Lago de Camécuaro, trozo raptado del edén

A Rocío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las raíces de los ahuehuetes o sabinos añejos asoman a la superficie y forman trenzas que se extienden a la orilla del lago verdoso, donde reposan y presumen figuras caprichosas que cautivan los sentidos y retan a la imaginación, como si alguien, a una hora no recordada, hubiera esculpido los rostros y reproducido las siluetas de la vida en los troncos retorcidos.

Mientras las raíces beben el agua que brota de los poros de la naturaleza, las ramas se inclinan al espejo acuático para maquillarlo de tonalidades verdosas y complementarse con los matices azulados del cielo que refleja su coquetería.

Rincón de ensueño donde el milagro de la vida es palpable. Las burbujas de efímera existencia escapan de la intimidad de la tierra, reciben los ósculos del sol que se filtra hasta el fondo, revientan y se funden en el lago que permanece cual manto edénico en un paraje que recibió de la naturaleza un regalo irrepetible, una pequeña corona dentro de la creación.

A la orilla del lago de Camécuaro, en el municipio michoacano de Tangancícuaro, los troncos emergen y extienden sus raíces hacia la tierra, entrelazadas un día y otro, tejidas durante años incontables, hasta formar nudos y figuras. Son brazos que agarran la tierra, la orilla, para que las otras extremidades, hundidas en el lago, absorban los nutrientes, la vida que pulsa en cada espacio.

Las ramas forman arcos y se extienden en busca, quizá, de un cielo pródigo que les regale calor y lluvia. El café de los troncos, raíces y ramas se mezcla en armonía y maestría con el verdor de las hojas, como si una madrugada un pintor hubiera desbordado su imaginación e inspiración sobre el lienzo para plasmar un trozo raptado del paraíso.

Comparado con los lagos michoacanos de Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, el de Camécuaro parece una miniatura, una muestra de colección, una pintura que salpicó de un mundo mágico, de un vergel. El paisaje es, tal vez, para recordar que existen otras fronteras insospechadas y acaso olvidadas por los reflectores de los aparadores y la cotidianeidad.

Uno camina a la orilla, entre las raíces de los ahuehuetes, en absoluto embelesamiento. La mirada queda atrapada en una forma y otra de los árboles tan mexicanos, pero también en la policromía acuática, donde habitan peces y tortugas que coexisten con patos y otras aves como gorriones y tzentzontles.

El poeta se sienta en una de las bancas tapizadas por las sombras jaspeadas que proyectan las ramas de los ahuehuetes al recibir los besos del sol, y escribe, sin duda, los versos más sublimes; el pintor, observa y al sentir la inspiración de las musas, capta las formas, los colores, la vida que le permite trasladar una réplica del escenario al lienzo; el músico cierra los ojos y escucha los murmullos de la naturaleza, del universo, con la intención de reproducirlos y cautivar los sentidos; el escultor mira las figuras en troncos, ramas y raíces como invitación a reproducirlas en la piedra yerta; los enamorados, en cambio, descubren el coqueteo de las hojas movidas por el aire y los micromundos dispersos cual alfombras en la tierra, cerca de la orilla, o tal vez se toman de las manos y caminan durante horas de ensueño; las familias y los amigos, por su parte, dejan atrás las horas de la rutina y se mecen en el columpio de la convivencia y las diversiones; el trotamundos, quizá, toma fotografías, se lleva copias del espectáculo en su cámara.

Al observar el lago, el caminante descubre, como las flores que un día de antaño se desprendieron y conservaron su belleza y perfume hasta la hora postrera de sus existencias, los nombres de mujeres -Carmelita, Eréndira, Lupita, María, Natalia, Rosario, Teresa- que flotan plácidamente y viajan por el agua verdosa y ondulada por las caricias provocativas e insistentes del viento que arrastra el perfume de la campiña, la fragancia de las montañas, el aroma de las cocinas rústicas.

Evocaciones, poemas, romances, son los nombres femeninos inscritos en las lanchas peregrinas del lago de Camécuaro, que sin duda provocan el suspiro de remeros y turistas. Cada embarcación presume, como el cielo las nubes y las estrellas o el jardín las flores, el nombre de una mujer.

Fieles al más puro mexicanismo, las barcas son mensajeras, portadoras de nombres que recuerdan a la amada, a la que se regala, en un acto de romanticismo, el lago que se maquilla de azul o verde y que reproduce en su superficie ondulada los matices, las tonalidades, las siluetas de la naturaleza, igual que un artista inspirado que con maestría pinta los paisajes más hermosos y paradisíacos. Un día y otro los lancheros hunden los remos en el agua, ofreciendo al aventurero y al turista la emoción de navegar por el legendario lago de Camécuaro.

Llevan en el corazón, en la memoria y en sus lanchas la imagen, el nombre de una mujer a quien aman o añoran por haber sido, en el pasado, en las horas de la juventud, su enamorada, y así aprenden a vivir y envejecer en un ambiente lacustre.

Los troncos ancianos y arrugados y las frondas espesas y verdes de los ahuehuetes, de donde provienen cantos de aves de bello plumaje, aparecen dibujados e iluminados en la superficie difusa y efímera del agua que también atrapa las imágenes fugaces y lejanas de nubes caprichosas, rizadas e incendiadas por el crepúsculo primaveral, plomadas por la hora veraniega o rasgadas por el viento pertinaz.

El canto de las aves y los graznidos de los patos, fundidos en un himno de notas impronunciables, se escucha hasta las pequeñas embarcaciones, desde donde los viajeros los distinguen aglomerados en una comunidad silvestre.

En un mundo acuático, peces multicolores intentan mezclarse con carpas, mojarras, truchas y tortugas; experimentan, en la profundidad, la difícil prueba de la coexistencia que finalmente superan porque forman uno con el todo.

Y mientras el aire riza la superficie del lago y forma filamentos con las nubes, el agua que ya ha recorrido las entrañas, la intimidad de la tierra, brota, se fuga por las hendiduras, por los poros, y forma burbujas como un ser que nace y se une al palpitar del universo, de la vida, de la creación.

El burbujeo es inagotable e intenso. Las burbujas, convertidas en perlas transparentes, forman collares y diademas que en un instante se desvanecen. Son como las ilusiones y la vida. Hay quienes aseguran que en el lago de Camécuaro existen mil treinta y siete veneros, y otros, en tanto, que son más de mil 200; pero todos coinciden en que se trata de un rincón que hechiza, que subyuga, porque es, precisamente, fragmento, trozo del paraíso que los ángeles hurtaron para deleite de los moradores de este mundo.

