Socorro Cisneros, vendedor de fantasías e ilusiones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nadie como él, en su ambiente, conoce mejor la caducidad de la vida, las cosas efímeras que se transforman en añoranzas, quizá porque desde hace casi medio siglo vende colores, fantasías e ilusiones.

De sus 55 años de edad, 46 los ha dedicado a andar en las callejuelas y plazas del centro histórico de Morelia, la capital de Michoacán, con su inseparable “carga” flotante. Su padre se dedicó al negocio de los globos cuando él, Socorro Cisneros, tenía tres años de edad.

Cansado y asoleado, recuerda que inicialmente su padre decidió vender globos en el mercado del barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, negocio al que lo incorporó cuando él tenía nueve años de edad. Renunció al juguete, al recreo, para dedicarse a la venta de ensueños, al comercio, a los negocios de adultos.

Era un niño, como todos, con deseos de jugar y divertirse, y hasta aprender las letras, los números y las operaciones aritméticas en el salón de clases, en la escuela; pero su progenitor lo involucró en el negocio familiar, en la venta de globos. Ese fue el motivo por el que hasta ya grande aprendió a escribir su nombre.

Así, en postrimerías de la década de los 60, en el siglo XX, se convirtió en el niño globero de San Juan, y desde entonces ha acumulado incontables capítulos, unas veces con luces y otras, en cambio, con sombras, cual son los días de la existencia.

De la zona de San Juan, el pequeño Socorro se trasladó al rumbo del templo y ex convento de El Carmen, a unas cuadras de la catedral moreliana. Recuerda que el ex convento carmelita de la época virreinal, hoy sede de la Casa de la Cultura, era terminal de camiones suburbanos conocidos como “flechas”, los cuales iban a diferentes poblaciones y lugares aledaños a Morelia, entre los que destacaban Zinapécuaro.

Entonces, rememora, “éramos tres familias, en Morelia, las que estábamos dedicadas a la venta de globos. Nos conocíamos. Vivíamos en las colonias Obrera y Ventura Puente. Estábamos bien organizados”.

Gracias a esa actividad, la de los globos, hace años logró mantener su hogar, compuesto por su esposa y siete hijos. Por cierto, uno de sus hijos decidió seguir su ejemplo y también es globero. Ya forma parte de la tercera generación de globeros en la familia Cisneros.

Socorro vendía globos entre la catedral barroca y la Plaza de Armas, donde los niños y sus padres lo identificaban con su “carga” lúdica y policromada. Posteriormente se trasladó al costado oriente de la catedral de origen virreinal, a la Plaza Melchor Ocampo, donde los globeros y fotógrafos resintieron económicamente la cancelación de confirmaciones dominicales por parte del actual arzobispo. “Esa medida afectó nuestros ingresos Acabaron el negocio de los fotógrafos, mientras nosotros, los globeros, quienes cada día somos más, buscamos otros espacios públicos, como yo, que ahora opero en la Plaza Valladolid, en la explanada del templo y ex convento de San Francisco, donde dicen inició la traza de Valladolid”, el 18 de mayo de 1541.

De tres familias que hace casi 50 años controlaban el mercado de globos en Morelia, “ahora somos más de 120 vendedores que pertenecemos a tres uniones. Hay mucho desorden y bastante competencia”, refiere.

Confiesa sentir fastidio por los años acumulados de rutina, molestia por el exceso de competencia, cansancio por las horas repetidas de caminata bajo el sol ardiente o la prisa de resguardar sus globos de la lluvia, como el 14 de febrero y un día previo, “con la llovizna que ahuyentó a los compradores y pudo echar a perder la mercancía”.

Después de 46 años de desempeñarse como vendedor de fantasías e ilusiones, aclara que tras los colores y alegrías existen desencantos dentro de la lucha cotidiana que significa la supervivencia, como aquella tarde de primavera, en mayo de hace mucho tiempo, cuando abordó un taxi con la intención de trasladar su “carga” de globos hasta las instalaciones de la Expo Feria Michoacán. Subió a la parte trasera del automóvil de alquiler y con la puerta presionó los hilos que sujetaban los globos cargados de helio, acaso sin sospechar que allí se escondía el verdugo que liberaría las “cargas” con alrededor de 100 piezas cada una. El marco de la puerta carecía de empaque de hule, lo que ocasionó que al cerrarla cortara los hilos y los globos huyeran por el aire, cual prófugos ávidos de libertad.

El hombre, alarmado, pidió al taxista que detuviera la recién iniciada marcha del vehículo. Abrió la portezuela e intentó saltar para alcanzar sus globos, pero las caricias del viento y el coqueteo de la libertad los sedujeron e invitaron a volar, escapar de la prisión, explorar las fronteras insospechadas de la fugacidad.

Miró, como quien observa a su amada partir en un cortejo fúnebre, los globos dispersos aquí y allá, hasta que se nublaron sus ojos por las lágrimas, por la impotencia. Así regresó a su hogar, donde ella, la esposa, lo recibió contenta al creer que había concluido la venta de los globos con rapidez; pero el semblante de la mujer se modificó al descubrir que el hombre lloraba.

Decidieron luchar. Se endeudó con el proveedor que les surtía globos en Irapuato, Guanajuato, y le pagaron por medio de trabajo y sacrificio. Aquel capítulo aciago, como otros tantos, se sumó a su experiencia, a su historia, a sus recuerdos.

Al agonizar el día, camina con lo que queda de “carga” hacia su hogar, a la colonia División del Norte, entre el canal de agua sucia y la vía del ferrocarril agotado y desfasado que cada noche, al rozar las ruedas de acero en los rieles y tocar su incesante silbato, le recuerda que debe seguir adelante, que afuera, en las calles, seguramente habrá incontables niños y adultos que como los globos de efímera existencia, cotidianamente protagonizan historias y escriben capítulos desde el cunero hasta la tumba.

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