Primeros días de campañas políticas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Descalificaciones, triunfalismos anticipados, acusaciones, apasionamiento excesivo, movilizaciones, expectativas que rebasan la realidad y ausencia de compromisos serios y propuestas inteligentes han definido, en sus primeros días, los esbozos de las campañas políticas en Michoacán, precisamente en una etapa en la que incontables familias en ese estado ya están hartas de abusos de poder, corrupción, delitos, injusticias, promesas incumplidas, adormecimiento de las autoridades, falta de oportunidades reales de desarrollo e impunidad.

Tal vez los asesores de los aspirantes políticos, los que les hablan al oído, quienes diseñan las estrategias, viven una realidad económica diferente a la que enfrentan la mayoría de los michoacanos y creen que sus consejos son acordes a las urgencias de la hora contemporánea, ya que no es lo mismo ir todas las mañanas al club, al vapor, al restaurante, a alabar a los que ostentan el poder o criticar a los opositores y tratar de componer la situación de un estado desde una mesa de café o envueltos en toallas, que caminar por las calles de las colonias populares, por las rancherías desoladas, por los pueblos empobrecidos, donde la gente carece de satisfactores mínimos, y no porque prefiera la holgazanería, sino por la falta de oportunidades de progreso.

La realidad de Michoacán es diferente y necesita, en consecuencia, propuestas y acciones reales, no promesas ni campañas de bajo perfil, como si se tratara de obras de teatro que se ejecutan por compromiso u obligación y concluyen en cuanto desciende el telón pesado y oscuro, cubierto por el polvo y rasgado por el descuido, sin que salgan nuevamente los actores a recibir aplausos por temor a ser agredidos por el público defraudado e irascible.

Han sido 13 años -casi todo el lapso del siglo XXI- de corrupción, mentiras, riesgos e injusticias sin que se aplique la ley a quienes han dañado a los michoacanos. Las condiciones actuales de Michoacán exigen la participación de hombres y mujeres comprometidos con la verdad, el trabajo, la justicia, el bien común, la honestidad y el desarrollo integral, no discursos incendiarios ni declaraciones mediáticas o encuestas que confunden a la gente.

Y si la sociedad, al menos los sectores más conscientes de la realidad, no está convencida con las actitudes de descalificaciones y hostigamiento porque exige propuestas y compromisos, e indudablemente se siente defraudada, hay otros factores que influyen negativamente y le dan la razón al pensar que los políticos solamente se interesan en cometer excesos, como el caso reciente de Angélica Rivera, la esposa del presidente Enrique Peña Nieto, quien junto con sus hijas, hijastras y amigas realizó un viaje a Estados Unidos de Norteamérica con la intención de visitar las boutiques más caras de Beverly Hills y preguntar por vestidos con valor hasta de 20 mil dólares, cuando millones de mexicanos carecen de unos cuantos pesos para satisfacer sus necesidades básicas, dar de comer a sus hijos o comprarles algún medicamento.

Si el sueldo del mandatario nacional es, como lo estipuló el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2015, de 248 mil 674 pesos mensuales, ¿cómo es posible que una joven de su familia pretenda adquirir un vestido para su graduación con un valor que supera los ingresos familiares? De tener el presidente Peña Nieto otros ingresos económicos, ¿dónde están las declaraciones ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público? Indudablemente se trata de recursos que aportan los mexicanos a través de sus impuestos. Y lo más sospechoso es que al siguiente día de la aparición del video que dio fe de las actitudes superficiales y derrochadoras de la familia presidencial, fue eliminado de youtube, lo cual denota el afán de autoritarismo que prevalece en México.

Tales conductas, por no citar otros ejemplos como la visita a Inglaterra con más de 200 invitados o la utilización del helicóptero, entre otros, contribuyen a denigrar el de por sí mediano trabajo de los candidatos, y no solamente de los priistas, sino de panistas, perredistas y otros, porque la población está fastidiada de la clase política mexicana en general, independientemente del partido del que provenga, precisamente por los excesos que comete en detrimento del país.

Por el bien de Michoacán y México, habría que esperar que los aspirantes políticos que contienden durante las actuales campañas, recapaciten y verdaderamente se comprometan con las familias que coexisten, ya lo sabemos, entre la miseria, la inseguridad, la corrupción, las injusticias y la desesperación.