Ya con la aurora, el viajero habrá advertido que el lago es una doncella coqueta y preciosa que a una hora se maquilla de azul y a la otra se pinta de verde, y más tarde, en la noche, se enluta y permite que asomen los reflejos de la luna y las estrellas que alumbran el camino de los trotamundos y las bancas desoladas de los enamorados, acaso para recordar los claroscuros de la existencia.

Allá, en la pequeña isla, los sabinos son monarcas que con su sombra protegen a las tortugas que naufragan o a los patos informales y a los gansos petulantes y cansados de asolear su plumaje brillante.

El viento que proviene de montañas distantes, sopla, arrastra las hojas recién desprendidas de los ahuehuetes y mece suavemente las ramas con aretes y collares de intenso verdor.

Proclives los mexicanos a salpicar la embarcación de la existencia con acontecimientos pintorescos e historias peculiares, el pueblo purépecha almacena en su memoria colectiva el recuerdo del legendario lago de Camécuaro, cuando en los días prehispánicos se desarrolló en aquellos parajes el intenso romance entre un joven guerrero purépecha y una sacerdotisa cautivante, hermosa, que moraba en un templo de Tangancícuaro.

Narra la tradición indígena que el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de los dioses de barro y piedra, y el hombre de interminables aventuras y batallas, tuvo un desenlace fatal, trágico, porque en su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban ser dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora aciaga, según la creencia popular, los espíritus de ambos enamorados moran en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra leyenda, ya distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco, y que al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

Así, el espíritu de la doncella purépecha habita en lo más profundo del lago de Camécuaro, que en lengua indígena significa “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que ella, la joven desafortunada, desea un hombre, un ser del sexo masculino, sin importar su edad, alguien muere ahogado. Curiosamente, la memoria colectiva registra que sólo una mujer se ha ahogado en el lago de Camécuaro y que todas las víctimas restantes han sido hombres.

El lago de Camécuaro se localiza en el municipio de Tangancícuaro y se encuentra, además, muy cerca de la ciudad de Zamora y de rincones michoacanos como Patamban, la Cañada de los Once Pueblos, el Curutarán y Jacona, entre otros. Convertido en parque nacional, el lago de Camécuaro cuenta, próximos a la orilla, con juegos infantiles y mesas para quienes organizan inolvidables días de campo; también existen establecimientos con venta de comida típica y souvenirs.

Hay que insistir en que de las hendiduras de la tierra emergen collares de burbujas diáfanas, transparentes, que el sol ilumina y el viento desvanece, cual existencias que un día navegan en la aurora y otro en el ocaso. El lago de Camécuaro es trozo que innegablemente falta en el edén, en el paraíso, porque alguien lo robó, en tiempos inmemorables, para colocarlo en un rincón diminuto del mundo. Está en Michoacán, al centro occidente de México.

Actuaciones políticas y cifra vergonzosa en Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando los gobiernos, en cualquier parte del mundo, actúan con impunidad, corrupción e injusticia o en complicidad con quienes dañan a la sociedad, surge la interrogante sobre si deben permanecer en el poder o dimitir, independientemente de su legitimidad, porque si no funcionan ni son capaces de garantizar las condiciones mínimas para propiciar y mantener orden, desarrollo y estabilidad, sólo representan gastos onerosos para la población que contribuye con sus impuestos al presupuesto público y a mantenerlos e incluso, en algunos casos, enriquecerlos.

Si México ha perdido credibilidad y ofrece una imagen negativa ante la comunidad internacional, principalmente por la corrupción e incapacidad de gobernar por parte de no pocos funcionarios públicos y políticos, Michoacán, entidad que se localiza al centro occidente del país, es una de las zonas que registra mayores problemas y rezagos, a pesar de sus recursos naturales y minerales, de su acervo cultural e histórico y de su ubicación estratégica y privilegiada.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX, el emperador Maximiliano de Habsburgo escribió en una de sus misivas: “en Morelia, la ciudad más peligrosa y políticamente más difícil del imperio, fui recibido con un entusiasmo que todavía no he visto nunca en mi vida; apenas si podía avanzar con mi caballo y cuando me apeé, la multitud casi me ahogaba. Es un pueblo inflamable y, por eso, también peligroso”; sin embargo, ese ánimo tan incendiario que ha caracterizado a los michoacanos, se ha encauzado negativamente a través de los años, al grado de que ciertos grupos han aplicado fórmulas que les ayudan a apoderarse de espacios públicos, ejercer presiones sociales, generar conflictos e influir en las decisiones oficiales para obtener prebendas.

Desde hace 13 años -casi década y media-, dentro de los mandatos gubernamentales de Lázaro Cárdenas Batel y Leonel Godoy Rangel, junto con el actual período estatal que tuvo como titulares del Ejecutivo a Fausto Vallejo Figueroa y Jesús Reyna García, y hoy a Salvador Jara Guerrero, los excesos de todo tipo se han incrementado considerablemente en perjuicio de incontables familias michoacanas de diferentes clases sociales.

Estos días, cuando el actual Gobierno de Michoacán demostró ausencia de sensibilidad social e incapacidad para escuchar las demandas de padres de familia, contempladas en las leyes y las llamadas reformas estructurales que tanto presume el presidente Enrique Peña Nieto, aunado a la falta de autoridad y energía para sancionar a los normalistas que han secuestrado autobuses y provocado caos en Morelia, uno se pregunta cuál es la función de las autoridades y si los candidatos que próximamente aparecerán en el escenario para invitar a los ciudadanos a votar por ellos, actuarán con similar irresponsabilidad en cuanto inicien sus respectivas gestiones.

Resulta aconsejable que los michoacanos hagan un paréntesis con la intención de analizar la clase de gobiernos estatales y legislaciones que han tenido de 2002 a la fecha -casi todo el lapso del siglo XXI arrojado al cesto de la basura- y la clase de políticos y funcionarios que desean, independientemente de los partidos a los que pertenezcan, para que asimilen las lecciones, recapaciten, elijan los mejores perfiles y les exijan resultados en beneficio de la colectividad.

Quizá las autoridades estatales que actualmente gobiernan Michoacán, piensan que “van de paso” y no tienen obligación de cumplir, sobre todo porque son interinas y los nombramientos les llegaron como quien obtiene el premio mayor de lotería sin comprar la serie -hay que contabilizar el número de asesores, secretarios técnicos y otros recomendados que ganan sueldos ofensivos y no sirven para nada en las dependencias públicas-; no obstante, aunque no les tocó andar en campañas políticas, tomaron protesta y juraron cumplir las leyes. Tienen la obligación de gobernar con rectitud, no de evadir responsabilidades.

