Norma

A Norma y todas las mujeres que han sufrido un acto de brutalidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escuchó el golpe de la puerta metálica. En el lapso de unos segundos, Jorge aparecería por las escaleras, quizá con el mismo rostro de todas las noches, con la descortesía que había mostrado desde el primer día de su matrimonio, con sus actitudes silenciosas y de desprecio; no obstante, Norma estaba segura de que aquella fecha resultaría significativa en sus existencias porque le daría una noticia a su marido que sin duda los convertiría en una pareja estable y feliz.

La cercanía de los pasos por los últimos peldaños de la escalera, provocaron desasosiego en Norma, quien junto con los latidos acelerados de su corazón, experimentó ideas y sentimientos contradictorios, acaso porque Jorge, su esposo, era un hombre adusto e irascible del que nunca se sabía su reacción ante diferentes circunstancias.

Norma revisó, por último, la pequeña mesa que había colocado en el vestíbulo que comunicaba a las dos habitaciones, la cocina y el cuarto de baño. Todo estaba bien dispuesto -mantel, velas, platos, copas, vasos, servilletas, flores, jarra, cubiertos, tazas-; al parecer solamente faltaban ellos, Norma y Jorge, sentados muy cerca, tomados de la mano, mirándose a los ojos, con música instrumental de fondo, haciendo planes para el futuro tan próximo.

Las velas, el sabor de la comida, la esencia del vino tinto, la música instrumental, las flores y el ambiente romántico se transformarían en cómplices de Norma. Jorge comprendería, entonces, que tenía ante él una mujer, una dama, un ser humano capaz de dar todo a cambio de una sonrisa, un beso o una conversación. Lo amaba tanto que nunca le había recriminado las condiciones de miseria en que vivían.

Casi al acto, apagó la luz y prendió el aparato reproductor de sonido. Las dos velas alumbraron el semblante de Jorge, quien apareció por las escaleras con la mirada desencajada y dando manotazos en el barandal. Preguntó, a gritos, el motivo por el que ella, su esposa, había instalado una mesa a unos pasos de la escalera, en un ambiente que calificó como de romanticismo anticuado y ridículo.

Ella lo abrazó como quien intenta reconciliarse, con la diferencia de que nunca lo había ofendido ni maltratado. Lo invitó a ocupar su silla. El hombre, impaciente, preguntó de qué se trataba ese asunto y argumentó que estaba fastidiado, que deseaba dormir más que presenciar actos cursis, que le preocupaba el dinero derrochado en cena y vino, que su proyecto de vida era diferente.

Norma lo besó nuevamente y fue a la cocina por el espagueti que había preparado durante la mañana. Lo sirvió con esmero, como también lo hizo con el vino tinto que había comprado en la tienda departamental, “de muy mal gusto y pésima marca”, dijo el esposo.

Jorge soslayó el rostro feliz y radiante de Norma. La mano femenina, inexperta en brindis, tomó la copa e intentó rozarla con la del hombre, quien le exigió que eliminara la música instrumental, apagara las velas y prendiera la luz eléctrica, orden que la mujer no acató porque de inmediato mostró un sobre con el membrete de un laboratorio clínico, del que sustrajo los resultados de un examen de embarazo.

Estaba embarazada. Sí, Jorge y Norma serían padres de un hermoso bebé. Había que preparar una de las habitaciones, comprar cuna, bañera, pañales y muchas cosas más. Tendrían una criatura que alegraría la casa y contribuiría a dar sentido a los días de sus existencias. Su hogar se convertiría en pequeño mundo. El bebé requeriría atención, cuidado y amor de sus padres.

Las facciones de Jorge lo transformaron en quien verdaderamente era, en el hombre violento que gritó y jaló el mantel de la mesa para derribar alimentos, velas y vajilla. Arrebató los documentos clínicos a la mujer y los despedazó, advirtiéndole que no deseaba un bebé, que no se sentía preparado para ser padre, que no la amaba y que no estaba dispuesto, en consecuencia, a compartir su vida con ella y con una criatura.

