Decisión de guerra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi padre

“La guerra desnuda y fragmenta a los seres humanos; les arrebata su condición de personas hasta convertirlos en nada. Les niega la certeza del próximo segundo”, reflexionaba mi padre al recordar el Día D, y agregar que “hombres y mujeres, desposeídos de esperanza, se prueban en escenarios y situaciones que de improviso parecen absurdos, surrealistas, ajenos al mundo. Con frecuencia conducen al desequilibrio, a la locura, a la pérdida del sentido de la vida, porque el presente se torna frágil y el mañana es totalmente incierto”.

Varias ocasiones, mientras convivíamos en la sala de la casa, rememoró el 6 de junio de 1944, cuando participó en el desembarco de Normandía a la edad de 24 años, y no porque fuera militar o alguien lo hubiera comprometido a alistarse en el ejército norteamericano, sino con la intención de demostrar a su amada que era capaz de emprender una proeza, y qué mejor, en esa época, que participar en la Segunda Guerra Mundial. El ímpetu y la soberbia juveniles lo condujeron a una pesilla que jamás imaginó ni olvidó porque siempre la llevó en la mente, el corazón, la carne.

“La guerra no es juego”, advertía, porque “aniquila a los seres humanos, sus cosas, su historia, sus valores, sus juegos; desfigura los rostros, las casas, los hogares, las naciones. Todo pierde sentido, y para algunos hasta el concepto de Dios”.

Narraba la odisea protagonizada durante el desembarco de Normandía. Sin saber con exactitud dónde se encontraban, porque a muchos no les informaron, él y sus compañeros recibieron, al descender de las lanchas de desembarco, ráfagas de ametralladora, granadas y cohetes que de inmediato se impactaron contra incontables soldados, utilizados como número, quienes se hundieron en el mar y fueron arrastrados por el oleaje agitado y enrojecido.

De 30 soldados que descendían por las rampas de acero y sumergían parte del cuerpo en el mar, unos caían heridos o muertos adelante, otros atrás y muchos más a los lados. Resultaba complicado avanzar entre el oleaje, la artillería y los 30 kilos o más de los equipos que cargaban.

Aquí y allá, en un sitio y en otro, entre el embate de las olas, los diques y el fragor de la batalla, yacían soldados descuartizados, cabezas sin cuerpos y sesos al descubierto, rostros desfigurados, piernas y brazos mutilados, órganos e intestinos, cascos ensangrentados, armas y fragmentos de vidas, historias despedazadas.

El oleaje se entintó de rojo, pero con una extraña mezcla compuesta por explosivos, arena revuelta, órganos, líquidos pegajosos, pólvora dispersa, vendas manchadas y peces desechos. Pedazos de caras con ojos de fuera, manos y vómito flotaban en el océano.

Algunos intentaron auxiliar a sus compañeros, a los soldados que horas antes oraron, bromearon, fumaron un cigarrillo, mascaron chicle y hasta relataron capítulos de sus existencias tan fugaces; aunque muchos comprendieron que la ayuda humanitaria perdía sentido porque se trataba de disparar contra el enemigo, despedazarlo, sobrevivir y prepararse para la siguiente contienda. En eso se había transformado la vida.

De alguna manera, la guerra quebranta y derrumba todo. Destruye lo básico en cada persona, su comida y sus convicciones y creencias, hasta denigrarla. Se trata de borrar biografías a cambio de odio, violencia, sudor, placer momentáneo, sangre y miedo.

Mi padre recordaba aquel día, el del desembarco, como el más prolongado y terrible de su vida, acaso porque conoció el verdadero infierno, el del mundo, donde la gente experimenta la presencia de demonios a su alrededor, pero también, y es lo más dramático, en su interior.

Tan acentuadas son las cicatrices de la guerra, meditaba mi padre, que las escenas y pesadillas se repiten cada instante, aunque transcurran años, y eso es lo que impide vivir sin cadenas. No es sencillo cerrar los ojos y dormir porque las horas nocturnas y las de la madrugada, con su especial silencio y oscuridad, se vuelven cómplices del sobresalto, la tristeza, el dolor y el miedo.

Al mirar uno, en las carnicerías, las reses partidas, es inevitable recordar a los soldados mutilados o con los vientres abiertos por las explosiones y los intestinos y otros órganos desparramados. Rememora uno a los compañeros y a los enemigos totalmente partidos. La mermelada sugiere la sangre apelmazada y pútrida. Los conceptos de la vida se modifican totalmente.

La conversación paterna recreaba los detalles del Día D, cuando se registró la invasión más grande de la historia. El horizonte estaba cubierto de barcos y lanchas de desembarco de los aliados, mientras en los búnkeres y trincheras los alemanes disparaban su artillería sin piedad. Muchas horas más tarde, el cielo se tapizó de aviones, paracaidistas y zepelines. El escenario resultaba impresionante. La realidad superaba la imaginación.

El desembarco de Normandía costó miles de vidas y significó dolor indecible. Mi padre salvó la vida, pero la pesadilla quedó grabada en su memoria e inesperadamente aparecía como recuerdo desgarrador. Era un fantasma que lo rondaba para tratar de ensombrecer los mejores instantes de su existencia.

Cada hombre que caminaba por el bosque, la campiña y los escombros de las poblaciones, cargaba su propia historia, su ayer, y ya compartía horas y días presentes sin tener la certeza de que el próximo segundo resultaría la conclusión de todo o la extensión de un ambiente surrealista. Estaban atrapados entre la Tierra y el infierno.