Resulta lamentable que desde hace 13 años, ninguno de los gobiernos estatales que han transitado sin mayor aportación al desarrollo de Michoacán, no haya impuesto legalidad y orden en el caso de los profesores “democráticos” que causan desmanes y de los normalistas que secuestran autobuses y perjudican a la población.

De acuerdo con declaraciones recientes del líder de la Cámara Nacional del Autotransporte de Pasaje y Turismo en Michoacán (Canapat), Arcadio Méndez Hurtado, los propietarios de líneas de autobuses en el estado han acumulado más de cinco mil denuncias penales sin respuesta desde 2012 a la fecha, precisamente por daño y secuestro de camiones por parte de estudiantes normalistas.

El también presidente del Consejo Coordinador Empresarial de Michoacán, refirió que de nada sirven las denuncias penales porque las autoridades no actúan conforme a sus obligaciones; además, cuando aprehendieron a diversos normalistas por incendiar autobuses, pronto fueron liberados. No hay castigo para quienes infringen las leyes.

Cualquier capitalista entiende el malestar de los propietarios de líneas de autobuses, pues se trata de inversiones millonarias y pérdidas incuantificables. Increíble, más de cinco mil denuncias penales acumuladas y sin respuesta por parte de las autoridades estatales. Ni las autoridades cumplen sus funciones ni los diputados locales legislan para regular marchas y plantones, desde luego sin coartar el derecho de expresión, y castigar con penas severas a los infractores que roban y destruyen las cosas ajenas. En cuanto al otro poder, el Judicial, parece estar formado por una casta de deidades. Realmente no hay autoridades estatales en Michoacán que sean ejemplo en el ejercicio de gobernar.

Por cierto, el presidente de la Cámara Nacional de Autotransporte de Carga en Michoacán (Canacar), Roberto Yáñez Aguilar, manifestó, también recientemente, que a las autoridades estatales les falta energía para actuar contra quienes secuestran autobuses y bloquean calles y carreteras.

Con tales acciones, propiciadas generalmente por normalistas y profesores “democráticos”, los autotransportistas de carga entregan con retraso la mercancía que transportan y son sancionados por las empresas que requieren sus servicios o definitivamente enfrentan la cancelación de los contratos.

En tanto, el líder de los Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico de Morelia (Covechi), Alfonso Guerrero Guadarrama, ha declarado que cada plantón representa pérdidas entre 1.5 y dos millones de pesos por día, y que cuando las marchas son multitudinarias, el quebranto es mayor, con el consecuente riesgo de pérdida de empleos e inversiones, equivalente a inestabilidad social. En 2013, cerraron 150 negocios en esa zona de la ciudad; en 2014, 78; en el lapso de 2015, lo han hecho 14 negocios. La principal causa del quebranto de establecimientos de comercios y servicios en el centro histórico de Morelia, ha sido, según el dirigente empresarial, por las manifestaciones y los plantones.

Hay que recordar que en promedio se realizan 2.2 marchas diarias en Morelia, muchas de las cuales, por cierto, podrían evitarse si los funcionarios públicos asumieran su responsabilidad y se dedicaran a trabajar; otra parte, en tanto, son organizadas por grupos con intereses bien definidos, como los normalistas y maestros “democráticos”, quienes perjudican a la sociedad con sus movimientos.

Es vergonzoso que en Michoacán las autoridades no puedan o no quieran cumplir las obligaciones y responsabilidades que les marcan las leyes, por incapacidad, conveniencia, intereses o complicidad. Lo cierto es que en menos de década y media, los propietarios de líneas de autobuses han presentado poco más de cinco mil denuncias penales por secuestro y daño a las unidades, sin obtener respuesta.

Sería interesante conocer la opinión al respecto por parte de los candidatos a la gubernatura del estado de Michoacán. ¿Ofrecerán alguna solución? De ser así, ¿cumplirán sus promesas o se olvidarán de la sociedad a la que se deben para gobernar con abusos, impunidad, excesos e impunidad? ¿Qué harán los aspirantes a la legislatura local? De todos los candidatos que próximamente criticarán, pronunciarán discursos, declararán a la prensa y ofrecerán cambios sustanciales, ¿se encontrarán los que verdaderamente se comprometan con el desarrollo integral de los michoacanos?

Norma

A Norma y todas las mujeres que han sufrido un acto de brutalidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escuchó el golpe de la puerta metálica. En el lapso de unos segundos, Jorge aparecería por las escaleras, quizá con el mismo rostro de todas las noches, con la descortesía que había mostrado desde el primer día de su matrimonio, con sus actitudes silenciosas y de desprecio; no obstante, Norma estaba segura de que aquella fecha resultaría significativa en sus existencias porque le daría una noticia a su marido que sin duda los convertiría en una pareja estable y feliz.

La cercanía de los pasos por los últimos peldaños de la escalera, provocaron desasosiego en Norma, quien junto con los latidos acelerados de su corazón, experimentó ideas y sentimientos contradictorios, acaso porque Jorge, su esposo, era un hombre adusto e irascible del que nunca se sabía su reacción ante diferentes circunstancias.

Norma revisó, por último, la pequeña mesa que había colocado en el vestíbulo que comunicaba a las dos habitaciones, la cocina y el cuarto de baño. Todo estaba bien dispuesto -mantel, velas, platos, copas, vasos, servilletas, flores, jarra, cubiertos, tazas-; al parecer solamente faltaban ellos, Norma y Jorge, sentados muy cerca, tomados de la mano, mirándose a los ojos, con música instrumental de fondo, haciendo planes para el futuro tan próximo.

Las velas, el sabor de la comida, la esencia del vino tinto, la música instrumental, las flores y el ambiente romántico se transformarían en cómplices de Norma. Jorge comprendería, entonces, que tenía ante él una mujer, una dama, un ser humano capaz de dar todo a cambio de una sonrisa, un beso o una conversación. Lo amaba tanto que nunca le había recriminado las condiciones de miseria en que vivían.

Casi al acto, apagó la luz y prendió el aparato reproductor de sonido. Las dos velas alumbraron el semblante de Jorge, quien apareció por las escaleras con la mirada desencajada y dando manotazos en el barandal. Preguntó, a gritos, el motivo por el que ella, su esposa, había instalado una mesa a unos pasos de la escalera, en un ambiente que calificó como de romanticismo anticuado y ridículo.

Ella lo abrazó como quien intenta reconciliarse, con la diferencia de que nunca lo había ofendido ni maltratado. Lo invitó a ocupar su silla. El hombre, impaciente, preguntó de qué se trataba ese asunto y argumentó que estaba fastidiado, que deseaba dormir más que presenciar actos cursis, que le preocupaba el dinero derrochado en cena y vino, que su proyecto de vida era diferente.

