Corrupción e impunidad en México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si alguien, desnudo, observa cada día, frente al espejo, el tumor que crece desmesuradamente en su pecho y en vez de acudir con el médico especialista aplica cremas y ungüentos para sofocar la intensidad de los dolores, innegablemente estará presenciando su agonía y su funeral. La mayoría de la gente pensaría que se trata de una persona ignorante y masoquista que elige el sufrimiento y la muerte, y no la oportunidad de atenderse y quizá curar su padecimiento. Todos estarían de acuerdo en el desequilibrio mental y emocional del paciente.

Paradójicamente, lo mismo ocurre con la nación mexicana que a diario, en casi todos los ámbitos, enfrenta el cáncer de la corrupción e impunidad, palpable en actos desde el burócrata y policía que insinúan una “mordida”, hasta los funcionarios públicos y políticos que adquieren mansiones tan costosas que superan sus ingresos. La sociedad percibe la enfermedad de aspecto incurable y lejos de actuar para combatirla, la acentúa con su complacencia, pasividad y simulación.

Cotidianamente, los medios de comunicación y las redes sociales reportan actos de corrupción que se registran en el territorio nacional; pero la sociedad parece tan acostumbrada al estiércol en que se encuentra hundida, que reacciona insensiblemente y en ocasiones hasta con risa, acaso porque sabe que se trata de una criatura con incontables rostros y tentáculos que es capaz de aniquilar a quien intente denunciarla, menguarla o destruirla.

Reglamentos, leyes y toda clase de mecanismos oficiales parecen estar elaborados para complicar las cosas y favorecer a la burocracia improductiva que sólo piensa en almorzar y en sus quincenas y días de descanso, a los policías regordetes o mal encarados que muchas ocasiones son más temidos que los delincuentes, a los funcionarios y políticos que se enriquecen ante la miseria de millones de familias, a los líderes farsantes y traidores que manipulan a la gente adocenada, a los profesores que exigen alcohol o complacencias sexuales para aprobar a sus alumnos, a los ministerios públicos y jueces capaces de perjudicar personas inocentes, a los médicos que aplican cirugías innecesarias o prolongan los tratamientos de las enfermedades, a los abogados que defienden delincuentes e infractores o engañan a sus clientes, a los inspectores que se dedican a robar, al mesero que escupe la comida de su patrón y adultera las bebidas de los clientes, a las autoridades que aprueban licitaciones públicas a amigos que posteriormente les agradecen con regalos costosos como automóviles, joyas y residencias, a los periodistas que distorsionan la verdad a cambio de dádivas, al agente aduanal que permite el paso de armas y objetos prohibidos al país, al constructor que roba al ejidatario con el objetivo de pagarle migajas por los terrenos en los que construirá casas que lo harán millonario, al comerciante que pesa cantidades menores, al gasolinero que suministra litros falsos, a los empresarios que evaden impuestos, a las compañías telefónicas que abusan de los usuarios.

En el país son tan inconmensurables la corrupción e impunidad, acaso porque se practica desde el empleado más modesto hasta el político con mayor poder, que de acuerdo con el documento “¿Cómo vamos?”, elaborado y presentado por Observatorio Económico México durante el primer bimestre de 2015, representaron en 2014 el retroceso del valor del Producto Interno Bruto nacional equivalente a 22 mil millones de dólares.

Tal cantidad se habría incorporado a la economía mexicana si se hubiera reducido la percepción de la corrupción e impunidad; además, según el documento citado, ese renglón tan negativo representó 15 por ciento de la inversión pública correspondiente a 2014.

Adicionalmente, Observatorio Económico México indicó, en su momento, que un incremento de 10 por ciento en la percepción de corrupción en la República Mexicana, genera pérdidas de valor en pesos del Producto Interno Bruto nacional de dos por ciento, lo cual es preocupante.

Como bien sabe el lector, es imposible calcular en términos reales las cantidades millonarias que anualmente pagan los mexicanos por concepto de corrupción; pero la prueba la enfrenta cualquiera al transitar por una calle o avenida y toparse con un policía o en carretera con un patrullero, quienes buscarán en la tarjeta de circulación y en los documentos y registros vehiculares hasta las peccatas minutas para tratarlo como delincuente y extorsionarlo. Así, la corrupción se extiende como una serpiente de incontables cabezas hasta los más altos niveles de poder.

Es terrible imaginar los grados de corrupción que se presentan en los niveles de diputados y senadores, funcionarios públicos, alcaldes, gobernadores, secretarios y toda clase de políticos. En esta época, hasta la familia presidencial ha resultado envuelta en escándalos de esa naturaleza. Evidentemente, no es desconocido que la clase gobernante se ha dedicado a saquear al país desde hace décadas.

