Barco al garete

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando uno planea y organiza un viaje prolongado en autobús, avión o barco, investiga, analiza y decide aspectos relevantes como atención, costo, garantías, itinerario, servicio y trayectoria de la línea transportadora.
Nadie con capacidad de elección contrata una empresa desprestigiada ni carente de estrategia y rumbo, y menos cuando existe el antecedente de que el camino es escabroso y habrá riesgos y tormentas.
Si el operador o capitán y su equipo son éticos, profesionales y experimentados y los pasajeros, en tanto, colaboran en el proyecto común, indudablemente sortearán los peligros y llegarán fortalecidos al destino trazado. Si alguna de las partes no colabora ni participa, seguramente habrá abusos, confrontaciones, deslealtad, engaños y traiciones, hasta atrasarse, sufrir percances o perecer en un accidente terrible.
Quizá la analogía resulta de pésimo gusto y hasta burda; sin embargo, los mexicanos se convirtieron en los pasajeros de un camión de maquinaria desfasada y costosa, y por añadidura carrocería de engañoso atractivo, con rumbo caprichoso, tambaleante y opuesto al de la mayoría de la gente que viaja sentada y parada. Es el mismo vehículo de antaño, pero con nueva presentación y la ambición de apoderarse del camino, el destino y las personas.
Hoy, a pesar de lo que argumenten los defensores de las autollamadas reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto, México carece de rumbo y padece acentuados y preocupantes problemas financieros, sociales, educativos, de seguridad y todo tipo porque amplio porcentaje de quienes componen la élite política, se han dedicado a actuar con deshonestidad e impunidad, menos a gobernar para las mayorías que cada día enfrentan desempleo, falta de oportunidades, burocracia, miseria, enfermedades, inflación, quiebra de empresas, violaciones a los derechos humanos, represión, mentiras, saqueos, impuestos y medidas fiscales exageradas y complejas, asesinatos, cinismo oficial, nepotismo, corrupción y peligro.
El escenario nacional es de descomposición total. Si uno voltea al ámbito federal, el panorama es aterrador: corrupción, incapacidad para gobernar, empecinamiento en seguir políticas nefastas que solamente benefician a determinados grupos, deshonestidad en el manejo de los recursos públicos, licitaciones que favorecen y enriquecen a ciertos personajes cuyas acciones y transacciones despiertan sospechas, funcionarios y políticos acaudalados, fraudes, ausencia de respuesta a los planteamientos de la hora contemporánea y a las demandas sociales, autoritarismo y una serie de prácticas que cada día desmoronan al país.
Si uno fragmenta el mapa de la República Mexicana y contempla estados como el de Michoacán, verbigracia, recogerá pedazos cubiertos de sangre y con destino incierto. En la última administración estatal que concluirá este año, seguida de otras igual de mediocres y nefastas, los michoacanos han tenido tres gobernadores y gran cantidad de funcionarios de primer nivel en áreas de justicia, finanzas, promoción económica, política social y otros rubros de importancia. No hay rumbo. La deuda financiera es multimillonaria, determinado número de obras requirieron gran cantidad de recursos y son inexistentes, no hay dinero para pagar a proveedores, las dependencias estatales se encuentran saturadas de recomendados con puestos de asesores y secretarios técnicos que no sirven para nada que no sea percibir sueldos exagerados, los anuncios extraordinarios sólo han quedado en los discursos, falta estrategia en todo, la legislación es mediocre, prevalece la inseguridad en las calles, se pisotean los derechos humanos y todos miran el desmoronamiento de una de las entidades mexicanas más ricas del país en recursos naturales y minerales y acervo cultural e histórico.
En esa entidad, la de Michoacán, este año se desarrollarán campañas y elecciones para renovar alcaldías, diputaciones y gubernatura. Habrá que permanecer atentos para corroborar si ellos, los michoacanos, aprendieron la lección y eligen un autobús, avión o barco con rumbo y equipo ético y profesional, o si optan por continuar en los camiones destartalados cuyos choferes secuestran a sus pasajeros y los conducen a destinos inciertos e indeseados, mientras los payasos y merolicos distraen para finalmente obtener dinero.
A nivel federal, también es fundamental elegir, en su momento, a quienes operarán el barco, sí, al capitán y a sus colaboradores, porque no es posible convertir un crucero en lanchón al garete en canales de aguas pútridas. Los mexicanos deben probar sus niveles de evolución y darse la oportunidad de elegir el rumbo y la clase de compañía transportadora que desean porque no es posible seguir contratando camiones de segunda categoría con choferes deshonestos y cínicos.

La medalla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo el día repasé la noticia que aquella mañana lluviosa recibí en el colegio. No podía creerla. Me parecía absurda e injusta. Había roto los esquemas que hasta entonces, a los 10 años de edad, formaban parte de mi código de vida.