Norma lo besó nuevamente y fue a la cocina por el espagueti que había preparado durante la mañana. Lo sirvió con esmero, como también lo hizo con el vino tinto que había comprado en la tienda departamental, “de muy mal gusto y pésima marca”, dijo el esposo.

Jorge soslayó el rostro feliz y radiante de Norma. La mano femenina, inexperta en brindis, tomó la copa e intentó rozarla con la del hombre, quien le exigió que eliminara la música instrumental, apagara las velas y prendiera la luz eléctrica, orden que la mujer no acató porque de inmediato mostró un sobre con el membrete de un laboratorio clínico, del que sustrajo los resultados de un examen de embarazo.

Estaba embarazada. Sí, Jorge y Norma serían padres de un hermoso bebé. Había que preparar una de las habitaciones, comprar cuna, bañera, pañales y muchas cosas más. Tendrían una criatura que alegraría la casa y contribuiría a dar sentido a los días de sus existencias. Su hogar se convertiría en pequeño mundo. El bebé requeriría atención, cuidado y amor de sus padres.

Las facciones de Jorge lo transformaron en quien verdaderamente era, en el hombre violento que gritó y jaló el mantel de la mesa para derribar alimentos, velas y vajilla. Arrebató los documentos clínicos a la mujer y los despedazó, advirtiéndole que no deseaba un bebé, que no se sentía preparado para ser padre, que no la amaba y que no estaba dispuesto, en consecuencia, a compartir su vida con ella y con una criatura.

Arrojó la silla por las escaleras, aventó la mesa contra el aparato de sonido y pisoteó los trozos de papel, los fragmentos de la loza con residuos de comida, hasta que llegó a ella, a Norma. La sujetó de los hombros y le reclamó por el embarazo inesperado, por la desagradable sorpresa, por el romanticismo grotesco, por su estilo de vida, por la comida insípida, por formar parte de su existencia, por dilapidar los exiguos recursos económicos en una cena innecesaria.

La mujer suplicó compasión y pidió una oportunidad para ser felices, preparar el nacimiento de su bebé, convertirse en padres amorosos; sin embargo, el hombre la empujó contra el barandal que le lesionó la columna vertebral. Cayó al suelo, entre los escombros de su fugaz cena romántica, y él, fuera de sí, la pateó e insultó hasta que provocó que rodara por los escalones. Todo fue tan rápido e inesperado, que el telón de la vida y la noche parecieron desprenderse y cubrir a la mujer.

Entre la aurora y el ocaso únicamente existen algunos instantes fugaces. La vida y la muerte sólo están separadas por un hilo muy delgado, por una cortina tan fina que parece imperceptible a los sentidos. Norma conoció las fronteras del anochecer, las caricias de la muerte, porque el bebé que esperó con tanto amor e ilusión, el “producto”, como le llamó Jorge, no culminó la experiencia del nacimiento, perdió la oportunidad de enfrentar el gran milagro y acontecimiento de la existencia.

Junto con su bebé y sus órganos reproductivos, algo murió en Norma. Las flores, el sol, la lluvia, los arcoíris, las estrellas, todo perdió significado en su vida. No pensó más en veladas románticas ni en mecer el cunero con amor maternal; tampoco la música le expresó los sentimientos de antaño ni se columpió en sus sueños e ilusiones de mujer enamorada.

La caminata de los años, siempre impostergable e indiferente a la historia de los seres humanos, continuó su rutina, su marcha, su contrato inviolable. Norma retornó a la casa solariega, donde se recuperó físicamente y decidió ayudar a su madre en el pequeño negocio; mas el recuerdo de un proyecto inconcluso, de una vida trunca, de una noche de romanticismo frustrado, se repitió siempre, al despertar y al dormir, durante el alba y en el ocaso.

Norma, a quien conocí desde los años de la adolescencia, miró su vida desmoronarse. Un día, cada vez en una orilla más distante, nos reencontramos y me citó en un restaurante para relatar su historia dramática. Me tomó las manos y lloró. Sentí no el calor de sus otrora manos juveniles, cuando caminábamos de la escuela a su casa o jugábamos basquetbol, sino el frío de su piel, de su sangre, de su ser que extrañaba, no lo dudo, un rostro infantil que no se formó, una sonrisa inocente que nadie miró, un balbuceo que no fue escuchado, un proyecto de vida que recibió desprecios y fue mancillada.

Aprendí, entonces, que el milagro de la vida es tan grande, que nadie, por más poderoso que sea, tiene derecho de apagarla. Me pregunté con dolor por qué los seres humanos, si son hermanos, si están tan lejos unos de otros, se causan daño, se odian tanto. Más allá de los discursos que pronuncian quienes abanderan las causas de las mujeres maltratadas y que en eso queda, en palabras, en declaraciones periodísticas, en fotografías, en poses, nadie debe humillar ni maltratar a otros.

Una vida se apagó en el vientre de Norma y otra, la de ella, quedó condenada al sufrimiento, a las ilusiones despedazadas, a perder la oportunidad de dar vida y convertirse en luz. Norma demostró valentía y se enfrentó a los retos que se presentaron durante los años de su existencia y aunque continuó protagonizando su historia, quedó en el fondo de su ser la resignación de haber perdido el derecho de ser madre. Hablé con ella, en el restaurante, esa tarde veraniega, y se comprometió a sonreír y aconsejar a otras mujeres, en honor de su bebé, para que nadie las encadene con los eslabones de los celos, la incomprensión, el odio, los insultos y la violencia, porque la vida, el respeto y la libertad son patrimonio intocable de cada ser humano. Indudablemente, en la ciudad donde vive se dedica a aconsejar y ayudar a otras mujeres. No lo sé, pero tengo la certeza de que con su experiencia y madurez, alumbra el camino de quienes necesitan un ejemplo, seguir las huellas y contar con un estímulo para romper las ataduras y respirar el viento de la libertad.

Anna Grechishkina

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Conoce la soledad del desierto, con sus días ardientes y sus noches heladas, bajo una bóveda estrellada y cerca de una fogata que apenas alumbra y disipa las ansiedades y los temores que provocan los animales y que solamente experimentan quienes se han aventurado a andar por los caminos y rincones más recónditos del mundo; también ha transitado por los sitios con maleza, las ciudades cosmopolitas, los pueblos pintorescos, las carreteras, los caminos y las aldeas. Es trotamundos. Recorre el mundo en motocicleta.

