Mi musa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mundos paralelos, quizá; planos opuestos, tal vez; sendas que coinciden y se complementan, acaso. La línea entre la realidad y la fantasía es tan frágil, parece, que la vida y los sueños se mezclan, igual que los colores en la paleta o las letras y palabras en el tintero, para tomarlos con un pincel y plasmar trozos del paraíso en el lienzo o componer el más sublime de los poemas. Es tal la delgadez del hilo que separa el mundo que llaman real del de las quimeras, que cierto día uno puede caminar por rumbos cotidianos y de pronto, alguna mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, deambular por senderos insospechados.

Los extravíos de la razón conducen, sin duda, a la locura, a mundos que desconocen formalidades y rutas seguras de retorno, indudablemente porque navegan en mares turbulentos, ausentes de brújula e itinerario, hasta que naufragan y perecen atrapados en sus ilusiones efímeras.

El arte, en cambio, tiene permiso para ir y venir, zambullirse en las profundidades del universo, abrir compuertas de submundos y cielos, para regresar con canastas pletóricas de ideas y sentimientos elevados e inspiradores que más tarde, en la buhardilla, las manos creadoras transforman en escultura, poema, concierto, pintura. Formas, letras, sonidos y policromía magistrales que provienen de la misma fuente y comparten correspondencias. Son hermanas, aliadas que muestran a la humanidad que dentro de su realidad, también pueden reinar la belleza y la excelsitud. Ofrecen el tránsito a planos superiores.

Al regresar de profundidades y cimas insospechadas, exclusivamente reservadas a los privilegiados, las manos que dan forma a la piedra yerta, deslizan el arco sobre las cuerdas del violín, enlazan letras para formar palabras o plasman los colores sobre el lienzo, sienten que una fuerza etérea -la de la inspiración, la de las musas, la de Dios, la de los ángeles- las mueve rítmicamente, con delicadeza, sutilmente, como si se tratara de descifrar y traducir a hombres y mujeres el lenguaje del paraíso.

El arte es un estilo de vida. Los artistas saben que tras las obras magistrales se refugian incontables horas de dedicación, disciplina y trabajo; pero también, y es muy importante recordarlo, un ingrediente mágico, el de la inspiración, el toque que sólo dan las musas.

Para algunos, sus musas son, precisamente, la sintonía permanente con las fuerzas universales, de donde extraen sus esquemas de creación; otros, en tanto, las reconocen como un estado de éxtasis, natural en los artistas. Hay quienes experimentan, en verdad, la presencia de seres insustanciales que conducen la batuta, mueven los pinceles y derraman la tinta, mientras otros, intoxicados por la arrogancia y los reflectores de la fama, aseguran que eso es mentira, que todo proviene de la mente, de la inteligencia.

A los 10 años de edad, al abrir las hojas del cuaderno para enlazar una palabra, otra y muchas más en mi primer intento literario, y tiempo después, en la adolescencia, al deslizar los pinceles sobre el lienzo, experimenté, quizá en mi interior o probablemente a mi lado o sobre mí, la presencia de una musa, un ser resplandeciente que me acompañaba y guiaba durante el proceso creativo.

Nadie desconoce que la creación de una obra de arte implica esfuerzo y constancia, siempre con la receta de la inspiración. El artista identifica, de manera natural, el portón, la rendija, el pasadizo que lo conduce al mundo de los sueños, fórmulas, ilusiones y fantasías, de donde extrae, cuando la busca, la esencia de sus obras.

Guiado por los sueños, la sensibilidad y las ideas, un día no muy distante, como escritor, experimenté una emoción grandiosa que agitó mi ser. Indudablemente, reflexioné, se trata de mi musa, el ser etéreo que me envuelve todos los días, una mañana, alguna tarde, cierta noche o madrugada, cuando refugiado en mi soledad y atrapado en el silencio interior, apenas con la luz tenue de la lámpara, sopla a mi oído palabras, sensaciones e ideas que registro en el papel.

Increíble. Siempre la percibí conmigo. Un día tenía que descubrir su rostro, definirla, porque se trata, sin duda, de mi enamorada, el ser angelical y casi transparente que nunca me ha abandonado y sí, en cambio, ha susurrado a mis oídos fórmulas literarias, palabras, capítulos interminables. Hace poco definí su identidad. Quedé arrobado.

En cierto sentido -el de la formalidad-, ya no podíamos continuar con el juego de las escondidillas. Alguna vez teníamos que coincidir, y así fue. Desconozco si alguien me juzgará por lo que escribo o si se trata de un sueño que me arrulla y embelesa, si es una bella fantasía o si es real o una locura; pero cuando la descubrí, al fin, el resplandor de su belleza me deslumbró como si fuera la estrella más brillante en la bóveda celeste, un cometa que sólo capta una mirada afortunada, el arcoíris que aparece tras una tarde de tormenta, el sol que resurge y disipa las sombras postreras de la madrugada.

Comprendí, entonces, que me encontraba frente al ser angelical que siempre había presentido al escribir y pintar. Entendí las razones por las que al ser tocados por las manos de las musas, los escritores transmiten el lenguaje de Dios, los pintores sus colores, los escultores sus formas y los músicos sus susurros.

De belleza indescriptible, me cautivó y actué como ser humano. Intenté atraparla, convertirla no solamente en mi musa, en la fuente de inspiración, sino en mi enamorada, cuando ya lo era con el estilo más refinado y grandioso. Olvidé de pronto que el arte es magia, encanto, sensibilidad, manto etéreo, eternidad. Afecta, por su belleza, a la gente, al mundo; pero no se le puede capturar y menos condenarlo a una atracción egoísta. Los amores y placeres del arte y las musas son más elevados. Por algo, las obras de arte subyugan, remueven sentimientos y conducen a edenes mágicos. Son criaturas insustanciales que consienten que uno las mire, palpe y escuche a través de destellos convertidos en obras de arte, con la promesa de conducir a un universo extraordinario e infinito a sus seguidores fieles.

