Lago de Camécuaro, trozo raptado del edén

A Rocío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las raíces de los ahuehuetes o sabinos añejos asoman a la superficie y forman trenzas que se extienden a la orilla del lago verdoso, donde reposan y presumen figuras caprichosas que cautivan los sentidos y retan a la imaginación, como si alguien, a una hora no recordada, hubiera esculpido los rostros y reproducido las siluetas de la vida en los troncos retorcidos.

Mientras las raíces beben el agua que brota de los poros de la naturaleza, las ramas se inclinan al espejo acuático para maquillarlo de tonalidades verdosas y complementarse con los matices azulados del cielo que refleja su coquetería.

Rincón de ensueño donde el milagro de la vida es palpable. Las burbujas de efímera existencia escapan de la intimidad de la tierra, reciben los ósculos del sol que se filtra hasta el fondo, revientan y se funden en el lago que permanece cual manto edénico en un paraje que recibió de la naturaleza un regalo irrepetible, una pequeña corona dentro de la creación.

A la orilla del lago de Camécuaro, en el municipio michoacano de Tangancícuaro, los troncos emergen y extienden sus raíces hacia la tierra, entrelazadas un día y otro, tejidas durante años incontables, hasta formar nudos y figuras. Son brazos que agarran la tierra, la orilla, para que las otras extremidades, hundidas en el lago, absorban los nutrientes, la vida que pulsa en cada espacio.

Las ramas forman arcos y se extienden en busca, quizá, de un cielo pródigo que les regale calor y lluvia. El café de los troncos, raíces y ramas se mezcla en armonía y maestría con el verdor de las hojas, como si una madrugada un pintor hubiera desbordado su imaginación e inspiración sobre el lienzo para plasmar un trozo raptado del paraíso.

Comparado con los lagos michoacanos de Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, el de Camécuaro parece una miniatura, una muestra de colección, una pintura que salpicó de un mundo mágico, de un vergel. El paisaje es, tal vez, para recordar que existen otras fronteras insospechadas y acaso olvidadas por los reflectores de los aparadores y la cotidianeidad.

Uno camina a la orilla, entre las raíces de los ahuehuetes, en absoluto embelesamiento. La mirada queda atrapada en una forma y otra de los árboles tan mexicanos, pero también en la policromía acuática, donde habitan peces y tortugas que coexisten con patos y otras aves como gorriones y tzentzontles.

El poeta se sienta en una de las bancas tapizadas por las sombras jaspeadas que proyectan las ramas de los ahuehuetes al recibir los besos del sol, y escribe, sin duda, los versos más sublimes; el pintor, observa y al sentir la inspiración de las musas, capta las formas, los colores, la vida que le permite trasladar una réplica del escenario al lienzo; el músico cierra los ojos y escucha los murmullos de la naturaleza, del universo, con la intención de reproducirlos y cautivar los sentidos; el escultor mira las figuras en troncos, ramas y raíces como invitación a reproducirlas en la piedra yerta; los enamorados, en cambio, descubren el coqueteo de las hojas movidas por el aire y los micromundos dispersos cual alfombras en la tierra, cerca de la orilla, o tal vez se toman de las manos y caminan durante horas de ensueño; las familias y los amigos, por su parte, dejan atrás las horas de la rutina y se mecen en el columpio de la convivencia y las diversiones; el trotamundos, quizá, toma fotografías, se lleva copias del espectáculo en su cámara.

Al observar el lago, el caminante descubre, como las flores que un día de antaño se desprendieron y conservaron su belleza y perfume hasta la hora postrera de sus existencias, los nombres de mujeres -Carmelita, Eréndira, Lupita, María, Natalia, Rosario, Teresa- que flotan plácidamente y viajan por el agua verdosa y ondulada por las caricias provocativas e insistentes del viento que arrastra el perfume de la campiña, la fragancia de las montañas, el aroma de las cocinas rústicas.

Evocaciones, poemas, romances, son los nombres femeninos inscritos en las lanchas peregrinas del lago de Camécuaro, que sin duda provocan el suspiro de remeros y turistas. Cada embarcación presume, como el cielo las nubes y las estrellas o el jardín las flores, el nombre de una mujer.

Fieles al más puro mexicanismo, las barcas son mensajeras, portadoras de nombres que recuerdan a la amada, a la que se regala, en un acto de romanticismo, el lago que se maquilla de azul o verde y que reproduce en su superficie ondulada los matices, las tonalidades, las siluetas de la naturaleza, igual que un artista inspirado que con maestría pinta los paisajes más hermosos y paradisíacos. Un día y otro los lancheros hunden los remos en el agua, ofreciendo al aventurero y al turista la emoción de navegar por el legendario lago de Camécuaro.