Tampoco es secreto que la corrupción inicia en los hogares, en las familias, cuando unos a otros se mienten, en el momento en que llega el cobrador y los padres piden al hijo que los niegue, al no devolver la cartera con identificación, al exigir a la profesora que apruebe al niño que no estudió para el examen, al regatearle al artesano o campesino empobrecido, al jugar con el tiempo de los demás.

La corrupción e impunidad siempre se han practicado en México, sólo que en la hora contemporánea el enfermo aparece ante el espejo totalmente deforme e irreconocible, con tumores, llagas y derrames putrefactos que nadie se atreve a curar. Todos observan al moribundo, pero la mayoría prefiere simular que no lo conoce, a pesar de que los riesgos de contagio sean reales y amenacen con transformarse en pandemia.

Mercados del centro histórico de Morelia, símbolo del mexicanismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como que traen las fragancias de la campiña, las tonalidades del terruño, el sabor de la lluvia, las caricias del sol y las formas de la vida. Saben a hortaliza, huerta, parcela. Recuerdan los surcos, el aire matinal, el sol brillante, las tardes lluviosas y hasta los arcoíris, las nubes y los riachuelos.

Igual que ecuaciones, los colores, perfumes y sabores se mezclan en perfecto equilibrio, aquí y allá, en un puesto y en otro del mercado, con rostros de aguacates, ajos, calabazas, cañas, cebollas, chayotes, chiles, cilantro, jitomates, lechugas, papas, pepinos, rábanos, tomates y zanahorias; pero también con rasgos de chabacanos, ciruelas, fresas, guayabas, mameyes, mandarinas, mangos, manzanas, melones, papayas, peras, piñas, plátanos, sandías, tejocotes, uvas y zapotes.

Y si la jamaica y el tamarindo reservan esencias deliciosas al paladar, los cocos mantienen atrapado el rumor del mar, mientras los elotes, las habas, los frijoles, el arroz, los cacahuates y el orégano compiten por un espacio. En estos pasillos, la fruta resume las huertas mexicanas; en aquellos, la verdura transporta a las parcelas, donde las manos campesinas se mezclan con la tierra para recoger trozos de vida.

Tal vez el encanto consiste en que cada cosa se agrupa en diferentes áreas del mercado. Aquí, las verduras; allá, las frutas; en aquel extremo, los arreglos florales; allende los puestos de comida y carne, los que exhiben juguetes, ropa y curiosidades; en otro espacio, las plantas.

Vida y muerte. Alegría y tristeza. Camino desde el cunero hasta el ataúd. Sí. Flores amarillas, blancas, moradas, rojas y rosas para el bebé, la quinceañera, la boda, los amantes, los enamorados, los que celebran algo y los que mueren. Sólo cambia la presentación, y ese es su hechizo y misterio.

Desde la rosa, la gladiola y la orquídea, hasta el cempasúchil, hay quienes arrancan una lágrima, un suspiro o un gesto de alegría. Se trata, en realidad, de flores, criaturas de intenso aroma y colorido que dentro de su efímera existencia acompañan a los seres humanos en sus alegrías y tristezas, en sus triunfos y fracasos, en su vida y en su muerte

Los afiladores, casi extintos, anuncian su paso y sus servicios con las notas de sus caramillos, y reciben navajas, cuchillos y tijeras, mientras los músicos, cuando los hay, emiten notas que se mezclan con los chiflidos peculiares de los globeros, las campanas diminutas de los paleteros, las voces de los personajes típicos, los gritos de los cargadores y los murmullos de los vendedores de algodones, frituras y merengues.

Huele a mar, establo, granja. En los corredores, ellos, los carniceros y los aprendices, deslizan suavemente sus cuchillos sobre los pescados que aún emanan el olor del océano, en las reses que otrora pastaron en la llanura, en los cerdos de formas primitivas, en las aves liberadas de los barrotes y corrales.

Pequeño mundo donde las otras, las cocineras, preparan platillos típicos, muy mexicanos, al mismo tiempo que ellas, las mujeres nativas de algún pueblo o ranchería, comercializan nopales, tunas, aguacates, tortillas, uchepos, sopes, corundas y tamales.

Como piezas de museo, dignas de un coleccionista, de un melancólico que suspira por los muchos signos perdidos en las horas del ayer, metates, molcajetes, anafres, tortilleros, sopladores y molinillos permanecen pacientes, resignados, en espera de algún comprador.

La “yerbera” ofrece pomadas, jarabes, tés y remedios contra agotamiento, cáncer de próstata, diabetes, caída de cabello, cólicos e hinchazón de piernas, entre otros males que enumera ante las señoras que caminan cerca de su puesto, en plena competencia con las mujeres que anuncian polvos, ungüentos y fórmulas.

