El debate

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez los seis aspirantes a la gubernatura de Michoacán, o sus asesores, no han entendido que la sociedad está harta de campañas con acusaciones y descalificaciones, en las que todos, casi en estado mesiánico, aseguran ser salvadores de la entidad y contar con fórmulas para combatir miseria, inseguridad, rezagos educativos, desempleo y enfermedades, lo cual, si así fuera, habría que preguntarles por qué no lo hicieron antes, desde los cargos que cada uno ocupó.

La población no necesita que le repitan que unos y otros partidos han saqueado a Michoacán y el país porque es una práctica descarada y criminal que se comente diariamente, en todos los ámbitos, desde hace muchos años. Quienes llegan al poder, pocas veces emprenden tareas grandiosas de beneficio colectivo. La población quiere escuchar compromisos, planteamientos responsables y serios, convocatorias para cerrar las puertas a lo que le causa daño.

Anticipadamente, todos se proclaman triunfadores y poseedores de la verdad. Resulta que ahora todo cambió, como si atrás no quedaran los rastros de corrupción e injusticias cometidos por políticos y funcionarios de diferentes partidos. El rostro deforme de México recuerda el paso de incontables generaciones de políticos que se han enriquecido en perjuicio de millones de mexicanos.

Evidentemente, los candidatos, sus asesores y aquellos que les “aconsejan” al oído, deben salir a las calles, convivir con la gente que cotidianamente estudia y trabaja, palpar la realidad que lamentablemente prevalece en colonias urbanas y comunidades. Parece que solamente transitan en lujosos vehículos de sus casas a los clubes sociales y a sus oficinas, porque existe una realidad lacerante en la que millones de personas coexisten en la pobreza. Olvidaron, acaso, que los cinturones de miseria representan un riesgo para la estabilidad social, pues se trata de multitudes irritadas que tienen poco o nada que perder durante un estallido.

Hasta el momento, las campañas han sido mediocres, con más descalificaciones y juicios que compromisos y propuestas viables, y así quedó demostrado durante el primer debate e indudablemente, de continuar tal tendencia, los candidatos serán consumidos por el tiempo y la sociedad elegirá a alguno con la incertidumbre de si su decisión fue correcta.

Evidentemente, los seis candidatos tienen inteligencia y seguramente capacidad. Deben hacer a un lado a quienes les han orientado erróneamente y demostrar que son capaces de sumar a todos los michoacanos con el propósito de enfrentar los retos y propiciar el desarrollo en base a un proyecto común e integral de estado.

No convencen y eso, hay que admitirlo, representa un riesgo, porque debilita la responsabilidad ciudadana de ejercer el voto. Resulta preocupante cuando uno, al andar en un lugar y en otro y hablar con personas de diferentes estratos sociales, escucha sus opiniones respecto a los diferentes candidatos y expresan, en consecuencia, que no acudirán a las urnas o que tacharán todas las opciones como muestra de descontento. Eso resulta insano e irresponsable, ya que alguno de los candidatos deberá resultar electo gobernador, y lo mismo sucede con los aspirantes a alcaldes y legisladores locales y federales. Los ciudadanos deben ser responsables y ejercer su derecho y compromiso de elegir a sus gobernantes y representantes. Solamente así tendrán legitimidad para reprocharles en caso de que traicionen la confianza de la población.

Los michoacanos esperan no un ser humano con actitudes mesiánicas, sino una persona, hombre o mujer, con capacidad, interés y compromiso real de gobernar con honestidad y justicia social, con resultados palpables y beneficios colectivos. Lo mismo esperan de alcaldes y legisladores. Michoacán y sus habitantes lo merecen después de casi década y media de corrupción, impunidad e injusticias.

Real de Otzumatlán, entre la naturaleza y la historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como páginas de un álbum de estampas que muestran, aquí y allá, los rostros y las siluetas de la naturaleza, o las hojas de un compendio que describe paseos, epopeyas e historias, los paisajes y rincones agrestes de Real de Otzumatlán, pequeño y singular poblado de origen minero que surgió durante la Colonia, se arrullan en la sierra ante el concierto de las aves de bello plumaje, las ráfagas que balancean las ramas crujientes de los pinos y la corriente que remoja la tierra.

Allí coexisten el agua, la tierra, el viento y el aire en natural armonía. El cielo es de azul intenso, ausente de monotonía porque las nubes de efímera existencia adoptan formas caprichosas durante su peregrinaje. Las águilas planean su vuelo en el aire y las serpientes se arrastran hasta las rocas para asolearse, mientras las ardillas trepan por los troncos cubiertos de arrugas y musgo que contiene micromundos insospechados. La corriente diáfana y helada baña las piedras que permanecen en un sitio y en otro, cual náufragas de cauces recónditos y sombríos.

Entre lo más intrincado de las cañadas y los cerros, la neblina matinal se estaciona para más tarde diluirse, igual que los minutos y las horas, precisamente conforme el aliento del sol intenta acariciar los helechos, las flores minúsculas y multicolores, los hongos, los matorrales y los pinos.

Las rachas de aire helado se introducen al bosque, hasta que columpian las ramas de los pinos que crujen y exhalan las fragancias de la vida o desentumen los matorrales que ocultan incontables insectos que emiten murmullos incansables.

El paisaje montaraz ofrece dibujos y rasgos durante el camino. Es el lenguaje de la naturaleza. Y es que desde el peñasco de Queréndaro, que en minutos prehispánicos los nativos consideraron sagrado, hasta los acantilados que la maleza se empeña en ocultar, ya cerca de Real de Otzumatlán, imponen a quien los contempla e invitan al aventurero, al trotamundos, a explorarlos, a desentrañar sus callados misterios, a sentir su pulso, a agarrarse de sus salientes y experimentar emoción y vértigo.