Me habían notificado que recibiría una medalla por mi excelente conducta, por ser uno de los niños con mejor comportamiento en el aula de clases y la institución educativa; sin embargo, confieso que reflexionaba y llegaba a la conclusión de que no la merecía. Así lo creía. Me formulaba una pregunta, otra y muchas más, tan desconcertantes como las respuestas, quizá porque mi ambiente familiar contrastaba con la realidad del colegio, donde aprendí a conocer la naturaleza humana, tema más interesante que las materias que impartía la profesora o las lecciones orientadas a memorizar nombres, fechas, acontecimientos y fórmulas.
No entendía las causas por las que yo, el alumno más ingenuo y de mejor comportamiento en la escuela, recibiría una medalla correspondiente al segundo lugar en conducta, mientras el otro, el sobrino de la maestra, uno de los estudiantes menos respetuosos, el primer sitio. No lo concebía, pero tampoco me atrevía a denunciarlo porque pertenecí a la última generación en que los niños eran castigados corporalmente por los profesores, hecho, por cierto, que tampoco confesé a mis padres. Tenía miedo en el colegio. Allí, en los rincones escolares, se encontraban mis abismos, fantasmas y fronteras. Era víctima de lo que hoy denominan bullyng, practicado lo mismo por compañeros que por maestras y religiosas.
Días previos al acto de condecoración, llegó de improviso una de las religiosas del colegio al salón de clases con la intención de anunciar que aplicaría exámenes orales e individuales sobre la doctrina que predicaba, de manera que ordenó que formáramos una fila. Conforme avanzábamos, mi compañero, el sobrino agraciado de la profesora, se dedicó a molestar y empujar a quienes estábamos cerca, hasta que fastidiado por sus agresiones, amenacé con acusarlo y delatar el juego sucio que existía en el proceso de premiación, ultimátum que lo obligó a alejarse de mí y que, por cierto, me enseñó a diseñar estrategias de defensa y comprender que hasta los seres más brutos y viles son vulnerables. Siempre existe un lado en el que la coraza es débil. El acero se funde a través de altas temperaturas y el hielo, en cambio, con alterar su medio; pero al final, ambos demuestran su naturaleza.
Finalmente, la ceremonia de premiación se llevó a cabo en el patio de la institución educativa. Asistí con el traje de gala del colegio, correctamente peinado y con una corbata de moño. Así recibí la medalla que entonces me acreditó como el segundo niño de la primaria con mejor comportamiento.
Hoy, desde una orilla cada vez más distante, contemplo la medalla que conservo en una caja y leo: “premio a la conducta”. Sonrío al recordar el orgullo que experimentaron mi padre y mi madre al atestiguar, en el colegio, la entrega de la condecoración a su hijo mayor, acaso sin sospechar que merecía el primer lugar y no el segundo, como mañosamente lo definieron y establecieron las religiosas.
Ya con un boquete en el portón de la conciencia, desde entonces comprendí que los seres humanos, hombres y mujeres, son capaces de cometer atrocidades a cambio de ocupar los primeros lugares, obtener premios, conseguir empleos y prestaciones superiores a los demás, adquirir propiedades, ganar dinero, destacar en el ámbito público, hacer negocios. La competencia, en el fondo, muchas veces es sucia y perversa.
Si un asunto tan insignificante, como fue, en el colegio, otorgar tramposamente una medalla al sobrino de la maestra, uno de los niños con peor comportamiento, ¿cómo serán, por ejemplo, los procesos de licitación pública, las premiaciones en los concursos, los nombramientos en los cargos, los acuerdos legislativos a favor de la clase gobernante y en perjuicio de la población y las decisiones en las esferas de poder?
Recordé esta anécdota de mi infancia porque hace días escuché a una pequeña quejarse con su padre acerca de la decisión de su profesora para que una compañera, ambiciosa, altanera y envidiosa fuera la abanderada por un día en la escolta del colegio. La pequeña, quien en apariencia se notaba ingenua y noble, preguntaba la razón por la que habían seleccionado a su compañera, tramposa hasta en los exámenes y las tareas, y no a ella que siempre ha tenido buen comportamiento. No entendía los motivos por los que siempre las mejores oportunidades escolares son para la compañera protagónica.
Tal vez un día comprenderá, como yo con la lección que recibí con la medalla a la conducta, que la sociedad se ha deshumanizado y generalmente, en naciones como México, prevalecen los favoritismos e intereses en nombramientos de cargos públicos, ascensos laborales y profesionales, distinciones académicas, premios literarios, licitaciones, contratación de personal, juzgados, competencias deportivas, programas oficiales, atención médica, trato con los burócratas y funcionarios, negocios y en casi todas las actividades.
Resulta preocupante que los actos de nepotismo, parcialidad, privilegios, simulación y trampa se practiquen desde la infancia, con lo que padres de familia, autoridades y profesores están preparando generaciones que más tarde, en el lapso de unos cuantos años, continuarán el ejemplo de quienes hasta hoy se han convertido en detractores de la ética y con su ambición desmedida se apropian de oportunidades en detrimento del país y sus habitantes. Diariamente los vemos en la política, los negocios, la función pública y los espacios desde los que es permitido actuar con cinismo, alevosía, deshonestidad, impunidad y trampa. Hoy es moda, aunque se atente contra el patrimonio de México en perjuicio de sus millones de habitantes.

