Niño Jesús ciego de La Merced

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aquí y allá, en un rincón y en otro, las campanas de bronce, ya centenarias, ancianas e irreconocibles cual abuelas con tantas historias en la memoria e incontables recuerdos en el corazón y el ropero de la nostalgia, son agitadas desde temprano, cuando los pájaros, refugiados en las frondas, trinan y mezclan sus notas con los tañidos que despiertan al caserío somnoliento de cantera.
Como en horas virreinales, cuando Valladolid era ciudad pintoresca, ellos, los moradores del centro histórico de Morelia, en su mayoría ya envejecidos por los años repetidos que se han acumulado en sus cabezas, acuden puntuales a las capillas con aroma a copal e incienso, a las iglesias vetustas de piedra con imágenes y óleos de santos atormentados y entristecidos.
Son templos antaño labrados por indios, nativos desarraigados forzosamente de sus pueblos, de sus terruños, quienes heredaron de sus antepasados, los constructores de adoratorios y pirámides, el oficio de la cantería.
Es momento, entonces, de transformarse en caminante, salir muy temprano, quizá, de una de las casonas de piedra con arcadas, balcones con herraje forjado y portón de madera, para trasladarse, antes de desayunar, al templo de La Merced, que los mercedarios iniciaron en los años de la decimoséptima centuria y concluyeron en el siglo XVIII.
Bien abrigado, el paseante transitará por los típicos y hasta románticos portales morelianos, desde donde contemplará las torres de la catedral barroca con sus campanarios y las antiguas mansiones palaciegas, apenas acariciadas por los primeros rayos matinales que juegan con el frío y la llovizna.
Llegará a la fachada principal de La Merced, que data del siglo XVIII, al estilo churrigueresco y que contrasta con la portada lateral de una centuria anterior, de tipo manierista, y cruzará con emoción el umbral, descubriendo en un nicho la imagen colonial, la escultura del Niño Jesús Ciego, que parece, en verdad, que el artista que le dio forma la concibió sin ojos; no obstante, existe una leyenda enternecedora y, a la vez, aterradora.
Más allá de creencias religiosas, triste, pero conmovedora es la historia del Niño Jesús Ciego de La Merced, porque si alguien, en los días virreinales, lo hurtó para despedazarlo y arrancarle los ojos de piedras preciosas, abandonándolo más tarde en un paraje desolado de la montaña, el pueblo depositó su fe en la imagen que desde entonces considera milagrosa.
El templo de La Merced, que de acuerdo con algunos estudiosos fue concluido en 1736 y modificado en 1750, es recinto que resguarda la imagen del Niño Jesús Ciego, del siglo XVII. Es su casa, su hogar, su morada, y los otros, creyentes y turistas, lo visitan y contemplan con admiración y algunos hasta con fervor.
Hay quienes señalan que los religiosos mercedarios se establecieron en Valladolid, hoy Morelia, durante las horas de 1604, y que hasta 1751 concluyeron lo que actualmente se conoce como templo de La Merced.
Refiere la tradición, conservada en los archivos del templo de Capuchinas, en Puebla, que el 10 de agosto de 1744, el cielo ensombreció en Valladolid, la capital de Michoacán, registrándose una pertinaz tormenta que ahuyentó a los moradores, quienes asustados buscaron refugio en distintos lugares.
Unos se resguardaron en los portales, mirando con horror el cielo negro y escuchando los truenos amenazantes y apocalípticos; otros, en tanto, entraron a las capillas, a los templos, con la esperanza de recibir protección de los santos de expresiones entristecidas.
Cierto hombre alejado de la fe, se introdujo al templo de La Merced y convulsionado por la ira, pero también por la ambición desmedida, emprendió la destrucción de las reliquias sacras que allí eran veneradas.
Ante el terror de la gente de por sí atemorizada por el aguacero y los relámpagos que rasgaban el celaje ensombrecido, arrebató a la imagen, a la Virgen de las Mercedes, el Niño Jesús, y lo hurtó, huyendo hasta el cerro del Punhuato, al oriente de la ciudad, no importándole empaparse ni los truenos que se propagaban fantasmales.