Mientras tuve encarcelada a mi musa en prisiones oscuras y húmedas, su tristeza me contagió y me sentí, como ella, tras barrotes cubiertos de herrumbre e intoxicados por la hediondez de una mazmorra fría. Las flores agacharon y marchitaron su cutis, las cascadas y los ríos lucieron turbios y mis cuadernos de anotaciones, en tanto, aparecieron desiertos y acosados por abrojos, ausentes del encanto del amor y la inspiración.

Comprendí que al arte y a las musas, como al amor, no se les puede encarcelar. Cuando uno permite que fluyan insustancialmente, es posible materializarlas y reproducir su belleza y profundidad. El amor y la fidelidad de mi musa, la que me inspira durante los procesos creativos y los días de mi existencia, son auténticos y plenos. Ahora sé que nunca me abandonará. Palpita en mí y no se extinguirá jamás porque su amor, así lo siento, me acompañará hasta el instante postrero de mi existencia, en este mundo, y su esencia y aliento irán conmigo allende las fronteras.

Tras años de buscar aquí y allá, en un rincón y en otro, descubrí que siempre estuvo cerca de mí, aunque no la identificara entonces, y que al reencontrarme con ella y establecer un pacto de amor muy especial, jamás me abandonará ni cambiará por alguien más porque sus juramentos y sentimientos son las expresiones de un ser angelical que salió del morral de Dios. Hoy, como escritor, me alegra e ilusiona afirmar que tengo una musa, un ser especial que me ama e inspira, a pesar de que alguien pudiera indicar que he perdido la razón.

Los que demandan apoyo y comprensión por medio de bloqueos y desmanes y los que estudian y trabajan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las dos jóvenes asomaron por la ventanilla del automóvil, extendieron las manos con la alcancía y solicitaron apoyo económico para surtir la despensa de la cocina escolar. Sus compañeros, hombres y mujeres, hacían lo mismo con otros automovilistas, a quienes impedían el paso en la carretera Morelia-Pátzcuaro.

Algunos viajeros discutían y otros, en cambio, hacían a un lado el coraje y depositaban monedas en las alcancías de los normalistas. Uno sabe, por las noticias, que si alega con esas personas, son capaces de agredir, e incluso robar e incendiar los vehículos, porque ante autoridades débiles e incompetentes y leyes absurdas, cada infractor paga 38 pesos -poco más de la mitad de un día de salario mínimo – para obtener su libertad en caso de ser aprehendido por trifulcas en los espacios públicos.

Desde hace aproximadamente 13 años, los dueños de autobuses han presentado más de cinco mil denuncias en Michoacán contra esa clase de grupos, sin respuesta satisfactoria por parte de las autoridades estatales. Si empresas consolidadas, con poder económico, no han conseguido que el Gobierno de Michoacán castigue a los normalistas y otros grupos que han causado daño a las cosas, menos lo lograrán los automovilistas que resulten agredidos por oponerse a dar dinero a quienes se apropian de las calles y carreteras. Así que la supuesta cooperación casi fue forzosa.

Mientras viajaba a Pátzcuaro, uno de los pueblos más bellos y pintorescos de México, reflexioné acerca del cinismo de quienes obstaculizan el paso en una carretera para pedir dinero. Argumentan ser pobres y tener necesidades económicas para solventar sus estudios, si es que acaso se dedican a los asuntos académicos; pero obtienen dinero de la gente que trabaja y debe solventar, como ellos, gastos alimenticios, medicamentos, transportación y vivienda, entre otros.

Recordé, entonces, que hace tiempo, cuando era adolescente y cursaba segundo año de secundaria, mis padres consintieron que laborara la última quincena de diciembre como promotor de una firma de sidra y vinos -anís, licores y moscatel, entre otros productos- en una cadena comercial. También lo hice el siguiente diciembre, cuando estudiaba tercer año de secundaria. La empresa contrataba adolescentes y jóvenes estudiantes de secundaria y preparatoria, a quienes tras una mañana de capacitación intensa, asignaba a diferentes tiendas comerciales de entonces: Aurrerá y Superama, Blanco, Comercial Mexicana, De Todo y Gigante, por citar algunas.

Éramos hijos de familia. El dueño, español, era un hombre que cumplía sus ofrecimientos. La contratación, por 15 días, contemplaba prestaciones sociales. Pronto simpaticé con él y quizá por mi formalidad, enmarcada con cabello corto, camisa blanca, saco, corbata y zapatos limpios, me envió a una de las tiendas de mayor prestigio, pero también donde la responsabilidad era mayor.

Así, en la aurora de mi existencia, en la primavera de mis días, obtuve mi primer empleo. Mis padres me dieron la oportunidad de probar, en ambos casos, la experiencia de trabajar durante vacaciones de diciembre. La primera vez, el gerente de la tienda, también español, a quien los empleados temían por su carácter irascible, me recibió como un hijo o un alumno y si bien era estricto, siempre con un puro en la boca, me dio consejos sobre negocios y la vida.

Cuando ingresé a la preparatoria, tuve oportunidad de trabajar durante el horario matutino en la oficina de una industria hulera, establecida en la Ciudad de México. Despertaba muy temprano para entrenar atletismo y me apuraba con la intención de llegar a la oficina a las nueve de la mañana. Salía de laborar a las dos de la tarde, comía y me dirigía a la escuela.

En la empresa aprendí tareas relacionadas con facturación, archivo, caja y hasta trámites en instituciones bancarias y gubernamentales. Fue otra escuela. Cumplí con las tareas académicas y laborales, sin descuidar el arte -literatura y pintura-, la correspondencia con amistades en distintas partes del mundo, los entrenamientos de atletismo y karate, la convivencia y los paseos familiares, las diversiones y otros estudios especiales que realizaba. Y no había computadoras ni internet, ni tampoco teléfonos celulares.