De rostros asoleados, sudorosos y enlodados, aquellos soldados observaban cadáveres putrefactos entre las piedras de las casas derruidas, muñecas sucias que pertenecieron a una infancia perdida, sangre apelmazada, muebles destrozados, gente mutilada, establecimientos saqueados, obras de arte rotas, hogares judíos mancillados, retratos con dedicatorias, rostros heridos y hasta con los ojos colgando, y el perfil de la muerte palpitando en todo, en árboles, casas, piedras, cerros. Cada paso significaba una coincidencia con la muerte, el sufrimiento, las balas, los campos minados y la artillería enemiga.

Junto con otros soldados mi padre fue uno de los protagonistas del Día “D”, el célebre, sangriento e inolvidable desembarco de Normandía; también sumó a su vida y experiencia otros combates en distintos escenarios franceses, hasta que de no pocos de sus compañeros se apoderaron el miedo, la desolación, los nervios y la locura.

Cuando los seres humanos son sometidos a la guerra, llega el momento en que muchos desesperan y enloquecen ante los días repetidos de atacar, defenderse y sobrevivir o morir. No encuentran respuestas a sus interrogantes. Algunos culpan a los demás, incluidas las víctimas, de la pesadilla interminable en la que se encuentran inmersos.

Una tarde lluviosa de 1944, después de haber enfrentado una batalla y deambulado varias horas sin beber agua ni probar alimentos, la tropa llegó a un pueblo en ruinas que parecía adecuado para pernoctar.

Los soldados revisaron los rincones que pudieran albergar a los nazis, a los francotiradores, a militares dispuestos, igual que ellos, a matar por la espalda. Aparentemente no había enemigos en aquel caserío que exhalaba fragancias de desolación, muerte y temor.

Agotados, hambrientos y con las mochilas y los uniformes desgarrados y empapados por la lluvia, se introdujeron a un templo en ruinas, donde descubrieron, ipso facto, alrededor de dos docenas de personas, al parecer familias sobrevivientes de un ataque con misiles, quienes se abrazaron temerosos y suplicaron en francés que no los asesinaran.

Las mujeres abrazaron a sus hijos; los hombres, en tanto, se colocaron al frente con las manos en alto ante ellos, los soldados que apuntaban con sus armas. Gritaban y suplicaban piedad. Los niños lloraban aterrorizados.

Uno de los soldados, a quien días antes habían rescatado de un tanque que recibió impactos de los cañones nazis, enloqueció al mirar las expresiones de terror y escuchar el llanto y las súplicas de las familias francesas. Los ojos desorbitados del hombre que permaneció atrapado un par de días en un tanque, expresaban odio y deseo de venganza. Ante sus compañeros atónitos, sustrajo una pistola y disparó contra dos de los hombres que protegían al grupo.

El cansancio o el hábito de matar a desconocidos, seguramente provocó indiferencia entre los soldados, y más cuando el capitán permaneció inmóvil y callado, atrás de la tropa, como si consintiera el acto criminal para que sus subalternos desahogaran sus tensiones. Creyeron, entonces, que hombres y mujeres les pertenecían, igual que cuando se caza una presa en el bosque o un coleccionista atrapa mariposas con su red.

Tras asesinar a los dos hombres, uno de ellos con boina y barba, el soldado se aproximó al grupo replegado de civiles, sujetó de los hombros a una mujer joven y le reclamó a gritos por la guerra, por la sangre, por la muerte, por encontrarse tan lejos de su patria, por el sufrimiento, por todo.

Mi padre recordó los relatos de mis abuelos sobre los saqueos, injusticias y violaciones que llevaban a cabo las turbas en el movimiento revolucionario de México en 1910, más estimuladas por resentimiento, hambre, placeres y bestialidad que por ideales y una lucha digna. No cabía duda de que los esquemas de abusos se replicaban en los movimientos armados.

Observó al capitán empequeñecido, atrás de la tropa, agotado y complaciente o seguramente rebasado; también a los niños que lloraban por el miedo y no comprender la realidad que de pronto había desplazado sus familias, hogares, escuelas, juegos e ilusiones.

Disparó contra el soldado enloquecido del tanque. La joven que iba a ser mancillada y que tenía la blusa rasgada, junto con sus familiares y compañeros, vieron a mi padre con asombro y agradecimiento, sin pronunciar palabras. Mi padre cayó de rodillas y sollozó desconsolado en el piso cubierto de polvo. El capitán ordenó a la tropa que lo condujera al otro extremo del templo de muros sucios y casi derruidos.

Hay acontecimientos en la guerra que se callan, olvidan, pregonan, castigan o perdonan. Actos de cobardía y de valentía se miden y pesan de acuerdo con las circunstancias, el momento, los intereses.

Durante un par de horas, sentados en las bancas cercenadas y dispersas entre despojos, el capitán y mi padre hablaron. El capitán, como líder, había sido rebasado por la tropa y las circunstancias, mientras mi padre, humanista y todavía con ideales, tomo la decisión de impedir más crímenes e injusticias por parte de un hombre que ya estaba desequilibrado, aun sabiendo que en la milicia existen códigos severos.

Relataron las historias de sus vidas, confesaron sus sueños e ideales interrumpidos por el movimiento bélico, y discutieron la acción cometida por mi padre, que justa o no, representaba una falta al ejército norteamericano, invitaba a la indisciplina y provocaba desconfianza e inseguridad en la tropa, y en la guerra, explicó el capitán, no es conveniente generar dudas, incertidumbre y reflexión entre los hombres que combaten. En la guerra, aseguró, los ejércitos necesitan hombres masificados e insensibles al dolor, que obedezcan y sólo piensen en cumplir objetivos sin importar el costo. Hay que matar, no importa si son mujeres, niños, bebés, ancianos. A nadie le interesa dejar huérfanos y viudas. Expresó que en ocasiones hay que permitir que los soldados se desahoguen y maten con saña a personas inocentes e indefensas o violen mujeres, precisamente para que se desahoguen y eliminen todas las cargas de odio, miedo y tensión que les causan los combates.

