensayar las pruebas de la existencia, hasta que un día y otro optamos por apartarnos al transitar a otras etapas, siempre con el grato recuerdo de haber formado parte del intercambio de correspondencia.

La fascinación que producía esperar las cartas se rompió con las redes sociales y el whats app, herramientas que si bien es cierto acabaron con la capacidad de asombro, la ilusión de recibir un sobre, ofrecen la posibilidad de comunicarse con las personas, independientemente de la hora y la región del planeta.

Hoy, millones de hombres y mujeres en todo el mundo comparten imágenes y conversan sin las limitantes del tiempo y el espacio, lo cual, hay que admitirlo, resulta extraordinario.

No obstante, en alguna parte quedaron atorados el encanto de la espera, la ilusión de leer las respuestas, la alegría de sentir el contacto, a través del papel, con la otra persona.

Antes, cuando uno leía una carta en la que sutilmente una persona del mismo sexo dibujaba el tamaño de su mano y preguntaba por algunas medidas del cuerpo o una cubana solicitaba que en cada envío se le incluyera el pliego de una fotonovela hasta completarla al cabo de un año o más, intuía que algo anda mal; ahora, en cambio, la pornografía a alta escala y otras actividades ilícitas se practican cotidianamente a través de las redes sociales como algo normal.

Nosotros, los de entonces, los de la época dorada de las amistades por correspondencia, nos adaptamos a los cambios, a la tecnología de la hora contemporánea, ya que sabemos que bien utilizada y con propósitos bien definidos, puede redundar en excelentes resultados. De hecho, las redes sociales, bien manejadas, han aportado bastante y ofrecen una gama de oportunidades grandiosas.

Lamentablemente, amplio porcentaje de personas de diferentes edades y clases sociales se han entregado a las redes sociales y al whats app con tal pasión que lejos de convertirse en herramientas útiles, se han transformado en cadenas, en ataduras que las tienen cautivas lo mismo en aulas y oficinas que en restaurantes, automóviles, transporte público, talleres, fábricas, calles, plazas públicas, comercios, autobuses, centros turísticos, cines, teatros, conferencias, reuniones familiares e iglesias.

Igual que aquellos que utilizan el automóvil hasta para trasladarse a la tienda de la esquina, los usuarios adictos a las redes sociales no pueden separar sus actividades de tales espacios que parecen suplantar la ausencia de un rumbo existencial.

Si la televisión comercial ha sido la nodriza de las generaciones del último medio siglo y se ha dedicado a normalizar las situaciones más estúpidas y perversas, las redes sociales, el whats app y otras herramientas modernas son, cuando se utilizan inadecuadamente, el hampón que roba tiempo, suplanta a los profesores en un afán de confundir en el uso del lenguaje, prostituye y arriesga la integridad de los usuarios.

La infancia, adolescencia y juventud del momento presente tienen ante sí un horizonte más amplio y la oportunidad de utilizar la tecnología para desarrollarse y desenvolverse como seres humanos; aunque antes tendrán que aprender a dejar a un lado la manipulación, la distorsión del lenguaje y la enajenación que los mantiene distraídos y masificados.

Cual náufragos de otros días, los de la correspondencia, mi generación y yo conseguimos adaptarnos a la modernidad y aprovechar la era digital, en ocasiones con la nostalgia de los sobres con timbres postales que contenían la magia de las cartas, pero convencidos de que el ritmo de transformaciones es permanente. Uno no puede quedar estacionado en el ayer ni tampoco cautivo tras los barrotes que imponen la masificación, enajenación y manipulación de la ciencia y tecnología mal empleadas. El reto de la juventud actual es utilizar las redes sociales, el whats app y todos los medios modernos para su bien, sin otorgarles licencia para que invadan sus mentes y vidas privadas.

¿Celebración, recapitulación o reflexión para definir cambio de rumbo?