De mansiones, contratistas y próximos beneficiados con las reformas estructurales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Más allá de las explicaciones oficiales que pretenden justificar y transparentar las adquisiciones de las residencias multimillonarias del presidente Enrique Peña Nieto y de funcionarios como el secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso, tan empecinado en acabar con los malos hábitos de los mexicanos a través del impuesto a bebidas y productos con endulzantes, resulta escandaloso e insultante que esa clase de personajes ostenten tanto poder económico ante incontables familias que en este país coexisten en la miseria, y cuando se supone que perciben sueldos que por más altos que sean no están calculados para la compra de mansiones onerosas que implican, además, excesivos gastos de mantenimiento y servicios.
Si bien es cierto que la posesión de fincas como las del mandatario mexicano y su familia son indicativo de que atrás de tales fachadas hay cuentas millonarias para sostener una vida de magnates, es preocupante que en su caso y en el del responsable de la política fiscal de la nación exista el antecedente de contratistas favorecidos con las obras públicas de las administraciones en las que ambos personajes han tomado las decisiones en el Estado de México y a nivel federal.
Cualquiera creería que alguien puede obtener palacetes a través de años de ahorro e inversiones, herencia, prestaciones y otros argumentos, lo cual es factible si atrás hay, por ejemplo, empresas redituables y bien administradas; pero cuando en las transacciones destacan personajes favorecidos por las licitaciones públicas, aumentan las sospechas, y más si las explicaciones son lerdas, ambiguas o simplemente se refieren a que los acusados no son quienes toman decisiones en tales procesos. ¿Quién va a creer que un gobernador o un presidente de la República Mexicana no puede decidir los nombres de las personas o empresas a los que se les deben asignar las licitaciones públicas? Caray, quienes han participado en procesos de licitación, saben todo lo que implican y lo que ocurre.
Lamentablemente, tales prácticas parecen ser moda que se dicta a través de un gobierno cada vez más centralista y autoritario. Basta con visitar las entidades de México para comprobar la clase de residencias que ostentan funcionarios públicos y políticos de todos los niveles.
Con tales antecedentes, cualquier mexicano podría preguntarse con mortificación si la prisa y las presiones para que los legisladores federales aprobaran irresponsablemente las autollamadas reformas estructurales del país fueron, precisamente, con la intención de acelerar no los procesos de modernización y transformación que plantea el México de la hora contemporánea, sino las oportunidades de realizar negocios multimillonarios con los contratos. Si lo han hecho con caminos, carreteras y toda clase de obra pública, ¿por qué no materializarlo con el petróleo y otros sectores? Si los contratistas favorecidos en el pasado o actualmente con licitaciones públicas ofrecen grandes residencias, ¿qué no darán o venderán al obtener contratos relacionados con el petróleo y otros rubros?
No existe autoridad ni institución en México capaz de exigir y aplicar a los gobernantes, políticos y funcionarios públicos una auditoría y verdaderas sanciones. Habría que revisar a los magistrados, a los jueces. Todos son parte de lo mismo. Resulta vergonzoso que medios de comunicación internacionales sean los que exhiban la corrupción que se practica en la República Mexicana a gran escala.
En el caso de la sociedad mexicana, también es deplorable que amplios sectores de la sociedad continúen adormilados, con críticas de café y adulaciones en actos masivos, colocando una mejilla y la otra también, juzgando severamente a quienes aparecen con un látigo en la mano y aplaudiéndoles cuando muestran el ramo de flores que portan en la otra.
Más que las llamadas reformas estructurales que con tanta necedad defiende el Gobierno Federal, urge, primero, que se orienten al auténtico combate de la corrupción e impunidad. Los que tienen la facultad de realizar los cambios sustanciales no lo hacen porque resultarían aplastados por la élite del poder o definitivamente están involucrados en los mismos actos de deshonestidad; pero quienes sí pueden exigir y fiscalizar severamente son los millones de mexicanos que hasta ahora solamente se han dedicado a contemplar el tránsito de gobernantes, políticos y funcionarios públicos que se enriquecen versus el saqueo y empobrecimiento de México.

Tiempo de evaluación para los michoacanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es innegable que quienes saben interpretar los signos de la hora contemporánea, reconocen que durante casi todo el siglo XXI -al menos los últimos 13 años-, los habitantes de Michoacán han tenido diputados, funcionarios públicos y políticos que, en su mayor parte, no solamente han demostrado falta de compromiso e incapacidad para legislar y gobernar con resultados, sino han protagonizado escándalos y endeudado al estado a niveles alarmantes y en ciertos casos con sospechas e indicios de corrupción, desviación de recursos y abuso de poder.
Todos los partidos políticos han tenido oportunidad de demostrar sus verdaderos rostros ante las circunstancias y los desafíos; sin embargo, la mayoría de los personajes públicos no han presentado resultados que satisfagan a las mayorías, a miles de familias que hoy, como hace casi década y media, enfrentan el costo de coexistir en una entidad que se desmorona y es saqueada descaradamente sin que haya justicia y legalidad.
