Jorge Palafox Terán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado que el amor y la amistad son algo más que una casualidad o un saludo, porque se trata, en verdad, de un sentimiento, una historia compartida, capítulos mutuos dentro de la brevedad de la existencia.
También he aprendido que la amistad es un tesoro tan grande que resulta ocioso desperdiciarlo entre aquellos que no son dignos de confianza por su ausencia de honestidad y valores. No cualquiera es amigo. En México, la gente suele decir que los amigos se cuentan con los dedos de las manos, y es verdad.
En los grupos humanos, uno puede detectar a aquellos hombres y mujeres que por sus actitudes, gestos, obras, palabras y reacciones destacan de la mayoría que elige las rutas de la burla, el conformismo, las agresiones, el chismorreo y la mediocridad. Es en ellos, los que demuestran un sentido más humano, en quienes indudablemente la amistad se materializará en una historia inagotable, plena e inolvidable.
Inmersas en un mundo cada vez más deshumanizado, las personas enfrentan dificultades para confiar en alguien y, sobre todo, depositar su amistad, ya que prevalecen la ambición desmedida, el egoísmo y la superficialidad, detractores de todas las relaciones.
Hoy, al redactar el presente texto, deseo dedicarlo a la memoria de mi amigo Jorge Palafox Terán, quien supo estar presente en los momentos que se le necesitó y sembró a su lado amor, confianza y detalles que lo engrandecieron como ser humano.
Dos veces aportó algo a mi vida, pero lo más importante es que nuestra amistad, después de varios años de ausencia por cuestiones ajenas a nosotros, se prolongó hasta el ocaso de su existencia, lo que me permitió comprobar que entre más transcurría el tiempo, mayor era su calidad humana.
Lo conocí una mañana, en su oficina, cuando se desempeñaba como funcionario público en un área de estadísticas y estudios de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en la colonia Escandón de la Ciudad de México.
Yo era estudiante universitario. Mi intención era renunciar a una plaza laboral en otra dependencia púbica, donde prácticamente no hacía nada, para aspirar a una oficina donde la mayoría de los empleados estudiaban en la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Metropolitana y otras instituciones, y tenían oportunidad de aplicar sus conocimientos adquiridos en las aulas.
Jorge Palafox Terán me recibió amable, pero sereno, correctamente ubicado en su posición de funcionario público. Conversó sobre diversos temas y finalmente abordó el asunto relacionado con la contratación. Anticipó que tendría que presentar un examen de oposición, para lo que me recomendó acudir seguro de mí, puntual, sereno y con actitud de éxito.
Efectivamente, presenté el examen en una sala en la que había varios jóvenes universitarios que, igual que yo, aspiraban ser contratados. Las preguntas contemplaban temas referentes a economía, corrientes del pensamiento político y estadística, entre otros. Lo aprobé y me incorporé a la dependencia federal, entonces ubicada en la colonia Escandón, cerca de Tacubaya, en la época en que la banda de Los Panchitos estaba de moda.
Todos los días, muy temprano, la mayoría de mis compañeros bebían café y organizaban verdaderas disertaciones sobre asuntos económicos, filosóficos, políticos y sociales. Claro, éramos estudiantes universitarios y creíamos, por lo mismo, que podríamos convertirnos en dueños de nuestro tiempo y de la verdad, cuando la vida es un ensayo inacabable.
Posteriormente, tras las tertulias matutinas, llegaban los jefes, incluido Jorge Palafox Terán. Encontraban un ambiente de trabajo. Permanecíamos en nuestras respectivas oficinas realizando los documentos que nos encomendaban.
Durante mi estancia en esa dependencia federal, asistí a diferentes reuniones en las que estuvo presente Jorge Palafox Terán, a quien por cierto tuve el honor de acompañar a comer, junto con otros compañeros, a un restaurante de La Condesa, cuando cumplió 33 años de edad. El hombre se sentía pleno y realizado; aunque confesó que tenía muchos planes en su vida.