Ha percibido los signos del hambre y el dolor de la humanidad, ha probado el cáliz de la desolación y muerte que dejan las guerras, ha sentido el pulso del odio entre los pueblos, que contrastan, afortunadamente, con la misericordia de una mano hermana que alivia el sufrimiento, la mirada amiga que comprende la tristeza y las palabras que alientan y dan esperanza. Sabe, por sus experiencias de viajera, que la vida es multiforme y presenta claroscuros.

Nació en Ucrania, país que se localiza al este de Europa y que colinda con Rusia, Bielorrusia, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumania, Moldavia y los mares Negro y de Azov; no obstante, para ella, Anna Grechishkina, las fronteras sólo existen en los mapas y en las mentes de las personas, porque la humanidad es una mezcla de razas y creencias, una gran hermandad que no conoce límites.

Hace un paréntesis dentro de su incansable travesía por el planeta. Es de noche. Refiere que la mayoría de los seres humanos tienen sentimientos nobles y que cuando determinadas personas actúan mal, definitivamente se debe a la falta de educación. Está convencida de que los problemas de la humanidad se resolverán conforme hombres y mujeres accedan a la escuela y reciban formación integral. Reconoce que el amor y la educación son fundamentales para que la gente ascienda los peldaños de la gran escalera que es la vida.

Desde su concepción, las razas y creencias no son impedimento para que prevalezcan el amor, la paz y el respeto entre las personas. Ella cree en una hermandad universal. Los colores, las fronteras y los límites son impuestos por los prejuicios, la ambición y el odio. Ella lo sabe muy bien.

Es una soñadora que desde la infancia ha andado aquí y allá, en un lugar y en otro, porque al viajar, al recorrer un pueblo, una ciudad y tantos sitios, da un sentido pleno a su vida. Y es que las experiencias ajenas a lo cotidiano, a la rutina, son las que enriquecen los días de la existencia.

Un reducido número de seres humanos cumplen sus sueños, materializan sus aspiraciones y se dedican a lo que les agrada, como ella, Anna Grechishkina, quien no sólo realiza desde hace año y medio su proyecto de viajar por el mundo, en motocicleta, sino comporte experiencias con la gente, conoce la realidad de los pueblos y se involucra en su cultura.

Aún dispone de año y medio para recorrer el mundo en su motocicleta, su fiel e inseparable compañera de incontables andanzas. Sus contactos, en cada país, son los miembros de los clubes de motociclismo, quienes algunas veces le ofrecen alojamiento en sus casas y otras ocasiones, en tanto, la acompañan en determinados caminos.

Hasta el momento lleva 70 mil kilómetros recorridos y aún le faltan otros 70 mil para cumplir la meta de 140 mil. Lo mismo ha transitado por Australia que por Siria, las naciones islámicas, Europa, Singapur, Estados Unidos de Norteamérica y México.

Al concluir su jornada, pretende escribir un libro sobre sus experiencias y ofrecer conferencias con el objetivo de que la gente -hombres y mujeres- comprenda que los sueños, cuando se trazan correctamente y se lucha por conseguirlos, se transforman en realidad.

Tiene interés en dirigir pláticas a mujeres para que sepan que no están solas, e inculcarles un espíritu de lucha. Su idea es recalcar a los auditorios femeninos que no sean conformistas, que luchen con dignidad y cumplan sus sueños y aspiraciones.

Ucraniana de nacimiento, es trotamundos y rompe fronteras con su mensaje de amor. Inició el motociclismo a los 10 años de edad. Siempre creyó que la mejor fórmula para conocer el mundo es a través de los viajes, y hoy, en sus años juveniles, está cristalizando su sueño. Es su momento y lo mejor, bien lo sabe, está por llegar porque lo ha propiciado.

Sonriente, afable y sin dejar de acariciar al poodle french del matrimonio de médicos que le brindó hospedaje, Anna Grechishkina admite que de México le atraen la hospitalidad de la gente, la biodiversidad, la gastronomía, la historia y las manifestaciones culturales.

Muy temprano, cuando la neblina aún envuelva los árboles y las casas somnolientas de la ciudad, Anna Grechishkina aparecerá sencilla, con botas, pantalón de mezclilla, playera, chamarra de piel y casco. Subirá a su motocicleta, tapizada de calcomanías y etiquetas de diversos rincones del mundo, prenderá el motor y arrancará hacia rutas insospechadas, donde protagonizará, sin duda, historias que un día platicará ante un auditorio ansioso de cumplir sus aspiraciones. Anna Grechishkina, quien constantemente repite “yo tengo un sueño”, pretende romper barreras para demostrar a otros que es posible vivir plenamente y convertir en realidad los anhelos y proyectos. Si cada día presenciamos el milagro del amanecer, del anochecer, de la vida, ¿acaso no será posible transformar los ideales e ilusiones en realidad?

Carmen Aristegui versus los golpes del autoritarismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando los funcionarios públicos y políticos son incapaces de gobernar con honestidad, inteligencia, justicia y responsabilidad, recurren a prácticas brutales para someter y callar a aquellos que se atreven a señalar sus actos de corrupción, incompetencia e impunidad.

En un país como México, donde la élite política ha desafiado a millones de habitantes y comete abusos y actos de corrupción que la conducen al enriquecimiento excesivo, a su permanencia en el poder y al control absoluto, cualquier persona se convierte fácilmente en víctima si se atreve a denunciar públicamente ese tipo de conductas aberrantes.

Resulta preocupante el hecho de que México retroceda en materias de respeto a los derechos humanos y a la libertad de expresión. Cada día son más las empresas informativas -periódicos, revistas, portales y noticieros de radio y televisión- que se doblegan y ceden a los caprichos de los poderosos, que callan la verdad y practican la simulación. Las noticias son prostituidas ante la voracidad de los empresarios de la información, incluidos gran cantidad de directivos y reporteros que se corrompen, en perjuicio de la sociedad mexicana.

En el caso del ejercicio periodístico, resulta difícil y hasta comprometedor escribir con la verdad porque uno enfrenta desde intereses de los jefes de Información y Redacción, hasta de los directores y propietarios de los medios de comunicación, de manera que desempeñarse con ética y profesionalismo puede ser no una virtud, sino la catapulta para ser reprimido y sepultado.

Los mexicanos cuentan con gran cantidad de medios de comunicación a nivel nacional, pero la mayoría alineados a las políticas gubernamentales porque dependen de convenios y subsidios o sus directivos son corrompidos por los dueños del poder. Hay que conocer sus contenidos para comprender, ipso facto, la clase de medios de comunicación que son. Se entiende que en un país de funcionarios y políticos corruptos, la policía, los burócratas y hasta la prensa también incurren en esas prácticas.