Durante las fiestas patrias, las banderas tricolores y los rehiletes intentan recordar fechas gloriosas; en diciembre, las tradicionales piñatas con formas de estrellas y personajes infantiles, invitan a las posadas, a cantar villancicos, a probar ponche para contrarrestar el frío invernal. Junto con las piñatas, las colaciones, el heno, el musgo y las piezas que emulan el nacimiento del Niño Jesús, de acuerdo con la concepción católica, quedan grabados en la memoria infantil, en los pequeños que se ilusionan y llevan consigo imágenes de un mundo casi mágico.

Ropa, juguetes, fruta, verdura, arreglos florales, coronas para muertos, trastes, plantas, alimentos, alfarería, antojitos, tés y tantas cosas que sintetizan un mundo, el de los mexicanos, quienes mezclaron, hace centurias, los productos de Europa con los de América.

Los mercados de este país, como el “Revolución”, en el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos, o el “Independencia”, a la orilla del centro histórico de Morelia, resumen rincones insospechados, el colorido intenso, los sabores y los aromas de un suelo exquisito. Como que simbolizan el más auténtico mexicanismo.

El que se localiza en San Juan, es un mercado tradicional de Morelia con casi media centuria de haberse fundado, que rememora a los antiguos habitantes de la ciudad, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas que moraban en la ciudad, mientras el otro, el Independencia, es enlace del que antaño funcionó en la Plaza Valladolid, conocida popularmente como de San Francisco. También figura, en el centro histórico de Morelia, el mercado “Nicolás Bravo”, mejor conocido como del “Santo Niño”.

La modernidad y la influencia de la publicidad de la hora contemporánea, cuyas formas y reflectores envuelven a los consumidores y los transportan a un mundo de apariencias y superficialidades, parecen ensombrecer a los mercados tradicionales de los mexicanos.

Los mercados morelianos, igual que los que se encuentran en el territorio nacional, resumen las costumbres y esencia de los mexicanos, su ayer y hoy. Hay turistas en el mundo que dedican parte de sus itinerarios a recorrer mercados porque saben que allí, entre la gente, la mercancía y los puestos, palpitan el espíritu y los signos de las culturas. Hay que dedicar un día a recorrer los mercados del centro histórico de Morelia, para después de enriquecerse con la experiencia de percibir los aromas, colores, formas y rumores, pasear por las callejuelas centenarias y quizá, si se antoja, deleitar el paladar con un delicioso platillo.

Las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En las manos reconozco la historia de la humanidad, el mapa de cada hombre y mujer que transitan por el mundo, la biografía de seres que andan aquí y allá, en un lugar y en otro, inmersos en el ensayo interminable de la vida.

Con palmas y dedos tan disímiles como los rostros, las manos delatan los hábitos, actividades y niveles de conciencia de la gente, desenmascaran su personalidad e indican si consagran los días de sus existencias a las causas nobles o a pintar de luto los hogares y corazones.

Identifico las manos del artista, del creador inspirado que esculpe la piedra yerta y le da forma, del pintor que desliza los pinceles sobre el lienzo con la intención de plasmar los colores y las formas del universo, del músico que escucha el canto de las musas e interpreta los signos y los transforma en concierto, del escritor y poeta que unen letras y construyen palabras e ideas que subyugan; también distingo las de los científicos que consumen un día, otro y muchos más en sus buhardillas, en los laboratorios, para regalar al mundo una invención, un descubrimiento, un peldaño.

He observado las manos ociosas, las que no se molestan en retirar las piedras del sendero, acaso por ser tan estériles como las varas secas y quebradizas que permanecen dispersas en el suelo, y que contrastan con las que tienen callosidades y las que cada día arrancan el alimento de la tierra.

Cada mano tiene una historia, una vocación. No son iguales las que se hunden en la superficialidad de cosméticos y cremas y renuncian a los esfuerzos extraordinarios, que las que se cubren de lodo y sangre al curar heridas, acariciar al infortunado y dar de beber al sediento y al moribundo que aparecen con la ropa desgarrada y sucia.

Unas manos se espinaron al cultivar jardines y cuidar flores, y en ocasiones, cuando fue preciso, hasta sufrieron mutilaciones o quemaduras al sostener al desconocido que resbalaba al abismo o rescatar al infortunado que recibió el acoso del fuego, mientras otras se hicieron similares a los objetos con que dañaron a los demás o cubrieron su maldad e insignificancia con joyas.

En apariencia, todas las manos son similares; sin embargo, muchos no desearían, por hermosas que fueran, las del asesino, corrupto, delincuente y verdugo; otros, en cambio, anhelarían las de los hombres y mujeres que las extendieron al pobre, al adolorido, al hambriento, para ofrecerles agua, pan o una cobija.