De 2002 a la fecha, el balance para los michoacanos es desastroso: corrupción, tráfico de influencias, obras inconclusas e inexistentes, impunidad, leyes pobres, ausencia de rumbo, inseguridad, desempleo, falta de inversiones productivas, desorden, abuso de autoridad en unos casos y complacencia en otros, escándalos, incremento de la pobreza, especulación, gabinetes inestables, endeudamiento excesivo por parte de las administraciones estatales, quiebra de empresas, conflictos, problemas con las finanzas públicas y descontento social.
Ante tal escenario, que hace un año obligó al Gobierno Federal a incursionar en el rescate del estado de Michoacán, en un juego de ambigüedades, claroscuros y simulaciones, este mes, el de enero de 2015, inició la carrera de lo que pronto se transformará en campañas proselitistas y contienda electoral para renovar alcaldías, legislaciones locales y federales y gubernatura.
Es la hora de abrir la carpa. Ahora sí, funcionarios públicos y legisladores con aspiraciones políticas, interesados en obtener el sufragio ciudadano, están renunciando a su amnesia voluntaria para recordar que son seres humanos, como todos, y necesitan, por lo tanto, convencer y generar confianza y simpatía para que la gente, a la que llaman pueblo, vote por ellos.
Como el hijo pródigo que regresa a la casa solariega o el hombre pendenciero y vicioso que retorna al hogar con la promesa de que todo cambiará porque se ha reformado, los partidos políticos abren los brazos con la idea de que sus candidatos son los mejores y resultarán aclamados y electos por la población que carece de memoria y muchas veces de dignidad; pero hay que analizar, como prueba, la clase de legisladores, funcionarios y políticos que abundan. Son una vergüenza.
Nadie cree en los partidos políticos, y amplio porcentaje de las figuras que han empezado a reaparecer en el escenario son los mismos de siempre y ya no tienen el respaldo popular. Son pocos los hombres y mujeres que se han distinguido por su trayectoria de trabajo, honestidad y resultados. A los otros, tendrán que fabricarles su nueva imagen, como si eso repercutiera en los cambios sustanciales.
Habrá que acostumbrarse, en el lapso de los siguientes meses, a que la instancia estatal no tendrá capacidad financiera para pagar los adeudos que irresponsablemente contrajo con sus proveedores, aunque sí para premiar a sus funcionarios que perciben salarios insultantes para la colectividad, al mismo tiempo que los recursos económicos fluirán para que ellos, los políticos, desarrollen sus campañas con promesas que probablemente no cumplirán.
El escenario es el mismo de siempre. Los políticos, al llegar al poder o renovar su estancia en el mismo, únicamente cambian de disfraz, aseguran sus intereses, favorecen a sus familiares y amigos, prostituyen la legislación y la justicia, diseñan estrategias y proyectos ajenos a las aspiraciones y necesidades de las mayorías, aplican impuestos fuera de la realidad, empobrecen a la población, se dan palmadas o de plano se culpan entre sí de las desgracias sociales y financieras, establecen alianzas con grupos nocivos y saquean, como siempre, al estado de Michoacán.
Tales personajes dedicarán los próximos meses a pronunciar discursos demagógicos, apoyarse en programas sociales, difundir rumores, destacar lo que consideran sus logros en tareas anteriores, aparecer en los medios de comunicación y ofrecer cambios a los problemas que ellos propiciaron o de los cuales fueron cómplices.
No solamente hay que recordar, como sociedad michoacana, los terribles últimos 13 años de gobiernos corruptos e incapaces de dirigir el rumbo del estado, mantener la estabilidad y presentar resultados, como es obligación de todo funcionario y político; también habría que rescatar de la mente el populismo y la mediocridad de la administración estatal de los 80, el período de enfrentamientos entre militantes de partidos y los mandatos interinos tan nefastos.
Mientras los michoacanos aplaudan a los señores y señoritas con caras “bonitas”, permitan que los seduzcan con tortas y programas públicos y de carácter social, se conduzcan y tomen decisiones por emotividad y limosnas, se atoren en los distractores que fabrica la parte oficial, reconozcan a los funcionarios y políticos por gestiones o acciones que por obligación deben llevar a cabo y se entretengan en futbol, telenovelas, facebook y whats app, definitivamente continuarán adormilados y la élite del poder seguirá abusando, enriqueciéndose y hundiendo al estado.
Ahora corresponde a la población de Michoacán castigar a los funcionarios públicos y políticos con el voto, y no absteniéndose de acudir a las urnas porque es una idea aberrante con peores resultados, sino eligiendo a los que verdaderamente han demostrado capacidad y transparencia. En este aspecto ya no debe haber lealtad a un partido o líder porque ya en el poder han demostrado sus verdaderas intenciones. Hay que comprometerlos y presionarlos para que cumplan. Una torta, una pantalla, una gestión o una promesa de empleo o cambio no deben comprometer el voto ni el presente y futuro de Michoacán. Entre la bolsa de candidatos que durante el lapso de los siguientes meses ofertarán los partidos políticos, seguramente habrá personajes que merezcan la oportunidad de demostrar que pueden legislar y gobernar en beneficio de Michoacán.