Supe el significado de ganar dinero y valorar cada peso. No niego que hubo momentos en que experimenté presiones fuertes cuando había exámenes o se acentuaba el trabajo en la hulera; no obstante, aprendí a enfrentar retos, trazar metas y conquistar lo que me impuse.

En la época universitaria, seguí trabajando. De la industria hulera fui a la parte oficial, a las dependencias públicas. La vida es, parece, una rueda que gira incesante, una embarcación que navega y anda en un puerto y en otro, de modo que desde entonces he vivido capítulos intensos y con grandes claroscuros.

Como yo, mucha gente ha combinado el estudio con el trabajo y se ha forjado. Hombres y mujeres lo hacen y cada día dan lo mejor de sí con la intención de superarse. Madres solteras, jóvenes honestos e interesados en progresar, personas que se proponen luchar para desterrar las sombras de la pobreza, muchachos que pierden a sus padres, trabajan diariamente, se esfuerzan, se sacrifican.

No es justo, en consecuencia, que hombres y mujeres jóvenes, amparados en supuestas necesidades económicas, se dediquen a delinquir, a vivir de los demás como parásitos. Hay una gran diferencia entre quienes se agrupan con la intención de obstaculizar el paso de la gente, pintarrajear fachadas, exigir derechos sin cumplir obligaciones y responsabilidades, demandar apoyo y comprensión destruyendo cosas ajenas, secuestrando autobuses y saqueando tiendas, y aquellos que anhelan desarrollarse y muchas veces sacrifican comodidades y diversiones con la intención de estudiar y trabajar con el objetivo de alcanzar sus aspiraciones.

Cuando deposité la moneda en la alcancía de los normalistas, lo hice para evitar conflictos y transitar libremente hacia Pátzcuaro. Pensé que si tuviéramos autoridades comprometidas con las leyes, el orden y la sociedad, no habría necesidad de enfrentar situaciones incómodas con grupos que alteran el desarrollo y la paz. No es lo mismo, definitivamente, el joven que quebranta leyes y lastima a los demás, que aquel que tiene verdaderos deseos de progresar, y hasta combina el estudio con el trabajo, por difícil que resulte.

Callejón del Romance, rincón para enamorados y turistas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomados de las manos, mientras el concierto vespertino de los pájaros escapa de las buganvilias y enredaderas que trepan y descuelgan de los muros de cantera, los enamorados contemplan los espacios románticos, los rincones cautivantes, y miran sus siluetas retratadas en algunas baldosas donde quedó estancada el agua que acaso, durante la mañana lluviosa, escurrió de los balcones, como algo fugaz, propio de los caminantes.

Horas efímeras las del paseo por el Callejón del Romance, en el centro de Morelia, que resulta un capítulo inolvidable porque allí, entre casas que despiden la fragancia del tiempo y la historia, quizá ellos, los enamorados, se juran amor eterno.

Tal vez atrapados en el embelesamiento del lugar o quizá mecidos en el columpio de sus sentimientos, coinciden con los otros, los turistas, quienes al revisar los expedientes de Morelia, recuerdan que antiguamente, en el ocaso del siglo XIX, la pintoresca callejuela que recorren fue conocida como Callejón de la Bolsa.

Era, en aquellos días porfirianos, un rincón próximo a la garita, a la entrada de la ciudad de Morelia, la capital del estado de Michoacán, en la que se encontraba, por cierto, el sitio de donde partía el tranvía que pasaba por las mansiones céntricas y llegaba hasta el cementerio.

Por cierto, en la garita todavía existen restos de los antiguos orificios donde los otros, los centinelas de la ciudad, colocaban trancas a determinada hora de la noche con la intención de resguardar la seguridad de los moradores. Cualquier forastero que intentara ingresar al caserío, era interrogado. Otros tiempos, en verdad.

El entonces Callejón de la Bolsa, totalmente estrecho y carente de empedrado, era paso de arrieros y hombres de la campiña que comercializaban carbón, leña, animales, leche y verduras, entre otros productos. Hay que recordar que muy próximo a ese sitio, convertido actualmente en atractivo turístico, se encuentra el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos.

La estrecha callejuela de tierra conducía al viejo rastro y a los mesones, donde arrieros y viajeros pernoctaban y contaban con espacio para asegurar sus animales como asnos, burros y caballos.

Relata la tradición que al inicio del Callejón de la Bolsa, que más tarde fue conocido popularmente como del Socialismo, existía una finca que era la única del pasaje que contaba con agua y electricidad, donde estaba instalada una fábrica de jabones.

Consta en las referencias que las casas del callejón eran de adobe y tejados, con pisos de tierra, donde moraban las familias de los trabajadores de la fábrica de jabones, hasta que un día el establecimiento industrial concluyó actividades y las propiedades quedaron abandonadas; no obstante, en el discurrir de la vigésima centuria, el Gobierno Federal las expropió y rentó a diversas familias, quienes finalmente las adquirieron.

Fue en los minutos de la inolvidable e irrepetible década de los 60, exactamente en 1965, cuando el sitio registró una remodelación sustancial al colocar cantera a las fachadas de los inmuebles y baldosas en el piso, instalar faroles y construir fuentes y otros elementos arquitectónicos.

A partir de entonces, las autoridades le asignaron el nombre oficial de Callejón del Romance. El camino pintoresco hace alusión a los versos “Romance a mi ciudad”, compuestos por Lucas Ortiz Benítez, los cuales están inscritos en los muros de las moradas.

La fuente, próxima a unos escalones de piedra, refleja los trazos de las casas con rostros de cantera, mientras las otras, las que se encuentran empotradas en los muros aledaños, presumen sus conchas y los peces, también de piedra, que expulsan agua. El murmullo de las fuentes arrulla y embelesa a hombres y mujeres que deciden dedicar algunos instantes de sus existencias a la caminata por el Callejón del Romance.