Las manos que sirven a las superficialidades, a las imágenes, a las apariencias, nunca funcionan en las proezas, el arte, la razón y los actos humanitarios. Las manos que acarician, construyen y enseñan, permanecen en una orilla opuesta a la de aquellas que maltratan, destrozan y violan.

No es de la misma arcilla la mano que da vueltas a las páginas de los libros para que los niños aprendan, la que señala la ruta y la que cura, que la que comete injusticias. Una porta un ramo de flores y otra, en cambio, un látigo.

Es innegable que la mano en la que se apoyó el niño cuando estaba imposibilitado o que ayudó al anciano a transitar las calles, vale más que aquella que presume anillos y pulseras de oro con diamantes o que interrumpió un proyecto de vida al manipular un vientre, al destazar al esbozo de ser humano que dormía arrullado en espera de la aurora.

Nadie olvida las manos dadivosas y cariñosas que curaron heridas, secaron las lágrimas o protegieron al débil; mas todos prefieren alejarse de las que se convirtieron en instrumentos agresivos y aniquiladores. Unas dispararon armas mortales y otras bendijeron; algunas más contaron dinero y opulencia. Hubo unas que salvaron vidas o multiplicaron los alimentos para los pobres y enfermos.

Cuán distintas son las manos que dan a las que arrebatan, las que construyen a las que devastan, las que cosen a las que rasgan, las que plantan a las que talan. Hay seres humanos lisiados, mancos; no obstante, otros poseen manos y son tan inútiles o perversos que parece como si no las tuvieran. Son incapaces de señalar la ruta, recibir la lluvia y dar protección y amor. Incontables hombres y mujeres nacieron con las manos muertas porque son incapaces de sujetar la oportunidad de repartir la dicha que engrandecería al mundo. A todas las manos, buenas y malas, el segador las espera en algún sitio y momento.

Tan simple parece la estructura de las manos y cuán difícil resulta dibujarlas, pintarlas y esculpirlas. No sólo son herramientas; también simbolizan conocimiento universal que no toda la gente descifra. La mezcla del cerebro, de la conciencia, con las manos, marcó la diferencia en el desarrollo de los seres humanos dentro de las especies vivientes del planeta.

Igual que los rostros, las manos generalmente no se cubren porque son herramientas que hacen el bien o el mal, que ayudan a los seres humanos a transitar de su estado biológico a niveles de inteligencia y valores. Las manos, como los semblantes, no se ocultan porque son los retratos que muestran la identidad.

Las manos, al nacer, asoman inquietas y tiernas, quizá en espera de ser entrenadas para cumplir sus funciones; al morir, cubren el pecho o el vientre, o permanecen extendidas, como quien espera los resultados del balance. Son ambivalentes, pero la ruta que eligen facilita la lectura sobre el valor real de hombres y mujeres.

Mecido en el columpio de las remembranzas y todavía con un camino y un horizonte ante mí, contemplo mis manos para repasar mi historia, la biografía de mi vida, los días que ya protagonicé. Como las horas que viví ya se diluyeron y las que se avecinan podrían no llegar a mí, deseo que un día, al descender el telón y mis ojos no miren más las luces, los colores y las formas, mis manos recuerden a todos lo que aporté, lo que di, no lo que arrebaté. Ese es, quizá, el motivo por el que hago un balance, una proyección de la cuenta final. Y es que prefiero que mis manos estrechen las de incontables seres humanos de diferentes razas, creencias y niveles económicos, o que toquen el tronco cubierto de musgo, en el bosque de abetos, o se hundan en el riachuelo diáfano y helado, con la intención de percibir el pulso de la naturaleza, el palpitar del universo, el concierto de la vida, en vez de acariciar joyas y monedas que seguramente atesoraría y nunca compartiría por ambicionarlas a pesar de la caducidad de mi existencia.

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La señora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“En las calles de la ciudad, el odio y la violencia suplen la ausencia de orden, seguridad y servicios”, expresó el taxista que me condujo a la central de autobuses, quien recomendó: “mi consejo es evitar involucrarse en agresiones, insultos y discusiones”.

Relató que días antes, cerca del Centro de Convenciones de Morelia y Plaza Fiesta Camelinas, en la capital de Michoacán, una mujer ofendió y retó a golpes a otro conductor, quien irascible descendió del automóvil y la derribó al asfalto de un puñetazo. Ante la mirada atónica de los testigos, el hombre abordó su vehículo y abandonó a la señora, quien herida, cubría su rostro y lloraba encolerizada e histérica.

El taxista insistió en que actualmente se detecta exceso de agresividad, nerviosismo y violencia en hombres y mujeres por igual, y lamentó que ni siquiera se interesen en su integridad física ni en la educación y el ejemplo que dan a sus hijos. “Se parecen a nosotros, los choferes del transporte público, que somos cafres”, reflexionó.