Las autoridades se asustan, mienten y actúan miserablemente cuando aparecen grupos opositores que legítimamente o no defienden sus derechos y exhiben la incapacidad oficial; sin embargo, al no actuar responsablemente ante la sociedad, como lo juraron al asumir sus funciones, se convierten en cómplices de los grandes problemas. No entienden, o son omisos, que los signos de malestar social están creciendo y que una vez que se rompa el equilibrio social, es decir cuando tú quiebres tu negocio o te despidan del empleo y no tengas dinero para alimentar a tus hijos, comprarles medicamentos que salven sus vidas o darles una educación digna, y a tus familiares, amigos y vecinos les suceda lo mismo, nada halagüeño se desencadenará para el estado y la nación. Hoy, los candidatos enfrentan la oportunidad histórica de convertirse en actores del cambio y la justicia que reclaman millones de personas o sellar complicidad con la cadena de la clase política que tanto daño ha causado a los michoacanos y mexicanos en general.

La magia del calzado

“…Como a su hermana y sus amigas, o a la niña de cartón, les interesaba y preocupaba el zapato, pero raras veces el sendero”. Fragmento de la obra “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tras los aparadores de cristal, entre la magia de espejos y reflectores, los zapatos aparecen aquí y allá, coquetos, seductores a los sentidos, quizá porque cubren la desnudez de los pies y se convierten en sus rostros, en el maquillaje de efímera existencia que les da estilo y personalidad ante el mundo.

Uno, al entrar a las zapaterías, descubre a un lado y otro calzado infantil, para adolescentes y jóvenes, deportistas, adultos y ancianos de todas las clases sociales, como si compitieran entre sí en comodidad, materiales, precio y belleza para no quedar rezagados ni enfrentar el drama de la caducidad frente a los modelos que llegan con altivez y los compradores que los desdeñan.

Pies femeninos y masculinos prueban el calzado en un acto de enamoramiento, y también de necesidad. Hay quienes toman los zapatos como si se tratara de una criatura animada, de un ser delicado que compartirá a su lado incontables días y experiencias, y por eso los acarician, los miran una y otra vez con cuidado, deslizan sus dedos sobre la textura y hasta perciben el aroma que exhalan los materiales, mientras otros, en cambio, los agarran con tosquedad, igual que quien coge una piedra o cualquier objeto burdo.

Se distinguen, por los movimientos y las expresiones, los espíritus superficiales entre los compradores de calzado, aunque también los seres refinados y los semblantes de aquellos que los adquieren por necesidad o urgencia, o por la importancia de contar con variedad de modelos, o por cualquier otro motivo.

La magia no solamente consiste en adivinar quién comprará cada par de calzado, sino los sitios que pisarán las suelas, los caminos por donde andarán, las historias que protagonizarán, porque lo mismo los hay para bebés, niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos.

Cada par de zapatos se convierte en la morada de los pies humanos. Unos protagonizarán historias en bancos, iglesias, hospitales, escuelas; otros, en tanto, en hoteles, clubes deportivos, restaurantes, mansiones, pocilgas, casas y departamentos de mediana clase, tribunales, despachos, fiestas, sepelios. Todos irán a la campiña o al asfalto de las urbes, ascenderán al tractor, al camión de pasajeros, al autobús, al automóvil, al barco, a la lancha, al crucero, al avión.

Inseparables a sus dueños, atestiguarán silenciosamente pactos de amor, traiciones, alianzas, celebraciones, triunfos, fracasos, alegría, tristeza. Sus propietarios serán, indiscutiblemente, mandatarios, políticos, funcionarios públicos, periodistas, empresarios, médicos, abogados, contadores, ingenieros, diseñadores, pensionados, sacerdotes, prostitutas, meseros, albañiles, estudiantes, amas de casa, choferes, escritores, artistas, obreros, asesinos, delincuentes, cobradores, burócratas, actores, sepultureros, personas desahuciadas, profesores.

Innegablemente, algunos pares de calzado pisarán alfombras y pisos de mansiones; otros sentirán las caricias ásperas del asfalto, el calor o el frío del concreto. Tendrán que acostumbrarse a las piedras del camino, a la tierra, al polvo, o a la elegancia y el cuidado de las cosas. Cada par de zapatos experimentará su realidad.