Llevan en el corazón, en la memoria y en sus lanchas la imagen, el nombre de una mujer a quien aman o añoran por haber sido, en el pasado, en las horas de la juventud, su enamorada, y así aprenden a vivir y envejecer en un ambiente lacustre.

Los troncos ancianos y arrugados y las frondas espesas y verdes de los ahuehuetes, de donde provienen cantos de aves de bello plumaje, aparecen dibujados e iluminados en la superficie difusa y efímera del agua que también atrapa las imágenes fugaces y lejanas de nubes caprichosas, rizadas e incendiadas por el crepúsculo primaveral, plomadas por la hora veraniega o rasgadas por el viento pertinaz.

El canto de las aves y los graznidos de los patos, fundidos en un himno de notas impronunciables, se escucha hasta las pequeñas embarcaciones, desde donde los viajeros los distinguen aglomerados en una comunidad silvestre.

En un mundo acuático, peces multicolores intentan mezclarse con carpas, mojarras, truchas y tortugas; experimentan, en la profundidad, la difícil prueba de la coexistencia que finalmente superan porque forman uno con el todo.

Y mientras el aire riza la superficie del lago y forma filamentos con las nubes, el agua que ya ha recorrido las entrañas, la intimidad de la tierra, brota, se fuga por las hendiduras, por los poros, y forma burbujas como un ser que nace y se une al palpitar del universo, de la vida, de la creación.

El burbujeo es inagotable e intenso. Las burbujas, convertidas en perlas transparentes, forman collares y diademas que en un instante se desvanecen. Son como las ilusiones y la vida. Hay quienes aseguran que en el lago de Camécuaro existen mil treinta y siete veneros, y otros, en tanto, que son más de mil 200; pero todos coinciden en que se trata de un rincón que hechiza, que subyuga, porque es, precisamente, fragmento, trozo del paraíso que los ángeles hurtaron para deleite de los moradores de este mundo.

Ya con la aurora, el viajero habrá advertido que el lago es una doncella coqueta y preciosa que a una hora se maquilla de azul y a la otra se pinta de verde, y más tarde, en la noche, se enluta y permite que asomen los reflejos de la luna y las estrellas que alumbran el camino de los trotamundos y las bancas desoladas de los enamorados, acaso para recordar los claroscuros de la existencia.

Allá, en la pequeña isla, los sabinos son monarcas que con su sombra protegen a las tortugas que naufragan o a los patos informales y a los gansos petulantes y cansados de asolear su plumaje brillante.

El viento que proviene de montañas distantes, sopla, arrastra las hojas recién desprendidas de los ahuehuetes y mece suavemente las ramas con aretes y collares de intenso verdor.

Proclives los mexicanos a salpicar la embarcación de la existencia con acontecimientos pintorescos e historias peculiares, el pueblo purépecha almacena en su memoria colectiva el recuerdo del legendario lago de Camécuaro, cuando en los días prehispánicos se desarrolló en aquellos parajes el intenso romance entre un joven guerrero purépecha y una sacerdotisa cautivante, hermosa, que moraba en un templo de Tangancícuaro.

Narra la tradición indígena que el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de los dioses de barro y piedra, y el hombre de interminables aventuras y batallas, tuvo un desenlace fatal, trágico, porque en su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban ser dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora aciaga, según la creencia popular, los espíritus de ambos enamorados moran en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra leyenda, ya distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco, y que al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

Así, el espíritu de la doncella purépecha habita en lo más profundo del lago de Camécuaro, que en lengua indígena significa “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que ella, la joven desafortunada, desea un hombre, un ser del sexo masculino, sin importar su edad, alguien muere ahogado. Curiosamente, la memoria colectiva registra que sólo una mujer se ha ahogado en el lago de Camécuaro y que todas las víctimas restantes han sido hombres.

El lago de Camécuaro se localiza en el municipio de Tangancícuaro y se encuentra, además, muy cerca de la ciudad de Zamora y de rincones michoacanos como Patamban, la Cañada de los Once Pueblos, el Curutarán y Jacona, entre otros. Convertido en parque nacional, el lago de Camécuaro cuenta, próximos a la orilla, con juegos infantiles y mesas para quienes organizan inolvidables días de campo; también existen establecimientos con venta de comida típica y souvenirs.

Hay que insistir en que de las hendiduras de la tierra emergen collares de burbujas diáfanas, transparentes, que el sol ilumina y el viento desvanece, cual existencias que un día navegan en la aurora y otro en el ocaso. El lago de Camécuaro es trozo que innegablemente falta en el edén, en el paraíso, porque alguien lo robó, en tiempos inmemorables, para colocarlo en un rincón diminuto del mundo. Está en Michoacán, al centro occidente de México.

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