Si unos lo hacen, ¿los otros también?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“¿Quiere que emitamos la factura con un porcentaje mayor e incluso con lo doble del monto real?”, preguntó el responsable del establecimiento comercial donde compré casi medio centenar de reproductores mp3, quien añadió que así lo habían solicitado recientemente funcionarios de cierta dependencia estatal de Michoacán.

Al notar mi rostro carente de emociones, el hombre insinuó que no habría problema con el hecho de ganarme una cantidad adicional de dinero porque se trataba de una práctica común entre burócratas y funcionarios. Insistió en que ninguna autoridad se dedicaba a visitar los negocios con la intención de inspeccionar los precios marcados en las facturas expedidas al sector oficial. Sólo tendría que pagarle la cantidad adicional a los impuestos que pagaría.

Le contesté que no alterara la factura, que me cobrara la cantidad real, porque si era infiel y sucio en actos de apariencia insignificante, mañana o cualquier otro día lo sería en asuntos de mayor trascendencia. Resultaría incongruente criticar más tarde la corrupción si yo incurría en las mismas prácticas.

Recordé mis principios y las enseñanzas de mis padres, cuyas trayectorias existenciales se caracterizaron por la honestidad y la práctica de valores. No podría traicionarme, ni tampoco a ellos.

Recordé al empresario que los recursos públicos provienen de los impuestos que aporta la sociedad al trabajar y consumir, y que me parecía grotesco e insultante aprovechar un cargo para desviar dinero y beneficiarse, cuando hay millones de personas en este país que coexisten en la miseria, mueren por falta de unos pesos para comprar medicina y carecen de lo mínimo para alimentar y educar a sus hijos.

Sorprendido, el hombre elaboró la factura con la cantidad real, a nombre del Congreso del Estado de Michoacán, donde entonces me desempeñaba como coordinador de Comunicación Social. Los reproductores mp3 eran para obsequiar a los reporteros que cubrían la fuente, precisamente con motivo del día de la libertad de expresión.

Una vez más comprobé que la corrupción no solamente la practican los funcionarios públicos y políticos; también es propiciada por los empresarios, por quienes critican los abusos y deshonestidad de las autoridades. Claro, si un negociante no se presta a actuar con corrupción, siempre habrá otro que aproveche las circunstancias y lo haga.

Nadie desconoce que en licitaciones y asuntos de proveeduría al sector oficial, gran cantidad de empresarios interesados en participar, destinan recursos económicos a la corrupción, a los funcionarios responsables de autorizar las compras, a los hombres y mujeres que toman las decisiones.

Por lo mismo, cuando uno conoce los escándalos relacionados con las mansiones de la familia presidencial y de otros funcionarios del gabinete federal, en los que están involucrados empresarios beneficiados con contratos millonarios, comprende que si hay quienes son capaces de alterar facturas en la venta de mp3 para asegurar la venta y dar a ganar unos pesos a funcionarios estatales, aquellos que reciben beneficios inimaginables a través de licitaciones públicas, no dudarán en pagar los favores recibidos. Evidentemente, aquellos que resultan favorecidos con contratos que les reditúan, a través de los años, miles de millones de pesos, no van a regalar una botella de coñac o whisky ni un automóvil lujoso., lo cual resultaría ofensivo a sus benefactores. Los obsequios son mayores.

Si unos, por cantidades tan ínfimas, se corrompen, ¿cómo actuarán quienes autorizan y reciben millones de pesos y acumulan fortunas incalculables por medio de contratos y licitaciones públicas? Es una realidad que corresponde exclusivamente a los hombres y mujeres de las “oportunidades históricas”, porque los demás están condenados a trabajar toda la vida en un escenario nacional de miseria, injusticias, corrupción e impunidad. Los regalos, las dádivas, son para los otros, para los señores del poder económico y político. Nadie dijo que millones de mexicanos estarían incluidos en las delicias que se han convertido en franquicias de la clase gobernante de México.

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