Los testigos de aquel acontecimiento tan brutal, recordaron, en sus declaraciones, que él, el Niño Jesús, lloraba, mientras el otro, el hombre, el ladrón sacrílego, enfurecía y le arrancaba, al huir, brazos y piernas.
Dio treinta y tres puñaladas a la imagen infantil y le despojó los ojos de piedras preciosas, dejándolo ciego y, además, carente de brazos y piernas. Lo mutiló totalmente.
Aquel día aciago de tormenta, el Niño Jesús quedó abandonado, ciego y lisiado en algún paraje del Punhuato, al oriente de la ciudad de Valladolid, hasta que fue rescatado y enviado al convento de las monjas capuchinas de Puebla, quienes estremecidas y con llanto, recibieron la imagen para restaurarla.
Realmente fue imposible colocarle otros ojos, porque nadie encontró piedras preciosas similares a las que poseía originalmente; entonces, las religiosas decidieron dejarlo ciego, convirtiéndose así en imagen venerada no sólo por aquellas personas que sufren algún padecimiento visual, sino por quienes sienten en su corazón amor y fe hacia el Niño Jesús. Las monjas capuchinas regresaron la escultura a los habitantes de Valladolid, a su morada original, al templo de La Merced.
Paralelamente a esta historia, investigada en fuentes pertinentes, existe otra versión, que es la que se encuentra inscrita en una placa, en el templo de La Merced, a un lado de la imagen que también denominan Niño Cieguito, la cual relata que durante la noche del 10 de agosto de 1744, un hombre perverso ingresó al recinto religioso con el objetivo de hurtar dinero y objetos de valor. Se ocultó y cuando las puertas del templo fueron cerradas, esperó hasta media noche para emprender su fechoría. Subió al altar donde se encontraba la Virgen de las Mercedes, a la que robó sus joyas.
En el momento que despojaba a la Virgen de las Mercedes de las reliquias, escuchó el llanto del Niño Jesús que se encontraba en el brazo izquierdo de la imagen. Temeroso de ser descubierto por el escándalo de la criatura, lo arrebató a su madre y le extrajo los ojos.
No obstante, el Niño Jesús prosiguió llorando, motivo por el que lo introdujo en el costal donde cargaba los objetos sustraídos del templo. Huyó hacia el cerro del Punhuato. Como el pequeño siguió con el llanto, el hombre, irascible, le mutiló brazos y piernas, hasta que finalmente lo abandonó en algún paraje montaraz.
Al paso de los días, el profanador fue capturado por las autoridades y confesó el sitio donde abandonó la imagen del Niño de Jesús. La pequeña escultura fue enviada a los padres mercedarios de Puebla, quienes a la vez pidieron a las monjas capuchinas de San Joaquín y Santa Ana lo restauraran. Según la leyenda, la imagen rehusó tener ojos, ya que si las religiosas le colocaban algunos, al siguiente día amanecía ciego. Lo devolvieron a su recinto de origen, en Valladolid, donde hoy, independientemente de las dos historias narradas y de doctrinas religiosas, los morelianos y turistas pueden conocerlo.
Como testimonio de los milagros que aseguran recibir, los creyentes católicos solían llevar juguetes, ropa y diversos objetos a la imagen infantil expuesta en el templo de La Merced, en Morelia -la antigua Valladolid-, que si un día quedó ciega por la ambición y perversidad de un hombre, tiempo después se transformó en esperanza y luz de mucha gente. Es una imagen a la que se aproximaron rostros, personas del ayer, y también de hoy, como cualquier visitante, en el recinto colonial de La Merced, para contemplarla y conocer su historia. Resulta interesante incluir la visita al recinto para admirar la imagen colonial y los detalles arquitectónicos de la fachada. Es un buen pretexto para caminar por las calles del centro de Morelia y conocer sus rincones, su historia y sus leyendas.

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