El poder de sufragar es como el dinero. Un consumidor tiene la decisión de castigar a un comerciante, prestador de servicios o fabricante que ofrece mala atención, falta de calidad y precios inadecuados; lo mismo se puede hacer con el voto. La palabra y determinación serán de los michoacanos, quienes demostrarán si ya aprendieron la lección histórica o si seguirán optando por el lodazal en que se encuentra su estado. Se aproxima la hora de la evaluación para Michoacán, principalmente en una etapa en la que la corrupción, la incapacidad de gobernar, el cinismo, la falta de respuestas oportunas e inteligentes y la impunidad parecen dictarse desde las más altas esferas de poder en México y ser una moda.

Michoacanos en poder de los transportistas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Antiguamente, cuando las calles eran de terracería, los arrieros y carretoneros irrumpían con gritos e improperios contra las bestias de carga que salpicaban de lodo a los infortunados que encontraban a su paso, hombres y mujeres que prácticamente resultaban embestidos por los animales agotados, sucios y maltratados.
Los hombres llegaban de otros rumbos, de pueblos y rincones lejanos, con sus carretones de madera y recuas de mulas cargadas de mercancía, ansiosos de concluir su trabajo para reunirse en las cantinas o regresar presurosos por mayor cantidad de cargamento.
Eran, los de entonces, individuos burdos como los que en la actualidad miramos cotidianamente en las avenidas y calles de las ciudades, conduciendo camionetas y camiones dedicados al transporte público, al traslado urbano de pasajeros, con conductas similares a las de sus antecesores, frecuentemente sin respeto a la vida e integridad física de la gente.
Heredera de un lastre provocado, en parte, por políticas paternalistas en la década de los 80 y posteriormente por actos de corrupción y manipulación de autoridades y líderes, en entidades de México como es el caso de Michoacán, la sociedad es agredida por amplio número de choferes del transporte público que en su afán de ganar mayor cantidad de pasajeros, conducen sin precaución y violan todas las reglas de tránsito.
Morelia y otras ciudades michoacanas son presas, por así calificarlo, de los choferes del transporte público, específicamente de los mal llamados “combistas” porque las Combis de la Volkswagen ya están descontinuadas, de manera que conducen sin respeto a los pasajeros, realizan ascensos y descensos en lugares no autorizados, rebasan sin precaución, embisten a automovilistas y transeúntes, agreden e insultan a quienes se les atraviesan y cometen toda clase de excesos ante la complacencia de los policías que prefieren detener y esquilmar, por no decir extorsionar, a otro perfil de automovilistas.
Son ellos, los concesionarios y choferes del servicio de transporte público, quienes pretenden que las autoridades estatales les autoricen un incremento de un peso 50 centavos por pasaje, cuando actualmente es de siete pesos lo mismo si el pasajero es desplazado una cuadra de distancia que toda la ruta.
Entre sus principales argumentos para pedir que les autoricen la tarifa, destacan los incrementos con efectos inflacionarios que durante el año pasado registraron los precios de la gasolina y el aumento de las refacciones; sin embargo, olvidan, como siempre, a los usuarios, a la gente que carece de automóvil o que por necesidad aborda el transporte público.
Hay que recordar que el reciente aumento al salario mínimo fue de 2.81 y 2.68 pesos diarios para las zonas “A” y “B”, respectivamente, lo que significa que si el incremento fue inferior al 2.5 por ciento, los transportistas de Michoacán desean que las autoridades estatales les concedan poco más del 21 por ciento en el ajuste de sus tarifas. El salario mínimo para la zona “A” se estableció en 70.10 pesos, mientras para la “B”, a la que pertenece Michoacán, se fijó en 66.45 pesos. De autorizarse la tarifa a 8.50 pesos, lo cual resultaría ilógico, cada familia michoacana que gana el salario mínimo dispondría de dinero para abordar un máximo de ocho unidades diarias de transporte colectivo. No hay proporción.
Es cierto, las autoridades federales, en su empecinamiento de mantener durante el año pasado el aumento mensual a los precios de la gasolina y el diesel -fórmula perfecta de recaudación-, provocaron el encarecimiento de los bienes y servicios en el país, efecto que no solamente pagaron caro los transportistas de pasajeros, sino todas las familias mexicanas, principalmente las que menos recursos económicos tienen y las que perciben salarios fijos. El problema económico no solamente es de los concesionarios y choferes del transporte público; también lo es para millones de mexicanos que deben solventar otros gastos como canasta básica, gas, consumo de agua y electricidad, traslado a sus escuelas y empleos, ropa, vivienda y salud, por citar algunos.