Recientemente, MVS Noticias despidió a la periodista Carmen Aristegui y a su equipo de colaboradores, quienes investigaban, entre otros temas, los relacionados con la llamada casa blanca de la familia del presidente Enrique Peña Nieto, con valor de siete millones de dólares; la mansión del secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso; los nexos de empresas beneficiadas con las licitaciones federales, como el Grupo Higa; y otros asuntos comprometedores para la clase política mexicana.

En una etapa en la que la imagen del presidente Enrique Peña Nieto se encuentra en sus peores niveles en el país y el mundo, junto con la incapacidad para gobernar y enfrentar casos como el de los estudiantes asesinados de Ayotzinapa, los insultantes actos de corrupción e impunidad y temas que indican un retroceso de la democracia y la implementación del autoritarismo, en un marco próximo a la contienda electoral, resulta que MVS Noticias dio un golpe a la libertad de expresión al despedir a Carmen Aristegui y sus colaboradores.

Se trata de un atentado contra la libertad de expresión y, obviamente, una demostración del poder aplastante que tiene la clase política mexicana contra quienes se oponen a sus conductas o no encajan en sus intereses.

Quienes todavía creemos en el ejercicio periodístico pleno, en la libertad de expresión, sentimos una agresión no solamente por parte de MVS, sino de quienes están atrás, de los funcionarios públicos y políticos que pretenden deshacerse de aquellos comunicadores que investigan y les hacen señalamientos puntuales y directos.

En este camino hay muchos oportunistas que aprovechan el tema Carmen Aristegui para rasgarse las vestiduras y defender una libertad de expresión que jamás han practicado; pero quienes son periodistas auténticos, comunicadores éticos y profesionales, saben que es momento de unir las voces con la intención de protestar contra los enemigos de la democracia, la dignidad humana y el derecho a manifestarse.

Como periodista, siento asco y repugnancia por las actitudes de los dueños de MVS Noticias, quienes finalmente decidieron la prostitución de la información a cambio de las delicias de las prebendas; pero experimento preocupación por el sistema político mexicano aplastante que pretende cerrar las ventanas a las libertades para actuar impunemente y ejercer un poder totalitario en perjuicio de millones de mexicanos.

La mano del arte

A Marcela García Quintero y todos los artistas auténticos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La mano que escribe el poema o el relato, parece ser la misma que desliza el pincel con maestría sobre el lienzo, la que pasa una y otra vez el arco en las cuerdas del violín con la intención de arrancarle sonidos o la que esculpe la piedra yerta para darle rostro y vida.

Se trata, parece, de similar esencia. La inspiración del poeta, novelista, pintor, músico y escultor parece surgir de la misma fuente. Es una la musa que los inspira, que los conduce a los océanos inconmensurables de la creación. Como el inventor, todos los artistas son hermanos porque están dedicados a la misma tarea, a sustraer los secretos del universo, a interpretar el pulso de la vida, a plasmar en formas, colores y sonidos los susurros de la creación. El día que mueran, también sucumbirá la humanidad.

Los artistas son los que alumbran, por las noches, mientras todos duermen, la bóveda celeste. Ellos encienden las estrellas que guían los caminos de hombres y mujeres que deambulan por todos los rincones del mundo.

¿Cómo sería el mundo sin colores, palabras, sonidos y formas? ¿Tendría sentido vivir sin la almohada en la que uno, en ciertos momentos, se reclina para escuchar el murmullo universal? ¿Cómo mecerse ante la ausencia del columpio?

Las letras forman palabras similares a las semillas que en una ecuación biológica, dirigida acaso por una mano maestra, lleva a las siluetas y tonalidades de las flores, agitadas por las caricias del viento que se convierten en notas musicales.

Todo, en la naturaleza, en la existencia, en el mundo, en el universo, parece estar dirigido por la batuta magistral, y son los poetas, los escritores, los pintores, los músicos, los escultores, los artistas, quienes mejor interpretan los signos plasmados en las partituras que les obsequian, en un acto de amor, las musas que revolotean ante sus sentidos, en su imaginación, en sus vidas, y que no los abandonan nunca porque quizá, en una hora no recordada, firmaron un pacto para coger la lámpara e ir al frente, iluminar el camino de hombres y mujeres, conducirlos del cunero al ataúd, romper las barreras del tiempo y el espacio y transitar allende las fronteras donde inicia la inmortalidad.

¿Cómo describir a los artistas? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo escalar los peldaños que ellos ya conocen por tratarse de su camino diario? ¿Quién que es no se conmueve con el poema, el relato, los colores mezclados y transformados en una vida, las notas musicales tan idénticas a los susurros del viento? Si la amada, al recibir una flor, experimenta embeleso, ¿qué sentirá al escuchar las voces de los poetas? ¿Qué con el cuadro? ¿Qué con el concierto?

El arte no lo compran todas las fortunas materiales del mundo ni los títulos universitarios; tampoco el poder ni los rostros y cuerpos bellos y de efímera existencia. Es un valor agregado que otorgó una mente maestra a la humanidad. Se podrá llenar un salón de pinturas, de obras maestras, de libros; pero jamás, si no se posee sensibilidad, se tendrá el don de la creación. Habrá quienes rapten las letras, los colores, los sonidos, las formas; mas no la capacidad del arte

Y si la hoja del viento es tan similar a la mano que pasa el pincel aquí y allá, en el lienzo, para crear vida, las olas son, también, el ímpetu del espíritu que compone la música. La lluvia, con sus truenos y el himno del viento, parece susurrar versos o leer textos. Todo, parece, está conectado a una directriz. Ellos, los artistas, pueden ofrecer una multiplicidad de rostros, pero su esencia es la misma.

¿Alguien entregado a las superficialidades, a la rutina, a lo cotidiano, a los apetitos pasajeros, al brillo artificial, al poder, a la belleza temporal de los aparadores y reflectores, comprenderá, al menos, lo sublime del arte? ¿Tendrá capacidad para desentrañar sus insondables secretos? Nadie sabe si algún día, hombres y mujeres de todo el planeta descubrirán que el arte es uno de los caminos que conduce a la inmortalidad; pero es innegable que cuando los escritores, pintores, músicos y escultores se conviertan en especie extinta, la humanidad sentirá una profunda tristeza en su interior y mirará el cielo ausente de estrellas, la campiña sin los perfumes y la policromía de las flores, los cauces de ríos y cascadas secos y con la negación y olvido de sus cantos. Entonces, el papel será hoja; la piedra, dureza informe; el lienzo, tela; la partitura, documento endeble y desierto silencioso. Cuánta monotonía que desencadenará, al final, la muerte. El arte es vida e infinito. No permitamos que agonice el arte a cambio de otras luces de aparente belleza y valor.