Quizá se convertirán en únicas prendas de ciertos pies o tal vez serán agregados a la colección, al guardarropa; también asistirán a sus propios funerales, cuando sean arrojados al carretón de la basura, rematados en un mercado de cosas usadas, obsequiados a algunas personas, abandonados en los basureros y las calles o lanzados, como acostumbran ciertos sectores de mexicanos, a las azoteas y los cables de electricidad que cuelgan de un poste a otro.

Igual que los seres humanos, tan proclives a diferenciar las clases sociales y al racismo, los hay de piel, cuero, plástico y otros materiales; pero independientemente de su categoría, delatarán, al mirarlos, las costumbres de sus portadores.

¿Qué zapatos atestiguarán cirugías que salvarán incontables vidas? ¿Cuáles disfrutarán el sabor del triunfo en una competencia deportiva, los aplausos por una ejecución artística o la lectura de un discurso, el miedo de un crimen, la angustia de una batalla, la desolación de la cárcel, el canto de la libertad, la delicia del amor, un paseo, un funeral, una fiesta, un trato o una decisión nacional o mundial?

En apariencia, los zapatos revelan la personalidad de quienes los portan. El hechizo, desde que se les mira y elige en una zapatería, consiste en que no se conoce la identidad de quienes los comprarán y usarán, como tampoco los rumbos que tomarán, las historias de las que formarán parte, las situaciones que enfrentarán, el ocaso que tendrán.

Y es que lo mismo pueden ser adquiridos, de acuerdo con su calidad y precio, por mandatarios de un país, políticos, funcionarios, empresarios, artistas, personas públicas, rabinos, sacerdotes y religiosos de alto rango, que por gente anónima, hombres y mujeres de todas edades y clases sociales, con distintas realidades e historias. Existen zapaterías para todos los estratos socioeconómicos.

En aparadores, rodeados de luces, bullicio y colores, o en bodegas, entre la oscuridad y el silencio, permanecen los zapatos en espera de iniciar, protagonizar y concluir historias, acompañados de las personas que los harán suyos y testigos mudos de la comedia humana. Cada par marchará hacia un rumbo, una trama, un destino, y eso forma parte del encanto, del hechizo, del embeleso.

Tal vez parezca ocioso consentir los encantos y seducciones de la imaginación al ingresar a una zapatería; sin embargo, hay señales más profundas e inquietantes porque si bien es innegable que los seres humanos son variados y naturalmente buscan, según sus circunstancias, apariencia, calidad, precio y comodidad en el calzado, muy pocos se interesan en definir el itinerario del viaje, el sendero a las rutas de sus existencias.

Los hombres del bastón

Con dedicatoria

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los tullidos, enfermos, ancianos e invidentes utilizan bastones y hasta andaderas para sostenerse de pie y caminar lentamente, y se comprende porque de no hacerlo podrían resbalar y accidentarse con consecuencias fatales para sus vidas; sin embargo, aquellos políticos que usan muletas, en el sentido figurado, para descalificar y hacer a un lado a sus adversarios, ganar la simpatía y el respaldo de las mayorías y obtener, finalmente, el triunfo electoral, despiertan sospechas porque al parecer son incapaces de presentar propuestas inteligentes a la ciudadanía harta de abusos, corrupción, impunidad e injusticias, y muy proclives, en cambio, a los discursos incendiarios, a la demagogia.

Ahora que ya iniciaron campañas electorales en México y algunas entidades, como Michoacán, verbigracia, para gobernador, alcaldes y legisladores, no es raro que diversos sectores de la sociedad escuchen, al micrófono o en declaraciones mediáticas, a los principales candidatos atacándose, criticando lo que no hicieron sus adversarios políticos, recalcando las torpezas y errores de otras gestiones, cuando en todos los casos se han registrado actos de corrupción e ineptitud. Por algo México se encuentra en ruinas, en una situación alarmante que los hombres del poder intentan sofocar para confundir y engañar a la comunidad internacional.

Resulta lamentable que los espacios públicos y los medios de comunicación se intoxiquen tan rápido de palabras apasionadas por el arrebato, la crítica destructiva y el odio, cuando los mexicanos desean escuchar compromisos reales, propuestas razonables, promesas responsables. Lo demás -las fallas, la corrupción, el nepotismo, la impunidad, el cinismo, las injusticias, los rezagos, el engaño- ya lo conoce la sociedad mexicana, quien desea otra clase de gobernantes. Es estéril que los políticos resalten los errores y la corrupción de sus contrincantes, cuando es del conocimiento general la clase de gobernantes y funcionarios públicos que tiene el país en sus diferentes niveles.

