Rosi Martorell

A ella, precisamente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La amistad, como el amor, es resultado de los sentimientos más excelsos. Se trata, en realidad, de un estado más allá de la casualidad, los saludos cotidianos y las conveniencias sociales. Supera los encuentros fortuitos y los compromisos. Es, parece, una historia compartida, capítulos mutuos, detalles cincelados un momento y otro de la vida que al final quedan materializados en una obra, en recuerdos gratos, en acontecimientos grandiosos, en confidencias, en abrazos, en horas inolvidables, en el consuelo de saber que no estamos solos y que durante nuestro paso por el mundo siempre habrá un alma gemela que comprenderá las alegrías, tristezas, ilusiones y desencantos que experimentemos.

Durante la jornada existencial, uno, al convertirse en caminante, coincide en un lugar y en otro, a una hora y a muchas más, con toda clase de personas, hombres y mujeres con claroscuros, pertenecientes a diferentes razas y creencias, con educación y costumbres variadas, los cuales se transforman en compañeros por instantes, horas, días o años, quizá en el colegio o tal vez en el empleo, en el negocio, en el club deportivo o en diferentes actividades; no obstante, al final de la travesía, al enfrentar la experiencia del ocaso, el recuento da oportunidad de concluir que las verdaderas amistades son contadas.

Este día romperé la formalidad y me sentaré en la banca de las añoranzas, en el columpio de los recuerdos, para abrir el baúl de la vida y relatar que cuando mi madre era soltera, coincidió, acaso sin sospecharlo, con quien se convertiría en su amiga de siempre, en su hermana, en su confidente, en la compañera que rió y sufrió con ella dentro de su trama existencial: Rosa María Martorell Illescas, a quien mis hermanos y yo siempre hemos llamado y considerado tía, sí, nuestra tía Rosi.

Las amigas jóvenes que entonces, en la mitad de la centuria pasada, en el inolvidable e irrepetible siglo XX, compartieron sus historias y soñaron, como cualquier ser humano, en transformarse en mujeres felices, en formar familias ejemplares, en realizarse plenamente, nunca imaginaron, quizá, que ya estaban en el sendero que conduce a la dicha de contar siempre con una mano fiel, una mirada dulce, unos labios sinceros, una compañera.

Cada una, en su momento, contrajo matrimonio y formó su hogar; sin embargo, la amistad juvenil y de soltería se fortaleció al grado de convertirse, para nosotros, en una persona muy amada, en nuestra tía Rosi. Transitamos, mágicamente, de la amistad a los lazos que solamente conocen quienes han tenido la dicha de contar con la compañía de un ser humano grandioso e irrepetible.

Mi padre y mi madre le brindaron cariño y amistad. Ella, en tanto, se transformó, como sabe hacerlo, en verdadera amiga, en tía, en uno de los seres más amados dentro de nuestra familia. Es uno de nuestros personajes inolvidables.

Rosi era mágica. De pronto llegaba a casa con una bolsa pletórica de bizcochos, con regalos durante nuestros cumpleaños, con conversaciones amenas, con cariños y consejos, con disposición de pasear y convivir, con las conservas que preparaba su madre, con nuevas historias, con la alegría, el amor y la paz que siempre ha irradiado y transmitido.

Nos parecía increíble que memorizara todas las fechas de nuestros cumpleaños. Siempre era puntual en las llamadas telefónicas para dar una felicitación efusiva y desear lo mejor de la vida. Nunca la escuchamos odiar ni hablar mal de los demás. Sus conversaciones y proyectos siempre fueron constructivos. En su mirada se reflejó el amor. Sus manos aprendieron a dar más que a recibir. Seguramente aprendió desde la infancia que las cosas y el amor no solamente son para uno, sino para el bien que se pueda dar a los demás.