Recordé al taxista porque hace un par de días, en la tarde, caminaba por las calles de un fraccionamiento, al sur de la ciudad de Morelia, cuando inesperadamente descubrí que una mujer arrancó su automóvil -no recuerdo si Honda o Civic- y avanzó en reversa sin mirar los espejos retrovisores. Frenó cuando el vehículo casi me embestía.

Al subir a la banqueta, miré hacia la ventanilla por la que asomó la señora encolerizada, quien a gritos y majaderías me culpó de un accidente que ella, no yo, iba a provocar por falta de preocupación e imprudencia. Las amenazas, maldiciones y groserías femeninas se acentuaron.

Preferí seguir mi camino y no atorarme en los arrebatos de una señora perturbada. Apenas había dado unos pasos, cuando escuché que aceleró bruscamente el automóvil y frenó igual, con rudeza. Continué mi marcha, pero me siguió en el vehículo.

Observé la dilatación de su mirada. El rostro estaba descompuesto. Me retó a golpes. No contesté ni atendí su provocación. Con el vocabulario de cantinero o de pendenciero, aseguró que me faltaba valor para pelear con ella. No respondí, actitud que estimuló su irritación.

Al no contestarle, preguntó dónde vivía porque su marido, a quien narraría mi supuesta falta de respeto, me buscaría para aniquilarme. Refiriéndose a una niña que caminaba cerca de mí, a quien aparentemente confundió con algún familiar mío, vociferó y preguntó que si no me avergonzaba comportarme grotescamente frente a una criatura.

Ofuscada y con ridícula capacidad histriónica, la señora se dirigió nuevamente a mí como víctima y dijo que era mujer, una dama educada, y que yo la había ofendido y amenazado. Pensé en el alto grado de peligrosidad de esa persona, sobre todo en un país donde las autoridades son corruptas y las leyes tan ambiguas que es posible mancillarlas y prostituirlas en contra de los inocentes.

Bien es sabido que en las calles hay personas que se dedican a extorsionar a otras. Las acusan de intento de violación o de otro delito y ya ante el Ministerio Público, exigen dinero a cambio de retirar la denuncia.

La apariencia de la mujer, sí, sólo eso, el aspecto, era de una persona de alrededor de 40 años de edad, quizá hasta respetable si se presentara en una institución bancaria o en cualquier lugar público; pero su conducta me pareció grotesca y riesgosa. La imaginé en el Ministerio Público, gritando, convirtiéndose en víctima, totalmente descompuesta y quizá hasta acusándome de agresor o violador.

Proseguí caminando, mientras ella, la señora que se autocalificó como dama ofendida, me amenazó y maldijo nuevamente. Arrancó su automóvil en otro arrebato de coraje, hasta que se alejó.

De inmediato recordé las palabras del taxista: “hay mucho odio y violencia en las calles de la ciudad. Mi recomendación es no involucrarse en discusiones y pleitos”. El hombre tenía razón. Lo comprobé con la señora imprudente que casi me atropellaba y retó a golpes. Es verdad, las calles mexicanas han deformado su antiguo rostro apacible por uno desgarrador e intoxicado de rencor y agresividad.

Destrozo arqueológico en Cholula

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En Arqueología, un principio fundamental es, precisamente, no extraer cerámica, entierros, figurillas, metates, puntas de flecha, collares, vasijas y otros objetos sin que existan un plan de salvamento y un registro metodológico, ya que hacerlo equivaldría a retirar las piezas de su contexto y, en consecuencia, perder información muy valiosa; no obstante, es preferible que los materiales permanezcan enterrados hasta que las instituciones autorizadas cuenten con un proyecto y recursos económicos suficientes para realizar las excavaciones y los trabajos de investigación.

Cholula, zona arqueológica que se localiza a aproximadamente siete kilómetros de la ciudad de Puebla de Zaragoza, capital del estado mexicano que lleva el mismo nombre, es ejemplo, en la actualidad, de la devastación del patrimonio cultural e histórico del país, propiciado por las autoridades municipales, estatales e incluso federales, de acuerdo con investigaciones expuestas en el documental “Luz bajo la tierra: la destrucción de Cholula”, realizado por alumnos de cuarto semestre del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, y difundido por Aristegui Noticias.

Por medio del documental, los alumnos dan a conocer la destrucción arqueológica del sitio y el descontento generalizado de la población con el proyecto “Parque de las Siete Culturas”, que de acuerdo con las autoridades, contará con estacionamiento, zona comercial, explanada, pista y hotel, entre otros elementos modernos que cubrirán los poros de la tierra y, a la vez, la posibilidad de rescatar los vestigios arqueológicos de tan importante civilización mesoamericana.

