Decisión de guerra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi padre

“La guerra desnuda y fragmenta a los seres humanos; les arrebata su condición de personas hasta convertirlos en nada. Les niega la certeza del próximo segundo”, reflexionaba mi padre al recordar el Día D, y agregar que “hombres y mujeres, desposeídos de esperanza, se prueban en escenarios y situaciones que de improviso parecen absurdos, surrealistas, ajenos al mundo. Con frecuencia conducen al desequilibrio, a la locura, a la pérdida del sentido de la vida, porque el presente se torna frágil y el mañana es totalmente incierto”.

Varias ocasiones, mientras convivíamos en la sala de la casa, rememoró el 6 de junio de 1944, cuando participó en el desembarco de Normandía a la edad de 24 años, y no porque fuera militar o alguien lo hubiera comprometido a alistarse en el ejército norteamericano, sino con la intención de demostrar a su amada que era capaz de emprender una proeza, y qué mejor, en esa época, que participar en la Segunda Guerra Mundial. El ímpetu y la soberbia juveniles lo condujeron a una pesilla que jamás imaginó ni olvidó porque siempre la llevó en la mente, el corazón, la carne.

“La guerra no es juego”, advertía, porque “aniquila a los seres humanos, sus cosas, su historia, sus valores, sus juegos; desfigura los rostros, las casas, los hogares, las naciones. Todo pierde sentido, y para algunos hasta el concepto de Dios”.

Narraba la odisea protagonizada durante el desembarco de Normandía. Sin saber con exactitud dónde se encontraban, porque a muchos no les informaron, él y sus compañeros recibieron, al descender de las lanchas de desembarco, ráfagas de ametralladora, granadas y cohetes que de inmediato se impactaron contra incontables soldados, utilizados como número, quienes se hundieron en el mar y fueron arrastrados por el oleaje agitado y enrojecido.

De 30 soldados que descendían por las rampas de acero y sumergían parte del cuerpo en el mar, unos caían heridos o muertos adelante, otros atrás y muchos más a los lados. Resultaba complicado avanzar entre el oleaje, la artillería y los 30 kilos o más de los equipos que cargaban.

Aquí y allá, en un sitio y en otro, entre el embate de las olas, los diques y el fragor de la batalla, yacían soldados descuartizados, cabezas sin cuerpos y sesos al descubierto, rostros desfigurados, piernas y brazos mutilados, órganos e intestinos, cascos ensangrentados, armas y fragmentos de vidas, historias despedazadas.

El oleaje se entintó de rojo, pero con una extraña mezcla compuesta por explosivos, arena revuelta, órganos, líquidos pegajosos, pólvora dispersa, vendas manchadas y peces desechos. Pedazos de caras con ojos de fuera, manos y vómito flotaban en el océano.

Algunos intentaron auxiliar a sus compañeros, a los soldados que horas antes oraron, bromearon, fumaron un cigarrillo, mascaron chicle y hasta relataron capítulos de sus existencias tan fugaces; aunque muchos comprendieron que la ayuda humanitaria perdía sentido porque se trataba de disparar contra el enemigo, despedazarlo, sobrevivir y prepararse para la siguiente contienda. En eso se había transformado la vida.

De alguna manera, la guerra quebranta y derrumba todo. Destruye lo básico en cada persona, su comida y sus convicciones y creencias, hasta denigrarla. Se trata de borrar biografías a cambio de odio, violencia, sudor, placer momentáneo, sangre y miedo.

Mi padre recordaba aquel día, el del desembarco, como el más prolongado y terrible de su vida, acaso porque conoció el verdadero infierno, el del mundo, donde la gente experimenta la presencia de demonios a su alrededor, pero también, y es lo más dramático, en su interior.

Tan acentuadas son las cicatrices de la guerra, meditaba mi padre, que las escenas y pesadillas se repiten cada instante, aunque transcurran años, y eso es lo que impide vivir sin cadenas. No es sencillo cerrar los ojos y dormir porque las horas nocturnas y las de la madrugada, con su especial silencio y oscuridad, se vuelven cómplices del sobresalto, la tristeza, el dolor y el miedo.

Al mirar uno, en las carnicerías, las reses partidas, es inevitable recordar a los soldados mutilados o con los vientres abiertos por las explosiones y los intestinos y otros órganos desparramados. Rememora uno a los compañeros y a los enemigos totalmente partidos. La mermelada sugiere la sangre apelmazada y pútrida. Los conceptos de la vida se modifican totalmente.