Y si 19 construcciones del antiguo Callejón de la Bolsa figuran en el Catálogo de Monumentos Históricos de Morelia, seguramente ellos, los enamorados y los turistas, lo reconocen como del Romance y sienten a cada paso el pulso de una tarde mágica y encantadora dentro de una ciudad fundada en 1541 y que en la hora contemporánea coexiste entre las cosas de antaño y la modernidad.

Los Olivos, panadería con historia, sabor y tradición

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El lago plomado devolvía, al final, en el horizonte, la imagen de las nubes rizadas e incendiadas por el crepúsculo postrero, las siluetas de las montañas y las sombras del tule acumulado en la orilla, mientras incontables aves de bello plumaje volaban a sus nidos y refugios. El ambiente lacustre parecía, entonces, trozo arrancado de algún paraíso. Discurrían las horas de la década de los 50, en el irrepetible siglo XX.

Tal era el paisaje que don Florencio Cruz contemplaba al retornar a su casa, en Santa Ana Maya, cuando andaba, al lado de sus burros, por caminos de terracería. Entre escenarios abruptos, el panadero regresaba cansado y, a la vez, satisfecho, acaso porque era la época del trueque y si algunas de sus piezas las comercializaba en pueblos y rancherías de la región, otras las cambiaba por gallinas, frijoles, maíz, trigo, calabazas y diferentes productos de la campiña.

Su hijo, Rodolfo Cruz Chávez, permanecía en la panadería, unas veces preparando la masa y otras, en tanto, introduciendo los panes o sacándolos del horno, mientras sus hijos, asistían a la escuela y jugaban.

Oliverio Cruz Gutiérrez, el propietario de la panadería Los Olivos, en Morelia, la capital de Michoacán, evoca los primeros años de su existencia. Los días de la infancia y las horas juveniles se diluyeron entre juegos, cuadernos, libros, harina, azúcar y aromas que escapaban del horno de la panadería, cuando a una hora y otra Santa Ana Maya recibía las caricias del legendario lago de Cuitzeo.

Eran otros tiempos, los del siglo XX. La trama de la historia familiar se desarrollaba en un mundo de convivencia, estudio, sabores y trabajo, salpicados algunas veces por la campiña, las fiestas patronales, las tradiciones y el ambiente que suele presentarse en los pueblos y caseríos lacustres.

Oliverio asistía a la escuela, junto con sus hermanos, porque sus padres, quienes por muchos años se dedicaron a la labranza y conocían, por lo mismo, los ciclos y lecciones de la vida, deseaban que ellos, sus hijos, estudiaran para que por lo menos aprendieran a leer, escribir y hacer cuentas.

Los hermanos Cruz Gutiérrez ensayaron, desde muy pequeños, los juegos y las tareas escolares con las labores de la panadería. Fue allí, en el negocio de la familia, donde Oliverio aprendió a hacer figuras y hornear, a mezclar los ingredientes para arrancar a la naturaleza los colores, fragancias y sabores.

Conforme Oliverio y sus hermanos crecieron, asumieron mayores responsabilidades dentro del quehacer de la panificación, pero sin descuidar sus estudios porque era fundamental que contaran con alguna formación académica. Un día, el rostro de Oliverio cambió de joven estudiante y aprendiz de panadería a normalista especializado en Matemáticas.

Para orgullo de sus padres y ejemplo de sus hermanos, Oliverio recibió su título profesional. Hombre sencillo, detallista y de conversación amena, siempre dispuesto a apoyar a los demás, don Oliverio, como le llaman quienes lo conocen, asegura ser “panadero por vocación y maestro por profesión”.

Ya como profesionista y maestro de Matemáticas, Oliverio se mudó con su esposa e hijos a Ciudad Hidalgo, al oriente de Michoacán, donde trabajó para el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. Colaboró en la organización de programas orientados a ofrecer estudios de secundaria a personas que por diversas causas enfrentaban rezagos educativos.

Fue en el municipio de Hidalgo, en algún paraje enclavado en las montañas boscosas, donde una tarde nebulosa y fría se reunió con sus compañeros de trabajo con la intención de comer, para lo cual horneó algunas piezas de pan, como las que elaboraban él y sus hermanos al lado de sus padres, en el negocio que fundó don Florencio, su abuelo. Resultaron tan sabrosas, que uno de sus colegas le insistió en lo bien que le iría económicamente si se dedicaba a la panificación.

Hace un cuarto de siglo, Oliverio pensó la sugerencia de su compañero: fundar un negocio y obtener éxito. Planteó la idea a su esposa, quien inicialmente titubeó porque la plaza como maestro era segura y contaba con días de descanso y vacaciones; sin embargo, el hombre consideró que la moneda giraba en el aire y que las posibilidades de triunfar significaban un sí o un no. La clave consistiría en la probabilidad más el entusiasmo que aplicaría en el oficio. Finalmente, Oliverio recibió una respuesta de su esposa, quien se sumó al proyecto con optimismo.

Discurrían los días de 1991. Oliverio renunció a su empleo y se mudó con su familia, como lo había planeado, a Morelia, precisamente a la colonia Independencia, donde habilitó un local de apenas 24 metros cuadrados. Él y su esposa se trasladaron ilusionados al monumento a Lázaro Cárdenas, en calzada La Huerta, donde compraron una mesa de madera reforzada, y así, tras las celebraciones por los 450 años de la fundación de la ciudad, optaron por inaugurar su panadería dos días después, el 20 de mayo de 1991.

El olor del pan, asegura Oliverio, siempre atrae a la gente, de modo que la panadería que inició como una reducida empresa familiar en la que participaban su esposa y un colaborador, empezó con la venta diaria de 100 a 200 piezas de pan, no más porque “para que algo sea negocio, hay que vender todo”.

Sentado en la banca de las remembranzas, Oliverio refiere que su pequeño negocio se convirtió en la panadería de la colonia, y las familias saboreaban el pan porque su idea siempre ha sido hacer las cosas bien. Hay que ofrecer calidad, atención y servicio. Aumentaron la producción de kilo en kilo, conforme los clientes solicitaban el producto.

