Torre del templo colonial del Carmen

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas nebulosas y frías, el arroyuelo entume y serpentea la cañada umbría, refugio de matorrales y pinos que reciben las caricias del viento que balancea sus ramas, mientras la torre del templo colonial de piedra permanece aislada, silenciosa, ausente de los mineros, de las cosas sacras y de los instantes consumidos ante la caminata impostergable de las manecillas.

Paraje agreste y desolado que parece exhalar los muchos suspiros del ayer y de los mineros que alguna vez, hasta las horas de 1937, moraron en los barrios del Carmen, Chinchillas y La Cuadrilla, seduce los sentidos por su peculiaridad e invita al viajero, al aventurero, a consultar las páginas amarillentas y quebradizas de la historia para recordar un acontecimiento que transformó el rumbo y el semblante de Tlalpujahua, pueblo irrepetible y pintoresco enclavado en el oriente de Michoacán.

Como náufraga a partir de aquella madrugada, la del 27 de mayo de 1937, la torre del templo colonial del Carmen aparece en el escenario natural, entre la Mina “Las Dos Estrellas” y las callejuelas chuecas, empedradas e inclinadas de Tlalpujahua, recordando que a las cinco de la mañana con 20 minutos de ese día, los residuos del mineral denominados “lamas”, que ascendían a más de ocho millones de toneladas de arenas con cianuro y reposaban en una extensión de 18 hectáreas con 35 metros de altura, se precipitaron y un tercio de hora más tarde arrasaron con casas, gente, animales y cosas.

Tres barrios quedaron sepultados bajo 30 metros de escombros. Al cruzar el río por dos puentes de tablones, el turista contempla la torre desfasada, totalmente fragmentada, como una evidencia de que allí, bajo toneladas de piedras y tierra, yacen restos del templo virreinal y de las casas endebles que pertenecieron a los mineros que por generaciones extrajeron el oro y la plata, el mineral atrapado en las entrañas de la montaña.

Bastaron unos minutos para que entre la penumbra, el frío, la neblina y la llovizna, ancianos, niños, jóvenes y adultos despertaran e interrumpieran sus arrullos, la brevedad de su sueño, y enfrentaran el terror, las piedras y la tierra que se encimaban, el peso de los escombros que oscurecieron los días de sus existencias. Las ilusiones se rompieron y la vida se perdió. Los juguetes humildes, cubiertos de lodo, se transformaron en testimonio de una infancia fragmentada e interrumpida con sus luces y sombras. Los hogares mineros, humildes y sufridos por la explotación de los ingleses en ese último período, desaparecieron hasta convertirse en añoranzas y después en olvido, como la hojarasca y tierra que arrastra el viento otoñal.

La altura de los pinos sobrepasa la torre de piedra que ahora es monumento de antaño y evidencia, además, de aquella catástrofe que se registró en uno de los parajes insospechados de Tlalpujahua. Entre la arboleda se distinguen algunas criptas y el paisaje natural donde ellos, los moradores y turistas, suelen caminar.

De acuerdo con las referencias y la tradición histórica, el sacerdote Felipe Neri Valleza llegó a la región de Tlalpujahua en la juventud del siglo XVIII, en 1730, donde tuvo oportunidad de conocer la entonces capilla modesta que exhibía en el adobe una pintura de la Virgen del Carmen, a la que estaba dedicada.

Conforme a la información que recabó el religioso entre las personas de mayor edad, es importante resaltar que en el pasado, mucho antes de que él llegara a la comarca, existió una hacienda, cuyo propietario mandó pintar imágenes de santos en la capilla que construyó, entre las que destacaba la Virgen del Carmen. Hay quienes aseguran que la ermita humilde fue construida durante los albores del siglo XVII.

Ante el posterior abandono y deterioro de la hacienda, que finalmente fue demolida, quedó la capilla de adobe como recuerdo de aquellos años bonancibles, a la que otros calculaban su fundación entre 1717 y 1722; no obstante, fue hasta la decimonovena centuria cuando se estableció el Santuario de la Virgen del Carmen, cuya imagen se colocó en el altar principal.

Tras las constantes convulsiones que se registraron durante la decimonovena centuria, fue hasta el 16 de marzo de 1930, ya en el siglo XX, cuando la Virgen del Carmen recibió la coronación con autorización del Vaticano. Alguien hurtó la corona, por lo que la comunidad, bastante consternada, la repuso el 10 de abril de 1932 con una más hermosa.

Rodeado de barrios donde moraban los mineros, en cuyos recuerdos palpitaba todavía el apogeo de la Mina “Las Dos Estrellas”, fundada en 1899 por el francés Françoise Joseph Fournier y que entre 1908 y 1913 fue una de las más productivas del mundo, el templo con antecedentes virreinales enfrentó su destino aquella madrugada de 1937, cuando quedó destruido por los escombros con cianuro, salvándose los muros localizados al norte y al sur, junto con la torre y, milagrosamente para muchos, la imagen sepultada de la Virgen del Carmen, pintada alrededor de 1630.

Una vez que los habitantes de Tlalpujahua superaron la crisis provocada por la catástrofe, analizaron innumerables alternativas y propuestas para rescatar de las entrañas de la tierra la imagen de la Virgen del Carmen, la cual, tras un trabajo exhaustivo, finalmente extrajeron en un bloque de adobe que protegieron con una caja de madera y hierro, trasladándola el 27 de julio de 1937 a su nueva morada, el monumental y soberbio Santuario de San Pedro y San Pablo, uno de los templos coloniales más hermosos de México, cuya construcción inició José de la Borda en el siglo XVIII, el mismo que respaldó le edificación de la célebre iglesia de Santa Prisca, en Taxco, Guerrero.

Ya en la hora contemporánea, cuando los callejones y detalles de Tlalpujahua embelesan por tratarse de un pueblo irrepetible, mágico e inagotable, mientras la Mina “Las Dos Estrellas” permanece enclavada en la montaña boscosa, en ocasiones envuelta en neblina y exhalando el suspiro de historias olvidadas, la torre de piedra que perteneció al templo virreinal de la Virgen del Carmen, es una remembranza de los otros días, de los mineros que coexistieron en barrios y protagonizaron un capítulo y muchos más, a una e incontables horas del ayer en un rincón del mundo que conquista los sentidos e invita a la ensoñación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s