La mano del arte

A Marcela García Quintero y todos los artistas auténticos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La mano que escribe el poema o el relato, parece ser la misma que desliza el pincel con maestría sobre el lienzo, la que pasa una y otra vez el arco en las cuerdas del violín con la intención de arrancarle sonidos o la que esculpe la piedra yerta para darle rostro y vida.

Se trata, parece, de similar esencia. La inspiración del poeta, novelista, pintor, músico y escultor parece surgir de la misma fuente. Es una la musa que los inspira, que los conduce a los océanos inconmensurables de la creación. Como el inventor, todos los artistas son hermanos porque están dedicados a la misma tarea, a sustraer los secretos del universo, a interpretar el pulso de la vida, a plasmar en formas, colores y sonidos los susurros de la creación. El día que mueran, también sucumbirá la humanidad.

Los artistas son los que alumbran, por las noches, mientras todos duermen, la bóveda celeste. Ellos encienden las estrellas que guían los caminos de hombres y mujeres que deambulan por todos los rincones del mundo.

¿Cómo sería el mundo sin colores, palabras, sonidos y formas? ¿Tendría sentido vivir sin la almohada en la que uno, en ciertos momentos, se reclina para escuchar el murmullo universal? ¿Cómo mecerse ante la ausencia del columpio?

Las letras forman palabras similares a las semillas que en una ecuación biológica, dirigida acaso por una mano maestra, lleva a las siluetas y tonalidades de las flores, agitadas por las caricias del viento que se convierten en notas musicales.

Todo, en la naturaleza, en la existencia, en el mundo, en el universo, parece estar dirigido por la batuta magistral, y son los poetas, los escritores, los pintores, los músicos, los escultores, los artistas, quienes mejor interpretan los signos plasmados en las partituras que les obsequian, en un acto de amor, las musas que revolotean ante sus sentidos, en su imaginación, en sus vidas, y que no los abandonan nunca porque quizá, en una hora no recordada, firmaron un pacto para coger la lámpara e ir al frente, iluminar el camino de hombres y mujeres, conducirlos del cunero al ataúd, romper las barreras del tiempo y el espacio y transitar allende las fronteras donde inicia la inmortalidad.

¿Cómo describir a los artistas? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo escalar los peldaños que ellos ya conocen por tratarse de su camino diario? ¿Quién que es no se conmueve con el poema, el relato, los colores mezclados y transformados en una vida, las notas musicales tan idénticas a los susurros del viento? Si la amada, al recibir una flor, experimenta embeleso, ¿qué sentirá al escuchar las voces de los poetas? ¿Qué con el cuadro? ¿Qué con el concierto?

El arte no lo compran todas las fortunas materiales del mundo ni los títulos universitarios; tampoco el poder ni los rostros y cuerpos bellos y de efímera existencia. Es un valor agregado que otorgó una mente maestra a la humanidad. Se podrá llenar un salón de pinturas, de obras maestras, de libros; pero jamás, si no se posee sensibilidad, se tendrá el don de la creación. Habrá quienes rapten las letras, los colores, los sonidos, las formas; mas no la capacidad del arte

Y si la hoja del viento es tan similar a la mano que pasa el pincel aquí y allá, en el lienzo, para crear vida, las olas son, también, el ímpetu del espíritu que compone la música. La lluvia, con sus truenos y el himno del viento, parece susurrar versos o leer textos. Todo, parece, está conectado a una directriz. Ellos, los artistas, pueden ofrecer una multiplicidad de rostros, pero su esencia es la misma.

¿Alguien entregado a las superficialidades, a la rutina, a lo cotidiano, a los apetitos pasajeros, al brillo artificial, al poder, a la belleza temporal de los aparadores y reflectores, comprenderá, al menos, lo sublime del arte? ¿Tendrá capacidad para desentrañar sus insondables secretos? Nadie sabe si algún día, hombres y mujeres de todo el planeta descubrirán que el arte es uno de los caminos que conduce a la inmortalidad; pero es innegable que cuando los escritores, pintores, músicos y escultores se conviertan en especie extinta, la humanidad sentirá una profunda tristeza en su interior y mirará el cielo ausente de estrellas, la campiña sin los perfumes y la policromía de las flores, los cauces de ríos y cascadas secos y con la negación y olvido de sus cantos. Entonces, el papel será hoja; la piedra, dureza informe; el lienzo, tela; la partitura, documento endeble y desierto silencioso. Cuánta monotonía que desencadenará, al final, la muerte. El arte es vida e infinito. No permitamos que agonice el arte a cambio de otras luces de aparente belleza y valor.

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