A partir de aquel domingo, recuerda Oliverio, a él y su esposa les quedó claro que la calidad y el servicio son tan primordiales como entender las necesidades y preferencias de los consumidores. Hay que analizar cuál es el pan que se termina primero, qué piezas solicita el público.

Tres años más tarde, Oliverio y su familia trasladaron el negocio a avenida Periodismo, donde actualmente se encuentra la panadería Los Olivos, empresa sólida y de gran tradición que no solamente atiende las necesidades del barrio, de la colonia, sino que ha trascendido y ofrece sus productos y servicios a personas que reconocen la calidad del pan y la repostería para consumo diario y los momentos especiales e inolvidables.

En ese lapso, Oliverio ha sido presidente de los panificadores michoacanos y también se ha dedicado a impartir clases sobre el oficio en diferentes instituciones educativas. Los Olivos, empresa que surgió de un sueño, de una sugerencia, le ha dado a Oliverio Cruz Gutiérrez un sitio muy especial entre los actores de la iniciativa privada michoacana, quienes lo aprecian y reconocen.

Hoy, Los Olivos es una empresa que genera aproximadamente dos decenas de empleos y cuenta con tal planeación y organización, que su operatividad y sus resultados la convierten en un caso de éxito dentro de las historias de los negocios familiares y locales de Morelia.

No es lo mismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Definitivamente no es lo mismo. Hay clases sociales con diferencias muy marcadas, aunque algunos se empeñen en insistir que México ya no es, como en la Colonia y otros períodos, un país de castas. Todo depende de los rasgos, el color de piel, los apellidos, las relaciones con los grupos de poder y hasta el ambiente en que coexiste cada persona.

Cuando observaba con dolor e impotencia las imágenes de los pequeños de Ostula, en la costa de Michoacán, por el asesinato de los menores Heriberto Reyes García y Neymi Natalí Pineda Reyes, presuntamente cometidos por fuerzas armadas, y leía los textos de los carteles que portaban -“¿Cuál fue el delito de Hidilberto?” (sic), “Alto al fuego”, “No disparen, somos niños”, “El pueblo no mata al pueblo” y “Queremos que nos cuiden, no que nos maten”, entre otros-, apareció ante mi mirada una nota publicada en el portal de Carmen Aristegui, cuyo título, “Pemex contrata a sobrina inexperta de Peña Nieto”, estimuló mi disgusto, como indudablemente reaccionaría cualquier lector.

Resulta que una joven de 25 años de edad, llamada Fernanda Said Pretelini, hija de la única hermana de Mónica Pretelini, primera esposa del hoy presidente Enrique Peña Nieto, todavía no cumplía un año de egresada como licenciada en Mercadotecnia, cuando Petróleos Mexicanos (Pemex) la contrató con el nivel de subgerente, sin experiencia dentro o fuera del gobierno en labores de Comunicación y con percepciones de aproximadamente 59 mil pesos mensuales, quien a los dos meses de su ingreso a la paraestatal recibió un préstamo de 80 mil 800 pesos y permaneció en Nueva York dos días extras, con recursos públicos, después de asistir a una gira de trabajo.

Ofensivo, es cierto, en un país donde coexisten millones de personas en la miseria y en el que el salario mínimo apenas es de 70 pesos diarios para quienes mejor les va dentro de ese rango, equivalentes a 10 pasajes de transporte público en ciudades medias como Morelia, la capital de Michoacán.

Cuando uno se entera de privilegios como los de la sobrina del mandatario nacional, funcionaria de confianza en Pemex, acuden a la memoria las reformas estructurales -la energética, verbigracia-, e inevitablemente surgen preguntas relacionadas con las tentaciones de enriquecimiento y beneficio personal que han de presentarse cuando se controlan y manejan cantidades millonarias de recursos públicos.

Uno mira a personajes como Fernanda Said Pretelini, quienes con o sin ellos las dependencias públicas y los órganos descentralizados funcionarían igual. En este país, México, los recursos públicos benefician a gran cantidad de hombres y mujeres recomendados por los dueños del poder, por quienes toman las decisiones nacionales, realidad muy lejana a los discursos referentes a austeridad y transparencia.

Y mientras esa clase de personajes disfrutan beneficios y se sitúan en niveles económicos superiores con el dinero que los mexicanos aportan a través de sus impuestos, contrasta la cifra de niños asesinados, como los de Ostula, con motivo de una estrategia criticable y deficiente contra la inseguridad.

Los crímenes contra los pequeños de seis y 12 años de edad, en Ostula, se agregan a las cifras de la Red por Derechos de la Infancia, cuyo informe señala que de diciembre de 2006 al mismo mes de 2014, han fallecido mil 796 menores de cero a 17 años de edad como consecuencia del llamado combate a la delincuencia organizada.

Según el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas, en materia de asesinatos de menores, México comparte espacios similares a los de Mozambique y registra mayor cantidad que los que se cometen en Congo, Irak, Somalia y Tanzania, entre otras naciones. Sí, en esos niveles se encuentran los mexicanos.

Es vergonzoso lo que está ocurriendo en México, y más cuando parece que dentro del mismo país existe una realidad para los influyentes, los que disfrutan todos los beneficios dentro del poder económico y político, y los desposeídos, los que en cualquier momento pueden morir asesinados, como ocurrió con Heriberto Reyes García y Neymi Natalí Pineda Reyes, de 12 y seis años, respectivamente, a quienes en una lucha sin sentido que ni siquiera presenta resultados favorables para los mexicanos, cortaron sus juegos e ilusiones, arrancaron la oportunidad de probarse como seres humanos y vivir lo que les correspondía, y en eso, me parece, todos somos responsables.

