De casa del intendente José María Anzorena y Foncerrada a Palacio Legislativo de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mientras el tañido de los campanarios coloniales anuncia el ocaso de la tarde, el organillero arranca melodías melancólicas de su cilindro -descendiente de los antiguos instrumentos alemanes- y descubre que igual que el crepúsculo que se disipa y se rinde ante el cielo que ya se tiñe de sombras, él es personaje casi extinto de la ciudad.

Los rumores citadinos se sofocan ante las campanas pesadas de la catedral y de otros templos vetustos, porque ni el canto vespertino de los pájaros que se reúnen en las frondas de los árboles dispersos en las plazuelas ni la inquietud de las palomas que se aglomeran en las cornisas de las fachadas virreinales de cantera, atentan la acústica del bronce centenario.

Agotados, los globeros caminan cabizbajos, acaso en espera de que la ilusión postrera de algún niño ambicione alguna de las esferas multicolores y efímeras que sujetan con hilos para que no escapen, muy similares a las otras fantasías, las de los adultos, cautivas tras los cristales de los aparadores e iluminadas por reflectores que dan mayor consistencia al calzado, a las corbatas, a las joyas, a los trajes, a los vestidos.

Tarde que agoniza. Noche que nace. Claroscuros de la vida, al fin, que conviven con la llovizna. Los enamorados, totalmente entregados a sus abrazos y besos, caminan por las banquetas en un estado de encantamiento, coincidiendo aquí y allá, en un rincón y en otro, con los turistas que admiran los palacios que antaño, en los minutos coloniales, formaron parte de Valladolid, la actual ciudad de Morelia.

Cada casona establecida en el centro de Morelia, la capital de Michoacán, conserva los ecos del ayer, capítulos incompletos de la historia, relatos ya olvidados sobre acontecimientos muy añejos; pero los automóviles transitan indiferentes y los transeúntes, en tanto, caminan inmersos en sus pensamientos, en sus ilusiones, en sus fantasías, en sus asuntos, en su realidad, como si la ciudad fuera un volumen de páginas en blanco en las que cotidianamente se escriben vivencias o un lienzo en el que se pintan escenas que más tarde se diluyen para dejar espacio a las que han de venir.

Unas fincas reciben la luz de los reflectores, mientras otras apenas presumen sus siluetas con la mirada tenue de los faroles, como si se tratara de una partitura con símbolos de piedra esculpida hace siglos para componer un concierto citadino, una sinfonía urbana, un canto metropolitano. Acumulación de épocas, es cierto. Piedras esculpidas e historias inscritas desde 1541, año en que se fundó la ciudad.

En los portales típicos, los turistas beben café y se deleitan con el escenario de residencias virreinales; mas uno, cuando deambula en una interminable búsqueda de aventuras y secretos, contempla edificaciones, como el Palacio Legislativo, majestuosa construcción que parece exhalar los suspiros de la historia, los gritos del tiempo, los rumores de las generaciones que transitan pasajeramente.

Vecino de antiguas mansiones, como la que utilizaron los conspiradores de Valladolid en 1809, el Real Hospital de San Juan de Dios o la catedral barroca, el Palacio Legislativo es similar a la casa del pueblo, un sitio donde se ha escrito parte de la historia de Michoacán y de México, con sus luces y sombras, con sus verdades y mentiras, con su patriotismo y traición, porque después de todo los protagonistas han sido hombres y mujeres, unos con inclinaciones heroicas y otros, en cambio, con ambiciones criminales. Qué mejor espacio para aprender que las figuras que influyen en el rumbo de Michoacán y del país no son dibujos de monografías ni siluetas para iluminar en los libros de texto, sino seres humanos con fortalezas y debilidades tan acentuadas que pueden propiciar el bienestar de un pueblo o su destrucción.

Uno entra al recinto y admira, ipso facto, el patio con columnas de cantera, las escalinatas y los barandales de herraje, donde han transitado incontables personajes de la política michoacana de ayer y hoy, con sus anhelos de contribuir al engrandecimiento de Michoacán o de enriquecerse y cometer actos viles, como lo demuestra la historia.

Antiguamente, en los instantes del siglo XVIII, era una casa con una multiplicidad de habitaciones y dos patios, donde una familia y otra escribieron su historia, los capítulos de sus existencias, hasta que en la ancianidad de la decimonovena centuria, precisamente en 1897, en plena época porfiriana, la construcción fue remodelada y sus detalles adquirieron un estilo diferente, rasgos propios del neoclásico.

Precisamente en la parte central de la fachada, sobre el portón de madera y el barandal y los ventanales principales del segundo piso, aparece la inscripción 1897, y más arriba, en tanto, casi sobre dos guirnaldas de piedra, una concha de la que asoma el rostro de un personaje. Son rasgos de postrimerías del siglo XIX, pero la casona, antes de su remodelación, tuvo como dueño, en la centuria anterior, a un personaje destacado de Valladolid.

Fue en aquella centuria que cada día parece enclavada en algún almanaque más distante, la decimoctava, cuando él, José María Anzorena y Foncerrada, quien pronto se convertiría en intendente de Valladolid, compró la hermosa y majestuosa residencia.