Confesó el capitán que sus hombres, los de la tropa menguada, ya estaban muertos y si acaso algún día regresaban a sus países, a sus hogares, no serían personas espiritual y mentalmente sanas; en cambio, percibió vida y valores en mi padre, y eso es lo que necesitaba la humanidad. Explicó que podría ordenar que lo mataran por traidor o denunciarlo ante sus superiores para someterlo a un juicio dentro de la milicia; no obstante, lo enviaría a América, donde indudablemente podría aportar más que en un ambiente donde todos estaban muertos.

El capitán dijo a mi padre que comprendía sus actos de justicia; sin embargo, admitió que no podría mantenerlo en la tropa, cuyos elementos, por cierto, sentían cariño por él. Al poco tiempo, mi padre regresó a Estados Unidos de Norteamérica y de allí a la Ciudad de México, donde se reencontró con sus familiares, con la gente que amaba y a la que siempre, al combatir en las trincheras y escuchar el estruendo de las ojivas, conservó en su mente y corazón.

Llegó al hogar con un costal pletórico de experiencias, lecciones y recuerdos, al que en determinados períodos de su vida se agregó, aunque hiciera lo posible por desterrarlo, el fantasma de la guerra. Se sobrepuso con valentía a las crisis ocasionales del sistema nervioso que no pocas ocasiones lo acosaron.

Un capricho y una expresión juvenil de soberbia lo trasladaron a la guerra, de la que conoció sus aromas y sabores más amargos. A su regreso, ya no era el muchacho de 24 años que pretendió impresionar a su enamorada con un juego atrevido y tonto, sino el hombre que participó en la invasión más grande en la historia de la humanidad, la del Día “D”, el desembarco de Normandía, seguido de combates sangrientos e interminables. Como soldado que participó en esa incursión histórica, tomó incontables decisiones para salvar su vida, proteger a sus compañeros y cumplir la misión encomendada por los aliados; pero quizá la mayor de todas fue, en esa época, la de impedir que un hombre enloquecido maltratara y violara a una mujer joven y asesinara a víctimas de guerra.

Es innegable que durante la jornada existencial, se presentan coyunturas, situaciones en las que uno debe tomar decisiones complejas, por dolorosas y riesgosas que sean. Al menos así lo entendió mi padre en 1944, cuando miró de frente los abismos de la historia, las fauces de la Segunda Guerra Mundial.

Los negocios, los negocios

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace años, cuando elaboré un reportaje sobre los claroscuros de las funerarias en México y específicamente en Michoacán, un hombre admitió que se trata de un giro en el que la competencia es agresiva y que, incluso, ciertas empresas pagan comisión al personal de los ministerios públicos y a camilleros, enfermeras e incluso médicos para que les informen casi de inmediato cuando registran algún deceso, lo que les permite hablar con los familiares y negociar el servicio de venta o renta de ataúd y la contratación de sala velatoria y sepelio.

Al escuchar al encargado de la funeraria, quien confesó que la dueña del establecimiento estaba en quiebra por rechazar esa clase de prácticas y enfrentar, en consecuencia, la competencia voraz de otros negocios, comprobé una vez más que los seres humanos lucran hasta con el dolor y la muerte. Imaginé a los ministerios públicos, judiciales, camilleros, enfermeras, personal de ambulancias y médicos recibiendo comisiones por el simple hecho de avisar a los empleados de los funerales la muerte de alguna persona, mientras los otros, los parientes, adoloridos y tristes, caen en sus redes y muchas veces, por la distracción que genera la pérdida física de un ser querido, pagan conceptos más caros o extraordinarios e innecesarios.

Lejos estaba de imaginar que con la caminata del tiempo me aproximaba a enfrentar la experiencia de la transición de mi madre, precisamente para comprobar que las palabras de aquel hombre a quien entrevisté y me invitó a visitar la funeraria en la madrugada con la intención de conocer el proceso de arreglo de los cadáveres, tenía razón.

Una mañana, trasladamos a mi madre al hospital de Instituto Mexicano del Seguro Social. Los errores con la inseparable soberbia de los médicos, provocaron que un tratamiento sencillo arruinara todos sus signos vitales. El especialista habló con mis hermanos y conmigo con el objetivo de informarnos que mi madre estaba agonizando, que diversos órganos ya estaban atrofiados y que la muerte sería inevitable.

No relataré detalles del fallecimiento de mi madre. Sólo mencionaré que cuando los médicos rodearon, casi al final, la cama en la que se encontraba, mis hermanos y yo tomamos nuestras manos y así, en círculo, la acompañamos en su transición. Expiró a las 10 y media de la mañana de aquel día veraniego.

Al abandonar el lecho de muerte y reunirnos con la otra parte de nuestra familia en la sala de espera, lloramos profundamente y compartimos abrazos y palabras de consuelo entre nosotros.

Descubrí, tras los cristales, la presencia de algunos hombres vestidos con camisas blancas y trajes negros, quienes permanecían atentos a nuestros actos y expresiones, y acechaban, en consecuencia, la salida del grupo familiar para ofrecernos, como en un mercado, sus respectivos servicios fúnebres.

Previne a mis hermanos. Ellos, los empleados funerarios, ya sabían que llorábamos por el fallecimiento inminente de algún ser amado. Alguien les informó porque estaban cerca, solamente separados por el grueso y enorme cristal de la sala; además, lo comprobaron al observarnos. Conocen los signos del dolor que provoca el deceso de un ser amado. Había que tener cuidado. Tales hombres conservaban la integridad porque su negocio es la muerte, mientras nosotros, en tanto, estábamos perturbados por el deceso de nuestra madre y, por lo mismo, en desventaja ante cualquier decisión y negocio.