Chantajistas como son, aseguran que ya modernizaron sus unidades de transporte. Claro que lo tenían que hacer. Eso no debería de estar sujeto a condicionantes o negociación porque se trata de una obligación. Como que actúan igual que los funcionarios públicos que desean que les aplaudan sus acciones cuando es su responsabilidad presentar resultados.
El cálculo debe realizarse bajo otra fórmula y no con criterios y métodos que atentan contra la economía de los michoacanos; no obstante, este año será de campañas políticas y elecciones en Michoacán, estado donde los últimos años han sido complejos en todos los aspectos, razón por la que seguramente los funcionarios públicos y políticos necesitarán sumar votos, y qué mejor que adhiriendo la simpatía de grupos como los de los transportistas, sin importar, como ha acontecido en el pasado con otras administraciones estatales, la situación económica de la población. Esta ocasión deben reflexionarlo bien porque no únicamente diversos sectores de la sociedad muestran síntomas de descontento contra las autoridades y los políticos, sino por el daño que aumentos exagerados en las tarifas pueden causar a la economía de incontables familias. El aumento planteado es excesivo. El transporte público de Michoacán necesita una cirugía, a pesar de la oposición e intereses de líderes, funcionarios públicos, políticos, concesionarios y choferes. En la balanza pesa más la estabilidad de los michoacanos, pero en la práctica generalmente mandan los intereses ajenos al bien común. Esperemos que en esta ocasión no sea así.

De Casa del Panteón y Factoría de Tabaco, a Palacio Municipal de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quien acude a los expedientes empolvados de la historia y revisa el álbum de estampas nostálgicas o recorre los rincones añejos y románticos del centro de Morelia, donde cada detalle arquitectónico, ya fragmentado por los rasguños de la modernidad y la inconsciencia, delata el esplendor de lo que fue Valladolid, descubre que en la nomenclatura de la ciudad, registrada durante la madurez del siglo XIX, precisamente en las horas de 1840, existía una calle llamada Factoría.
El nombre de la callejuela, que formaba esquina con la del Sombrero, se derivó por erigirse, en una de las manzanas, un monumental palacio conocido entre los moradores de la capital de la provincia de Michoacán como Factoría de Tabaco, que antaño había sido sede de las autoridades virreinales.
Fue en esa finca, hoy ocupada por el Palacio Municipal de Morelia, donde residía el factor o representante del gobierno virreinal, quien por cierto poseía gran influencia y practicaba el monopolio del tabaco, actividad que significaba un importante ingreso para la Corona española.
Narra la tradición que antiguamente, antes de la Factoría de Tabaco, existía una finca, un inmueble que pertenecía a la catedral de Valladolid y que era conocido popularmente como Casa del Panteón, hasta que fue vendido y en 1781 se inició la construcción del nuevo palacio.
Los habitantes de Valladolid, ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541 en el antiguo Valle de Guayangareo, fueron testigos de la hora postrera de la Casa del Panteón, sustituida en 1781 por una construcción palaciega que en lo sucesivo sería sede de la Factoría de Tabaco, la cual funcionó en la provincia michoacana desde 1765.
Como dato anecdótico, de acuerdo con un acta de Cabildo, correspondiente al 13 de octubre de 1781, el Ayuntamiento de Valladolid, respaldado por el dictamen del maestro alarife Diego Durán, determinó que ellos, los constructores, repusieran los arcos angulares de los corredores de la parte superior, ya que estaban defectuosos.
Según documentos de la época, la Factoría de Tabaco constaba de tres casas. En la primera moraba el factor, mientras en las otras dos, que eran de un piso, habitaban el tesorero y el contador de la Renta. Las suyas eran familias influyentes.
La construcción del palacio se solventó con las utilidades del tabaco. Su costo fue de 64 mil 804 pesos, cuatro reales y dos gramos, como consta en las referencias históricas.
Residencia de cantera, cautiva por sus detalles arquitectónicos. Cuenta con dos patios, de los cuales el principal es cuadrado, pero con una composición octagonal que ofrece una perspectiva especial; además, los arcos y corredores, junto con las monumentales escaleras que tras el descanso parten en dos rampas, hacen de la construcción colonial una morada encantadora que invita a disfrutar sus rincones.
La cornisa superior posee gárgolas y guardamalletas. Los balcones de la planta alta son de hierro forjado y permanecen como eco de los otros días, los de la Colonia, cuando la Factoría de Tabaco era eje en las actividades de la Nueva España, en Valladolid, la capital de la antigua provincia de Michoacán.
Fue en esa casona donde se proclamó la abolición de la esclavitud en la Nueva España, dictado en la ciudad por Miguel Hidalgo y Costilla durante los minutos de 1810, cuando México llegaba puntual a su cita con el destino y miraba de frente el rostro de la historia.
Si bien es cierto que la Factoría de Tabaco funcionó durante muchos años en dicha mansión de cantera, en los días de 1824 el Gobierno de Michoacán ocupó una de las plantas para oficinas y dejó otro de los niveles para desarrollo de su función original. La casona albergó, al mismo tiempo, las oficinas gubernamentales y la Factoría de Tabaco.
