Tiempo de evaluación para los michoacanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es innegable que quienes saben interpretar los signos de la hora contemporánea, reconocen que durante casi todo el siglo XXI -al menos los últimos 13 años-, los habitantes de Michoacán han tenido diputados, funcionarios públicos y políticos que, en su mayor parte, no solamente han demostrado falta de compromiso e incapacidad para legislar y gobernar con resultados, sino han protagonizado escándalos y endeudado al estado a niveles alarmantes y en ciertos casos con sospechas e indicios de corrupción, desviación de recursos y abuso de poder.
Todos los partidos políticos han tenido oportunidad de demostrar sus verdaderos rostros ante las circunstancias y los desafíos; sin embargo, la mayoría de los personajes públicos no han presentado resultados que satisfagan a las mayorías, a miles de familias que hoy, como hace casi década y media, enfrentan el costo de coexistir en una entidad que se desmorona y es saqueada descaradamente sin que haya justicia y legalidad.
De 2002 a la fecha, el balance para los michoacanos es desastroso: corrupción, tráfico de influencias, obras inconclusas e inexistentes, impunidad, leyes pobres, ausencia de rumbo, inseguridad, desempleo, falta de inversiones productivas, desorden, abuso de autoridad en unos casos y complacencia en otros, escándalos, incremento de la pobreza, especulación, gabinetes inestables, endeudamiento excesivo por parte de las administraciones estatales, quiebra de empresas, conflictos, problemas con las finanzas públicas y descontento social.
Ante tal escenario, que hace un año obligó al Gobierno Federal a incursionar en el rescate del estado de Michoacán, en un juego de ambigüedades, claroscuros y simulaciones, este mes, el de enero de 2015, inició la carrera de lo que pronto se transformará en campañas proselitistas y contienda electoral para renovar alcaldías, legislaciones locales y federales y gubernatura.
Es la hora de abrir la carpa. Ahora sí, funcionarios públicos y legisladores con aspiraciones políticas, interesados en obtener el sufragio ciudadano, están renunciando a su amnesia voluntaria para recordar que son seres humanos, como todos, y necesitan, por lo tanto, convencer y generar confianza y simpatía para que la gente, a la que llaman pueblo, vote por ellos.
Como el hijo pródigo que regresa a la casa solariega o el hombre pendenciero y vicioso que retorna al hogar con la promesa de que todo cambiará porque se ha reformado, los partidos políticos abren los brazos con la idea de que sus candidatos son los mejores y resultarán aclamados y electos por la población que carece de memoria y muchas veces de dignidad; pero hay que analizar, como prueba, la clase de legisladores, funcionarios y políticos que abundan. Son una vergüenza.
Nadie cree en los partidos políticos, y amplio porcentaje de las figuras que han empezado a reaparecer en el escenario son los mismos de siempre y ya no tienen el respaldo popular. Son pocos los hombres y mujeres que se han distinguido por su trayectoria de trabajo, honestidad y resultados. A los otros, tendrán que fabricarles su nueva imagen, como si eso repercutiera en los cambios sustanciales.
Habrá que acostumbrarse, en el lapso de los siguientes meses, a que la instancia estatal no tendrá capacidad financiera para pagar los adeudos que irresponsablemente contrajo con sus proveedores, aunque sí para premiar a sus funcionarios que perciben salarios insultantes para la colectividad, al mismo tiempo que los recursos económicos fluirán para que ellos, los políticos, desarrollen sus campañas con promesas que probablemente no cumplirán.
El escenario es el mismo de siempre. Los políticos, al llegar al poder o renovar su estancia en el mismo, únicamente cambian de disfraz, aseguran sus intereses, favorecen a sus familiares y amigos, prostituyen la legislación y la justicia, diseñan estrategias y proyectos ajenos a las aspiraciones y necesidades de las mayorías, aplican impuestos fuera de la realidad, empobrecen a la población, se dan palmadas o de plano se culpan entre sí de las desgracias sociales y financieras, establecen alianzas con grupos nocivos y saquean, como siempre, al estado de Michoacán.
Tales personajes dedicarán los próximos meses a pronunciar discursos demagógicos, apoyarse en programas sociales, difundir rumores, destacar lo que consideran sus logros en tareas anteriores, aparecer en los medios de comunicación y ofrecer cambios a los problemas que ellos propiciaron o de los cuales fueron cómplices.
No solamente hay que recordar, como sociedad michoacana, los terribles últimos 13 años de gobiernos corruptos e incapaces de dirigir el rumbo del estado, mantener la estabilidad y presentar resultados, como es obligación de todo funcionario y político; también habría que rescatar de la mente el populismo y la mediocridad de la administración estatal de los 80, el período de enfrentamientos entre militantes de partidos y los mandatos interinos tan nefastos.
Mientras los michoacanos aplaudan a los señores y señoritas con caras “bonitas”, permitan que los seduzcan con tortas y programas públicos y de carácter social, se conduzcan y tomen decisiones por emotividad y limosnas, se atoren en los distractores que fabrica la parte oficial, reconozcan a los funcionarios y políticos por gestiones o acciones que por obligación deben llevar a cabo y se entretengan en futbol, telenovelas, facebook y whats app, definitivamente continuarán adormilados y la élite del poder seguirá abusando, enriqueciéndose y hundiendo al estado.
Ahora corresponde a la población de Michoacán castigar a los funcionarios públicos y políticos con el voto, y no absteniéndose de acudir a las urnas porque es una idea aberrante con peores resultados, sino eligiendo a los que verdaderamente han demostrado capacidad y transparencia. En este aspecto ya no debe haber lealtad a un partido o líder porque ya en el poder han demostrado sus verdaderas intenciones. Hay que comprometerlos y presionarlos para que cumplan. Una torta, una pantalla, una gestión o una promesa de empleo o cambio no deben comprometer el voto ni el presente y futuro de Michoacán. Entre la bolsa de candidatos que durante el lapso de los siguientes meses ofertarán los partidos políticos, seguramente habrá personajes que merezcan la oportunidad de demostrar que pueden legislar y gobernar en beneficio de Michoacán.
El poder de sufragar es como el dinero. Un consumidor tiene la decisión de castigar a un comerciante, prestador de servicios o fabricante que ofrece mala atención, falta de calidad y precios inadecuados; lo mismo se puede hacer con el voto. La palabra y determinación serán de los michoacanos, quienes demostrarán si ya aprendieron la lección histórica o si seguirán optando por el lodazal en que se encuentra su estado. Se aproxima la hora de la evaluación para Michoacán, principalmente en una etapa en la que la corrupción, la incapacidad de gobernar, el cinismo, la falta de respuestas oportunas e inteligentes y la impunidad parecen dictarse desde las más altas esferas de poder en México y ser una moda.

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