Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Su cutis empolvado asoma al lago, donde garzas, patos y pelícanos hunden sus picos para atrapar a los peces que navegan libres, meciéndose en el arrullo del agua rizada por el viento; pero ante la caminata de las horas, la penumbra diluye las siluetas y el espejo acuático devuelve, a cambio, luces de un pueblo somnoliento.

Las callejuelas silenciosas y solitarias, tan acostumbradas al paso de generaciones -hombres y mujeres de sangre purépecha-, duermen apacibles, unidas para siempre en Capacho, al caserío del lago que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”.

Antaño poblada de indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, da posada a Capacho. Y es allá, en uno de los rincones centenarios de la loma, donde surge, igual a la princesa que suspira por los muchos días del pasado, el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, siempre con su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen cual murmullo inagotable.

Él, el Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores, es protagonista de una historia y una celebración anual. Refiere la tradición, extraviada en minutos virreinales, que fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto, resguardado por un pilar de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, determinaron trasladar la imagen a Cuitzeo, pensando que alguien, el dueño, la reclamaría. Transcurrieron las semanas y nadie se presentó como propietario de la figura.

Otra versión oral asegura que fue durante las horas distantes de la Colonia cuando dos personas, uno de Capacho y otro de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado, acordando que una parte del año se le resguardaría en el primer pueblo y la otra, en cambio, en el segundo.

Desde entonces quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de Capacho o de la Expiración en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, a Cuitzeo.

La gente se une a la procesión y camina bajo el sol, entre la campiña y el lago, con oraciones, juegos pirotécnicos y música de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Cristo es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera con intensa fe y algarabía.

Quizá uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Se trata de un relieve misterioso e irrepetible que desde hace más de dos centurias exhibe tres rostros que recuerdan lo que la comunidad católica denomina Santísima Trinidad.

El efecto se lo dio un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman, en consecuencia, tres rostros. Es una trinidad.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen enlazados como los rostros donde se apoya la cruz atrial.

En el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen el eje horizontal con el vertical, surge el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos sangrantes.

También existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Y así, tras la travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que todavía existen muchas historias por desentrañar en pueblos como el de Capacho, arañados por las insinuaciones frenéticas del viento que arrastra aromas y recuerdos del legendario lago de Cuitzeo.

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