Cocinas tradicionales, punto de encuentro del pueblo purépecha

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Cuando no tengan comida, prendan el fogón para que la casa humee y se note que por lo menos hay alegría, amor y vida”, aconsejaba la abuela a Adelaida, cuando era niña, en algún rincón de Santo Tomás, en la Cañada de los Once Pueblos, “porque la lumbre, decía, atraerá los alimentos”.

Envuelta en su atuendo indígena, Adelaida hace un paréntesis, mientras las otras, las mujeres que le ayudan a elaborar el atole en la hoguera, intercambian palabras en su lengua, la purépecha. Adelaida Huerta Solís recuerda a sus antepasados, principalmente a la abuela que le enseñó las recetas ancestrales, los secretos de la cocina tradicional, la combinación de los ingredientes naturales que forman, al final, cual obra de arte, un platillo que ofrece colores, aromas y sabores.

Los alimentos, bien elaborados y presentados, seducen los sentidos de la vista, el olfato y el gusto, y eso lo sabe muy bien Adelaida, quien asegura que las personas que ingresan a las cocinas deben trabajar con amor y buena disposición porque los sentimientos se reflejan en los platillos. “Lo mismo se distinguen amor y paz que discordia en las tortillas, un guisado o la salsa”.

Su rostro afable parece naufragar, de pronto, entre una hora y otra del ayer, cuando era pequeña y las mujeres de su familia, en el pueblo purépecha de Santo Tomás, se reunían a cocinar, a preparar los alimentos de acuerdo con las enseñanzas y tradiciones de sus antepasados.

Entre el humo de efímera existencia que escapa del fogón y el olor a leña, la mujer refiere que las cocinas purépechas son espacios donde se generan conversaciones, buenos deseos y pensamientos agradables, lo cual parece mezclarse con los condimentos e ingredientes y dar el sabor delicioso e inigualable a las recetas purépechas.

“Sí, insiste, en las cocinas tradicionales indígenas, las mujeres solemos reunirnos a elaborar comida, pero también platicamos entre nosotras, planeamos celebraciones, damos y recibimos consejos, aclaramos dudas, festejamos nuestros triunfos, comprendemos los fracasos, anunciamos noticias, reímos y lloramos”, porque así es la vida, una historia inacabable de luces y sombras.

“Nuestro pueblo, el purépecha, arregla sus asuntos junto al fuego”, prosigue Adelaida. Recuerda que antaño, al consumirse las horas del día y anunciarse las del ocaso, el fuego se cubría con cenizas. “Retirábamos la leña y colocábamos ceniza sobre las brasas ardientes con la esperanza de que al otro día, muy temprano, pudiéramos rescatar la lumbre. Como no había cerillos, algunas personas llegaban a los domicilios donde lográbamos preservar el fuego, con la intención de que les regaláramos pequeñas brasas que llevaban hasta sus hogares. Así evitábamos que el fuego se extinguiera”.

Los antepasados, “como mi abuela, recomendaban que mantuviéramos las cocinas humeantes porque se trataba de una señal de que en tales hogares existían comida, amor y alegría. Y claro, si uno decide cocinar, hay que hacerlo con buenos sentimientos y pensamientos porque todo se transmite al sabor, el aroma y el aspecto de los alimentos, por sencillos que sean”, concluye Adelaida, cocinera del pueblo indígena de Santo Tomás, en la Cañada de los Once Pueblos, zona purépecha de Michoacán, al centro occidente de México, que aún conserva muchas de sus costumbres y tradiciones ancestrales.

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