Las mariposas revolotean y presumen su colorido hermoso y fugaz, mientras las abejas se alojan en las flores que simulan ramilletes dispersos en la campiña. Elegantes y presuntuosas, las garzas de blanco plumaje reposan desconfiadas e inquietas en algún tronco, en una piedra, en un muro añejo de adobe o en cualquier cerca, conviviendo con borregos, caballos, chivos y vacas o presenciando el roce áspero de la milpa. Es el prefacio a la sierra de Queréndaro, donde permanece Real de Otzumatlán con su peculiar belleza, imperturbable ante la caminata del tiempo y los rasguños del sol, la lluvia y el viento.

Rincón natural. Si aquí y allá los árboles asoman sus ramas a los charcos, a las represas que se forman en las hondonadas, allí, a la orilla del río, las flores y las plantas se abrazan y besan cual enamoradas que tendrán que acompañarse hasta el momento postrero de sus existencias. Huele a tierra húmeda, a hierba, a vida.

Durante el camino al poblado de la sierra, en el municipio michoacano de Queréndaro, el turista admirará y disfrutará el paisaje previo. Por aquí yace una casa de adobe con tejado; más adelante, una empalizada en la que descansan, engreídas, las garzas; allá, una represa retrata las nubes en su fugaz peregrinación y el vuelo raudo de los pájaros; en aquel rincón, la hiedra trepa insaciable por los árboles que reposan y agachan sus ramas al río. El paisaje representa, en verdad, un obsequio a los sentidos, un regalo al olfato, a la mirada y al oído.

Policromía, perfumes, sabores, formas y sonidos. Disfrazada de artista, la naturaleza robó pinceles, tonalidades y trozos del paraíso para plasmar en el lienzo de lodo, piedra y tierra paisajes que subyugan, impregnando, además, aromas, murmullos, sensaciones. Los escenarios tienen correspondencia con las artes y si algunas ocasiones se presentan como el cuadro más augusto, otras, en cambio, se convierten en escultura, poesía o música.

De improviso, el camino se estrecha; es un puente que pasa sobre un río, desde donde alguna hora de antaño se apreciaba, imperturbable, un tronco enlamado y musgoso que unía las orillas invadidas de matorrales.

Una mañana o una tarde no recordada, alguien colocó un tronco para atravesar el río, o quizá, ya despojado del ropaje cotidiano, hundió los pies en el agua, en el fondo de arena y barro, y abrazado de un árbol, de un arbusto, cerró los ojos y percibió el pulso de la naturaleza, el palpitar del universo, los susurros de la vida, y experimentó momentos inolvidables.

Espectáculo que embelesa. Todos quedan arrobados ante la exuberancia de la naturaleza. Alguien deseará detener su marcha durante unos instantes para recibir en la cara las caricias del viento y palpar el rubor en sus mejillas, o tal vez con el proyecto de permanecer parado o sentado en una piedra, en un tronco, y desde allí, ensimismado y en silencio, atender los gritos de su ser, las voces de la creación, el murmullo de la vida, la risa y el llanto de la lluvia, los claroscuros del bosque, la sinfonía de aves e insectos.

Parajes colmados de vida. Naturaleza que pulsa en cada detalle, en todos los rincones, en las cañadas y las montañas. Y es que tras entrar en comunión consigo y el universo -inmersos en un renacer continuo-, el viajero sentirá que le estorban las máscaras de la cotidianeidad y los atuendos convencionales y rutinarios; entonces romperá las ataduras, los grilletes, y será tan libre como la flor que crece agreste, ufana, o igual que el águila, el halcón o el pájaro que atienden los impulsos y las voces que palpitan en ese mundo serrano.

No acaba el encanto. Es una línea inagotable. Los parajes montaraces atraen, seducen, acaso por sus formas, por su soledad, o quizá porque para el hombre y la mujer que diariamente caminan por avenidas y calles citadinas, entre aparadores con colores y reflectores artificiales, resulta fascinante descubrir una fragancia auténtica o un campo alfombrado de flores de fragancias deliciosas y matices intensos.

Cuando el aventurero llegue, al fin, a Real de Otzumatlán, caserío enclavado en la sierra envuelta en neblina, aparecerá el perfil, muy solemne, de la capilla de San Agustín, que creció en los años coloniales, cuando la ambición extranjera sometió a los indígenas para explotar la riqueza minera que ocultan las entrañas de la tierra.

Ranurada por un río que divide al caserío, la cañada es fresca, sombría, y exhibe con orgullo su capilla virreinal de piedra, localizada a 34 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, en línea recta.

Existe un puente desde el que el turista puede contemplar el río, las rocas que un día naufragaron en la corriente, los árboles que emergen de entre la vegetación, los troncos musgosos y las cortezas enlamadas.

Al cruzar el río que canta y desciende de la cumbre, el caminante encontrará ante sí un kiosco, una fuente, faroles y una arcada de piedra con enrejado que invita a recorrer el atrio y la capilla.

En el arco de piedra, de construcción muy posterior a la capilla, aparece una inscripción que evoca el 24 de abril de 1853. En la fachada de la iglesia, cerca del portón de madera, se aprecian las fechas 1732 y 1879.

La ignorancia motivó a los restauradores, hace años, a cubrir con mezcla de cemento inscripciones que recordaban fechas más distantes, como la mujer que se maquilla con el objetivo de aparentar menor edad y evadir por algunas horas la fugacidad de la existencia.

De rostro austero, pero cautivante y hermoso, cual mujer mestiza, la capilla exhibe, al frente, una torre con campanario, portón de madera, ventanal, nicho con el patrono del pueblo -San Agustín- y una cruz de piedra.