El ejército mexicano, su conducta e imagen

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tras el bullicio cotidiano, inesperadamente prevaleció la calma, un silencio de muerte y terror al que sobrevinieron gritos, disparos y ruido de motores. Las calles y los cristales de las tiendas vibraron ante la cercanía de tanques y camiones blindados. Los estudiantes corrían para no ser alcanzados por la artillería militar.

Los transeúntes, al descubrir la proximidad de estudiantes universitarios y militares, corrieron a los establecimientos comerciales que aún permanecían abiertos con la intención de refugiarse y salvar sus vidas. Entre advertencias y gritos, los empresarios bajaron las cortinas de sus negocios, desde donde la gente, aglomerada, escuchó lo que otros, la minoría, presenciaron durante la matanza estudiantil.

Una joven universitaria colocó las manos sobre su cintura y con pose retadora miró el tanque que transitaba imperturbable hacia ella y sus compañeros, hasta que la aplastó y los hombres que caminaban atrás, uniformados e inexpresivos, utilizaron palas para recoger los despojos femeninos y arrojarlos al camión donde yacían otros cadáveres. El espectáculo resultaba aterrador.

Eran los días de la matanza estudiantil, protagonizada por soldados capacitados para asesinar, obedecer órdenes, reprimir y no experimentar sentimientos nobles y menos remordimientos. Tras las acciones estaba, casi omnipresente, el rostro de Luis Echeverría Álvarez, sí, el demagogo de las guayaberas, rodeado de todos los personajes siniestros del sistema político mexicano.

Mi padre presenció los crímenes que se registraron, aquel día de 1968, en calles como 5 de Mayo y Francisco I. Madero, en el centro histórico de la Ciudad de México, donde los estudiantes que morían eran tirados en camiones en los que había otros hombres que remataban a los heridos y esculcaban sus pertenencias.

Él, mi padre, lo miró y no fue mentiroso, como tampoco lo era, y hoy me atrevo a expresarlo por la confianza que me tuvo y por pronosticar que algún día tendría que decirlo, el médico que atendió y operó en aquella época al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz. Amigo de mi abuelo materno, lo visité hace años en su consultorio de la colonia Roma, en la Ciudad de México, y antes de marcharme, después de una conversación amena, me detuvo, miró mi rostro y explicó que tal vez un día tendría que recordar un hecho que a él le constaba por haber sido el cirujano del presidente Gustavo Díaz Ordaz, como lo fue también de Mario Moreno “Cantinflas” y otros personajes públicos, referente a que quien dio la orden del crimen de Estado contra los estudiantes, fue Luis Echeverría Álvarez, que más tarde se convertiría en mandatario nacional y demostraría nuevamente, en 1971, su ferocidad con quienes consideró sus enemigos.

Quienes conocieron, en esa época, la facilidad del ejército mexicano para matar a la población, a los estudiantes y a algunos inocentes que se atravesaron en el camino, entendieron la capacidad represora que tiene para sí el sistema político mexicano cuando pretende controlar a cualquier sector de la sociedad que considera su enemigo.

Hace años, cuando en el territorio nacional prevalecía un ambiente de aparente tranquilidad social, incontables familias asistían tradicionalmente a los desfiles del 16 de septiembre en la Ciudad de México y en las principales poblaciones del país, donde admiraban el paso airoso de los militares, a quienes aplaudían porque el ejército todavía era una institución respetable, o al menos eso decían los libros y los maestros en las aulas.

No obstante, la descomposición, por no llamarle putrefacción, que se registra desde hace años en las familias, en las instituciones públicas y privadas y en todos los sectores de la sociedad, también parecen haber intoxicado al ejército, cuyas arbitrariedades han sido denunciadas una y otra vez, aquí y allá, en diferentes regiones del país.

Fatuo sería engañarse y manifestar que los militares han combatido a los delincuentes, cuando la mayoría de los mexicanos saben que los índices de inseguridad aumentan cada día en perjuicio de toda la sociedad. O están perdiendo la guerra o son cómplices. No solamente han dejado de presentar resultados satisfactorios, sino se han multiplicado las quejas en su contra.

Últimamente, aquí y allá, en diferentes poblaciones de la República Mexicana, la gente se queja de los crímenes, abusos y violaciones cometidos por soldados, acusaciones que generan respuestas tardías y poco o nada convincentes por parte de las autoridades o que contribuyen a acentuar las sospechas en su contra.

A pesar de las declaraciones de las autoridades federales, más interesadas en su imagen y en quedar bien con la comunidad internacional, la nación mexicana se está resquebrajando. Todo se encuentra fuera de control. Las reacciones gubernamentales sólo indican mayores dosis de autoritarismo, pero carecen de estrategia e inteligencia. No hay interés en gobernar a México, parece, sino en arruinarlo para justificar las tentaciones de la represión y el totalitarismo.

No es lógico lo que está aconteciendo en México. A las múltiples denuncias contra los militares, hace días se sumó una que ha impactado a la comunidad mexicana e internacional, y es la relacionada con el presunto ataque de las fuerzas armadas a un grupo de manifestantes en Ostula, quienes aparentemente protestaban por la detención de Semeí Verdía Zepeda, comandante de la policía nahua de Aquila, en la costa de Michoacán. Durante el hecho, se registró la muerte del menor Heriberto Reyes García y hubo algunos heridos entre la población civil. Alguien disparó. Los militares aseguran que no fueron ellos, pero el pueblo nahua, enardecido, los acusa.

A nadie convencen los argumentos de las autoridades, principalmente porque sus respuestas son ambiguas, contradictorias, incompletas y tardías. Sin duda, todos los mexicanos les reconocerían que hablaran con la verdad, admitieran sus errores y establecieran el compromiso de corregirlos para enfrentar los problemas nacionales. Contarían con el apoyo mayoritario.

Cuando uno mira a los soldados, en los actos cívicos, rendir honores a la bandera, al lábaro patrio, quisiera no imaginar que son capaces de reprimir por la fuerza de las armas a la población, sin importar que sean niños, ancianos, mujeres y hombres inocentes.