Avalado por la secretaria federal de Turismo, Claudia Ruiz Massieu Salinas, el proyecto demuestra una vez más que la ambición desmedida y la falta de cultura, respeto y sensibilidad de autoridades y políticos se imponen sobre la razón y la población mexicana, como la cholulteca que expresó rechazo total al proyecto y fue reprimida por cuerpos policíacos.

La obra del denominado “Parque Intermunicipal Cholula”, se desarrolla dentro del polígono de protección de la pirámide, atenta contra el acervo arqueológico y pisotea la dignidad y cultura de por lo menos medio centenar de pueblos vecinos; aunque parece que las autoridades de este país ya están acostumbradas a arrasar con el patrimonio mexicano, como ocurrió en Teotihuacán con la construcción de Walmart.

En lo que parece más negocio privado de autoridades y políticos municipales, estatales y federales, las máquinas excavadoras arremeten contra el patrimonio de los cholultecas, poblanos y mexicanos, mientras una arqueóloga, carente de plan de salvamento, recolecta a toda prisa fragmentos de cerámica.

Tal es, según parece, el concepto de modernidad y progreso que autoridades y políticos mexicanos, coludidos con contratistas privilegiados, pretenden imponer a los mexicanos. Cualquier turista culto, más que sentirse atraído por un sitio arqueológico de gran trascendencia como fue Cholula, experimentará coraje, impotencia e incomodidad al visitar, cuando lo terminen, el nuevo complejo que supuestamente representará derrama económica para la población.

Hay que recordar que la zona arqueológica de Cholula forma parte de los asentamientos con mayor antigüedad en Mesoamérica. Se remonta a las horas del Preclásico Tardío, aunque adquirió mayor relevancia durante el Clásico, época en que formó parte de la ruta comercial de Teotihuacán.

Todo parece indicar que nadie detendrá la obra respaldada por los gobiernos municipal, estatal y federal, y quien pretenda denunciar las tropelías contra la cultura y el patrimonio mexicano, sin duda será embestido por la represión que ejercen los dueños del poder político y económico.

Cholula significa “lugar de huida” o “agua que cae en el lugar de huida”, y fue conocido en la antigüedad como Tlachilhualtépetl, “el cerro hecho a mano”. La gran pirámide de Cholula es la de mayor superficie en Mesoamérica, pues cuenta con 450 metros por cada lado. Sus constructores aprovecharon una elevación natural para edificar basamentos y estructuras que datan de diferentes épocas. En las construcciones sobrepuestas, como acostumbraban las culturas mesoamericanas, existe un túnel que consta de 280 metros de recorrido para los visitantes. El complejo arqueológico cuenta con patios ceremoniales y las pinturas murales “Los bebedores” y “Los chapulines”. Tal era la importancia de la gran pirámide, dedicada a Tláloc, sobre la que los españoles construyeron, en el siglo XVI, el templo de Nuestra Señora de los Remedios.

Cholula, una de las civilizaciones más antiguas e importantes de Mesoamérica, enfrentó la destrucción de los conquistadores españoles durante los minutos del siglo XVI; hoy, en la hora contemporánea, en la vigésima primera centuria, todo parece indicar que la ambición desmedida de autoridades y políticos, la brutalidad, la ausencia de cultura y respeto a los pueblos, la modernidad mal entendida, los negocios privados a través del poder y la represión contribuirán con la parte que les corresponde para devastar el patrimonio arqueológico de México y el mundo.

Y lo que falta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como las cremas y los maquillajes que se aplican en exceso para disimular las arrugas prematuras o los jeroglíficos cincelados por el tiempo, el photoshop se convirtió en el cosmético que ha pretendido suplir creatividad, ideas y propuestas por rostros joviales y sonrientes de candidatos políticos dedicados a atacar y descalificar a sus adversarios.

Al photoshop se añadieron banderas agitadas mecánicamente por jóvenes aburridos y sudados que se mezclan con limosneros, voceadores, “tragafuego”, limpiadores de parabrisas y vendedores ambulantes en los principales cruceros y avenidas de las ciudades; pero también canciones y corridos cuyas letras insisten en que los aspirantes políticos en referencia son los mejores y obtendrán el triunfo mayoritario en las urnas, a los que se unieron ocurrencias que parecen diseñadas, por lo absurdas y grotescas, por bufones de la radio y televisión, por comediantes que se especializan en entretener a las masas con estulticia. La diferencia es que las elecciones representan, se supone, un mecanismo democrático para que la población elija a sus gobernantes y legisladores; los chistes, las canciones sin contenido y las chocarrerías son para otro momento.