Es oportuno recordarles a los candidatos políticos de los diferentes partidos que el pueblo mexicano ya está harto de tantas palabras y nulos resultados. El país necesita hombres y mujeres auténticos, comprometidos con sus funciones públicas, responsables en el cumplimiento de sus propuestas, interesados en los problemas nacionales y en su solución, gente que ofrezca verdaderas alternativas de desarrollo integral, más que arlequines que se monten en zancos o utilicen bastones para apoyarse y obtener el respaldo mayoritario en las urnas. Habrá que estar preparados para soportar la avalancha de ataques, críticas y descalificaciones por parte de los aspirantes políticos, claro, ausentes de propuestas y compromiso en muchos de los casos; pero por alguien habrá que votar para exigir resultados, y esa tarea es responsabilidad de todos.

Rosi Martorell

A ella, precisamente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La amistad, como el amor, es resultado de los sentimientos más excelsos. Se trata, en realidad, de un estado más allá de la casualidad, los saludos cotidianos y las conveniencias sociales. Supera los encuentros fortuitos y los compromisos. Es, parece, una historia compartida, capítulos mutuos, detalles cincelados un momento y otro de la vida que al final quedan materializados en una obra, en recuerdos gratos, en acontecimientos grandiosos, en confidencias, en abrazos, en horas inolvidables, en el consuelo de saber que no estamos solos y que durante nuestro paso por el mundo siempre habrá un alma gemela que comprenderá las alegrías, tristezas, ilusiones y desencantos que experimentemos.

Durante la jornada existencial, uno, al convertirse en caminante, coincide en un lugar y en otro, a una hora y a muchas más, con toda clase de personas, hombres y mujeres con claroscuros, pertenecientes a diferentes razas y creencias, con educación y costumbres variadas, los cuales se transforman en compañeros por instantes, horas, días o años, quizá en el colegio o tal vez en el empleo, en el negocio, en el club deportivo o en diferentes actividades; no obstante, al final de la travesía, al enfrentar la experiencia del ocaso, el recuento da oportunidad de concluir que las verdaderas amistades son contadas.

Este día romperé la formalidad y me sentaré en la banca de las añoranzas, en el columpio de los recuerdos, para abrir el baúl de la vida y relatar que cuando mi madre era soltera, coincidió, acaso sin sospecharlo, con quien se convertiría en su amiga de siempre, en su hermana, en su confidente, en la compañera que rió y sufrió con ella dentro de su trama existencial: Rosa María Martorell Illescas, a quien mis hermanos y yo siempre hemos llamado y considerado tía, sí, nuestra tía Rosi.

Las amigas jóvenes que entonces, en la mitad de la centuria pasada, en el inolvidable e irrepetible siglo XX, compartieron sus historias y soñaron, como cualquier ser humano, en transformarse en mujeres felices, en formar familias ejemplares, en realizarse plenamente, nunca imaginaron, quizá, que ya estaban en el sendero que conduce a la dicha de contar siempre con una mano fiel, una mirada dulce, unos labios sinceros, una compañera.

Cada una, en su momento, contrajo matrimonio y formó su hogar; sin embargo, la amistad juvenil y de soltería se fortaleció al grado de convertirse, para nosotros, en una persona muy amada, en nuestra tía Rosi. Transitamos, mágicamente, de la amistad a los lazos que solamente conocen quienes han tenido la dicha de contar con la compañía de un ser humano grandioso e irrepetible.

Mi padre y mi madre le brindaron cariño y amistad. Ella, en tanto, se transformó, como sabe hacerlo, en verdadera amiga, en tía, en uno de los seres más amados dentro de nuestra familia. Es uno de nuestros personajes inolvidables.

Rosi era mágica. De pronto llegaba a casa con una bolsa pletórica de bizcochos, con regalos durante nuestros cumpleaños, con conversaciones amenas, con cariños y consejos, con disposición de pasear y convivir, con las conservas que preparaba su madre, con nuevas historias, con la alegría, el amor y la paz que siempre ha irradiado y transmitido.

Nos parecía increíble que memorizara todas las fechas de nuestros cumpleaños. Siempre era puntual en las llamadas telefónicas para dar una felicitación efusiva y desear lo mejor de la vida. Nunca la escuchamos odiar ni hablar mal de los demás. Sus conversaciones y proyectos siempre fueron constructivos. En su mirada se reflejó el amor. Sus manos aprendieron a dar más que a recibir. Seguramente aprendió desde la infancia que las cosas y el amor no solamente son para uno, sino para el bien que se pueda dar a los demás.