En la parte lateral, cerca de las gárgolas que sobresalen en el muro cual cañones de piedra, se distingue la cúpula pintada de blanco. Es una capilla bonita y bien conservada, a pesar de su vejez. Parece una abuela rejuvenecida que conserva incontables historias.

Ya en el interior, los muros del bautisterio, transformado en galería sacra, exhiben frescos alusivos, precisamente, a tal oficio. Es un espacio húmedo, silencioso y solitario de oraciones y veladoras.

El recinto evoca el llanto, lejano y cercano, de la infancia de ayer y hoy, al recibir el contacto del agua bendita que escurre por una, por otra y por muchas cabezas más de niños anónimos, atrapados en cuerpos minúsculos, que un día caminan por la senda existencial y luego, al anochecer, se desvanecen como los ecos de sus risas y rondallas.

Un arco de piedra y un barandal de madera forman parte del coro, que es balcón que mira hacia el altar donde reposan el Señor del Perdón y San Agustín. Un querubín sobresale en el arco de piedra.

Refiere la leyenda que el Señor del Perdón, imagen añeja de un Cristo ensangrentado, fue muy venerado en la época virreinal y que incluso, ya en la aurora del siglo XX, salvó al pequeño poblado de una catástrofe natural.

En aquella centuria que finalmente agonizó, asegura la tradición que tras una semana de aguaceros, relámpagos y truenos que mantenían aislado e incomunicado al de por sí apartado Real de Otzumatlán, los moradores permanecían encerrados en sus casas de adobe, orando al Señor del Perdón para que los liberara de lo que parecía ser una catástrofe.

Hambrientos y temerosos, los niños abrazaban a sus padres que asomaban angustiados y miraban el pertinaz aguacero y los relámpagos que alumbraban el cielo, proyectando siluetas fantasmales. El canto del río caudaloso era mortuorio. El agua se desbordaba.

Tempestad, relámpagos, oscuridad y neblina. La sierra y el caserío parecían más desolados que otras ocasiones. Estaban irreconocibles. Los moradores temían una desgracia. Se sentían aterrados y solos. Estaban atrapados en sus destinos, en sus casas, en sus temores. Parecía que presenciaban sus funerales anticipados.

Tras implorar la salvación al Señor del Perdón, los rayos solares hirieron el celaje nublado y alumbraron la cañada; ancianos, adultos, jóvenes y niños, hoy ausentes ante el devenir de los años, se dirigieron al templo con la finalidad de agradecer el milagro.

Al abrir el portón ya hinchado por el agua y la humedad, se aproximaron al altar que todavía exhalaba aroma a copal, flores, velas e incienso, y descubrieron en los escalones de piedra huellas de sangre que por el tamaño correspondían a los pies del Señor del Perdón.

Fue él, el Señor del Perdón, quien los salvó de la catástrofe natural. Narra la leyenda que se sacrificó para evitar sufrimiento y luto entre aquella gente que tanto lo adoraba y confiaba en sus fuerzas prodigiosas, en su amor incondicional hacia la humanidad.

Desde entonces, los habitantes de Real de Otzumatlán veneran con mayor fervor al Señor del Perdón, sin olvidar las imágenes de la Virgen de la Purísima Concepción, La Dolorosa, el Sagrado Corazón de Jesús, el Nazareno, el Santo Entierro y San Agustín.

Una callejuela de tierra separa la capilla de una torre de piedra y ladrillo, anciana y cadavérica, que es fragmento, trozo del ayer, y evoca las muchas horas de extracción minera.

Enfrente, ya en agonía, le mira una habitación de piedra con una puerta agotada y enferma, de la que se han apoderado la hierba, la humedad, los insectos y la polilla.

Cerca, también muy desmejorada, permanece somnolienta una construcción que bien podría utilizarse como museo arqueológico, minero y natural.

Si el turista siente impulso aventurero, caminará paralelamente al río y se introducirá al bosque, entre matorrales, y llegará a un socavón, a un túnel que exhala aliento a humedad, mineral, piedra.

Apenas visible, el túnel recuerda que con el descubrimiento y la explotación de minas de plata como la de Real de Otzumatlán, inició una aventura, una historia que causó felicidad y riqueza en unos cuantos y desdicha y luto en muchos, en las mayorías que padecían enfermedades, hambre y pobreza.

Real de Otzumatlán inició actividades mineras en el siglo XVI, alrededor de 1550. Los ambiciosos conquistadores españoles sometieron a la población indígena y la explotaron sin misericordia.

Hay que recordar que en 1591, precisamente en el ocaso del siglo XVI, Tomás de Ordaz solicitó el envío de indígenas en repartimiento para el beneficio de su mina, en Real de Otzumatlán, recibiendo la concesión del Virrey, quien le advirtió que debía pagar a la gente la cantidad de “seis reales por cada seis días de trabajo”.

En 1586, cerraron algunas minas en Real de Otzumatlán como consecuencia de la falta de indígenas, de los que ellos, los conquistadores, los dueños de todo, abusaban despiadadamente.

Otro problema que contribuyó al cierre de minas o a reducir la extracción de plata en ese lugar, en Real de Otzumatlán, fue el ocasionado por las frecuentes inundaciones. El agua se filtraba constantemente por los poros de la tierra, como si se empeñara en defender a los nativos.

No obstante, entre el ocaso del siglo XVI y la aurora del XVII, la explotación de plata en Real de Otzumatlán alcanzó mayores niveles, atrayendo, por lo mismo, la atención de comerciantes españoles.