Arrojó la silla por las escaleras, aventó la mesa contra el aparato de sonido y pisoteó los trozos de papel, los fragmentos de la loza con residuos de comida, hasta que llegó a ella, a Norma. La sujetó de los hombros y le reclamó por el embarazo inesperado, por la desagradable sorpresa, por el romanticismo grotesco, por su estilo de vida, por la comida insípida, por formar parte de su existencia, por dilapidar los exiguos recursos económicos en una cena innecesaria.

La mujer suplicó compasión y pidió una oportunidad para ser felices, preparar el nacimiento de su bebé, convertirse en padres amorosos; sin embargo, el hombre la empujó contra el barandal que le lesionó la columna vertebral. Cayó al suelo, entre los escombros de su fugaz cena romántica, y él, fuera de sí, la pateó e insultó hasta que provocó que rodara por los escalones. Todo fue tan rápido e inesperado, que el telón de la vida y la noche parecieron desprenderse y cubrir a la mujer.

Entre la aurora y el ocaso únicamente existen algunos instantes fugaces. La vida y la muerte sólo están separadas por un hilo muy delgado, por una cortina tan fina que parece imperceptible a los sentidos. Norma conoció las fronteras del anochecer, las caricias de la muerte, porque el bebé que esperó con tanto amor e ilusión, el “producto”, como le llamó Jorge, no culminó la experiencia del nacimiento, perdió la oportunidad de enfrentar el gran milagro y acontecimiento de la existencia.

Junto con su bebé y sus órganos reproductivos, algo murió en Norma. Las flores, el sol, la lluvia, los arcoíris, las estrellas, todo perdió significado en su vida. No pensó más en veladas románticas ni en mecer el cunero con amor maternal; tampoco la música le expresó los sentimientos de antaño ni se columpió en sus sueños e ilusiones de mujer enamorada.

La caminata de los años, siempre impostergable e indiferente a la historia de los seres humanos, continuó su rutina, su marcha, su contrato inviolable. Norma retornó a la casa solariega, donde se recuperó físicamente y decidió ayudar a su madre en el pequeño negocio; mas el recuerdo de un proyecto inconcluso, de una vida trunca, de una noche de romanticismo frustrado, se repitió siempre, al despertar y al dormir, durante el alba y en el ocaso.

Norma, a quien conocí desde los años de la adolescencia, miró su vida desmoronarse. Un día, cada vez en una orilla más distante, nos reencontramos y me citó en un restaurante para relatar su historia dramática. Me tomó las manos y lloró. Sentí no el calor de sus otrora manos juveniles, cuando caminábamos de la escuela a su casa o jugábamos basquetbol, sino el frío de su piel, de su sangre, de su ser que extrañaba, no lo dudo, un rostro infantil que no se formó, una sonrisa inocente que nadie miró, un balbuceo que no fue escuchado, un proyecto de vida que recibió desprecios y fue mancillada.

Aprendí, entonces, que el milagro de la vida es tan grande, que nadie, por más poderoso que sea, tiene derecho de apagarla. Me pregunté con dolor por qué los seres humanos, si son hermanos, si están tan lejos unos de otros, se causan daño, se odian tanto. Más allá de los discursos que pronuncian quienes abanderan las causas de las mujeres maltratadas y que en eso queda, en palabras, en declaraciones periodísticas, en fotografías, en poses, nadie debe humillar ni maltratar a otros.

Una vida se apagó en el vientre de Norma y otra, la de ella, quedó condenada al sufrimiento, a las ilusiones despedazadas, a perder la oportunidad de dar vida y convertirse en luz. Norma demostró valentía y se enfrentó a los retos que se presentaron durante los años de su existencia y aunque continuó protagonizando su historia, quedó en el fondo de su ser la resignación de haber perdido el derecho de ser madre. Hablé con ella, en el restaurante, esa tarde veraniega, y se comprometió a sonreír y aconsejar a otras mujeres, en honor de su bebé, para que nadie las encadene con los eslabones de los celos, la incomprensión, el odio, los insultos y la violencia, porque la vida, el respeto y la libertad son patrimonio intocable de cada ser humano. Indudablemente, en la ciudad donde vive se dedica a aconsejar y ayudar a otras mujeres. No lo sé, pero tengo la certeza de que con su experiencia y madurez, alumbra el camino de quienes necesitan un ejemplo, seguir las huellas y contar con un estímulo para romper las ataduras y respirar el viento de la libertad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s