Lección en el Metro

A ellos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi padre estacionó el automóvil cerca de la estación Taxqueña del Metro, al sur de la Ciudad de México. Mi hermana y yo descendimos con gran emoción y apoyados de las manos paternas, las mismas que mecieron el columpio, repararon el juguete y acariciaron nuestras cabezas durante las noches de relámpagos y tormenta, acaso porque en unos minutos más se cumpliría la promesa de viajar en Metro.

Ya habíamos mirado previamente, en la televisión de bulbos, al presidente Gustavo Díaz Ordaz y al regente del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal, en el viaje inaugural de las dos primeras líneas del Metro, precisamente motivados por nuestra madre, quien siempre se interesó en convertirnos en testigos de los grandes acontecimientos nacionales y mundiales.

Aunque era muy pequeño, recuerdo que el presidente Díaz Ordaz asomó por la ventana de uno de los trenes y bromeó ante la cámara de televisión al declarar que iría a la Luna. Claro, estaban muy cercanos los tiempos del alunizaje del Apolo 11 que cierto o no, marcaron nuestras vidas al ser parte de una generación que presenció un importante proceso de transformaciones aceleradas que continúa hasta la fecha.

Ella, mi madre, se quedó en casa con mis hermanos más pequeños, mientras él, mi padre, decidió materializar nuestras ilusiones de conocer un tren tan moderno que parecía digno de las caricaturas futuristas y de naciones desarrolladas como Francia, porque hasta entonces el transporte público en la capital de México lo formaban taxis conocidos como ruleteros, camiones, trolebuses y tranvías eléctricos.

Antes de ingresar a la estación Taxqueña del Metro, mi padre organizó el recorrido de tal manera que mi hermana viajaría la mitad del trayecto a un lado de la ventanilla y yo, en tanto, en el pasillo, y viceversa.

Evidentemente, impulsado por la naturaleza humana, por la ambición desmedida, por la pretensión de desear influir en la decisión paterna, o lo que es lo mismo, por la voracidad, me adelanté para convencerlo de que me tocara el mejor tramo. Me creí, entonces, con mayor cantidad de derechos que mi hermana para disfrutar el viaje.

Mi padre, que lo mismo exploró en sus años juveniles las profundidades del ser que enfrentó el terror de la guerra en Normandía, en junio de 1944, sonrió con la sabiduría de quien ha pasado por todo en este mundo y sin hacerme sentir mal, influyó para que mi hermana eligiera la ventanilla del tren desde Taxqueña hasta San Antonio Abad. Ella se pasaría al asiento del pasillo y yo al de la ventanilla en cuanto los nueve trenes arrancaran rumbo a Pino Suárez.

Admito que siempre fui un niño muy consentido, pero comprendo que mi padre no podía permitir que su hijo mayor se convirtiera en un hombre descortés y cegado por la ambición desmedida. Debía ser caballero siempre, más allá de cualquier interés o pretensión.

Cuánta emoción sentimos mi hermana y yo en cuanto arrancó el convoy, la cual superó, sin duda, la que experimentamos minutos antes, cuando introdujimos los boletos color naranja en los torniquetes eléctricos. Aquellos boletos anaranjados costaban un peso cada uno, sí, un peso de aquellos tiempos, es decir una cantidad equivalente a un centavo de la época contemporánea. Esto da idea de la inflación acumulada a través de las décadas, propiciada por la corrupción e ineptitud de los gobiernos mexicanos.

El trayecto de Taxqueña a San Antonio Abad fue por la calzada de Tlalpan, precisamente sobre lo que fue la antigua ruta del tranvía que conducía del Zócalo al centro histórico de Tlalpan y viceversa, e incluso con posibilidad de viajar hasta Xochimilco. Mi hermana disfrutó la imagen urbana. Miró, maravillada, los automóviles, las casas, los edificios, los comercios y todo el cuadro que ofrece el paisaje urbano.

Triunfante -al menos así me sentí inicialmente-, ocupé el asiento de la ventanilla en cuanto los nueve furgones arrancaron de la estación San Antonio Abad a Pino Suárez. Mi imaginación infantil se había desbordado antes de conocer el Metro y superado, obviamente, la realidad, porque en cuanto los trenes abandonaron la superficie y se introdujeron al túnel subterráneo, solamente observé paredes de concreto gris y las luces efímeras de las estaciones en las que abrían las portezuelas automáticas por unos segundos, cual son los días de la existencia, el vuelo de la mariposa, el canto del jilguero o el perfume de la flor.

Así recorrimos las estaciones, con una mezcla de claroscuros que me parecieron extraños y muy diferentes a lo que mi hermana había visto antes. Tras el recorrido por los túneles subterráneos, nos trasladamos a la estación Zócalo con la intención de realizar algunas compras en el centro histórico de la Ciudad de México.

El retorno fue igual que el principio. Yo había elegido el túnel pensando que encerraba mayor emoción y misterio, mientras mi hermana, estimulada por la caballerosidad de mi padre, escogió la superficie, el exterior, donde la ciudad se manifestó plena ante ella, con su realidad inmediata, con sus luces y sombras.

Ya de regreso a casa, mi padre habló sobre la amabilidad y caballerosidad. Relató, con la maestría que le caracterizaba, varias historias que quedaron grabadas en mi memoria. Sin sospecharlo, nos convertimos, junto con una generación, en los primeros pasajeros del Metro de la Ciudad de México; pero tal vez eso no resulte tan significativo como la lección que recibí ese día y asimilé tiempo después. Todavía conservo uno de aquellos boletos color naranja. Mi padre me dio una gran lección y lo agradezco; aunque lamento que hoy, en nuestros días, tantos hombres y mujeres viajen entretenidos en el coqueteo del whats app y el facebook, mientras sus hijos les formulan preguntas de las que apenas obtienen respuestas escuetas. Eran aquellos días y claro, otra generación.

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