La conversación paterna recreaba los detalles del Día D, cuando se registró la invasión más grande de la historia. El horizonte estaba cubierto de barcos y lanchas de desembarco de los aliados, mientras en los búnkeres y trincheras los alemanes disparaban su artillería sin piedad. Muchas horas más tarde, el cielo se tapizó de aviones, paracaidistas y zepelines. El escenario resultaba impresionante. La realidad superaba la imaginación.

El desembarco de Normandía costó miles de vidas y significó dolor indecible. Mi padre salvó la vida, pero la pesadilla quedó grabada en su memoria e inesperadamente aparecía como recuerdo desgarrador. Era un fantasma que lo rondaba para tratar de ensombrecer los mejores instantes de su existencia.

Cada hombre que caminaba por el bosque, la campiña y los escombros de las poblaciones, cargaba su propia historia, su ayer, y ya compartía horas y días presentes sin tener la certeza de que el próximo segundo resultaría la conclusión de todo o la extensión de un ambiente surrealista. Estaban atrapados entre la Tierra y el infierno.

De rostros asoleados, sudorosos y enlodados, aquellos soldados observaban cadáveres putrefactos entre las piedras de las casas derruidas, muñecas sucias que pertenecieron a una infancia perdida, sangre apelmazada, muebles destrozados, gente mutilada, establecimientos saqueados, obras de arte rotas, hogares judíos mancillados, retratos con dedicatorias, rostros heridos y hasta con los ojos colgando, y el perfil de la muerte palpitando en todo, en árboles, casas, piedras, cerros. Cada paso significaba una coincidencia con la muerte, el sufrimiento, las balas, los campos minados y la artillería enemiga.

Junto con otros soldados mi padre fue uno de los protagonistas del Día “D”, el célebre, sangriento e inolvidable desembarco de Normandía; también sumó a su vida y experiencia otros combates en distintos escenarios franceses, hasta que de no pocos de sus compañeros se apoderaron el miedo, la desolación, los nervios y la locura.

Cuando los seres humanos son sometidos a la guerra, llega el momento en que muchos desesperan y enloquecen ante los días repetidos de atacar, defenderse y sobrevivir o morir. No encuentran respuestas a sus interrogantes. Algunos culpan a los demás, incluidas las víctimas, de la pesadilla interminable en la que se encuentran inmersos.

Una tarde lluviosa de 1944, después de haber enfrentado una batalla y deambulado varias horas sin beber agua ni probar alimentos, la tropa llegó a un pueblo en ruinas que parecía adecuado para pernoctar.

Los soldados revisaron los rincones que pudieran albergar a los nazis, a los francotiradores, a militares dispuestos, igual que ellos, a matar por la espalda. Aparentemente no había enemigos en aquel caserío que exhalaba fragancias de desolación, muerte y temor.

Agotados, hambrientos y con las mochilas y los uniformes desgarrados y empapados por la lluvia, se introdujeron a un templo en ruinas, donde descubrieron, ipso facto, alrededor de dos docenas de personas, al parecer familias sobrevivientes de un ataque con misiles, quienes se abrazaron temerosos y suplicaron en francés que no los asesinaran.

Las mujeres abrazaron a sus hijos; los hombres, en tanto, se colocaron al frente con las manos en alto ante ellos, los soldados que apuntaban con sus armas. Gritaban y suplicaban piedad. Los niños lloraban aterrorizados.

Uno de los soldados, a quien días antes habían rescatado de un tanque que recibió impactos de los cañones nazis, enloqueció al mirar las expresiones de terror y escuchar el llanto y las súplicas de las familias francesas. Los ojos desorbitados del hombre que permaneció atrapado un par de días en un tanque, expresaban odio y deseo de venganza. Ante sus compañeros atónitos, sustrajo una pistola y disparó contra dos de los hombres que protegían al grupo.

El cansancio o el hábito de matar a desconocidos, seguramente provocó indiferencia entre los soldados, y más cuando el capitán permaneció inmóvil y callado, atrás de la tropa, como si consintiera el acto criminal para que sus subalternos desahogaran sus tensiones. Creyeron, entonces, que hombres y mujeres les pertenecían, igual que cuando se caza una presa en el bosque o un coleccionista atrapa mariposas con su red.

Tras asesinar a los dos hombres, uno de ellos con boina y barba, el soldado se aproximó al grupo replegado de civiles, sujetó de los hombros a una mujer joven y le reclamó a gritos por la guerra, por la sangre, por la muerte, por encontrarse tan lejos de su patria, por el sufrimiento, por todo.

Mi padre recordó los relatos de mis abuelos sobre los saqueos, injusticias y violaciones que llevaban a cabo las turbas en el movimiento revolucionario de México en 1910, más estimuladas por resentimiento, hambre, placeres y bestialidad que por ideales y una lucha digna. No cabía duda de que los esquemas de abusos se replicaban en los movimientos armados.