Los retos de la hora contemporánea plantean la existencia y actuación de un ejército a la altura de las circunstancias, transparente, confiable, respetuoso de la gente y capaz de ofrecer resultados. La mayoría, en México, rechaza a los soldados que con una mano portan el estandarte nacional y en la otra, en tanto, sostienen el fusil represor. El ejército necesita recobrar su imagen y la confianza de los mexicanos, pero con hechos, no con declaraciones contrarias a lo que vive la población.

El de los trabajadores domésticos, mundo de superficies y laberintos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permaneció dos horas en su cuarto, el de servicio, en espera de alguno de sus patrones, porque el viejo, recién operado, colocó un billete enrollado en su busto y con voz tartamuda y casi inaudible, le propuso que accediera a sus apetitos, y ella, Agustina, era una joven pobre e inexperta, pero decente e ilusionada con la posibilidad de ganar dinero, a pesar de las dificultades, para enviarlo a su familia y ayudar a sus padres con la educación de sus hermanos menores.

Cuando llegó uno de los hijos del patrón mayor, la llorosa mujer salió a su encuentro y le relató, angustiada y temerosa, lo acontecido con su padre, la falta de respeto que el hombre había cometido contra ella. Le entregó el billete que el otro, el viejo, había depositado entre el vestido y su pecho.

El hijo, sonriente, llamó a su padre, al viejo que apenas podía hablar por la parálisis sufrida tiempo atrás y que fingía mayores padecimientos de los que en realidad tenía, quien negó las imputaciones de la joven sirvienta, a la que acusó, como pudo, de adúltera y ofrecida. Con palabras entrecortadas, dijo que si apenas podía hablar y caminar, resultaba ilógico que le hubiera ofrecido dinero a cambio de prostituirse; además, la acusó de ladrona. El billete, argumentó, le pertenecía; ella, Agustina, lo había sustraído de su cartera.

Al escuchar el cinismo del viejo, atrapado en pijama y pantuflas, Agustina no pudo contener su coraje e impotencia y se lanzó encolerizada contra su verdugo; pero el hijo la sujetó fuertemente y le ordenó que empacara sus cosas y se fuera de inmediato de la casa, sin ninguna prestación económica, porque de lo contrario la denunciaría ante la policía. Debía marcharse antes de que regresara su madre, la esposa del anciano, a quien deseaba evitar disgustos.

Hoy, después de varios años, Agustina recuerda aquel hecho con dolor y tristeza, acaso porque le parece mirar a la joven provinciana, ingenua e ilusionada con trabajar para remitir recursos económicos a sus padres y hermanos empobrecidos, condenados a las carencias y falta de oportunidades que había en su pueblo. El viejo patrón mató sus ilusiones y el hijo, burlón, arruinó la posibilidad de ayudar a su familia en ese momento. La echaron a la calle como cualquier objeto inservible que se arroja al carretón de la basura.

Agustina contrajo matrimonio años después y es madre de dos niños. Lamenta que en su medio, el de la servidumbre, se registren tantos abusos económicos, laborales y sexuales contra amplio número de mujeres. Sabe que no pocas sirvientas han sido asesinadas, explotadas, maltratadas y violadas, y que los delitos casi siempre quedaron impunes porque la razón la tienen, generalmente, quienes poseen dinero para comprar las leyes y la justicia.

El otro caso, también real, es el de Delfina, empleada, casada, madre de tres hijos, quien contribuye con el gasto familiar porque Marcelino, su marido, percibe un salario muy bajo que definitivamente no alcanzaría para sostener el hogar; aunque con la diferencia de que ella, después de más de ocho horas de jornada laboral y una alimentación deficiente, llega a casa a revisar tareas, lavar y planchar ropa, preparar la cena y la comida para el siguiente día, barrer y trapear, mientras el otro, el señor, mira la televisión, envía whats app desde su celular o duerme. El hombre ni siquiera atiende las palabras de sus hijos ansiosos de atenciones, conversación y juegos.

Los fines de semana, Marcelino se ausenta durante horas porque juega en un equipo de futbol y después, en la tarde, sus amigos y él se reúnen en alguna casa para convivir, comer botana y beber cervezas; al contrario del hombre, la mujer, Delfina, dedica el tiempo a organizar el hogar, convivir con sus hijos, realizar las compras de la despensa y esperar, en la noche, a un hombre transformado, tambaleante y embrutecido por las bebidas alcohólicas, deseoso de cenar y de placer.

Tal es la vida de incontables mujeres que se dedican a los trabajos domésticos de manera remunerada o como trabajadoras y amas de casa. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 58.8 por ciento de las personas que realizan alguna tarea doméstica en la República Mexicana son mujeres, las cuales, por ciento, a partir de los 25 años de edad dedican más de 20 horas semanales a los quehaceres en sus hogares.

En cuanto al trabajo doméstico remunerado, el de la servidumbre, la institución federal indica que el 95 por ciento es realizado por mujeres, de las cuales el 34.5 por ciento obtienen ingresos de un salario mínimo o menos, cuando el 16.3 por ciento de hombres se encuentran en esa situación. Esto significa que poco más de la tercera parte de las personas dedicadas a la servidumbre, son mujeres que ganan el salario mínimo o cantidades inferiores. Hasta en ese sentido, los hombres tienen mayores prestaciones.

Cada 22 de julio se celebra el “Día Internacional del Trabajo Doméstico”, el cual contempla el remunerado y el que no recibe ninguna percepción económica por tratarse, generalmente, de las tareas del hogar; no obstante, tanto quienes realizan labores de servidumbre como de quehacer en casa, no son valorados. En el primer caso, muchas veces son pisoteados y reciben tratos indignos e injustos; en el segundo, casi nadie valora a quien mantiene la casa limpia, realiza las compras de la despensa y prepara los alimentos.