Al salir de la sala hospitalaria, los hombres se aproximaron a nosotros y de inmediato ofrecieron los servicios de sus respectivas casas fúnebres. Aceptamos las tarjetas de presentación y la información impresa que ofrecieron; pero no establecimos compromiso con ninguno, como lo habíamos acordado un par de minutos antes, ya que necesitábamos asimilar el acontecimiento familiar, reunir algunos documentos para la elaboración del acta de defunción y tomar una decisión acorde a nuestros intereses y costumbres.

Tiempo atrás, cuando mi padre sufrió un infarto y pasó por la transición antes de llegar al hospital, trasladaron el cadáver al Servicio Médico Forense para hacerle la autopsia conforme a la ley. El hombre que tomó nuestros datos, utilizó una máquina de escribir mecánica. En la hoja posterior, supuestamente utilizada para no marcar el rodillo del equipo, mi madre y yo leímos con claridad el nombre y los datos de una funeraria. Vaya forma de vincular a los dolientes con las funerarias. No podía ser de otro modo. Cómo explicar la presencia de una hoja con publicidad de funerales en una oficina pública, precisamente relacionada con autopsias y certificados de muerte. Indiscutiblemente, se trata de negocios pactados entre un agente funerario y un servidor público.

El hombre que entrevisté en la funeraria tenía razón, existe rapiña entre los establecimientos dedicados al giro mortuorio, de tal manera que aprovechan el dolor, la desesperación, el llanto y la confusión de la gente para ofrecer paquetes caros y malos, muchas veces con servicios innecesarios, porque su mayor interés es el monetario. Por algo pagan comisiones a empleados de ministerios públicos, ambulancias y hospitales.

Resulta innegable que la idea de la finitud resquebraja todos los esquemas, y más cuando las personas enfrentan sucesos que definitivamente no pueden evitar; sin embargo, es aconsejable, por fuerte que sea la idea de la defunción, contratar anticipadamente y con calma algún servicio funerario con una empresa formal que ofrezca planes acordes a la realidad y necesidades de las familias, con lo que evitarán decisiones precipitadas, deficientes y caras.

Si por algún motivo se registra alguna defunción sin contar con un plan funerario, alguien, dentro del sufrimiento, debe fungir como parte racional de la familia para asumir decisiones acertadas; de lo contrario, serán víctimas de quienes rondan hospitales y ministerios públicos con la intención de aprovechar la desesperación y hacer verdaderos negocios. Los buitres y hienas de la muerte siempre han existido. Sienten atracción por los cadáveres porque simbolizan la oportunidad de vender servicios funerarios caros y malos; aunque no hay que olvidar que los negocios son fríos e indiferentes al dolor humano. El negocio de la muerte, como el de la Medicina, se practica sin recato en México.

El encanto de los viajes regionales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acaso por su proceso cultural, económico, histórico, político y social, México no se caracterizó, en su pasado, por contar entre sus habitantes con suficientes personas interesadas en escudriñar su territorio, de manera que es escasa la literatura referente a los viajes regionales, los cuales, es incuestionable, contribuyen a reforzar la identidad y acrecentar el conocimiento sobre la esencia de los pueblos y la riqueza que les rodea.

Se canceló la oportunidad de conocer, en su momento, el patrimonio arquitectónico, cultural y natural del México de antaño, del cual se ha perdido un gran porcentaje por diversas causas, entre las que destacan descuido, corrupción, saqueo e irresponsabilidad de autoridades y diversos sectores sociales, quedando la tarea de recuperar trozos a arqueólogos, historiadores, antropólogos y especialistas en diversas materias.

Hay quienes poseen recursos económicos en abundancia y, no obstante, por diversos motivos desdeñan las opciones locales, prefiriendo destinos turísticos nacionales ya reconocidos en otras zonas o en determinados países. Ignoran, de no ser por la escueta información que reciben ocasionalmente, la existencia de no pocos de los atractivos de la ciudad donde viven y, con mayor razón, de su estado, perdiendo oportunidad de ampliar experiencia y conocimiento; pero sobre todo, de vivir plenamente en el espacio que por derecho de nacimiento o residencia, les corresponde.

Otros, en tanto, anhelan viajar, al menos, al poblado más próximo para conocer a su gente y el paisaje que le rodea; sin embargo, su capacidad económica es inversamente proporcional a sus sueños y todo queda, por lo mismo, en proyectos frustrados. El interés de recorrer lugares ajenos a las rutas citadinas y cotidianas, con la posibilidad de captar imágenes y hasta escribir alguna memoria o reseña de viaje, queda menguado ante su incapacidad monetaria.

Los que viajan por su región, en cambio, no siempre escriben sus experiencias; algunos, incluso, cuando lo hacen, distorsionan la realidad al presentar a la gente, a los indígenas, a los nativos, como piezas de folklore. Pocos son, en verdad, los turistas interesados en plasmar en el papel o la computadora las impresiones de sus recorridos. Si acaso lo hacen, generalmente no publican sus memorias. Anotaciones y fotografías, si por casualidad las hay, quedan en el olvido, en algún rincón del desván, cubiertas de polvo.

Quienes publican comentarios y fotografías, en la actualidad, son aquellos que utilizan las redes sociales, apoyados en la cibernética; aunque en su mayoría no es con fines culturales, sino para compartir, si así se le puede denominar, sus experiencias en los viajes que realizan. Gradualmente se suman las personas que redactan toda clase de comentarios, desde frases de asombro hasta groserías y ridiculeces. Escasa es la gente que usa este medio para difundir el patrimonio cultural y natural de los lugares que visita. Parece como si a mayor tecnología hubiera menor cultura, respeto y sentido común.