Más allá de los regalos que en determinados momentos pueden influir en los sentimientos infantiles, aprendimos a amar a Rosi y considerarla tía, el personaje inolvidable de nuestra niñez y adolescencia doradas, por su calidad humana. Con ella descubrimos que la amistad verdadera rebasa el interés de obtener algo a cambio porque se trata de un sentimiento que implica entrega total, sinceridad, amor.

El padre de Rosi, don Ramón Martorell, fue un español que décadas antes llegó a México procedente de España. Este año se cumplirán 73 de su fallecimiento. Hombre viudo que zarpó de su amado terruño, se estableció, primero, en Cuba, donde contrajo segundas nupcias; sin embargo, la mujer murió y decidió trasladarse a México.

Ya establecido en la Ciudad de México, casó con quien fue su tercera esposa, Juanita Illescas. En la colonia Roma, donde moraron, fundó una tienda de abarrotes, pero su principal negocio fue el de la venta de leche embotellada. En aquella época había lecherías establecidas en locales que contaban con un gran refrigerador. Las botellas de vidrio, con capacidad de un litro, eran contenidas en cajas de madera. Posteriormente aparecieron las estructuras metálicas.

La leche formaba nata. Los niños de entonces saboreaban la crema que se formaba en la parte interior de las tapas. Resultaba una delicia para quienes tenían la dicha de comprar la leche en botellas retornables de cristal, muy diferente a la que hoy se consume.

Con Rosi, mujer que sembró su camino de detalles, disfrutamos muchos de los mejores momentos de nuestra infancia y adolescencia. Siempre estuvo presente en las grandes y pequeñas ocasiones de nuestras existencias. Nos enseñó que la amistad sincera es un estilo de vida.

Mi padre pasó por la transición en octubre de 1985 y mi madre, en tanto, en septiembre de 2010; mas la amistad de Rosi quedó entre nosotros, mis hermanos y yo, como una de las mejores herencias. La amistad continúa y siempre, más allá de nuestros días, la consideraremos tía. Es, sin duda, la persona con la que al dialogar por teléfono o saludar, nos recuerda de manera más inmediata a nuestros padres. Me parece que hemos tenido el privilegio de conocer directamente el verdadero significado de la amistad. Rosi nos lo recuerda cada vez que tiene oportunidad. Es cierto, la amistad auténtica existe. Y hoy, a sus 81 años de edad, he salido de toda formalidad para rendirle un homenaje. Continúa escribiendo la historia de su existencia en un rincón de la Ciudad de México.

La broma y la generación perdida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde los días del represor y demagogo presidente Luis Echeverría Álvarez, en la década de los 70, hasta la hora contemporánea, cuando la corrupción, impunidad e incapacidad del gobierno que encabeza Enrique Peña Nieto hunden a México en graves desigualdades sociales, desempleo, miseria, injusticias, enfermedades, inseguridad e ignorancia, el rostro de la nación aparece desgarrador e irreconocible ante la comunidad internacional.

Los rezagos en educación, democracia, salud, desarrollo económico, justicia, libertad de expresión, respeto a la dignidad humana, seguridad, transparencia en el manejo de los programas y recursos públicos, vivienda digna y progreso integral, entre otros temas de trascendencia para cualquier nación, son palpables en la República Mexicana y merecen, por lo mismo, la atención perentoria de las instancias mundiales. Algo grave ocurre en México. Es delicado lo que acontece en este país. A las autoridades y los políticos no les interesa el bien común de millones de mexicanos; al contrario, cada día demuestran excesos en sus funciones para beneficiarse económicamente y conservar el poder.

Cotidianamente, los mexicanos son víctimas de burócratas mañosos e improductivos, funcionarios públicos y políticos corruptos, rapto y trata de personas, crímenes brutales, policías extorsionadores, religiosos que establecen alianzas con la clase gobernante, instituciones financieras voraces, defraudadores, ladrones, profesores deshonestos, programas radiofónicos y televisivos estúpidos y superficiales, transportistas insensibles, médicos y abogados deshumanizados y motivados por la ambición desmedida, jueces comprometidos más con las injusticias que con la verdad, legisladores deshonestos e irresponsables, medios de comunicación mercenarios y redes sociales con innumerables personas que manifiestan odio y resentimiento, totalmente alejados de propuestas de cambio, entre otros sectores y acciones negativas que innegablemente atentan contra el desarrollo integral del país.