La mayoría de los candidatos políticos no convencen. Muchas de lo que denominan propuestas son, en realidad, listas que citan los problemas que aquejan a Michoacán y México. Sus respuestas a las demandas ciudadanas reflejan escasa creatividad y total desinterés en involucrarse en la solución de la problemática que hunde al estado y al país. Es más fácil declarar que se atenderán temas de empleo, salud, vivienda, inversiones, justicia y seguridad que presentar compromisos responsables y planteamientos inteligentes y viables.

No pocos de los candidatos semejan auténticos gladiadores en arenas donde la única regla que impera es la de los golpes. Entre más contundentes son sus agresiones, mejor para ellos. Los costos económicos y sociales no les interesan. Al adversario no se le pretende derrotar a través de propuestas convincentes, realistas y viables,, sino por medio de declaraciones mediáticas, amenazas, críticas y condena.

Tantos intereses millonarios deben existir en el ejercicio de la política y la función pública, que existen personajes que corrompen y engañan para obtener el voto, y otros que se atreven a acabar con sus competidores.

Al término de los debates, los candidatos suelen asegurar que ganaron y que ya cuentan con el apoyo mayoritario de la población; pero la comedia es tan pobre que el ciudadano que aún conserva dignidad y capacidad de análisis, se siente preocupado por la mejor elección.

Con autoridades electorales ambiguas y endebles, y dentro de un entorno de acoso e inseguridad, muchos candidatos prometen sueños, ofrecen emprender hazañas que no llevaron a cabo durante sus cargos públicos anteriores, critican a los aspirantes y partidos políticos adversarios sin reparar en el daño que la mayoría ha causado desde hace décadas en perjuicio de la entidad y el país.

Obviamente, son de entenderse los abusos, conductas y engaños de no pocos candidatos políticos si tomamos en cuenta el nivel de desarrollo de amplio porcentaje de electores, quienes tienen un pie en las comedias y telenovelas y otro en el futbol y el chismorreo de las redes sociales. Como que los gobernantes, autoridades y políticos mexicanos reflejan el nivel evolutivo de la sociedad. En otras naciones, los corruptos ya estarían en las cárceles y los mediocres desempleados.

Hace aproximadamente tres años, una joven exclamó ante nosotros, sus amigos, “y lo que falta por vivir”. Su expresión, digna de una persona joven e ilusionada, bien podría aplicarse a las campañas que se desarrollan en Michoacán y diferentes rincones de la República Mexicana porque parece que aún no presenciamos todos los números programados para la carpa política correspondiente a 2015. Estamos a la expectativa de lo que falta por venir.

Atiborrada de propaganda, información contrapuesta e imprecisa, contradicciones, descalificaciones y sospechas, la ciudadanía deberá emitir su voto el domingo 7 de junio de 2015 y alguien tendrá que asumir las diputaciones federales, pero también las alcaldías, gubernaturas y legislaturas locales en algunos estados como es el caso específico de Michoacán.

Resulta preocupante escuchar en un lugar y en otro a la gente que declara que no acudirá a las urnas o que ya en las casillas, tachará todas las opciones como muestra del descontento y rechazo hacia la clase política mexicana. Están en su derecho de hacerlo, pero hasta cierto grado cederán la oportunidad para que los candidatos que “acarreen” votantes o los obliguen o comprometan a sufragar a su favor, obtengan el triunfo electoral.

Esta ocasión, ante la falta de opciones convincentes entre la mayoría de los candidatos políticos que se disputan los votos en todo el país, los mexicanos tendrán que analizar bien los perfiles y elegir a quienes consideren más aptos y honestos. Evidentemente, la responsabilidad ciudadana no concluirá en las urnas porque en lo sucesivo habrá que vigilar la actuación de la clase política tan acostumbrada a manosear los recursos públicos y las oportunidades de enriquecimiento.

Si los aspirantes políticos no convencen y algunos, incluso, hasta son acusados de conductas graves, corresponderá a todos los sectores de la sociedad, una vez que resulten electos, exigirles resultados y evitar que despilfarren el dinero público y jueguen con las leyes y circunstancias a su favor, como si se tratara de su mejor partida en un tablero en el que sus patrimonios personales y familiares se multiplican contra la miseria y desgracia de millones de personas.

Cirugía contra el idioma

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una mala cirugía. El rostro del idioma quedó deforme y grotesco. Inesperadamente, con las modas y la tecnología sin control que fascinan y enajenan a incontables hombres y mujeres adocenados de la hora contemporánea, el idioma fue arrojado al carretón de la basura, al camión de desperdicios. Bastó que una generación, hija y nieta de otras no tan firmes en sus convicciones y cultura, se sintiera dueña de servicios nunca antes desarrollados en la historia humana, como celulares e internet, para menoscabar el lenguaje.