Consta en una nota, la marcada con el número 90 y fechada el 5 de octubre de 1846, que él, el entonces gobernador Melchor Ocampo, solicitó a la Secretaría de Hacienda la cesión al Gobierno de Michoacán de las dos casas pequeñas y la autorización para usufructuar la grande. Varios días más tarde, el 19 de octubre del mismo año, la Secretaría de Hacienda aprobó la petición.
Igual que un engranaje que avanza imperturbable, los acontecimientos estimularon otro cambio, de manera que cuando el Gobierno de Michoacán adquirió el ex seminario Tridentino de San Pedro para palacio, por decreto 157 del 11 de marzo de 1861, la otrora Factoría de Tabaco fue otorgada al Ayuntamiento, que a la vez dejó lo que se conoce como Casas Consistoriales; no obstante, algunos investigadores aseguran que el recinto se convirtió en sede municipal a partir de 1856. Independientemente de lo anterior, el Gobierno de Michoacán pagó una deuda al Ayuntamiento.
Existen otras versiones acerca de lo que actualmente se conoce como Palacio Municipal, ya que relata la tradición que Roque de Yáñez, factor de Tabaco, compró al Cabildo Eclesiástico lo que se consideraba entonces una antigua casa de modesta construcción, popularmente conocida como del panteón.
Como quien hojea un libro con viñetas irrepetibles y exquisitas, el caminante puede ingresar al Palacio Municipal de Morelia para disfrutar sus corredores con arcadas, mirar las amplias habitaciones convertidas en oficinas públicas y quedar admirado con los detalles y frescos de la Sala de Cabildo.
De estilo barroco, el Palacio Municipal asombra por su arquería, sus escalinatas, su patio, su herrería forjada y sus salones con frescos, los cuales, por cierto, son signos de otros días, los del ayer, cuando Morelia era Valladolid.

Jorge Palafox Terán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado que el amor y la amistad son algo más que una casualidad o un saludo, porque se trata, en verdad, de un sentimiento, una historia compartida, capítulos mutuos dentro de la brevedad de la existencia.
También he aprendido que la amistad es un tesoro tan grande que resulta ocioso desperdiciarlo entre aquellos que no son dignos de confianza por su ausencia de honestidad y valores. No cualquiera es amigo. En México, la gente suele decir que los amigos se cuentan con los dedos de las manos, y es verdad.
En los grupos humanos, uno puede detectar a aquellos hombres y mujeres que por sus actitudes, gestos, obras, palabras y reacciones destacan de la mayoría que elige las rutas de la burla, el conformismo, las agresiones, el chismorreo y la mediocridad. Es en ellos, los que demuestran un sentido más humano, en quienes indudablemente la amistad se materializará en una historia inagotable, plena e inolvidable.
Inmersas en un mundo cada vez más deshumanizado, las personas enfrentan dificultades para confiar en alguien y, sobre todo, depositar su amistad, ya que prevalecen la ambición desmedida, el egoísmo y la superficialidad, detractores de todas las relaciones.
Hoy, al redactar el presente texto, deseo dedicarlo a la memoria de mi amigo Jorge Palafox Terán, quien supo estar presente en los momentos que se le necesitó y sembró a su lado amor, confianza y detalles que lo engrandecieron como ser humano.
Dos veces aportó algo a mi vida, pero lo más importante es que nuestra amistad, después de varios años de ausencia por cuestiones ajenas a nosotros, se prolongó hasta el ocaso de su existencia, lo que me permitió comprobar que entre más transcurría el tiempo, mayor era su calidad humana.
Lo conocí una mañana, en su oficina, cuando se desempeñaba como funcionario público en un área de estadísticas y estudios de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en la colonia Escandón de la Ciudad de México.
Yo era estudiante universitario. Mi intención era renunciar a una plaza laboral en otra dependencia púbica, donde prácticamente no hacía nada, para aspirar a una oficina donde la mayoría de los empleados estudiaban en la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Metropolitana y otras instituciones, y tenían oportunidad de aplicar sus conocimientos adquiridos en las aulas.
Jorge Palafox Terán me recibió amable, pero sereno, correctamente ubicado en su posición de funcionario público. Conversó sobre diversos temas y finalmente abordó el asunto relacionado con la contratación. Anticipó que tendría que presentar un examen de oposición, para lo que me recomendó acudir seguro de mí, puntual, sereno y con actitud de éxito.
Efectivamente, presenté el examen en una sala en la que había varios jóvenes universitarios que, igual que yo, aspiraban ser contratados. Las preguntas contemplaban temas referentes a economía, corrientes del pensamiento político y estadística, entre otros. Lo aprobé y me incorporé a la dependencia federal, entonces ubicada en la colonia Escandón, cerca de Tacubaya, en la época en que la banda de Los Panchitos estaba de moda.