Es de suponerse que cualquier ingenuo que no radique en México y haga un recuento de la incomparable riqueza de este país o atienda los discursos presidenciales y de otros políticos y funcionarios públicos en el extranjero, creerá que la presente crítica es broma o exageración; sin embargo, no solamente se trata del saqueo y destrucción de la nación por parte de la élite en el poder y otros grupos de pillos, sino del daño irreparable a las generaciones que han perdido la oportunidad de vivir dignamente en un estado que bien pudo ser potencia mundial desde hace décadas.

Ante la caminata impostergable de los años, la infancia y juventud de ayer crecieron y se transformaron en adultos, en millones de hombres y mujeres que hoy coexisten en un escenario adverso en todos sentidos, en cuyas existencias siempre han prevalecido consecuencias negativas de las acciones de gobiernos corruptos, represores e ineficientes.

Y si diversas generaciones de mexicanos perdieron la oportunidad de desarrollarse integralmente, resulta lamentable que los niños y jóvenes de ahora hayan heredado un país en el que cualquiera, con buenas relaciones, poder o por medio del engaño o la fuerza, le es fácil cometer fraudes millonarios en perjuicio de las finanzas públicas y el patrimonio nacional, secuestrar y torturar personas, violar mujeres, raptar pequeños, prostituir a través de la radio y televisión, asaltar, pisotear las leyes, extorsionar, asesinar, lucrar con la salud, encarcelar a los inocentes y cometer perversidades sin que se aplique la justicia.

Parece que la corrupción e impunidad se dictan como moda desde los más altos niveles de poder en México -habría que escudriñar con cuidado temas como la mansión presidencial de siete millones de dólares, la residencia del secretario de Hacienda tan escrupuloso con los contribuyentes, la sospecha de favoritismo en las licitaciones multimillonarias del sector oficial, la represión contra los estudiantes de Ayotzinapa, las conductas y excesos de la hija del mandatario nacional, el amigo en la Secretaría de la Función Pública, el uso del helicóptero e infinidad de casos vergonzosos e insultantes para la sociedad. Es un estilo que se ha generalizado no solamente entre las principales figuras del gabinete presidencial, sino con los legisladores, ministros y jueces, gobernadores, alcaldes y todo tipo de funcionario público y político.

Las llamadas reformas estructurales, transformadas en leyes y tan defendidas por el presidente Enrique Peña Nieto, ni siquiera representan el salvavidas de México. Existen muchas dudas sobre la identidad de quienes resultarán beneficiados con políticas seguramente ajenas a las aspiraciones de los mexicanos; además, las medidas gubernamentales ni siquiera soportaron movimientos abruptos en el mundo como el descenso en los precios internacionales del petróleo y la devaluación del peso. Todo se planea y ejecuta, parece, para beneficiar a los familiares, a los amigos, a la gente cercana de quienes ostentan el poder y no están dispuestos a dejarlo.

Como no existen proyecto de nación ni compromiso por parte de políticos y sociedad para reconstruir a México, el país se desmorona ante nuestras miradas de desconcierto e impotencia. Estamos preparando el sepulcro de las actuales generaciones.

Mucho se ha insistido en que la sociedad organizada es la que propiciará los cambios sustanciales que requiere México; no obstante, amplios sectores se encuentran distraídos, totalmente enajenados, manipulados. Una población que hace dos décadas creía en el chupacabras, que ha tenido como conductor de noticiero matutino a un payaso grotesco, que se entrega con pasión al teatro futbolero y a las telenovelas, que ríe y llora con los actores, que escucha y mira programas llenos de estulticia en la radio y la televisión, que comparte chismes en las redes sociales y que critica severamente en las reuniones de café y se agacha ante el paso de quienes la gobiernan con abusos, corrupción, injusticias e impunidad, definitivamente carece de capacidad para protagonizar los cambios sustanciales que urgen en México.