De acuerdo con datos contenidos en las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, durante postrimerías del siglo XVIII las minas de Real de Otzumatlán representaron una riqueza aproximada a los 30 millones; además, parte de la plata, junto con la de Tlalpujahua, se utilizó para la crujía de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-, la capital de la provincia de Michoacán.

En el discurrir del siglo XIX, la producción de plata en Real de Otzumatlán fue tan importante como la que se registraba en Angangueo y Tlalpujahua, al oriente de Michoacán.

Con el movimiento insurgente, en el siglo XIX, llegó la hora postrera para las minas de plata de Real de Otzumatlán, quedando en abandono y desolación.

En la misma centuria, ya consumada por la causa independiente y por otros acontecimientos, los británicos arrendaron y aviaron las principales minas de Real de Otzumatlán; aunque al retirarse, continuaron algunas actividades en ese lugar, para lo que se invirtieron cantidades importantes en su explotación.

El mineral fue saqueado del vientre de la montaña, dejando en la oscuridad, entre agua, lodo, piedras y tierra, cadáveres de hombres humildes que nunca regresaron a sus hogares ni miraron ya las sonrisas de sus hijos. Se convirtieron, inesperadamente, en los ausentes de sus hogares. Esa es la historia.

Los túneles abandonados y oscuros, por donde entraron la esclavitud y la vida, y salieron la enfermedad, la muerte y el mineral, yacen en la montaña y conforme transcurren las horas, los días, los años, se desploman y sellan como aconteció con los capítulos añejos de la historia.

Antes de retirarse para proseguir contemplando el paisaje natural, el aventurero mirará el túnel próximo a la torre de ladrillo y piedra, apenas perceptible porque los matorrales lo cubren.

Del interior del socavón huye un arroyuelo y se escucha el eco de las gotas que caen a algún charco, como si se tratara del llanto de indígenas anónimos y olvidados que sufrieron en la penumbra, en rincones silenciosos y solitarios, desde las horas virreinales hasta los días porfirianos.

Flores minúsculas, convertidas en aretes y collares de cautivantes tonalidades, adornan la vegetación que antecede la entrada del túnel; el riachuelo marcha del socavón y se filtra, nuevamente, por las hendiduras de la naturaleza, en su eterno peregrinar, deslizándose sobre minerales, piedras y tierra.

La llovizna en la sierra recuerda que las horas del atardecer son heladas y que, por lo mismo, hay que retornar a casa, quizá a planear otro viaje por los rincones irrepetibles de Michoacán; pero la jornada ha concluido con un canasto repleto de aventuras, fotografías para el álbum y recuerdos que resguarda la memoria, algo, sin duda, más valioso que el brillo del mineral.

El judaísmo no es moda ni pose

Al rabino Manahen Shaing

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Más que moda, acto circunstancial o pose, el judaísmo, cuando es auténtico, es un estilo de vida, un compromiso sincero y permanente con Hashem, una actitud para estudiar la Torah y practicar sus preceptos en cada acto, por insignificante que parezca.

En el lapso de los últimos años, han surgido incontables personas que acaso con buena intención, pero confundidas por la mezcla de diversas doctrinas y totalmente ajenas a la Torah, desconocen la esencia y hasta consideran que con colocarse una kipá y un talit, como si se tratara de un vestuario de lucimiento social, o defendiendo determinada causa del pueblo de Israel, ya pertenecen al pueblo de Israel.

Uno, en el judaísmo puro, compromete su alma y vida a Hashem porque sabe que le pertenecen; pero esa entrega exige responsabilidad, de modo que si se hacen a un lado la Torah, el shabatt y la sinagoga, entre otros aspectos relevantes, equivale a renunciar a las bendiciones.

Quien verdaderamente aspire al judaísmo ortodoxo, tendrá que renunciar a las cosas que le distraen, acercarse a los rabinos, asistir a la sinagoga, vivir con plenitud el shabbat y, sobre todo, abrazar con auténtico amor a Hashem y su instrucción.

No basta con haber nacido en una familia judía o que el linaje indique ese origen, si se vive en el desarraigo de los mandatos de la Torah, como tampoco, estando fuera, creer que se pertenece al pueblo de Israel con asumir algunos elementos; los primeros necesitan retornar a los principios, a su esencia, mientras los segundos, en tanto, requieren la conversión bajo características y condiciones muy estrictas y especiales.

En consecuencia, al judío ortodoxo, al que vive la Torah plenamente, el mundo lo reconoce más allá de cuestiones raciales y materiales por sus actitudes, por su estilo, por la forma en que se conduce y educa a sus hijos, por el respeto a su hogar, por sus conceptos, y si se aísla de ciertas modas, prácticas y situaciones de carácter superficial, es por amor a Hashem y por su deseo de no ofenderlo ni alejarse de su sabiduría.

Por lo mismo, resulta fundamental no confundir a quien se llama judío por origen racial y linaje o simplemente por defender una causa, presentarse ante el mundo con una apariencia o aprender mediocremente el conocimiento de la Torah. El judaísmo ortodoxo es algo más, y se nota en cada acto de la vida porque el compromiso con Hashem y la Torah va más allá de de la temporalidad. Es cuestión del alma más que de cosas.

¿Y la magia de las reformas estructurales?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miembro de una casta de políticos que se han beneficiado con el ejercicio del poder versus el empobrecimiento y las injusticias en perjuicio de millones de familias, el secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso, afirmó recientemente que los mexicanos tendrán que ajustarse a una nueva realidad, palabras ambiguas que lo mismo sugieren mayor cantidad de impuestos, incrementos a las tarifas oficiales, desempleo masivo, inflación, devaluaciones, fuga de inversiones productivas y hasta terrorismo fiscal, porque el señor ministro, tan escrupuloso y severo con los contribuyentes y “preocupado” por la obesidad de los consumidores de bebidas endulzantes, no habló claro y, además, suelen fallar sus perspectivas económicas.