Todos los días, muy temprano, la mayoría de mis compañeros bebían café y organizaban verdaderas disertaciones sobre asuntos económicos, filosóficos, políticos y sociales. Claro, éramos estudiantes universitarios y creíamos, por lo mismo, que podríamos convertirnos en dueños de nuestro tiempo y de la verdad, cuando la vida es un ensayo inacabable.
Posteriormente, tras las tertulias matutinas, llegaban los jefes, incluido Jorge Palafox Terán. Encontraban un ambiente de trabajo. Permanecíamos en nuestras respectivas oficinas realizando los documentos que nos encomendaban.
Durante mi estancia en esa dependencia federal, asistí a diferentes reuniones en las que estuvo presente Jorge Palafox Terán, a quien por cierto tuve el honor de acompañar a comer, junto con otros compañeros, a un restaurante de La Condesa, cuando cumplió 33 años de edad. El hombre se sentía pleno y realizado; aunque confesó que tenía muchos planes en su vida.
Siempre encontré en él al compañero, al amigo leal, al consejero, al ser humano grandioso, incluso en los momentos de mayores pruebas y tribulaciones en la dependencia pública, en las horas en que enfrenté, por no formar parte de su equipo ni coincidir con su ideología, las presiones de otro funcionario y sus seguidores. Fueron días complicados, pero la autoridad y razón de Jorge se impusieron y prevaleció la justicia.
Un día, como en todo, les di un sentido diferente a los años de mi existencia y me marché de la Ciudad de México. Elegí otra ruta. Anduve en un lugar y en otro, en esa y en aquella urbe, en un rincón y en muchos más, acaso porque mi esencia siempre me ha motivado a caminar, a ser un pasajero que aborda un tren en una estación desolada y olvidada y alguno más en una terminal intoxicada por la algarabía.
Los rasgos de México se modificaron completamente. Muchas personas quedaron en el camino, en diversos furgones y estaciones, y otras, en tanto, se incorporaron al viaje de mi vida. Perdí comunicación con la mayoría de mis amigos de los días universitarios.
Transcurrieron los años, hasta que gracias, primero, a los correos electrónicos, y posteriormente a las redes sociales, específicamente al Facebook, me reencontré con mi antiguo amigo, quien ya navegando en otra orilla -la del tiempo-, me pareció más grandioso, bueno y sabio. Percibí su alegría al entrar en contacto conmigo.
Ambos, al reencontrarnos, compartimos algunos capítulos de nuestras existencias. Le comenté que estaba escribiendo una obra sobre historias de familias y personajes de antaño, para lo cual solicitaba a la gente me refiriera anécdotas de sus antepasados y aportara, de ser posible, copias de fotografías y documentos antiguos, y él lo hizo con mucho gusto y evidentemente con la expectativa de leer, algún día, el relato dedicado a sus antecesores. Continúo con la redacción del libro, del cual llevo alrededor de 30 capítulos porque avanzo conforme la gente me aporta información de sus antepasados; sin embargo, un día lo publicaré y orgullosamente aparecerán, en uno de los capítulos, las fotografías con las historias que me narró Jorge.
En agosto de 2014, cuando presenté mi libro “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, lo anuncié en mi página de escritor y periodista de Facebook, y fue Jorge Palafox Terán quien me dio la bienvenida y comentó que ya se me extrañaba. Pidió que le platicara sobre mis nuevos proyectos. Así lo escribió: “Santiago, ya se te extrañaba. Cuenta qué estuviste haciendo, qué proyectos nuevos traes y qué pasó con los que estaban en proceso. Bienvenido, Santiago. Un abrazo”.
Le envié algunos mensajes privados para comentarle acerca de los avances de mis trabajos literarios y periodísticos. Sabía que era un hombre en el que se podía confiar plenamente. En su cuenta de Facebook descubrí que sus alumnos lo adoraban y que siempre estaba al tanto de sus amigos cuando enfermaban e incluso morían. Fue, pienso, un hombre de detalles.
Presiento que formar parte de sus alumnos, hubiera sido un privilegio y representado la oportunidad de aprender y compartir grandes momentos; pero fui su amigo y experimentamos algunos capítulos dentro de la fugacidad de la existencia. Eso, hay que admitirlo, enriqueció nuestras vidas y siempre nos identificará, independientemente del sitio en que estemos cada uno.
Hace meses, el 29 de septiembre de 2014, leí un mensaje en el que solicitaba oraciones a todos sus amigos. Así lo escribió: “espero sus oraciones”. Me pareció un texto extraño. Le envié un mensaje privado que ya no contestó, pero al que seguramente, de haber podido, le hubiera dado respuesta con las palabras de amigo que sólo él sabía pronunciar. Generaba confianza porque su amistad era auténtica. Fue un ser humano que dejó huellas indelebles para que otros, los que caminan atrás, las descubran y sigan. Supo quitar la enramada y la piedra del camino. Su recuerdo siempre brillará como lo hacen, cada noche, los luceros que contemplo desde la ventana de mis recuerdos más dulces. Gracias, Jorge Palafox Terán, por tu amistad, tus consejos y tu grandeza de ser humano. Fue un honor ser tu amigo.