Observó al capitán empequeñecido, atrás de la tropa, agotado y complaciente o seguramente rebasado; también a los niños que lloraban por el miedo y no comprender la realidad que de pronto había desplazado sus familias, hogares, escuelas, juegos e ilusiones.

Disparó contra el soldado enloquecido del tanque. La joven que iba a ser mancillada y que tenía la blusa rasgada, junto con sus familiares y compañeros, vieron a mi padre con asombro y agradecimiento, sin pronunciar palabras. Mi padre cayó de rodillas y sollozó desconsolado en el piso cubierto de polvo. El capitán ordenó a la tropa que lo condujera al otro extremo del templo de muros sucios y casi derruidos.

Hay acontecimientos en la guerra que se callan, olvidan, pregonan, castigan o perdonan. Actos de cobardía y de valentía se miden y pesan de acuerdo con las circunstancias, el momento, los intereses.

Durante un par de horas, sentados en las bancas cercenadas y dispersas entre despojos, el capitán y mi padre hablaron. El capitán, como líder, había sido rebasado por la tropa y las circunstancias, mientras mi padre, humanista y todavía con ideales, tomo la decisión de impedir más crímenes e injusticias por parte de un hombre que ya estaba desequilibrado, aun sabiendo que en la milicia existen códigos severos.

Relataron las historias de sus vidas, confesaron sus sueños e ideales interrumpidos por el movimiento bélico, y discutieron la acción cometida por mi padre, que justa o no, representaba una falta al ejército norteamericano, invitaba a la indisciplina y provocaba desconfianza e inseguridad en la tropa, y en la guerra, explicó el capitán, no es conveniente generar dudas, incertidumbre y reflexión entre los hombres que combaten. En la guerra, aseguró, los ejércitos necesitan hombres masificados e insensibles al dolor, que obedezcan y sólo piensen en cumplir objetivos sin importar el costo. Hay que matar, no importa si son mujeres, niños, bebés, ancianos. A nadie le interesa dejar huérfanos y viudas. Expresó que en ocasiones hay que permitir que los soldados se desahoguen y maten con saña a personas inocentes e indefensas o violen mujeres, precisamente para que se desahoguen y eliminen todas las cargas de odio, miedo y tensión que les causan los combates.

Confesó el capitán que sus hombres, los de la tropa menguada, ya estaban muertos y si acaso algún día regresaban a sus países, a sus hogares, no serían personas espiritual y mentalmente sanas; en cambio, percibió vida y valores en mi padre, y eso es lo que necesitaba la humanidad. Explicó que podría ordenar que lo mataran por traidor o denunciarlo ante sus superiores para someterlo a un juicio dentro de la milicia; no obstante, lo enviaría a América, donde indudablemente podría aportar más que en un ambiente donde todos estaban muertos.

El capitán dijo a mi padre que comprendía sus actos de justicia; sin embargo, admitió que no podría mantenerlo en la tropa, cuyos elementos, por cierto, sentían cariño por él. Al poco tiempo, mi padre regresó a Estados Unidos de Norteamérica y de allí a la Ciudad de México, donde se reencontró con sus familiares, con la gente que amaba y a la que siempre, al combatir en las trincheras y escuchar el estruendo de las ojivas, conservó en su mente y corazón.

Llegó al hogar con un costal pletórico de experiencias, lecciones y recuerdos, al que en determinados períodos de su vida se agregó, aunque hiciera lo posible por desterrarlo, el fantasma de la guerra. Se sobrepuso con valentía a las crisis ocasionales del sistema nervioso que no pocas ocasiones lo acosaron.

Un capricho y una expresión juvenil de soberbia lo trasladaron a la guerra, de la que conoció sus aromas y sabores más amargos. A su regreso, ya no era el muchacho de 24 años que pretendió impresionar a su enamorada con un juego atrevido y tonto, sino el hombre que participó en la invasión más grande en la historia de la humanidad, la del Día “D”, el desembarco de Normandía, seguido de combates sangrientos e interminables. Como soldado que participó en esa incursión histórica, tomó incontables decisiones para salvar su vida, proteger a sus compañeros y cumplir la misión encomendada por los aliados; pero quizá la mayor de todas fue, en esa época, la de impedir que un hombre enloquecido maltratara y violara a una mujer joven y asesinara a víctimas de guerra.

Es innegable que durante la jornada existencial, se presentan coyunturas, situaciones en las que uno debe tomar decisiones complejas, por dolorosas y riesgosas que sean. Al menos así lo entendió mi padre en 1944, cuando miró de frente los abismos de la historia, las fauces de la Segunda Guerra Mundial.

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