El hecho de anunciar que los mexicanos deberán ajustarse a una nueva realidad y que la Federación aplicará recortes presupuestales con la intención de reducir el gasto gubernamental por varios años, después de informar lo que todos sabemos, el panorama económico mundial -a alguien hay que culpar para justificar los fracasos en el manejo de las finanzas públicas-, Videgaray Caso recibió el saludo cálido de algunos participantes de The Real State Show 2015 que organizó la Asociación de Desarrolladores Inmobiliarios, en el Centro Banamex.

Más allá de los niveles alarmantes de corrupción que existen en México comparados con los preocupantes índices de desigualdad social que arrastra a millones de personas al descontento y a la pobreza acentuada, el titular de Hacienda expuso a especialistas que el entorno mundial se distingue por tres fenómenos que complican la economía nacional: descenso abrupto y permanente en los precios del petróleo, inminente aumento en las tasas de interés por parte de Estados Unidos de Norteamérica -nuestro “socio” comercial- y una tendencia baja en el crecimiento internacional.

Caray, Luis Videgaray Caso habló respecto al entorno internacional que repercute negativamente en México, nación que enfrenta un reto ante variables que se combinan desfavorablemente en perjuicio de la economía; pero omitió, evidentemente, los temas relacionados al enriquecimiento exagerado de funcionarios públicos y políticos, al favoritismo y los negocios con contratistas que reciben beneficios millonarios, a las percepciones y los gastos excesivos de las autoridades, a los cargos onerosos y dependencias que no sirven para nada, a los programas que a nadie benefician y al despilfarro del sector oficial, entre otros asuntos que realmente preocupan e interesan a los mexicanos.

Si los mexicanos tuvieran otra clase de gobernantes, el mensaje de Luis Videgaray Caso hubiera sido creíble e incluso generado confianza y solidaridad social; pero nadie confía en funcionarios públicos y políticos que han demostrado abusos y que exponen mensajes de doble moral, que hablan de reaccionar con responsabilidad y, paralelamente, poseen mansiones como la llamada casa blanca cuyo costo representa más de tres mil años de salarios mínimos. Millones de personas carecen de recursos para obtener satisfactores mínimos básicos, y estos señores, los dueños del poder, se atreven a advertir ambiguamente, cual amenaza velada, que la gente en este país tendrá que ajustarse a la nueva realidad.

Claro, es la nueva realidad propiciada por las condiciones económicas del entorno internacional, pero en un país debilitado, en ruina, totalmente saqueado durante décadas por familias que han abusado del poder y se han enriquecido sin importarles el daño contra millones de habitantes.

Hace algunas décadas, en 1977, un presidente corrupto, cínico y demagogo como fue José López Portillo y Pacheco, declaró públicamente que las naciones se dividían entre las que poseían riqueza petrolera y las que carecían de la misma, y aseguró que México la tenía. Quien estúpidamente nacionalizó la banca y alguna vez declaró que defendería el peso como un perro, presumía en 1980 que el país exportaba diariamente más de dos millones de barriles de crudo y ocupaba sexto lugar mundial en ese rubro, y por eso expresó en uno de sus discursos que los mexicanos tendrían que aprender a administrar la abundancia. Obviamente, al concluir su mandato, México se encontraba en la ruina económica, con un peso devaluado en más del 200 por ciento. Información de aquella época refiere que durante el sexenio de López Portillo, los altos precios del petróleo representaron más de 100 mil millones de dólares extras al Gobierno Federal. ¿Dónde quedaron? Nación empobrecida, políticos multimillonarios.

Si en aquella época, bajo un entorno mundial favorable para los precios del petróleo y con un presidente que juró defender el peso como perro y manifestó que los mexicanos tendrían que aprender a administrar la opulencia, el país se encontró ante un panorama de desastre económico, ¿qué sucederá ahora que el valor del crudo registra descensos abruptos y con gobernantes que sólo desean adquirir residencias multimillonarias y realizar viajes hasta con la realeza europea como si eso los fuera a transformar en personajes de alcurnia? Millones de mexicanos, como antes, sufrirán las consecuencias negativas; pero habría que preguntar de dónde surgirá el político canino que defienda la moneda nacional.

Por lo pronto, Videgaray Caso indicó, por si alguien lo había olvidado, que este año se aplicará una reducción al gasto por 124 mil millones de pesos, mientras en 2016 habrá que llevar a cabo un ajuste adicional por 135 mil millones de pesos.

Si las medidas federales se aplicaran con justicia, equilibrio y transparencia, seguramente México estaría preparado para enfrentar los retos; pero si las autoridades fallan hasta en sus perspectivas anuales de crecimiento económico y con frecuencia efectúan ajustes a la baja, ¿qué se prevé ante una situación tan riesgosa que definitivamente no han sabido manejar y ya las rebasó?

Los candidatos a diputados federales que hoy muestran sus nuevos semblantes y hablan de transformaciones, lucha contra la corrupción y temas en los que no se distinguieron con anterioridad, serán responsables de analizar y discutir el presupuesto de ingresos y egresos de la Federación para 2016. Uno los mira, en gran porcentaje, inmersos en sus campañas de descalificaciones y propuestas tan pobres, cuando las tienen, que se pregunta si no actuarán como los legisladores que aprobaron las denominadas reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto. Todos deben levantar las manos para aprobar lo que ordena la élite del poder, y reciben dádivas o la amenaza de frustrar sus “carreras” políticas.