Siempre encontré en él al compañero, al amigo leal, al consejero, al ser humano grandioso, incluso en los momentos de mayores pruebas y tribulaciones en la dependencia pública, en las horas en que enfrenté, por no formar parte de su equipo ni coincidir con su ideología, las presiones de otro funcionario y sus seguidores. Fueron días complicados, pero la autoridad y razón de Jorge se impusieron y prevaleció la justicia.
Un día, como en todo, les di un sentido diferente a los años de mi existencia y me marché de la Ciudad de México. Elegí otra ruta. Anduve en un lugar y en otro, en esa y en aquella urbe, en un rincón y en muchos más, acaso porque mi esencia siempre me ha motivado a caminar, a ser un pasajero que aborda un tren en una estación desolada y olvidada y alguno más en una terminal intoxicada por la algarabía.
Los rasgos de México se modificaron completamente. Muchas personas quedaron en el camino, en diversos furgones y estaciones, y otras, en tanto, se incorporaron al viaje de mi vida. Perdí comunicación con la mayoría de mis amigos de los días universitarios.
Transcurrieron los años, hasta que gracias, primero, a los correos electrónicos, y posteriormente a las redes sociales, específicamente al Facebook, me reencontré con mi antiguo amigo, quien ya navegando en otra orilla -la del tiempo-, me pareció más grandioso, bueno y sabio. Percibí su alegría al entrar en contacto conmigo.
Ambos, al reencontrarnos, compartimos algunos capítulos de nuestras existencias. Le comenté que estaba escribiendo una obra sobre historias de familias y personajes de antaño, para lo cual solicitaba a la gente me refiriera anécdotas de sus antepasados y aportara, de ser posible, copias de fotografías y documentos antiguos, y él lo hizo con mucho gusto y evidentemente con la expectativa de leer, algún día, el relato dedicado a sus antecesores. Continúo con la redacción del libro, del cual llevo alrededor de 30 capítulos porque avanzo conforme la gente me aporta información de sus antepasados; sin embargo, un día lo publicaré y orgullosamente aparecerán, en uno de los capítulos, las fotografías con las historias que me narró Jorge.
En agosto de 2014, cuando presenté mi libro “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, lo anuncié en mi página de escritor y periodista de Facebook, y fue Jorge Palafox Terán quien me dio la bienvenida y comentó que ya se me extrañaba. Pidió que le platicara sobre mis nuevos proyectos. Así lo escribió: “Santiago, ya se te extrañaba. Cuenta qué estuviste haciendo, qué proyectos nuevos traes y qué pasó con los que estaban en proceso. Bienvenido, Santiago. Un abrazo”.
Le envié algunos mensajes privados para comentarle acerca de los avances de mis trabajos literarios y periodísticos. Sabía que era un hombre en el que se podía confiar plenamente. En su cuenta de Facebook descubrí que sus alumnos lo adoraban y que siempre estaba al tanto de sus amigos cuando enfermaban e incluso morían. Fue, pienso, un hombre de detalles.
Presiento que formar parte de sus alumnos, hubiera sido un privilegio y representado la oportunidad de aprender y compartir grandes momentos; pero fui su amigo y experimentamos algunos capítulos dentro de la fugacidad de la existencia. Eso, hay que admitirlo, enriqueció nuestras vidas y siempre nos identificará, independientemente del sitio en que estemos cada uno.
Hace meses, el 29 de septiembre de 2014, leí un mensaje en el que solicitaba oraciones a todos sus amigos. Así lo escribió: “espero sus oraciones”. Me pareció un texto extraño. Le envié un mensaje privado que ya no contestó, pero al que seguramente, de haber podido, le hubiera dado respuesta con las palabras de amigo que sólo él sabía pronunciar. Generaba confianza porque su amistad era auténtica. Fue un ser humano que dejó huellas indelebles para que otros, los que caminan atrás, las descubran y sigan. Supo quitar la enramada y la piedra del camino. Su recuerdo siempre brillará como lo hacen, cada noche, los luceros que contemplo desde la ventana de mis recuerdos más dulces. Gracias, Jorge Palafox Terán, por tu amistad, tus consejos y tu grandeza de ser humano. Fue un honor ser tu amigo.

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