El contrato del reloj

En este mundo -sólo aquí- parece que existe un pacto impostergable entre las manecillas del reloj y las horas, el tiempo que es el único que se atreve a bofetear belleza, poder y riqueza de apariencia cautivante y seductora, pero de rostro tan fugaz como las caricias del viento una tarde de verano o los ósculos de la lluvia al depositarse en los ríos y deslizar por las hojas y las flores, también de efímera existencia… Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, a cierta edad, suele abrir el portón y las ventanas de la memoria para mirar el jardín de atrás, el escenario que se dejó un día y otro, el paisaje que cada instante, al vivir, quedó plasmado durante la jornada cotidiana. Ocupa uno, entonces, la banca de las remembranzas, el columpio de los recuerdos, para repasar la historia de la existencia.

Tal vez, mecido en el suave arrullo de la melancolía, uno pregunte: ¿qué es una flor, si no una bella fantasía?, ¿qué la vida, si no un suspiro fugaz?, ¿qué Dios, si no la eternidad? Temporalidad, es cierto; pero también infinito, aquí y ahora por siempre. Qué juego de palabras y cuánto peso entre las ideas sobre la caducidad del tiempo y la eternidad.

Entre la lucha contra la cotidianeidad y la rutina que imponen, con frecuencia, las actividades laborales y los compromisos que implica coexistir en una sociedad moderna, miro con cierto encantamiento y, a la vez, realismo, la caminata del tiempo que al mover las manecillas del reloj parece gritarme desde algún rincón lejano: “¡vive! ¡No olvides vivir intensamente! Hazlo en armonía, con equilibrio y plenamente. De cualquier manera pasaré invicto sobre ti y seguiré mi camino indiferente a lo que hayas hecho. No esperes a que te aplaste para decidir experimentar la aventura de la vida”.

Pienso en el tiempo y sus contratos irrenunciables con los relojes -invención humana ante su realidad en el mundo-, y me estremezco al imaginar que marcan la hora, aquí y allá, desde la mano materna que mece la cuna y el brazo paterno que muestra el camino de la vida, hasta las lágrimas que brotan durante las exequias.

Hoy, en la hora contemporánea, los relojes son digitales y se encuentran insertos en teléfonos celulares, computadoras, tabletas, laptops, televisores y hasta hornos de microondas, como para minimizar lo que significa el tiempo o quizá con el propósito de desplazar un producto que hace algunas décadas parecía inseparable de hombres y mujeres. No obstante, es imposible esconder al tiempo en la alacena o el cajón porque aunque no se le puede tocar, sus pasos se sienten y esculpe jeroglíficos en los rostros y en lo que agarra.

El tiempo parece tan ajeno e indiferente a los seres humanos, que éstos, casi siempre en el ocaso de sus existencias, descubren que la vida está compuesta de instantes, momentos que se diluyeron en asuntos y cosas intrascendentes, y que añoran cuando resulta imposible recuperarlos. Escritores, poetas, músicos, filósofos, místicos y gran cantidad de pensadores han dedicado su atención al tiempo, a la vida que se consume entre un suspiro y otro. Hasta el mismo Rubén Darío, en su “Canción de otoño en primavera”, escribió “juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”, mientras el Libro del Predicador o Eclesiastés, que se encuentra en la Torah y la Biblia, expresa “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

Todo, en la vida, es pasajero. Hombres y mujeres viajamos, parece, en una embarcación que se aleja de la orilla, que atrás deja rostros familiares y lugares queridos, cosas por las que luchamos, historias que se desvanecen, alegrías y tristezas, ilusiones y desencantos, simplemente segundos.

Recuerdo mi primer reloj, a los 10 años de edad. Fue un regalo de mi abuela paterna, un Haste dorado, con extensible metálico, maquinaria de cuerda y carátula cuadrada. Lo compramos en Joyería Gallegos, en el centro histórico de la Ciudad de México. Me parecía muy bello. Marcó las horas de mi infancia dorada, los minutos acumulados de mi niñez inolvidable, hasta que un día, como en todo, los engranes y las piezas minúsculas sintieron agotamiento y quedó guardado en el baúl de los recuerdos, junto a los juguetes que sólo exhalaban suspiros por los muchos días del ayer consumidos en la casa solariega. Fiel al tiempo hasta el último segundo que marcó, su amo no le perdonó la fatiga y quedó, en consecuencia, confinado entre otras cosas que también caducaron.