Habría que preguntar dónde quedaron el encanto y la magia de las reformas estructurales tan defendidas por el presidente Enrique Peña Nieto y la clase gobernante, como la energética que iba a cambiar el rostro de México y representar ahorro en la economía familiar y atracción de inversiones productivas que generarían empleos y riqueza. Parecía que nuevamente el pueblo mexicano iba a aprender a administrar su opulencia; aunque con el mensaje reciente e impreciso del secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso, todo indica que la sociedad debe prepararse para coexistir en su entorno lacerante y mirar con irritación e impotencia el desfile de grandes señores, dueños de residencias, en helicópteros y escoltados por hombres enormes, armados y capaces de reprimir a cualquier ciudadano que se oponga a las decisiones y políticas gubernamentales.

No obstante, la actual coyuntura representa una oportunidad para que el presidente Enrique Peña Nieto y la clase política mexicana demuestren que su compromiso es con México y que pueden, en consecuencia, conducir el rumbo nacional sin seguir lastimando a millones de familias, muchas de las cuales, por cierto, ya apoyan la idea de la revocación de quienes ostentan el poder, lo cual es peligroso por todo lo que significa en un país desesperado y en la miseria.

¿Quiénes son?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En su portal de noticias, Milenio informa que el 98.8 por ciento de los aspirantes a legisladores federales no se han registrado en la plataforma “Candidatos y candidatas, ¡conócelos!”, creada por el Instituto Nacional Electoral con la intención de que la sociedad mexicana tenga acceso a los perfiles de quienes pretenden convertirse en sus representantes en la Cámara de Diputados.

De ser así, significa que las condiciones de inseguridad que prevalecen en el territorio nacional son tan graves que ellos, los candidatos a diputados federales, prefieren no difundir sus antecedentes curriculares, temen que la población los recuerde por sus pobres y nefastos resultados y los señale o definitivamente son omisos e irresponsables y no les interesa establecer compromisos, sino obtener el voto mayoritario, el pasaporte al otro México, al de la clase política privilegiada.

Uno de los argumentos por los que solamente se han registrado 58 de los cuatro mil 496 candidatos a diputados federales que actualmente se encuentran en campañas en la República Mexicana, es porque no existe disposición legal que los comprometa y obligue a publicar sus datos curriculares para que la ciudadanía los conozca, identifique, se forme un criterio y tome decisiones en las urnas, de modo que la gente votará sin saber si el personaje que le representará fue líder sindical, político, empresario, profesor, funcionario público o un desconocido.

Contrariamente a la apatía de los aspirantes a la legislatura federal, en el lapso de dos semanas la plataforma citada ha registrado el ingreso de más de 63 mil personas interesadas en conocer los perfiles de quienes pretenden representarlos.

Si la ausencia de compromisos, respuestas, información y resultados -prácticas comunes en los políticos mexicanos de la hora contemporánea- van a prevalecer entre quienes desean obtener una curul en la Cámara de Diputados, indudablemente su trabajo legislativo será pobre y dañino, como lo ha sido a través de las décadas, para millones de mexicanos.

Es obvio que para votar por un candidato a diputado federal, es fundamental conocer sus antecedentes e identidad, porque sería absurdo concederle la facultad de representar a la población si no hace públicos sus antecedentes curriculares.

Si 98.8 por ciento de los candidatos no se han registrado con la finalidad de que los mexicanos conozcan su trayectoria, habría que cuestionarlos acerca de los motivos por los que no publican sus perfiles, lo cual, por cierto, genera una barrera y, además, la sospecha de que no actuarán con transparencia y de frente a la sociedad. Podrían convertirse en los diputados de siempre, en los legisladores con actitudes y conductas de deidades que se enriquecen y votan en contra de los mexicanos o levantan las manos sin conocer lo que están aprobando. Increíble, pero así se comportan no pocos de los diputados de México.

En caso de que su omisión se deba al temor de ser reconocidos y atacados por la delincuencia, el escenario nacional sería, entonces, más grave de lo que suponemos y las cifras y declaraciones optimistas de las autoridades quedarían una vez más en ridículo.

Lo cierto es que de cuatro mil 496 candidatos a diputados federales que hoy hablan de honestidad, justicia y cambios en un México lacerado por la corrupción, las desigualdades sociales, el abuso de poder, el saqueo y la impunidad, solamente 58 han registrado sus datos curriculares para que los ciudadanos los conozcan. Imagine el lector la clase de legisladores federales que próximamente tendrá el pueblo mexicano.

Quien no se interesa en dar a conocer públicamente su trayectoria y aspira convertirse en representante de los mexicanos, ¿qué acuerdos no firmará a cambio de prebendas? La transparencia comienza en uno, no en descalificar a los contrincantes ni en exigir lo que en lo personal no se ha cumplido.

Campañas políticas y teatro burlesque

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando la inteligencia es rebasada y sustituida por modas y ocurrencias, en días de campañas electorales, las propuestas y soluciones a los grandes problemas ceden espacio a la estulticia, lo grotesco, las acusaciones y la ausencia de compromisos y formalidad.

En un escenario real de ingobernabilidad, corrupción a gran escala, injusticias, represión, inseguridad, miseria, falta de oportunidades de desarrollo integral, ausencia de un auténtico proyecto de nación, rezagos preocupantes, autoritarismo e impunidad, el actual proceso electoral parece ser muy ad hoc a los bajos niveles que México ha alcanzado como país.

Si bien es innegable que todavía existen candidatos bien intencionados y comprometidos con la honestidad, el desarrollo, la justicia, el respeto y la verdad, resulta evidente que amplio porcentaje de aspirantes políticos son los mismos de siempre, los que han corrompido las instituciones, provocado inseguridad, saqueado al país desde las arcas públicas, levantado la mano en contra de millones de familias. Sólo han modificado su imagen física e incluido algunos lemas; pero se trata, en esencia, de los personajes que tanto daño han causado a los mexicanos desde alcaldías, legislaturas y cargos en los poderes Ejecutivo y Judicial.