Socorro Cisneros, vendedor de fantasías e ilusiones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nadie como él, en su ambiente, conoce mejor la caducidad de la vida, las cosas efímeras que se transforman en añoranzas, quizá porque desde hace casi medio siglo vende colores, fantasías e ilusiones.

De sus 55 años de edad, 46 los ha dedicado a andar en las callejuelas y plazas del centro histórico de Morelia, la capital de Michoacán, con su inseparable “carga” flotante. Su padre se dedicó al negocio de los globos cuando él, Socorro Cisneros, tenía tres años de edad.

Cansado y asoleado, recuerda que inicialmente su padre decidió vender globos en el mercado del barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, negocio al que lo incorporó cuando él tenía nueve años de edad. Renunció al juguete, al recreo, para dedicarse a la venta de ensueños, al comercio, a los negocios de adultos.

Era un niño, como todos, con deseos de jugar y divertirse, y hasta aprender las letras, los números y las operaciones aritméticas en el salón de clases, en la escuela; pero su progenitor lo involucró en el negocio familiar, en la venta de globos. Ese fue el motivo por el que hasta ya grande aprendió a escribir su nombre.

Así, en postrimerías de la década de los 60, en el siglo XX, se convirtió en el niño globero de San Juan, y desde entonces ha acumulado incontables capítulos, unas veces con luces y otras, en cambio, con sombras, cual son los días de la existencia.

De la zona de San Juan, el pequeño Socorro se trasladó al rumbo del templo y ex convento de El Carmen, a unas cuadras de la catedral moreliana. Recuerda que el ex convento carmelita de la época virreinal, hoy sede de la Casa de la Cultura, era terminal de camiones suburbanos conocidos como “flechas”, los cuales iban a diferentes poblaciones y lugares aledaños a Morelia, entre los que destacaban Zinapécuaro.

Entonces, rememora, “éramos tres familias, en Morelia, las que estábamos dedicadas a la venta de globos. Nos conocíamos. Vivíamos en las colonias Obrera y Ventura Puente. Estábamos bien organizados”.

Gracias a esa actividad, la de los globos, hace años logró mantener su hogar, compuesto por su esposa y siete hijos. Por cierto, uno de sus hijos decidió seguir su ejemplo y también es globero. Ya forma parte de la tercera generación de globeros en la familia Cisneros.

Socorro vendía globos entre la catedral barroca y la Plaza de Armas, donde los niños y sus padres lo identificaban con su “carga” lúdica y policromada. Posteriormente se trasladó al costado oriente de la catedral de origen virreinal, a la Plaza Melchor Ocampo, donde los globeros y fotógrafos resintieron económicamente la cancelación de confirmaciones dominicales por parte del actual arzobispo. “Esa medida afectó nuestros ingresos Acabaron el negocio de los fotógrafos, mientras nosotros, los globeros, quienes cada día somos más, buscamos otros espacios públicos, como yo, que ahora opero en la Plaza Valladolid, en la explanada del templo y ex convento de San Francisco, donde dicen inició la traza de Valladolid”, el 18 de mayo de 1541.

De tres familias que hace casi 50 años controlaban el mercado de globos en Morelia, “ahora somos más de 120 vendedores que pertenecemos a tres uniones. Hay mucho desorden y bastante competencia”, refiere.

Confiesa sentir fastidio por los años acumulados de rutina, molestia por el exceso de competencia, cansancio por las horas repetidas de caminata bajo el sol ardiente o la prisa de resguardar sus globos de la lluvia, como el 14 de febrero y un día previo, “con la llovizna que ahuyentó a los compradores y pudo echar a perder la mercancía”.

Después de 46 años de desempeñarse como vendedor de fantasías e ilusiones, aclara que tras los colores y alegrías existen desencantos dentro de la lucha cotidiana que significa la supervivencia, como aquella tarde de primavera, en mayo de hace mucho tiempo, cuando abordó un taxi con la intención de trasladar su “carga” de globos hasta las instalaciones de la Expo Feria Michoacán. Subió a la parte trasera del automóvil de alquiler y con la puerta presionó los hilos que sujetaban los globos cargados de helio, acaso sin sospechar que allí se escondía el verdugo que liberaría las “cargas” con alrededor de 100 piezas cada una. El marco de la puerta carecía de empaque de hule, lo que ocasionó que al cerrarla cortara los hilos y los globos huyeran por el aire, cual prófugos ávidos de libertad.

El hombre, alarmado, pidió al taxista que detuviera la recién iniciada marcha del vehículo. Abrió la portezuela e intentó saltar para alcanzar sus globos, pero las caricias del viento y el coqueteo de la libertad los sedujeron e invitaron a volar, escapar de la prisión, explorar las fronteras insospechadas de la fugacidad.

Miró, como quien observa a su amada partir en un cortejo fúnebre, los globos dispersos aquí y allá, hasta que se nublaron sus ojos por las lágrimas, por la impotencia. Así regresó a su hogar, donde ella, la esposa, lo recibió contenta al creer que había concluido la venta de los globos con rapidez; pero el semblante de la mujer se modificó al descubrir que el hombre lloraba.

Decidieron luchar. Se endeudó con el proveedor que les surtía globos en Irapuato, Guanajuato, y le pagaron por medio de trabajo y sacrificio. Aquel capítulo aciago, como otros tantos, se sumó a su experiencia, a su historia, a sus recuerdos.

Al agonizar el día, camina con lo que queda de “carga” hacia su hogar, a la colonia División del Norte, entre el canal de agua sucia y la vía del ferrocarril agotado y desfasado que cada noche, al rozar las ruedas de acero en los rieles y tocar su incesante silbato, le recuerda que debe seguir adelante, que afuera, en las calles, seguramente habrá incontables niños y adultos que como los globos de efímera existencia, cotidianamente protagonizan historias y escriben capítulos desde el cunero hasta la tumba.

Entre platillos ancestrales, fiestas y leyendas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acosadas por las caricias del fuego, las ollas y cazuelas de barro despiden aromas que transportan a horas insospechadas, acaso consumidas en una cocina indígena, en otra y en muchas más, porque las recetas parecen, por sus sabores, provenir de la misma fuente, la de los ancestros de los purépechas de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas.

Huele a kupa kats, que es crema de maíz; aunque también a utápakua de nopales con mole negro. Se suman la capirotada, el mole de olla y el atole negro. El atole de chaqueta, elaborado a base de pelos de maíz, también se mezcla y los sentidos lo perciben.