El propio Ignacio Manuel Altamirano, escritor, periodista, abogado, maestro y político guerrerense que nació en 1834 y murió en 1893, reconoció, al escribir la introducción de la obra “Viaje a Oriente”, publicada en 1882 y 1883 por Luis Malanco, “que la literatura de viajes sea la más exigua de nuestras literaturas… Resumiéndola, nos encontramos con muy pocas producciones originales… En el interior, habría sido utilísima para hacernos conocer nuestra propia geografía. Sabido es que en esta materia enseñan más los libros de viajes que los libros metódicos en que se contienen datos, aunque precisos, áridos para la imaginación, difíciles para la memoria”.

Y así, admitió que “han hecho conocer la tierra más las bellísimas narraciones, coleccionadas por Eduardo Charton, que los libros de Balbi o de Maltebrun, y actualmente Reclus ensaya con felicidad el consorcio de la amenidad descriptiva con el cálculo preciso de la ciencia… Los conquistadores y misioneros del siglo XVI, también hicieron conocer la América del mismo modo a los hombres del antiguo continente, y hoy todavía sus libros son consultados con vivo interés. El baron de Humboldt no reveló a México de otra manera que con esas encantadoras descripciones que ponen en relieve no sólo al sabio, sino al literato amigo de Schiler y de Wieland”.

En la misma introducción a la obra, Ignacio Manuel Altamirano expresó que “después de Humboldt hay mil viajeros y aun viajeras que han escrito libros acerca de México, unos apasionados o burlones como el de Lovestern y el de Madame Calderón, otros justos como los de Stephens Bullock, los de Ernesto Vigneaux o Charnex, pero todos igualmente pintorescos e interesantes… Sólo los mexicanos hemos escrito poco acerca de nuestro país. Figúrasenos que hablar de nuestras poblaciones, de nuestras montañas, de nuestros ríos, de nuestros desiertos, de nuestros mares, de nuestras costumbres y de nuestro carácter, es asunto baladí y que al ver escrito en una página de viaje un nombre indio, todo el mundo aquí ha de hacer un gesto de desdén”.

El autor de Navidad en las montañas aceptó, entonces, que “quizá tengan razón los que tal temen. Todavía en México, aunque menos hoy que antes, causa más agrado la descripción del país extranjero, que la de una localidad mexicana… Hay cierta repugnancia para conocer el país nativo, y esta es la causa de que no puedan desarrollarse vigorosamente todas las ramas de nuestra literatura nacional. Sólo el tiempo y la civilización harán desaparecer estos que son hábitos de la vida colonial…”

Afortunadamente, más de 100 años después de que Ignacio Manuel Altamirano redactara ese texto, mayor número de mexicanos se suman a la idea de conocer los rincones de su patria, tan intensos e interesantes como los de las naciones más enigmáticas y subyugantes; empero, es preciso multiplicar esfuerzos para atraer la atención de quienes prefieren los espacios cosmopolitas de aparadores y luces artificiales, desdeñando los sitios provincianos que reservan paisajes insospechados, leyendas, tradiciones y gente irrepetible.

Y es gracias a la tecnología de la hora contemporánea, que resultará más sencillo aportar datos, fotografías e impresiones de viaje de las localidades mexicanas, como ya lo hacen, por cierto, algunas instituciones y personas bien intencionadas.

Todo cambia. Los escenarios naturales son agredidos por la ambición desmedida e irracional de ciertos grupos económicos y políticos. Los poros de la naturaleza son asfixiados por el asfalto y el concreto que avanzan incontenibles, agresivos, insaciables, por llanuras, barrancas y montañas. El panorama es alterado de manera perversa y lo que antes, hace algunos años apenas, eran bosques, cascadas, manantiales, ríos y selvas, aparece distorsionado, lleno de elementos artificiales que anuncian caos y desequilibrio, la presencia del ser humano transformado en criatura de asfalto, plástico y petróleo.

Si la fauna y la flora son devoradas impíamente por la incapacidad de hombres y mujeres para coexistir con los elementos naturales, otros signos, como arquitectura antigua, costumbres, historia, leyendas y tradiciones, también reciben el castigo inmerecido del desprecio y el olvido, quedando cubiertos por una lápida que difícilmente se volverá a abrir.

En la medida que mayor número de hombres y mujeres se interesen en recorrer sus localidades, las regiones donde viven, más conocimiento tendrán de la riqueza natural y del acervo arqueológico, si lo hay, e histórico, cultural y arquitectónico, y menos posibilidades habrá, entonces, de que los poros de la tierra sean cubiertos por planchas de asfalto y concreto y que los vestigios del ayer sean arrasados y saqueados por manos voraces.

Adicionalmente, al recorrer uno los poblados y sitios aledaños de interés, contribuye a reforzar la identidad de la gente y arraigarla en sus comunidades, crear un sentido de resguardo de su patrimonio y reactivar la economía local.

Si las autoridades son incapaces de defender el patrimonio de los mexicanos y sólo promueven los sitios que les conviene y reditúa dinero y prestigio, corresponderá a la generación de viajeros regionales visitar cada rincón, dar testimonio de la riqueza natural, histórica y cultural, y también denunciar la destrucción y el saqueo. Emprender un viaje a los alrededores de donde uno vive, equivale a escudriñar y revalorar las cosas y los signos que dan sentido e identidad a los pueblos. Sin duda, uno descubrirá rincones insospechados que contribuirán a enriquecer el conocimiento, la experiencia y los días de la existencia.

Chapulines y vedettes políticos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Son hombres y mujeres que saltan de un espacio a otro, de un cargo público a cuantos se les presentan, y que difícilmente rinden cuentas, completan ciclos y concluyen proyectos y programas oficiales porque tienen mayor interés, parece, en no perder la oportunidad de colocarse como gobernadores, alcaldes, secretarios, legisladores y funcionarios, que en atender y responder las demandas colectivas. Les llaman chapulines porque brincan de un lugar a otro; aunque en el escenario nacional también hay vedettes políticos que protagonizan escándalos, mudan de partido con bastante oportunismo y aparecen en los medios de comunicación como dueños de la verdad.