El augusto reloj de porcelana de uno de mis antepasados, vendido muchos años después a un anticuario de la ciudad de Puebla, exhibía, ostentoso, una carátula en la que los 12 números fueron sustituidos por el nombre de Porfirio Díaz, amigo de la familia y con quien diversas noches acudió al teatro, acompañados ambos de sus respectivas esposas, uno con la responsabilidad de conducir el destino del país entre postrimerías del siglo XIX y el amanecer de la vigésima centuria, y otro, en tanto, con su título de marqués y sus negocios, todo vano porque el primero no conservó el poder y el segundo, en cambio, perdió su fortuna. Al final sucumbieron y sus cosas e historias se desvanecieron. Todo se disipó.

Otro antepasado poseía una colección de relojes. Uno era tan especial y hermoso, que le fascinaba. A cierta hora, la maquinaria emitía notas musicales de celestial encanto y aparecían, en movimiento circular, pequeñas muñecas de porcelana. Una y otra vez marcaron la hora, indicaron los claroscuros de la existencia, hasta que fueron mancillados durante el movimiento revolucionario de 1910. Todo se consumió y apenas quedaron las recapitulaciones, y eso porque uno, al volverse coleccionista de historias del ayer, rescata algunos recuerdos que un día o una noche se perderán.

Cuando era niño, mi padre me mostro dos relojes de bolsillo, uno dorado y muy antiguo; el otro era plateado y tenía grabada en la parte posterior una locomotora. Ambas piezas de colección, junto con todo lo que poseía, también lo perdimos, igual que cuando alguien renuncia a las horas felices de la tarde al recibir las primeras sombras nocturnas.

Un día, en la adolescencia, caminaba por la calle, en la Ciudad de México, y tres hombres me asaltaron y arrebataron un reloj que un mes antes había comprado. Se llevaron mi reloj, pero no se apoderaron del tiempo que innegablemente marcó huellas indelebles sobre sus rostros, como lo hace con todos.

He mirado, tras vitrinas de museos y en colecciones particulares, relojes antiguos y bellísimos de gran valor, envejecidos, igual, por las exigencias del tiempo, a quien sirvieron fielmente. Todo queda extinto ante la marcha de las horas, de los años, del tiempo implacable.

Resulta imposible atarse a las cosas porque al final, cuando hay que renunciar a su posesión, el sufrimiento es mayor. Eso no significa que haya que carecer de ambición, pero es importante aprender a vivir con las alas de la libertad. Ante la cabalgata de las horas, la gente y las cosas se hacen a un lado, se retiran del camino.

Aunque amé y hasta veneré a mis padres, una madrugada y una mañana abandonaron la barca y partieron a otro plano. Fueron parte esencial de mi existencia, del mundo que me formé desde el albor de mi existencia, y también se marcharon. Hay, en contraparte, quienes asisten a los funerales de sus órganos, brazos, piernas y vista. Nada, en el mundo, es permanente.

Mecido en el columpio de las añoranzas y la reflexión, acude a mi memoria la historia del ser humano por conocer, administrar, controlar y hasta derrotar al tiempo, y también las colecciones de relojes, los horarios, los almanaques, las agendas; sin embargo, dentro de la fugacidad de la existencia, me parece que la fórmula más acertada para aprovecharlo no es lamentándose ni retándolo porque después de todo le es indiferente lo que uno haga y no acepta complicidades, sino convirtiendo cada instante en un aquí y un ahora, en dar lo mejor de sí, en ser feliz y no causar daño a nadie, en vivir en armonía, con equilibrio y plenamente. Hay que hacer de los días de la existencia una historia excelente, una novela irrepetible, intensa, regia e inolvidable. La vida es, sospecho, una embarcación que no mira atrás porque sigue su ruta, dejando en las orillas rostros, cosas e historias de apariencia inolvidable que al caer el telón de la noche, se desvanecen. Cada tripulante tiene que deleitarse con el viaje, aprovecharlo al máximo, porque en cualquier momento su tiempo puede caducar y él descender al muelle menos esperado. Si el tiempo viaja imperturbable, es preferible conocer su esencia, descifrar su ruta y navegar cada día con la dicha de sentir las caricias del viento y la libertad.

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