Las cifras de la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT), son claras y realistas al señalar que el promedio de horas semanales dedicadas a los quehaceres domésticos y a los cuidados no remunerados en la población de 12 años de edad en adelante, es de de 33.4 horas, tomando en cuenta que el índice más alto para las mujeres es de 47.9 horas y para los hombres de 16.5 horas durante el mismo período. Las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres en las tareas domésticas.

Y dentro de este escenario, de por sí desolador para el sector femenino, los hombres únicamente contribuyen con el 22.8 por ciento del total de horas dedicadas a los quehaceres domésticos y a los cuidados no remunerados, porcentaje que contrasta con el 77.2 por ciento por parte de las mujeres.

Hay más todavía. Las mujeres dedican, en promedio, 20.1 horas a la semana al cuidado de otros integrantes de la familia y 13.7 horas a la elaboración de alimentos; en contraparte, la única actividad en la que ellos, los hombres, superan al sector femenino en tiempo, es la relacionada con el mantenimiento y mejora a la casa, apenas con 1.9 horas en el mismo lapso.

Según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), de los 49.8 millones de personas ocupadas en México, el 4.7 por ciento, equivalente a 2.3 millones, son trabajadores domésticos remunerados.

En este sentido, de las dos millones 355 mil 266 personas que figuran en ese rubro, 83.9 por ciento son empleados, ocho por ciento cuidadores de personas, 4.7 por ciento lavanderos y planchadores, 2.4 por ciento choferes en casas particulares y uno por ciento cocineros domésticos.

Se trata, desde luego, de cifras oficiales que ofrece el INEGI a través de encuestas, análisis y estudios; pero indiscutiblemente existen números negros, como lo es la informalidad y en la que mucha gente realiza trabajos domésticos por la fuerza o por otras causas.

Obviamente, el trabajo doméstico remunerado es realizado por mujeres en un 95 por ciento. El 85.8 por ciento efectúan labores de limpieza en hogares particulares, 8.2 por ciento cuidan personas y cinco por ciento lavan y planchan en domicilios. Los hombres que laboran en dicho sector, son más de 121 mil, de los que 45.4 por ciento se ocupan como empleados domésticos y 45.4 por ciento son choferes en domicilios particulares.

Dentro de este sector, el de los empleados domésticos remunerados, 66.6 por ciento de hombres son casados y 47.5 por ciento de mujeres se encuentran en la misma situación civil. El 21.2 por ciento de las mujeres y el 6.2 por ciento de los hombres están separados, viudos o divorciados.

Quienes tienen interés en el tema, deben saber que en México, las trabajadoras domesticas remuneradas que tienen más de tres hijos, representan el 48.8 por ciento; las que tienen uno, son el 29.3 por ciento.

Resulta fundamental conocer los niveles educativos de este sector. La información oficial disponible por parte de INEGI, permite saber que el 40 por ciento de los hombres y el 35.6 por ciento de las mujeres cuentan con secundaria. En el otro extremo se encuentran el 23.8 por ciento de mujeres y el 17.6 por ciento de hombres que no tienen estudios de primaria, lo cual resulta demasiado preocupante.

Rubros como el de los ingresos, también son dignos de tomar en cuenta, como el hecho de que el 74.9 por ciento de las mujeres obtienen hasta dos salarios mínimos de sueldo y el 41.4 por ciento de hombres reciben esa cantidad. Y es que si el 22.1 por ciento del sector masculino gana más de tres salarios mínimos, únicamente el 3.9 del femenino percibe ese monto. Claro, en el sector de los trabajadores domésticos remunerados existe una élite compuesta por el 3.6 por ciento de hombres que obtienen más de cinco salarios mínimos contra 0.2 por ciento de mujeres que llegan a esos niveles.

Las condiciones laborales de quienes se dedican a actividades domésticas, no siempre son las adecuadas porque con frecuencia carecen de prestaciones, están expuestos a riesgos y en ocasiones son acosados, humillados y maltratados.

No es lo mismo trabajar en una mansión del Pedregal de San Ángel o Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México, donde en ciertos casos la servidumbre es hasta uniformada, que en casas en las que las condiciones son inestables, y si no lo cree uno, habría que platicar con Agustina, la sirvienta que en su juventud un viejo recién operado intentó prostituir, o con alguna otra mujer dedicada al trabajo doméstico remunerado.

Evidentemente, es innegable que desde la servidumbre también se han tejido historias terribles. Si bien es cierto que un porcentaje considerable de personas dedicadas a esas actividades reciben tratos injustos, es del conocimiento general que hay quienes se refugian en ese sector con la intención de cometer delitos y crímenes.

Se trata, desde luego, de un mundo complejo con luces y sombras, superficies y laberintos, digno de estudiar y analizar, ya que después de todo también son mexicanos y forman parte de la dinámica social. No se les puede excluir. Hay que incorporarlos al desarrollo, pero si se desea contribuir a que tengan oportunidades tangibles, es fundamental conocerlos y entender su realidad.

En el otro caso, el del trabajo doméstico no remunerado, más allá de discusiones radicales y estériles entre feministas y machistas, es cuestión de cultura, de manera que corresponde inculcar a los hijos, hombres y mujeres, la importancia de participar por igual en los quehaceres de la casa. Se trata, en verdad, de un trabajo colosal ante la inercia de costumbres, modas y otros conceptos llenos de estulticia; pero la responsabilidad corresponde a todos.

De ninguna manera el quehacer de casa es denigrante; al contrario, quienes lo desarrollan, en su mayoría mujeres, merecen un amplio reconocimiento y que se les valore. No es justo ni válido que los hombres permanezcan como aplaudidores, jueces severos, holgazanes o espectadores en sus casas; también deben participar por igual con compromiso y responsabilidad.

Por otra parte, por sus bajos niveles académicos, su falta de cultura y experiencia, los ambientes familiares y sociales donde se desarrollaron, y en los que coexisten, sus carencias y presiones económicas, el de la servidumbre es un sector vulnerable que en México requiere mayor atención; aunque se trate, para muchos, de personas a las que se les denigra.