Dos años de gestión

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue un voto más emotivo y hasta frívolo y hormonal, como de telenovela, que razonado y acorde a la realidad nacional. Funcionó bien la estrategia de propaganda, a tal grado que millones de mexicanas, al menos en el momento de adocenarse y convertirse en rebaño, demostraron sus pretensiones de desear al entonces candidato presidencial priista en su colchón. En ese nivel estamos.

Como todos los partidos políticos durante campañas electorales, el del hoy mandatario nacional diseñó una plataforma de promesas basadas en la experiencia que había gobernado al país durante más de siete décadas y principalmente con la intención de recuperar el poder y tejer políticas orientadas a no perderlo más, que indudablemente convencieron a millones de personas sinceras que creyeron en su viabilidad y buena intención, evidentemente sumadas a los aplaudidores de siempre, a quienes vendieron sus votos y a aquellos que obtendrían privilegios que hoy causan asco y vergüenza.

La mayoría de la gente desconoce, al menos en México, que el complejo proceso de transformaciones y resultados en un país, sobre todo tras años de corrupción e impunidad, requiere mucho tiempo, y, por lo mismo, se desalienta fácilmente al no cumplirse sus expectativas en el corto plazo.

Cuando llegan los sustitutos, como aconteció con los gobiernos panistas o igual que sucede en asuntos relacionados con las compañías telefónicas, verbigracia, las expectativas de cambio y mejoría resultan inconmensurables, de manera que rebasan los niveles de la lógica; sin embargo, nadie tomó en cuenta que para transformar al país había que enfrentar inercias, burocracia, intereses muy dominantes y lastres heredados por décadas, independientemente de que los grupos de poder se pulverizaron y reconformaron.

Por diversos motivos, los mexicanos no creyeron en el anterior presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa, quien es innegable que muchas ocasiones actuó visceralmente y tomó decisiones erróneas en ciertas áreas estratégicas, de modo que pensaron que la mejor opción sería el candidato priista, Enrique Peña Nieto, quien habló de acuerdos políticos y reformas estructurales que sinceramente convencieron a no pocos.

Enrique Peña Nieto ganó las elecciones y convenció a mexicanos y extranjeros. Es cierto, implementó sus tan anunciadas reformas estructurales, las cuales merecen un análisis aparte, y la comunidad internacional, principalmente, se sintió halagada; sin embargo, la microeconomía, la que interesa a las familias, a los trabajadores, a los profesionistas, a los micros, pequeños y medianos empresarios, a ti y a mí, no solamente resultó olvidada, sino la enviaron al traspatio, donde las fauces del desempleo, la inflación y el exceso de impuestos pretenden devorarla, rasgar su piel endeble y destrozarla.

Más que ofrecer respuestas tardías, poco o nada convincentes, y no demostrar interés en los asuntos que verdaderamente afectan y preocupan a los mexicanos, el presidente Enrique Peña Nieto necesita involucrarse no en el proyecto de una élite política y económica, sino en el de la nación; además, es fundamental que gobierne con el ejemplo, que convenza a millones de habitantes de este país con acciones y resultados reales, que se convierta en auténtico líder social.

A dos años del inicio de su gestión como presidente de la República Mexicana -prácticamente la tercera parte de su gestión-, el escenario nacional y las opiniones de la mayoría de los mexicanos parecen indicar que no hay motivos dignos de celebración, sino la oportunidad para reflexionar y definir el rumbo que involucre a todos los sectores sociales y no solamente a los amigos del mandatario y los privilegiados de la clase gobernante, en un proyecto sólido de país, con oportunidades e igualdad, sin corrupción e impunidad, con el cumplimiento de las promesas de campaña, con justicia y equidad, sin discursos contrarios a la lamentable realidad que hoy prevalece. ¿Será un deseo difícil de cumplir en este segundo cumpleaños? La respuesta la tienen el mandatario nacional y sus colaboradores porque afuera, en las calles, en todo el país, los mexicanos ya dieron su calificación y recalcaron los temas que les interesan, preocupan e irritan.