¿Quién me recordará?

La magia de la fotografía familiar y social

Al entrañable recuerdo de Neto, Carmelita, Mago, Ceci y Javi

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, a cierta edad o en determinada etapa, se transforma en arqueólogo, coleccionista, recolector de la gente y las cosas del ayer, de los recuerdos, de los signos que alguna vez formaron parte de la existencia y le dieron sentido, hasta que los consumió la fragilidad de los años.
Al mirarse uno al espejo a cualquier edad, comprende que la caminata de las horas deja huellas indelebles en el rostro y modifica, por no decir que trastorna y desfigura la apariencia, hasta volverla irreconocible.
Dentro del proceso natural de madurez o envejecimiento en todo ser humano, quizá haya quien cierto instante de nostalgia se pregunte: “cuando yo ya no exista en este mundo, ¿alguien me recordará?”
El álbum de las fotografías familiares, la caja con los retratos amarillentos que contiene personajes atrapados un día del ayer o la computadora que almacena la gigantesca colección de imágenes digitales, seguramente responderán con acierto: “nosotros haremos que te recuerden mañana, en la posteridad, incluso muchos años después de que ya no te encuentres en el mundo”.
Siempre hay alguien en las familias, entre los grupos de amigos -el extraño del vecindario-, que conserva los retratos y documentos de los abuelos, de los antepasados, y reúne y colecciona, cual anticuario insaciable, las anécdotas e historias de antaño. Son los hombres y las mujeres que revivirán los recuerdos, las imágenes del pasado, a pesar de que para muchos signifique pérdida de tiempo y tarea ociosa, porque es innegable que también habrá quien alguna vez, en el presente o futuro, pregunte e indague.
Desde la primera fotografía que se mostró a la humanidad, en la decimonovena centuria, hasta las que se obtienen digitalmente en la hora contemporánea, se trata de documentos que cautivan, acaso porque reproducen y estampan los rostros, las expresiones de la gente, captados durante momentos fugaces.
A partir de la primera mitad del siglo XIX, la fotografía ha acompañado a los seres humanos en los acontecimientos más importantes de sus vidas, y lo mismo las hay históricas, testimoniales, periodísticas, familiares, científicas, sociales, técnicas, mercantiles y artísticas, entre otros conceptos. No obstante, los retratos familiares y sociales, que son a los que hoy nos referimos, se atreven a irrumpir la cabalgata del tiempo, a mezclarse entre un segundo y otro, a robarles a los minutos pasajeros la exclusividad, a meter el pie en la rueda de la carreta presurosa, a detener los días y los años para captarlos y plasmarlos en imágenes que más tarde uno mirará para recrearse, compartir y recordar.
Así, al paso de los años, uno da vuelta a las páginas del álbum y examina las fotografías amarillentas de los tatarabuelos o bisabuelos, los rostros de los abuelos, la infancia de los padres y hermanos, las expresiones de los parientes y amigos, los claroscuros de la vida familiar y social.
Evidentemente, para ser recordado se necesita dejar huellas en las vidas de otros, hacer algo diferente, influir en los demás, ser ejemplo; sin embargo, desde la perspectiva del documento y los sentidos, ¿no acaso la fotografía asoma por las ventanas de la existencia y se convierte en fiel compañera que después será constancia de nuestro paso por el mundo?
Basta con hacer un paréntesis dentro de la vorágine de la cotidianeidad para recordar las imágenes de los seres amados y los momentos irrepetibles; sin embargo, una fotografía, por vieja que sea, siempre ayudará a rescatar dentro de la buhardilla de la memoria y del corazón a quienes alguna vez nos acompañaron durante nuestra jornada existencial. Eso es todo. Por lo demás, la vida continúa.