Más allá de los regalos que en determinados momentos pueden influir en los sentimientos infantiles, aprendimos a amar a Rosi y considerarla tía, el personaje inolvidable de nuestra niñez y adolescencia doradas, por su calidad humana. Con ella descubrimos que la amistad verdadera rebasa el interés de obtener algo a cambio porque se trata de un sentimiento que implica entrega total, sinceridad, amor.

El padre de Rosi, don Ramón Martorell, fue un español que décadas antes llegó a México procedente de España. Este año se cumplirán 73 de su fallecimiento. Hombre viudo que zarpó de su amado terruño, se estableció, primero, en Cuba, donde contrajo segundas nupcias; sin embargo, la mujer murió y decidió trasladarse a México.

Ya establecido en la Ciudad de México, casó con quien fue su tercera esposa, Juanita Illescas. En la colonia Roma, donde moraron, fundó una tienda de abarrotes, pero su principal negocio fue el de la venta de leche embotellada. En aquella época había lecherías establecidas en locales que contaban con un gran refrigerador. Las botellas de vidrio, con capacidad de un litro, eran contenidas en cajas de madera. Posteriormente aparecieron las estructuras metálicas.

La leche formaba nata. Los niños de entonces saboreaban la crema que se formaba en la parte interior de las tapas. Resultaba una delicia para quienes tenían la dicha de comprar la leche en botellas retornables de cristal, muy diferente a la que hoy se consume.

Con Rosi, mujer que sembró su camino de detalles, disfrutamos muchos de los mejores momentos de nuestra infancia y adolescencia. Siempre estuvo presente en las grandes y pequeñas ocasiones de nuestras existencias. Nos enseñó que la amistad sincera es un estilo de vida.

Mi padre pasó por la transición en octubre de 1985 y mi madre, en tanto, en septiembre de 2010; mas la amistad de Rosi quedó entre nosotros, mis hermanos y yo, como una de las mejores herencias. La amistad continúa y siempre, más allá de nuestros días, la consideraremos tía. Es, sin duda, la persona con la que al dialogar por teléfono o saludar, nos recuerda de manera más inmediata a nuestros padres. Me parece que hemos tenido el privilegio de conocer directamente el verdadero significado de la amistad. Rosi nos lo recuerda cada vez que tiene oportunidad. Es cierto, la amistad auténtica existe. Y hoy, a sus 81 años de edad, he salido de toda formalidad para rendirle un homenaje. Continúa escribiendo la historia de su existencia en un rincón de la Ciudad de México.

4 comentarios en “Rosi Martorell

  1. Fue poco el tiempo , pero tuve el gusto y la alegría de conocerla, mientras hablaba de su amada amiga del alma con orgullo y amor por sobre todas las cosas.
    Entre bizcochos dulces, café y mandarinas, la plática iba haciendo el momento mas ameno, y asi seguir conociendo a su inseparable amiga del corazón.
    Gracias por el recuerdo, me dió muchísimo gusto leer sobre ella de quien conservo esa fotografía en mi baúl de recuerdos bonitos.

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    • Es cierto, Lulú, la conociste hace media década, cuando visitaste México por primera vez. Fuimos hasta la colonia del Valle, donde vive, y nos atendió como bien dices, bizcochos, dulces, café y mandarina. Eres testigo del amor con que habló de sus amados amigos del alma. Gracias por recordármelo. Saludos hasta Uruguay.

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  2. Indudablemente la tía Rosi es uno de los personajes de nuestra familia que ciertamente dejo huella en nuestro corazón, en nuestra mente y nos dio un claro ejemplo del verdadero amor y amistad desinteresados, fue parte importante de nuestra niñez.

    Al igual que nuestra amada madrecita† , La tía Rosi siempre nos lleno de amor y cariño, me uno mi querido hermano a este homenaje y desde aquí envuelvo en las mas grandes bendiciones a nuestra muy querida y entrañable “TÍA ROSI”, un abrazo con el alma y corazón para ella.

    Le gusta a 2 personas

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