Afortunadamente, concluyeron las campañas políticas que algunos gobiernos, respaldados en la llamada veda, aprovecharon para no trabajar ni responder a las demandas y urgencias de la población. El próximo domingo, el tan esperado 7 de junio de 2015 para los candidatos ansiosos de obtener el triunfo, la ciudadanía acudirá a las urnas a ejercer su derecho al voto; sin embargo, desde hace meses fuimos testigos, en diversos rincones del territorio nacional, de las renuncias de gran cantidad de funcionarios públicos y legisladores a sus cargos, precisamente con la intención de contender por diferentes partidos y conquistar nuevas “responsabilidades” que indudablemente, al paso del tiempo, también abandonarán para nuevamente saltar a otras oportunidades que les aseguren permanencia en el poder.

A ellos, a los denominados chapulines, se sumaron las veletas que esperaron el momento oportuno para figurar y ser tomados en cuenta por diversos candidatos y otros partidos políticos. Llegaron con la mudanza a otros partidos, con el carretón de la basura repleto de ideas y gente que ya no cupo, por confrontación, intereses o no cumplir sus expectativas y a veces caprichos económicos y laborales. Se agregaron a partidos políticos que, incluso, tienen doctrinas y objetivos totalmente opuestos a los que pertenecieron. Cambiaron de partido como quien se muda de ropa, con lo que demostraron que rasgarse las vestiduras por cuestiones políticas e ideológicas forma parte del espectáculo, de la fiesta, del camino a la conquista de los intereses, no de la lucha por los cambios que requiere la sociedad mexicana. Lo importante para ellos es no quedarse fuera de las delicias del poder.

Los primeros, los chapulines, son personajes que en verdad no generan confianza porque demuestran, al saltar de un cargo a otro, que no están comprometidos con la sociedad, con las responsabilidades que les confirió la ciudadanía a través del voto o el funcionario que les otorgó los nombramientos públicos. Es imposible que alguien que actúa de esa manera se comprometa y cumpla a la gente.

Uno piensa que son oportunistas, poco comprometidos con las causas sociales e interesados en mantener el poder económico y político para beneficio personal, de sus familiares y de los grupos a los que pertenecen. No dan oportunidad de que la sociedad conozca su verdadero rostro, su perfil, su trayectoria, porque todo lo dejan inconcluso, y si de pronto surgen errores en las gestiones que dejaron, por no decir abandonaron, culpan a quienes los sustituyeron.

En cuanto a las vedettes de la política, causan lástima y, al mismo tiempo, representan riesgos para quienes tratan con ellos porque son veletas y si hoy portan una playera roja, mañana vestirán una amarilla y después volverán a la inicial u optarán por la azul, la morada, la verde y las que más se ajusten a sus intereses. Realmente son personas que carecen de convicciones, principios y valores porque lo único que los estimula, siempre con oportunismo, son sus intereses. Sus armarios están pletóricos de gorras y ropa de todos colores.

Cuando uno lee o escucha que determinado personaje se muda de partido, generalmente son cuestiones mediáticas para que el público tenga la idea de que se registran desplazamientos masivos por descontento con el instituto político al que pertenecían e incluso defendían. Se renuevan y todo lo que supuestamente creyeron e hicieron por el partido político que les brindó la oportunidad de vivir del presupuesto, se va al bote de la basura. Sin duda son vividores.

Abundan los ejemplos de chapulines y vedettes en política, y esta ocasión, durante las campañas de 2015, tuvimos oportunidad de mirarlos actuar en los escenarios estatales y nacional. Generalmente, otros, sus aplaudidores, los aduladores que los rodean, manifiestan que se trata de hombres y mujeres con amplia experiencia, declaraciones seguramente respaldadas en la diversidad de cargos que han ocupado, claro, sin concluirlos; no obstante, cuando un ciudadano común anda aquí y allá, en un empleo y en otro, difícilmente lo contratan porque demuestra inestabilidad. ¿Quién calificará a los candidatos políticos que no concluyeron sus gestiones por aspirar a otros cargos? ¿Alguien sancionará a los que cambiaron de marca?

Los ciudadanos de este país tendrán oportunidad de aprobar o reprobar a los candidatos políticos. De la sociedad dependerá, si vota responsablemente y de manera razonable, descalificar a los políticos chapulines y vedettes que generalmente actúan en base a intereses, pero también a los que cuentan con una trayectoria mediocre o de deshonestidad. Estas campañas no se caracterizaron por propuestas inteligentes ni por ser respetuosas. Habrá, entonces, que sufragar con la razón y no por medio de la conveniencia, el temor o las emociones.

Los sepultureros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Nadie se acerca a un cementerio durante la noche o madrugada, y menos si llueve o si distingue, en la penumbra, las siluetas de los sepulcros, monumentos e imágenes de ángeles, querubines, santos, vírgenes y seres que parecen adheridos a las losas, aferrados a los muertos”, explicó Julianito Pérez, quien remató: “así que los sepultureros y yo, que era velador del panteón, disponíamos de tiempo suficiente para cavar las tumbas y extraer los cadáveres recién enterrados”.

“Las noches lluviosas eran mejores porque había menos riesgos de que alguien, por curiosidad o con la intención de robar, brincara la barda y nos sorprendiera profanando sepulturas”, agregaba el hombre, entonces ya viejo y un tanto sordo, quien nació, según dijo, en el discurrir de 1900.

Cada mes, cuando mis hermanos y yo acudíamos con mis padres a cobrar la renta a la familia de Julio Pérez, o Julianito, como le llamaba la gente, el hombre solía repetir la historia sobre los años de su juventud ya diluida en un lugar y otro, siempre apresurado y en apuros, como los capítulos que protagonizó en el panteón.