¿La sociedad hará los cambios? Caray, aunque no todos, pero habría que acudir a los consultorios de los médicos, de los especialistas en salud, para comprobar su ambición desmedida, sus insanos deseos de enriquecerse por medio del dolor humano, sus diagnósticos erróneos y su afán de aplicar cirugías injustificadas. ¿Ellos se sumarán a los cambios? Ni siquiera declaran al fisco lo que perciben por honorarios. ¿Los abogados? ¿Ellos serán promotores de las transformaciones del país? ¿Los sindicatos? ¿Acaso los choferes del transporte público o los comerciantes callejeros mal llamados ambulantes? ¿Los periodistas, los actores, los intelectuales, los estudiantes? ¿O serán los líderes de partidos políticos? Si no cumplen el perfil los clientes habituales de los cafés, ¿serán los empleados de mostrador? ¿Quizá los constructores, los industriales, los obreros, los albañiles, los catedráticos, los religiosos? ¿Dónde se encuentran los protagonistas de las transformaciones?

Hay mucha gente inconforme que ya ha sido perjudicada en diferentes aspectos por las actuales condiciones que prevalecen en el territorio nacional, pero le falta memoria histórica, responsabilidad social, iniciativa y decisión para exigir a las autoridades que cumplan el compromiso que asumieron ante más de 100 millones de mexicanos.

No se trata de organizar una revuelta social porque definitivamente resultaría desastroso para las mayorías, sino de reaccionar e impedir que funcionarios públicos y políticos continúen abusando del poder para beneficiarse. La obligación de la clase política es abandonar los falsos discursos que pretenden convencer y enamorar a la comunidad internacional con las supuestas oportunidades de desarrollo en México, y actuar con honestidad y justicia. Mientras haya crímenes, fraudes, rapto y desaparición de personas, miseria, falta de educación y salud, los gobernantes no podrán presumir, como lo hacen, de sus logros. Su obligación es cumplirle a la sociedad mexicana. La población no debe aplaudir discursos demagógicos ni tareas inherentes a la función pública, sino exigir y supervisar.

Este año será de elecciones en México. Es momento de exigir y comprometer a los candidatos, no de empeñar o vender el presente y futuro de las actuales generaciones a cambio de tortas, pantallas y otros “regalos” que provienen de los recursos públicos, de los impuestos de los ciudadanos que trabajan y se esfuerzan cotidianamente.

No es posible que los legisladores continúen con el cinismo de supuestamente representar a la sociedad y votar en contra de ella. En el caso de los gobernadores y alcaldes, hay que revisar los antecedentes de los candidatos porque nadie cambia sus conductas por decreto o ante la oportunidad de ejercer una función pública. Es momento de que los mexicanos se unan y exijan compromiso, responsabilidad y trabajo a quienes resulten electos, o de lo contrario demandárselos como ellos mismos juran descaradamente.

Los actuales son momentos coyunturales en los que los mexicanos decidirán si continúan como víctimas de una broma que los está convirtiendo en la generación perdida de la historia, o si reaccionan y se colocan, como deben, en el nivel de ciudadanos de primera categoría que exijan a sus gobernantes honestidad, justicia y resultados en todos los temas de interés nacional.

Lección en el Metro

A ellos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi padre estacionó el automóvil cerca de la estación Taxqueña del Metro, al sur de la Ciudad de México. Mi hermana y yo descendimos con gran emoción y apoyados de las manos paternas, las mismas que mecieron el columpio, repararon el juguete y acariciaron nuestras cabezas durante las noches de relámpagos y tormenta, acaso porque en unos minutos más se cumpliría la promesa de viajar en Metro.

Ya habíamos mirado previamente, en la televisión de bulbos, al presidente Gustavo Díaz Ordaz y al regente del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal, en el viaje inaugural de las dos primeras líneas del Metro, precisamente motivados por nuestra madre, quien siempre se interesó en convertirnos en testigos de los grandes acontecimientos nacionales y mundiales.

Aunque era muy pequeño, recuerdo que el presidente Díaz Ordaz asomó por la ventana de uno de los trenes y bromeó ante la cámara de televisión al declarar que iría a la Luna. Claro, estaban muy cercanos los tiempos del alunizaje del Apolo 11 que cierto o no, marcaron nuestras vidas al ser parte de una generación que presenció un importante proceso de transformaciones aceleradas que continúa hasta la fecha.

Ella, mi madre, se quedó en casa con mis hermanos más pequeños, mientras él, mi padre, decidió materializar nuestras ilusiones de conocer un tren tan moderno que parecía digno de las caricaturas futuristas y de naciones desarrolladas como Francia, porque hasta entonces el transporte público en la capital de México lo formaban taxis conocidos como ruleteros, camiones, trolebuses y tranvías eléctricos.