Paula Pascuala Campoverde Anguiano, cocinera tradicional, sabe, porque así lo vivió desde su infancia al lado de su madre, abuelas y parientes, que la cocina se hace en familia. No desconoce que los mexicanos, en todos los acontecimientos de sus existencias, tienen como compañeras inseparables la comida y la música.

Ella, Paula Pascuala, ha participado en los encuentros de cocineras tradicionales que anualmente se organizan en Michoacán, estado enclavado en el centro occidente de México. Dedica los días de su vida a materializar las recetas de sus abuelas y antepasadas en platillos que deleitan los sentidos.

Mientras prepara kupa kats, relata que el 26 de diciembre de cada año, en San Juan Nuevo y la región, las mujeres elaboran atole de chaqueta que la comunidad lleva a la capilla del Hospital, junto con el diezmo que consiste en maíz, piloncillo y una diversidad de productos del campo.

Es durante esa fiesta, narra Paula Pascuala, cuando los hombres danzan con máscaras. Son los kúrpites feos, quienes “hacen maromas entre dos postes, y cargan la réplica de una troje típica de madera, que posteriormente introducen, con el diezmo, a la capilla del Hospital, donde el pueblo venera a la Inmaculada Concepción”.

Aclara la cocinera tradicional que la danza es una parodia a la de los kúrpites, en la que intervienen jóvenes solteros. En la de los kúrpites feos, participan hombres casados. Antes de la llegada de los evangelizadores españoles, en el siglo XVI, las máscaras eran de animales; posteriormente las modificaron.

Mientras prueba el kupa kats, sonríe y menciona que refiere la tradición que durante el devenir de las horas coloniales, ellos, los nativos purépechas, descubrieron con asombro una imagen en medio de un tronco del que brotaba agua, en un paraje boscoso y desolado del cerro de Pantzingo, en la zona de San Juan Parangaricutiro.

Con asombro, según la tradición oral de los purépechas, los nativos percibieron que las facciones de la figura eran idénticas a la de la Inmaculada Concepción, descubrimiento que significaba una señal importante para los pobladores de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas.

En memoria de aquel hallazgo, rememora Paula Pascuala, los pobladores de San Juan Nuevo acuden cada 1° de diciembre con cántaros al sitio donde apareció la imagen de la Inmaculada Concepción, a quien hablan en purépecha con la intención de convencerla de que permanezca en la capilla.

De no hacerlo, la imagen desaparece de la capilla del Hospital y los moradores del poblado la encuentran, como antes, en el paraje donde apareció. Entonces deben conseguir agua y lavar la ropa de la imagen para apaciguar su enojo y propiciar que regrese al recinto donde es venerada.

Paula Pascuala guarda silencio de pronto e introduce una gran cuchara de madera a la olla donde hierve el atole. Recuerda que su realidad inmediata se encuentra en el fogón, en la cocina; entonces recomienda visitar San Juan Nuevo, donde los turistas podrán probar los platillos tradicionales e incluso trasladarse hasta las ruinas de lo que fue San Juan Parangaricutiro y admirar el volcán Paricutín. Uno se retira de su cocina con un costal lleno de historias, pero también con el olor impregnado en la ropa de leña consumida por el fuego.

Cocinas tradicionales, punto de encuentro del pueblo purépecha

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Cuando no tengan comida, prendan el fogón para que la casa humee y se note que por lo menos hay alegría, amor y vida”, aconsejaba la abuela a Adelaida, cuando era niña, en algún rincón de Santo Tomás, en la Cañada de los Once Pueblos, “porque la lumbre, decía, atraerá los alimentos”.

Envuelta en su atuendo indígena, Adelaida hace un paréntesis, mientras las otras, las mujeres que le ayudan a elaborar el atole en la hoguera, intercambian palabras en su lengua, la purépecha. Adelaida Huerta Solís recuerda a sus antepasados, principalmente a la abuela que le enseñó las recetas ancestrales, los secretos de la cocina tradicional, la combinación de los ingredientes naturales que forman, al final, cual obra de arte, un platillo que ofrece colores, aromas y sabores.

Los alimentos, bien elaborados y presentados, seducen los sentidos de la vista, el olfato y el gusto, y eso lo sabe muy bien Adelaida, quien asegura que las personas que ingresan a las cocinas deben trabajar con amor y buena disposición porque los sentimientos se reflejan en los platillos. “Lo mismo se distinguen amor y paz que discordia en las tortillas, un guisado o la salsa”.

Su rostro afable parece naufragar, de pronto, entre una hora y otra del ayer, cuando era pequeña y las mujeres de su familia, en el pueblo purépecha de Santo Tomás, se reunían a cocinar, a preparar los alimentos de acuerdo con las enseñanzas y tradiciones de sus antepasados.

Entre el humo de efímera existencia que escapa del fogón y el olor a leña, la mujer refiere que las cocinas purépechas son espacios donde se generan conversaciones, buenos deseos y pensamientos agradables, lo cual parece mezclarse con los condimentos e ingredientes y dar el sabor delicioso e inigualable a las recetas purépechas.

“Sí, insiste, en las cocinas tradicionales indígenas, las mujeres solemos reunirnos a elaborar comida, pero también platicamos entre nosotras, planeamos celebraciones, damos y recibimos consejos, aclaramos dudas, festejamos nuestros triunfos, comprendemos los fracasos, anunciamos noticias, reímos y lloramos”, porque así es la vida, una historia inacabable de luces y sombras.

“Nuestro pueblo, el purépecha, arregla sus asuntos junto al fuego”, prosigue Adelaida. Recuerda que antaño, al consumirse las horas del día y anunciarse las del ocaso, el fuego se cubría con cenizas. “Retirábamos la leña y colocábamos ceniza sobre las brasas ardientes con la esperanza de que al otro día, muy temprano, pudiéramos rescatar la lumbre. Como no había cerillos, algunas personas llegaban a los domicilios donde lográbamos preservar el fuego, con la intención de que les regaláramos pequeñas brasas que llevaban hasta sus hogares. Así evitábamos que el fuego se extinguiera”.

Los antepasados, “como mi abuela, recomendaban que mantuviéramos las cocinas humeantes porque se trataba de una señal de que en tales hogares existían comida, amor y alegría. Y claro, si uno decide cocinar, hay que hacerlo con buenos sentimientos y pensamientos porque todo se transmite al sabor, el aroma y el aspecto de los alimentos, por sencillos que sean”, concluye Adelaida, cocinera del pueblo indígena de Santo Tomás, en la Cañada de los Once Pueblos, zona purépecha de Michoacán, al centro occidente de México, que aún conserva muchas de sus costumbres y tradiciones ancestrales.