Inicialmente, la finca pertenecía a una familia criolla y si bien es cierto que disponía de dos patios, lucía un hermoso estilo barroco, hasta que más tarde, en aquel siglo XVIII, la compró José María Anzorena y Foncerrada.

Mansión la del intendente de Valladolid que tuvo cita con el destino, con la historia, con los personajes que protagonizaron capítulos intensos de un México convulsionado. La tradición relata que el palacio era habitado por José María Anzorena y Foncerrada, cuando las tropas insurgentes de Hidalgo tomaron la ciudad de Valladolid.

Miguel Hidalgo y Costilla, a quien los mexicanos consideran padre de la patria, nombró a José María Anzorena y Foncerrada intendente de Valladolid y, además, le encomendó redactar y firmar el decreto de abolición de la esclavitud, promulgado el 6 de diciembre de 1810.

Ya desde entonces, el recinto de cantera parecía estar destinado a transformarse en rincón, en sede de acontecimientos importantes para los michoacanos y mexicanos. Había llegado muy puntual a su encuentro con la historia, cuando México se encontraba en sus horas más cruentas.

La historia y el tiempo se diluyeron, hasta que a fines del siglo XIX, en la época porfiriana, la mansión fue adquirida por un hombre muy acaudalado, el ingeniero ferrocarrilero Luis McGregor, quien solicitó al arquitecto José Francisco Serrano su remodelación, la cual inició en 1896 y concluyó en 1897.

Refiere la historia que en 1899, la casa fue adquirida por Joaquín Oseguera, hombre él de negocios, quien la vendió ese año al Gobierno de Michoacán, convirtiéndose así en residencia del mandatario del estado. Durante el Porfiriato, la construcción fue habitada por el gobernador Aristeo Mercado.

Las transformaciones efectuadas a su cutis, a su semblante, parecían orientadas, acaso sin sospecharlo, a lo que años más tarde, ya en el inolvidable e intenso siglo XX, definiría la edificación como lo que es en la actualidad, el recinto legislativo de los michoacanos. Fue en 1922 cuando se le designó sede del Poder Legislativo de Michoacán.

La fachada del antiguo edificio adquirió otro aspecto. Su diseño ya exhibía, entonces, una gran influencia francesa. La antigua mansión perdió uno de sus patios, pero a cambio obtuvo otros atributos. Su patio rectangular, con corredor abierto por los cuatro lados, tanto en el nivel inferior como en el superior, presume pilares muy singulares.

El Palacio Legislativo cuenta con cinco pilares dóricos al este y el mismo número al oeste, los cuales se alzan sobre un alto pedestal, mientras al norte y al sur, en tanto, tiene dos por cada lado.

De acuerdo con los especialistas, entre los pilares del primer piso y del segundo nivel, existe una diferencia notable, ya que los de abajo son dóricos con fuste ranurado y los otros, los de arriba, en cambio, jónicos y lisos.

Uno anda por los corredores y sube por alguna de las dos rampas de las escalinatas custodiadas por herraje, hasta que a la mitad se unen y forman una, dándole un toque arquitectónico muy peculiar y con bastante similitud a otras que existen en casonas de la antigua Valladolid.

Quizá una noche brumosa y gélida, mientras la llovizna cubre las baldosas, uno perciba el eco, los murmullos de todos los tiempos, el susurro de la gente que ha coincidido en el recinto, desde las familias que habitaron la morada, hasta los otros, los legisladores y los grupos sociales que han asistido al desfile de la historia.

Como en no pocas de las fincas palaciegas que forman parte de la colección de Morelia, la antigua Valladolid, resultan comunes los relatos populares sobre apariciones y manifestaciones sobrenaturales, y el Palacio Legislativo, con su rostro ya de postrimerías del siglo XIX, no escapa a las narraciones que se refieren a tales temas.

Reseña la tradición oral que es en la madrugada, al encontrarse apagadas todas las luces, cuando se escuchan balbuceos, rumores confusos, que llegan hasta los oídos como algo que no pertenece a este mundo, o que a determinada hora de la noche, al voltear uno hacia los corredores, las escalinatas o el patio, sombras minúsculas recorren raudas los espacios, cual niños que corren o juegan.

Los golpes a las puertas, el peso repentino que de improviso han sentido sobre sí los veladores que han sido comisionados a cuidar el recinto legislativo, los susurros al oído, las sombras fugaces y los chistidos, entre otros fenómenos, forman parte de las anécdotas de algunos, quienes no siempre las cuentan porque temen que se repitan con mayor fuerza. Son historias y leyendas populares.

Se cierra el pesado portón de la fachada y atrás quedan los detalles arquitectónicos, la historia, las leyendas, los discursos pronunciados, las leyes, el testimonio político de los michoacanos, los siglos, como cuando se concluye un libro y se da vuelta a la página póstuma y a la pasta.

La música triste que el organillero arrebata al cilindro que sostiene con un palo, se apaga de repente, igual que los campanarios agotados y envejecidos, dejando espacio a la lluvia nocturna, a las ráfagas que cruzan por los corredores y pasillos de las viejas casas y al soplo de las centurias. Ese es uno de los encantos del centro histórico, en la capital michoacana, donde las construcciones de cantera resguardan historias, leyendas y tradiciones.

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