Encadenado en el tropel de sus palabras y con muletillas como “ves, tigo”, relataba que durante el día, los sepultureros fijaban su atención en los rostros, joyas, ropa y zapatos de los dolientes con el objetivo de detectar si se trataba de personas adineradas, de mediana clase o humildes.

“Al sujetar los ataúdes, notábamos si eran finos o simples cajas de madera cubiertas con tela y encajes para disimular la miseria, como las casas de cartón, porque si en vida hay mansiones y pocilgas, al morir, los cuerpos son colocados en la extensión de lo que fueron sus moradas, de modo que hay féretros lujosos y otros especiales para los miserables”, refería el hombre que en aquella época, la de mi adolescencia, tendría alrededor de 75 años de edad, y quien se ufanaba de que los dolientes solían pagarles propinas. “Cumplíamos con el entierro. Miraban nuestros cuerpos deformes y miradas insondables. Con desprecio, lástima y asco, premiaban nuestro trabajo con dinero y en la noche, transformados en los señores del panteón, saqueábamos sus tumbas”.

“Ya entre las 11 y 12 de la noche, mis compañeros, los sepultureros, ingresaban al cementerio. Yo les abría la reja. Cogíamos las palas y los picos e íbamos a las tumbas que previamente habíamos seleccionado, donde excavábamos con la finalidad de exhumar los despojos”, recordaba Julianito Pérez al reconocer que la combinación de exceso de humedad, tierra y huesos provocan una hediondez insoportable, la cual los obligaba a cubrirse parte de la cara con paliacates.

Mi imaginación de adolescente me trasladaba hasta las calzadas, a los monumentos fúnebres con esculturas marmóreas, a las placas con nombres y apellidos anónimos, fechas no recordadas y epitafios demasiado tristes; pero nuestro inquilino Julianito Pérez proseguía con el relato de su vida, con los capítulos escabrosos de su biografía.

Ausente de recato, contaba que frecuentemente los muertos conservaban cadenas, collares, pulseras, aretes, medallas y crucifijos de oro que ellos, los profanadores, arrancaban sin importarles dejar marcas en las pieles amarillentas y en descomposición, pestilentes y con formaciones extrañas.

Si el antebrazo, la mano o el cuello estaban hinchados, los partían con un hacha o un machete para liberar las joyas que más tarde se repartían; aunque también hurtaban ropa y zapatos. Los perfumes y lociones se fusionaban con el olor a muerte. Reía Julianito y con palabras casi inaudibles, repetía que arrogancia, belleza, dinero y poder se hincan temerosos ante la muerte.

Cuando el ataúd era fino, “arrojábamos al cadáver a la fosa. Vendíamos el féretro. Prácticamente, desnudábamos a los muertos porque les quitábamos la ropa y el calzado”, evocaba el viejo cínico y sonriente.

Hacía alguna pausa, bebía café y rememoraba que paralelamente vendían huesos de muerto y tierra de panteón para las señoras del mercado, las brujas que utilizaban los materiales para hacer “limpias” o algún mal a los enemigos de sus clientes. “Siempre hay alguien que compra esas cosas”, insinuó.

Julianito Pérez justificaba sus acciones con el argumento de que ellos, los difuntos, no utilizarían los zapatos, la ropa y las joyas, mientras él y sus compañeros necesitaban dinero para mantener a sus familias o al menos deleitarse un rato en la pulquería. Tras los esbozos de carcajadas, seguían accesos de tos que enrojecían su rostro. Al reponerse, bebía café y prendía un cigarro Faros.

La familia de Julio Pérez aseguraba con orgullo que las historias que narraba sobre los despojos a los cadáveres, eran verídicas. El hombre sólo era dueño de sus recuerdos, de sus historias repetidas, del mimbre corriente, los palos y el machete rudimentario con que fabricaba sillas rústicas que apilaba, amarraba y cargaba sobre la espalda para caminar por las callejuelas de la Ciudad de México y venderlas.

El antiguo velador de uno de los cementerios más antiguos y tradicionales de la Ciudad de México, falleció, según me enteré tiempo después, cuando descansaba en una banqueta. Estaba sentado al lado de sus sillas de madera, entre el espacio que había entre dos camiones estacionados. El conductor de uno de los vehículos arrancó en reversa y prensó al otrora profanador con las sillas, hasta que lo despedazó y los palos y astillas se incrustaron en el cuerpo enjuto y quedaron dispersos en el asfalto y la banqueta.

Tendría aproximadamente 20 años de edad cuando me enteré del accidente ocurrido a Julianito Pérez. Pensé que había regresado al cementerio donde cometió fechorías al lado de sus cómplices -los sepultureros-, y sus gatos, de los que aseveraba eran sus mejores amigos. Tal vez, se trata de criaturas “morbosas y volubles cuando brincan de una azotea a otra y espían, agazapados, a sus amos; pero los gatos son la mejor compañía en un cementerio porque perciben las presencias extrañas”, expresaba.

La familia de Julianito informó a mis padres que el anciano quedó irreconocible, aprisionado entre los dos camiones y con astillas y trozos de palos encajados en el cuerpo. El espectáculo, dijeron, fue impresionante.

Meses después, tras una agonía prolongada, falleció el hijo de Julianito Pérez, a quien sus parientes colocaron un Cristo de marfil del siglo XVI, herencia de nuestros antepasados, que sustrajeron indebidamente de la casa vecina de mi tía paterna. Cadáver y escultura viajaron, aprisionados en el féretro, hasta el cementerio.

Durante mucho tiempo, principalmente en horas de crisis, pensé rescatar la pieza colonial, pero nunca me animé a solicitar una exhumación. Era demasiado joven; además, si ni siquiera tenía parentesco con el hombre que falleció como consecuencia de una aguda enfermedad del hígado, ¿cuál sería el argumento para pedir esa clase de servicio en el cementerio? ¿Cómo comprobaría que la pieza de marfil pertenecía a mi familia?