Antes de ingresar a la estación Taxqueña del Metro, mi padre organizó el recorrido de tal manera que mi hermana viajaría la mitad del trayecto a un lado de la ventanilla y yo, en tanto, en el pasillo, y viceversa.

Evidentemente, impulsado por la naturaleza humana, por la ambición desmedida, por la pretensión de desear influir en la decisión paterna, o lo que es lo mismo, por la voracidad, me adelanté para convencerlo de que me tocara el mejor tramo. Me creí, entonces, con mayor cantidad de derechos que mi hermana para disfrutar el viaje.

Mi padre, que lo mismo exploró en sus años juveniles las profundidades del ser que enfrentó el terror de la guerra en Normandía, en junio de 1944, sonrió con la sabiduría de quien ha pasado por todo en este mundo y sin hacerme sentir mal, influyó para que mi hermana eligiera la ventanilla del tren desde Taxqueña hasta San Antonio Abad. Ella se pasaría al asiento del pasillo y yo al de la ventanilla en cuanto los nueve trenes arrancaran rumbo a Pino Suárez.

Admito que siempre fui un niño muy consentido, pero comprendo que mi padre no podía permitir que su hijo mayor se convirtiera en un hombre descortés y cegado por la ambición desmedida. Debía ser caballero siempre, más allá de cualquier interés o pretensión.

Cuánta emoción sentimos mi hermana y yo en cuanto arrancó el convoy, la cual superó, sin duda, la que experimentamos minutos antes, cuando introdujimos los boletos color naranja en los torniquetes eléctricos. Aquellos boletos anaranjados costaban un peso cada uno, sí, un peso de aquellos tiempos, es decir una cantidad equivalente a un centavo de la época contemporánea. Esto da idea de la inflación acumulada a través de las décadas, propiciada por la corrupción e ineptitud de los gobiernos mexicanos.

El trayecto de Taxqueña a San Antonio Abad fue por la calzada de Tlalpan, precisamente sobre lo que fue la antigua ruta del tranvía que conducía del Zócalo al centro histórico de Tlalpan y viceversa, e incluso con posibilidad de viajar hasta Xochimilco. Mi hermana disfrutó la imagen urbana. Miró, maravillada, los automóviles, las casas, los edificios, los comercios y todo el cuadro que ofrece el paisaje urbano.

Triunfante -al menos así me sentí inicialmente-, ocupé el asiento de la ventanilla en cuanto los nueve furgones arrancaron de la estación San Antonio Abad a Pino Suárez. Mi imaginación infantil se había desbordado antes de conocer el Metro y superado, obviamente, la realidad, porque en cuanto los trenes abandonaron la superficie y se introdujeron al túnel subterráneo, solamente observé paredes de concreto gris y las luces efímeras de las estaciones en las que abrían las portezuelas automáticas por unos segundos, cual son los días de la existencia, el vuelo de la mariposa, el canto del jilguero o el perfume de la flor.

Así recorrimos las estaciones, con una mezcla de claroscuros que me parecieron extraños y muy diferentes a lo que mi hermana había visto antes. Tras el recorrido por los túneles subterráneos, nos trasladamos a la estación Zócalo con la intención de realizar algunas compras en el centro histórico de la Ciudad de México.

El retorno fue igual que el principio. Yo había elegido el túnel pensando que encerraba mayor emoción y misterio, mientras mi hermana, estimulada por la caballerosidad de mi padre, escogió la superficie, el exterior, donde la ciudad se manifestó plena ante ella, con su realidad inmediata, con sus luces y sombras.

Ya de regreso a casa, mi padre habló sobre la amabilidad y caballerosidad. Relató, con la maestría que le caracterizaba, varias historias que quedaron grabadas en mi memoria. Sin sospecharlo, nos convertimos, junto con una generación, en los primeros pasajeros del Metro de la Ciudad de México; pero tal vez eso no resulte tan significativo como la lección que recibí ese día y asimilé tiempo después. Todavía conservo uno de aquellos boletos color naranja. Mi padre me dio una gran lección y lo agradezco; aunque lamento que hoy, en nuestros días, tantos hombres y mujeres viajen entretenidos en el coqueteo del whats app y el facebook, mientras sus hijos les formulan preguntas de las que apenas obtienen respuestas escuetas. Eran aquellos días y claro, otra generación.