Anna Grechishkina

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Conoce la soledad del desierto, con sus días ardientes y sus noches heladas, bajo una bóveda estrellada y cerca de una fogata que apenas alumbra y disipa las ansiedades y los temores que provocan los animales y que solamente experimentan quienes se han aventurado a andar por los caminos y rincones más recónditos del mundo; también ha transitado por los sitios con maleza, las ciudades cosmopolitas, los pueblos pintorescos, las carreteras, los caminos y las aldeas. Es trotamundos. Recorre el mundo en motocicleta.

Ha percibido los signos del hambre y el dolor de la humanidad, ha probado el cáliz de la desolación y muerte que dejan las guerras, ha sentido el pulso del odio entre los pueblos, que contrastan, afortunadamente, con la misericordia de una mano hermana que alivia el sufrimiento, la mirada amiga que comprende la tristeza y las palabras que alientan y dan esperanza. Sabe, por sus experiencias de viajera, que la vida es multiforme y presenta claroscuros.

Nació en Ucrania, país que se localiza al este de Europa y que colinda con Rusia, Bielorrusia, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumania, Moldavia y los mares Negro y de Azov; no obstante, para ella, Anna Grechishkina, las fronteras sólo existen en los mapas y en las mentes de las personas, porque la humanidad es una mezcla de razas y creencias, una gran hermandad que no conoce límites.

Hace un paréntesis dentro de su incansable travesía por el planeta. Es de noche. Refiere que la mayoría de los seres humanos tienen sentimientos nobles y que cuando determinadas personas actúan mal, definitivamente se debe a la falta de educación. Está convencida de que los problemas de la humanidad se resolverán conforme hombres y mujeres accedan a la escuela y reciban formación integral. Reconoce que el amor y la educación son fundamentales para que la gente ascienda los peldaños de la gran escalera que es la vida.

Desde su concepción, las razas y creencias no son impedimento para que prevalezcan el amor, la paz y el respeto entre las personas. Ella cree en una hermandad universal. Los colores, las fronteras y los límites son impuestos por los prejuicios, la ambición y el odio. Ella lo sabe muy bien.

Es una soñadora que desde la infancia ha andado aquí y allá, en un lugar y en otro, porque al viajar, al recorrer un pueblo, una ciudad y tantos sitios, da un sentido pleno a su vida. Y es que las experiencias ajenas a lo cotidiano, a la rutina, son las que enriquecen los días de la existencia.

Un reducido número de seres humanos cumplen sus sueños, materializan sus aspiraciones y se dedican a lo que les agrada, como ella, Anna Grechishkina, quien no sólo realiza desde hace año y medio su proyecto de viajar por el mundo, en motocicleta, sino comporte experiencias con la gente, conoce la realidad de los pueblos y se involucra en su cultura.

Aún dispone de año y medio para recorrer el mundo en su motocicleta, su fiel e inseparable compañera de incontables andanzas. Sus contactos, en cada país, son los miembros de los clubes de motociclismo, quienes algunas veces le ofrecen alojamiento en sus casas y otras ocasiones, en tanto, la acompañan en determinados caminos.

Hasta el momento lleva 70 mil kilómetros recorridos y aún le faltan otros 70 mil para cumplir la meta de 140 mil. Lo mismo ha transitado por Australia que por Siria, las naciones islámicas, Europa, Singapur, Estados Unidos de Norteamérica y México.

Al concluir su jornada, pretende escribir un libro sobre sus experiencias y ofrecer conferencias con el objetivo de que la gente -hombres y mujeres- comprenda que los sueños, cuando se trazan correctamente y se lucha por conseguirlos, se transforman en realidad.

Tiene interés en dirigir pláticas a mujeres para que sepan que no están solas, e inculcarles un espíritu de lucha. Su idea es recalcar a los auditorios femeninos que no sean conformistas, que luchen con dignidad y cumplan sus sueños y aspiraciones.

Ucraniana de nacimiento, es trotamundos y rompe fronteras con su mensaje de amor. Inició el motociclismo a los 10 años de edad. Siempre creyó que la mejor fórmula para conocer el mundo es a través de los viajes, y hoy, en sus años juveniles, está cristalizando su sueño. Es su momento y lo mejor, bien lo sabe, está por llegar porque lo ha propiciado.

Sonriente, afable y sin dejar de acariciar al poodle french del matrimonio de médicos que le brindó hospedaje, Anna Grechishkina admite que de México le atraen la hospitalidad de la gente, la biodiversidad, la gastronomía, la historia y las manifestaciones culturales.

Muy temprano, cuando la neblina aún envuelva los árboles y las casas somnolientas de la ciudad, Anna Grechishkina aparecerá sencilla, con botas, pantalón de mezclilla, playera, chamarra de piel y casco. Subirá a su motocicleta, tapizada de calcomanías y etiquetas de diversos rincones del mundo, prenderá el motor y arrancará hacia rutas insospechadas, donde protagonizará, sin duda, historias que un día platicará ante un auditorio ansioso de cumplir sus aspiraciones. Anna Grechishkina, quien constantemente repite “yo tengo un sueño”, pretende romper barreras para demostrar a otros que es posible vivir plenamente y convertir en realidad los anhelos y proyectos. Si cada día presenciamos el milagro del amanecer, del anochecer, de la vida, ¿acaso no será posible transformar los ideales e ilusiones en realidad?

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