Me pregunto si en un arranque juvenil o motivado por la idea obsesiva de recuperar la pieza familiar, hubiera sido capaz de recurrir al servicio clandestino de algún sepulturero. ¿El hijo pagaría lo que antaño el padre hizo con los muertos? ¿Existirán otros Julianitos en los cementerios? No lo sé. Únicamente puedo afirmar que mi familia perdió el Cristo colonial de marfil y que un minuto ya distante de mi adolescencia conocí, en un rincón del mundo, un profanador de tumbas, sí, como los seres deformes y extraños de las novelas y películas, con la diferencia de que aquél fue real porque este relato no es cuento. No cabe duda que todo encierra una lección.

Toneladas de basura política

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Millones de boletas serán depositadas en las urnas electorales el próximo domingo 7 de junio de 2015, mientras incontables toneladas de lonas, papel, mantas, plástico y otros materiales –basura, al fin- se añadirán a la contaminación e irán a los basureros o rondarán por calles, avenidas y terrenos baldíos cual fantasmas que recordarán campañas políticas de ínfimo nivel para una sociedad adocenada, complaciente, pasiva y manipulada que no asimila las lecciones históricas.

En gran parte de la República Mexicana, como es el caso de Michoacán, verbigracia, la mayoría de las campañas, salpicadas de ataques y ausencia de propuestas, no despertaron entusiasmo en la población. Las declaraciones mediáticas, la llamada guerra sucia, el desorden y la soberbia suplieron la creatividad, la inteligencia y las propuestas; además, esbozaron, en parte, el estilo de gobernar y legislar de cada uno y, por lo mismo, de quienes resulten electos. No habrá algo novedoso en los ejercicios gubernamentales y legislativos.

Los rostros “nuevos”, bien maquillados, para no mencionar el término photoshop, no dejan de ser recomendados de la clase política, y quienes enfrentarán, en la Cámara de Diputados, las presiones y trampas de aquellos que conocen las rutas y el sabor del poder. Carentes de experiencia y contacto con las mayorías, a las que supuestamente representarán, tendrán que someterse a los dictados de la élite gobernante, e incluso uno de sus primeros retos será aprobar el presupuesto federal de egresos e ingresos de 2016. Claro, los resultados son previsibles: mayor cantidad de gastos para los requerimientos presidenciales y programas que coadyuven a mantener a los gobernantes en el poder, y menos cultura, educación, medicinas, equilibrio ecológico y desarrollo para la población.

Con relación a las caras ya conocidas, habrá que revisar minuciosamente, en el lapso de los próximos días, sus trayectorias, su comportamiento dentro de los cargos que ejercieron en el pasado, sus bienes patrimoniales, su desempeño en las campañas y hasta sus propuestas, si es que las tienen. Nadie cambia con un nuevo aspecto en el semblante. Recordemos que las risas dibujadas de manera permanente, no siempre han representado resultados favorables para Michoacán y México.

Ante la ausencia de compromisos y propuestas que verdaderamente respondan a los planteamientos y problemas del México de la hora contemporánea, aunado a la abundancia de críticas, descalificaciones y golpes, es fácil trazar el mapa económico, social y político de las entidades y el país en general. Todo, parece, continuará igual para millones de mexicanos que empobrecen y atestiguan el enriquecimiento y fortalecimiento de la clase gobernante cada vez más aferrada a las delicias del poder, igual que las sanguijuelas tan proclives a depredar y vivir de los demás.

¿Acaso alguien prevé un proceso de transformaciones para Michoacán en lo particular y México en lo general? ¿En alguna región del país alguno de los candidatos políticos motivó a las masas y las exhortó a sumarse a un proyecto integral de desarrollo? ¿Se notó entusiasmo?

La propaganda no es respuesta a los problemas y necesidades de México. Sólo es eso, mercadotecnia -y de pésimo ingenio, por cierto- que muestra, al estilo Televisa y TV Azteca, rostros retocados y frases sin sentido. Claro, coexistimos en una nación como de telenovela, pero así lo elegimos porque es lo que nos convence y satisface, a pesar de que conozcamos los resultados de las licencias que concedemos a los políticos.

No obstante las campañas de bajo nivel que se desarrollaron en todo el territorio nacional, el domingo 7 de junio de 2015, millones de mexicanos acudirán a las urnas a emitir su voto. Por alguien tendrán que sufragar. Lo razonable será que los ciudadanos cumplan su derecho y responsabilidad como mexicanos, ya que no acudir a las casillas o tachar todas opciones con el argumento de que demostrarán rechazo o descontento hacia la clase política mexicana, solamente causará risa a la élite del poder y favorecerá a quienes trabajan día y noche en los subterráneos para comprometer el voto, comprarlo u obligar a la gente, en algunos sitios, a sufragar por ciertos aspirantes políticos.

Si ellos, los candidatos políticos, fueron incapaces de ofrecer alternativas viables, proyectos integrales, planteamientos inteligentes, dentro de unos días corresponderá a la sociedad mexicana la oportunidad y el turno de demostrar que ya superó su estado de somnolencia y que emitirá su voto por las opciones menos dañinas. Así, los candidatos electos tendrán el respaldo popular, pero también millones de manos que los señalarán en caso de que intenten traicionar la confianza mayoritaria, enriquecerse a través del ejercicio de los cargos públicos y destruir al país, como lo han hecho generaciones de políticos a través de las décadas. Millones de boletas serán depositadas en las urnas e incontables toneladas de propaganda se convertirán en basura que podrían sumarse al muladar de lo que todos estamos haciendo de México. Cada uno tiene la decisión.