La falta de imaginación, seriedad y propuestas se hace palpable cuando uno mira, cual carpa de circo o teatro burlesque, a no pocos candidatos políticos descalificándose, criticando el trabajo de unos y otros, difundiendo rumores, y lo ridículo, para llegar a la sensibilidad de las mayorías y resultar favorecidos con el voto, bailando, desnudándose y cantando. A tal grado están prostituyendo la política, claro, más de lo que ya se encuentra.

Una canción “pegajosa”, un baile populachero, un chiste o un espectáculo nudista no resolverán, definitivamente, los graves problemas que enfrentan los mexicanos en todos los aspectos. Sólo son para atraer a los rebaños humanos, a la gente que no piensa, a los que empeñan el presente y futuro de sus hijos por un saludo hipócrita o una dádiva, a los que piensan con satisfacción que un día expresarán “a esa diputada yo la miré desnuda”, a los que ríen y se distraen con las migajas que les ofrecen cínicamente mientras la nación se desmorona.

Hay una colección de aspirantes políticos en el territorio nacional que utilizan, durante campañas, sus alias, los apodos con los que la gente los conoce, y hasta eligen por un momento los disfraces del armario, la ropa de cantantes y bailarines, de bufones que hacen cualquier cosa a cambio de obtener los beneficios de quienes sufragan sin razonar.

Si tales personajes son capaces de sustituir planteamientos serios, fórmulas inteligentes para corregir el rumbo del país desde alcaldías, legislaturas o gubernaturas, por actos más de carpa que acordes a las exigencias y a los retos de la hora contemporánea, ¿qué harán cuando ejerzan sus funciones y se sientan atraídos y seducidos por el brillo del dinero y el poder? ¿Será de confianza quien hoy se desnuda para captar la atención de las multitudes y obtener votos, o aquellos que parece que cantan y bailan en cantinas?

Definitivamente, las familias mexicanas no necesitan espectáculos nudistas ni canciones y bailes de burdel; requieren propuestas, soluciones, trabajo honesto, acciones con resultados de beneficio colectivo.

A los políticos y funcionarios públicos hay que exigirles honestidad y resultados positivos en todos los temas de trascendencia para México, no brindarles aplausos por actos que se representan mejor en los teatros. Por favor, no hay que engrandecerlos desde los palcos; es preferible obligarlos a que trabajen honesta y responsablemente. Los mexicanos desean una nación honesta, justa y próspera, no un país en ruinas ni con personajes que utilizan el poder para su beneficio personal y de grupo.

El contrato del reloj

En este mundo -sólo aquí- parece que existe un pacto impostergable entre las manecillas del reloj y las horas, el tiempo que es el único que se atreve a bofetear belleza, poder y riqueza de apariencia cautivante y seductora, pero de rostro tan fugaz como las caricias del viento una tarde de verano o los ósculos de la lluvia al depositarse en los ríos y deslizar por las hojas y las flores, también de efímera existencia… Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, a cierta edad, suele abrir el portón y las ventanas de la memoria para mirar el jardín de atrás, el escenario que se dejó un día y otro, el paisaje que cada instante, al vivir, quedó plasmado durante la jornada cotidiana. Ocupa uno, entonces, la banca de las remembranzas, el columpio de los recuerdos, para repasar la historia de la existencia.

Tal vez, mecido en el suave arrullo de la melancolía, uno pregunte: ¿qué es una flor, si no una bella fantasía?, ¿qué la vida, si no un suspiro fugaz?, ¿qué Dios, si no la eternidad? Temporalidad, es cierto; pero también infinito, aquí y ahora por siempre. Qué juego de palabras y cuánto peso entre las ideas sobre la caducidad del tiempo y la eternidad.

Entre la lucha contra la cotidianeidad y la rutina que imponen, con frecuencia, las actividades laborales y los compromisos que implica coexistir en una sociedad moderna, miro con cierto encantamiento y, a la vez, realismo, la caminata del tiempo que al mover las manecillas del reloj parece gritarme desde algún rincón lejano: “¡vive! ¡No olvides vivir intensamente! Hazlo en armonía, con equilibrio y plenamente. De cualquier manera pasaré invicto sobre ti y seguiré mi camino indiferente a lo que hayas hecho. No esperes a que te aplaste para decidir experimentar la aventura de la vida”.

Pienso en el tiempo y sus contratos irrenunciables con los relojes -invención humana ante su realidad en el mundo-, y me estremezco al imaginar que marcan la hora, aquí y allá, desde la mano materna que mece la cuna y el brazo paterno que muestra el camino de la vida, hasta las lágrimas que brotan durante las exequias.

Hoy, en la hora contemporánea, los relojes son digitales y se encuentran insertos en teléfonos celulares, computadoras, tabletas, laptops, televisores y hasta hornos de microondas, como para minimizar lo que significa el tiempo o quizá con el propósito de desplazar un producto que hace algunas décadas parecía inseparable de hombres y mujeres. No obstante, es imposible esconder al tiempo en la alacena o el cajón porque aunque no se le puede tocar, sus pasos se sienten y esculpe jeroglíficos en los rostros y en lo que agarra.