La belleza y lógica del idioma se fueron en la mudanza. Es un contagio que afecta a gran parte de la humanidad y en especial a los mexicanos. Mientras en otras naciones desarrolladas, principalmente donde se llevan a cabo descubrimientos e invenciones, los idiomas se fortalecen en ciertos sectores con palabras derivadas de las aportaciones científicas y tecnológicas, aquí, en México, se denigra la lengua con expresiones como “wey”, “no manches”, “qué onda”, pélame”, “porke”, “xk”, “kaza”, “sipi” y otras tantas más según lo permiten la estulticia, las tendencias pasajeras y las ocurrencias generacionales.

Quienes en la hora contemporánea redactan con tal estilo, si así se le puede calificar, no solamente son estudiantes de secundaria y preparatoria, sino hombres y mujeres de diferentes edades, posiciones socioeconómicas y hasta grados académicos, y no como hace algunas décadas, cuando quienes hablaban y redactaban incorrectamente, como “juibas”, “dijites”, “nomás”, y “asté”, era gente bien identificada. Su vocabulario era pobre y malo, como lo es, en verdad, el de las generaciones actuales; pero resulta que la gente de hoy no tiene justificación porque amplio porcentaje ha tenido acceso a las escuelas.

Ahora, los mira uno aquí y allá, en un lugar y en otro, en las calles, los automóviles, el servicio colectivo, las escuelas, los centros laborales, las plazas comerciales, en todas partes, redactando, enviando y recibiendo mensajes y correos a través de sus teléfonos celulares, o por medio de internet, frecuentemente con pésima ortografía y distorsión de las palabras, independientemente del contenido de los mismos que es tema de otro análisis.

Por razones ancestrales, culturales, históricas y sociales, ciertos grupos hablaban y escribían con palabras soeces e incompletas o faltas graves de ortografía, y muchos lo justificaban porque eran cargadores, cantineros y peones, quienes con todo respeto, formaban parte de los sectores con vocabulario muy pobre y una notable ausencia de cultura básica.

Con el apoyo de la televisión, que tanto ha prostituido el lenguaje, a nadie extraña que hoy, en postrimerías de la primera década del siglo XXI, hasta hombres y mujeres con preparación académica hablen y escriban con tal pobreza que causen lástima y, además, preocupación porque se pregunta uno qué transmitirán a la siguiente generación en esta materia. Uno descubre esa miseria en las redes sociales, en la radio y en la televisión.

Basta con escuchar a los bufones de la televisión, a los actores de telenovelas, a los cantantes, a muchos profesores y a tantas personas públicas, incluidos ciertos medios de comunicación, para comprender de inmediato la razón por la que nuestro idioma se ha enlodado. De unos años a la fecha, surgió una serie de locutores que se apoderaron de diferentes radiodifusoras para transmitir programas carentes de sentido común y respeto, junto con una denigración total del lenguaje.

Paralelamente, otro sector de la población se está acostumbrando a las siglas, de las cuales no pocas veces desconocen sus significados, pero las pronuncian cotidianamente, entre las que destacan SAGARPA, UNESCO, SNTE, CNTE, CONAGO, CONDUSEF, ISSSTE, CANACO y SAT, por citar unas.

Tal vez algunos argumenten que si el premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, apoyaba la idea de jubilar la ortografía y enterrar las “h” rupestres, por qué no, entonces, justificar las redacciones que se formaron en los regazos de nodrizas como la telefonía celular, internet, radio y televisión; no obstante, resulta lamentable que siendo el nuestro un idioma tan rico, se le empobrezca y prostituya con expresiones y distorsiones que denotan una grave y preocupante falta de conciencia y cultura, lo que nuevamente, como en tantos temas, coloca a México en los últimos peldaños internacionales.

Y para lapidar más al idioma, todavía hay funcionarios públicos, legisladores y otros personajes que demuestran falta de conocimiento al pronunciar y hasta defender frases como “las y los niños”, “las y los diputados”. “las y los maestros”. Caray, su ignorancia se añade a la de los auditorios que los escuchan. Claro, hoy es un público que mientras los oradores utilizan el lenguaje como trapo para limpiar la grasa, permanece distraído y enajenado en mensajes y redes sociales, donde exhibe su ausencia de cultura.

Popularmente, hay un dicho que sentencia que el inglés es para los negocios; el alemán, para dar órdenes; el francés, para el amor; y el español, en tanto, para hablar con Dios. Muchas de las obras más bellas y magistrales de la Literatura se han escrito en nuestro idioma, que es dulce, rico y cautivante; pero si diariamente contribuimos a denigrarlo, a despedazarlo, al final el vocabulario moderno será tan extenso como las ideas superficiales que expresamos con tales distorsiones.