El tiempo parece tan ajeno e indiferente a los seres humanos, que éstos, casi siempre en el ocaso de sus existencias, descubren que la vida está compuesta de instantes, momentos que se diluyeron en asuntos y cosas intrascendentes, y que añoran cuando resulta imposible recuperarlos. Escritores, poetas, músicos, filósofos, místicos y gran cantidad de pensadores han dedicado su atención al tiempo, a la vida que se consume entre un suspiro y otro. Hasta el mismo Rubén Darío, en su “Canción de otoño en primavera”, escribió “juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”, mientras el Libro del Predicador o Eclesiastés, que se encuentra en la Torah y la Biblia, expresa “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

Todo, en la vida, es pasajero. Hombres y mujeres viajamos, parece, en una embarcación que se aleja de la orilla, que atrás deja rostros familiares y lugares queridos, cosas por las que luchamos, historias que se desvanecen, alegrías y tristezas, ilusiones y desencantos, simplemente segundos.

Recuerdo mi primer reloj, a los 10 años de edad. Fue un regalo de mi abuela paterna, un Haste dorado, con extensible metálico, maquinaria de cuerda y carátula cuadrada. Lo compramos en Joyería Gallegos, en el centro histórico de la Ciudad de México. Me parecía muy bello. Marcó las horas de mi infancia dorada, los minutos acumulados de mi niñez inolvidable, hasta que un día, como en todo, los engranes y las piezas minúsculas sintieron agotamiento y quedó guardado en el baúl de los recuerdos, junto a los juguetes que sólo exhalaban suspiros por los muchos días del ayer consumidos en la casa solariega. Fiel al tiempo hasta el último segundo que marcó, su amo no le perdonó la fatiga y quedó, en consecuencia, confinado entre otras cosas que también caducaron.

El augusto reloj de porcelana de uno de mis antepasados, vendido muchos años después a un anticuario de la ciudad de Puebla, exhibía, ostentoso, una carátula en la que los 12 números fueron sustituidos por el nombre de Porfirio Díaz, amigo de la familia y con quien diversas noches acudió al teatro, acompañados ambos de sus respectivas esposas, uno con la responsabilidad de conducir el destino del país entre postrimerías del siglo XIX y el amanecer de la vigésima centuria, y otro, en tanto, con su título de marqués y sus negocios, todo vano porque el primero no conservó el poder y el segundo, en cambio, perdió su fortuna. Al final sucumbieron y sus cosas e historias se desvanecieron. Todo se disipó.

Otro antepasado poseía una colección de relojes. Uno era tan especial y hermoso, que le fascinaba. A cierta hora, la maquinaria emitía notas musicales de celestial encanto y aparecían, en movimiento circular, pequeñas muñecas de porcelana. Una y otra vez marcaron la hora, indicaron los claroscuros de la existencia, hasta que fueron mancillados durante el movimiento revolucionario de 1910. Todo se consumió y apenas quedaron las recapitulaciones, y eso porque uno, al volverse coleccionista de historias del ayer, rescata algunos recuerdos que un día o una noche se perderán.

Cuando era niño, mi padre me mostro dos relojes de bolsillo, uno dorado y muy antiguo; el otro era plateado y tenía grabada en la parte posterior una locomotora. Ambas piezas de colección, junto con todo lo que poseía, también lo perdimos, igual que cuando alguien renuncia a las horas felices de la tarde al recibir las primeras sombras nocturnas.

Un día, en la adolescencia, caminaba por la calle, en la Ciudad de México, y tres hombres me asaltaron y arrebataron un reloj que un mes antes había comprado. Se llevaron mi reloj, pero no se apoderaron del tiempo que innegablemente marcó huellas indelebles sobre sus rostros, como lo hace con todos.

He mirado, tras vitrinas de museos y en colecciones particulares, relojes antiguos y bellísimos de gran valor, envejecidos, igual, por las exigencias del tiempo, a quien sirvieron fielmente. Todo queda extinto ante la marcha de las horas, de los años, del tiempo implacable.

Resulta imposible atarse a las cosas porque al final, cuando hay que renunciar a su posesión, el sufrimiento es mayor. Eso no significa que haya que carecer de ambición, pero es importante aprender a vivir con las alas de la libertad. Ante la cabalgata de las horas, la gente y las cosas se hacen a un lado, se retiran del camino.

Aunque amé y hasta veneré a mis padres, una madrugada y una mañana abandonaron la barca y partieron a otro plano. Fueron parte esencial de mi existencia, del mundo que me formé desde el albor de mi existencia, y también se marcharon. Hay, en contraparte, quienes asisten a los funerales de sus órganos, brazos, piernas y vista. Nada, en el mundo, es permanente.

Mecido en el columpio de las añoranzas y la reflexión, acude a mi memoria la historia del ser humano por conocer, administrar, controlar y hasta derrotar al tiempo, y también las colecciones de relojes, los horarios, los almanaques, las agendas; sin embargo, dentro de la fugacidad de la existencia, me parece que la fórmula más acertada para aprovecharlo no es lamentándose ni retándolo porque después de todo le es indiferente lo que uno haga y no acepta complicidades, sino convirtiendo cada instante en un aquí y un ahora, en dar lo mejor de sí, en ser feliz y no causar daño a nadie, en vivir en armonía, con equilibrio y plenamente. Hay que hacer de los días de la existencia una historia excelente, una novela irrepetible, intensa, regia e inolvidable. La vida es, sospecho, una embarcación que no mira atrás porque sigue su ruta, dejando en las orillas rostros, cosas e historias de apariencia inolvidable que al caer el telón de la noche, se desvanecen. Cada tripulante tiene que deleitarse con el viaje, aprovecharlo al máximo, porque en cualquier momento su tiempo puede caducar y él descender al muelle menos esperado. Si el tiempo viaja imperturbable, es preferible conocer su esencia, descifrar su ruta y navegar cada día con la dicha de sentir las caricias del viento y la libertad.