Entre el amor y el querer

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti

Lloraba en el lecho, alrededor de sus hijos y nietos. Sabía que pronto, por sus enfermedades y las expresiones de su familia y los médicos, caería el telón y cerraría las páginas de la vida, la hoja postrera de su existencia. Las lágrimas deslizaban sobre su rostro pálido, mientras lamentaba que ya no tendría tiempo para cultivar amor y detalles en su sendero.

Sus hijos, angustiados, acariciaban su cabeza y sobaban sus piernas. Le pedían que no sufriera porque era mujer de virtud modelo y siempre, hasta en los pequeños detalles, había derramado amor, consuelo y esperanza. Nunca había dejado a los necesitados sin beber y comer. Unos, los débiles, habían recibido consejos y fortaleza; los pobres, agua, alimentos y ropa; los solitarios, compañía y plática; los enfermos, atenciones; los fracasados y tristes, fe, esperanza y palabras de aliento. Cada uno, en determinados períodos, cargó su morral con la simiente que necesitó durante su jornada existencial. Fue proveedora de amor. Tenía ganado el cielo, aseguraban sus descendientes.

Casi ahogándose por la vitalidad que escapaba, por el dolor que recorría su organismo, por la tristeza de mirar los rostros amados de su familia que pronto, al cerrar los párpados, se diluirían, aclaró que lloraba por el bien que pudo haber llevado a cabo en beneficio de los demás y que no hizo, por las oportunidades desperdiciadas para dar más de sí, por los instantes dispersos en asuntos intrascendentes que hubiera aprovechado para alegrar a los melancólicos, curar a los enfermos, consolar a los desgraciados, alimentar a los hambrientos, escuchar a los desesperados, calmar a los encolerizados. Cuántas acciones buenas realizaría si tuviera salud y vida, advertía. Había sido mujer virtuosa, pero suspiraba por el bien que pudo hacer y no llevó a cabo, por las buenas obras que dejó escapar. Eso le dolía demasiado, quizá más que los padecimientos orgánicos, y así partió, con amor desbordante para los demás.

Al conocerla, en la primavera de mi existencia, comprendí que se trataba de una mujer extraordinaria; descubrí, entonces, que a pesar de las superficialidades que con sus reflectores intentan opacar lo que aparentemente es pequeño y humilde, existen seres maravillosos que alumbran los caminos de los demás, criaturas que con su luz guían a aquellos que parecen extraviados.

Fue en esa época cuando impresionado por el mensaje de aquella mujer que en el lecho de muerte lloraba por las oportunidades que dejó pasar para hacer el bien a los demás, dialogué con un hombre de empresa, industrial que poseía todos los lujos, quien argumentó que se sentía tranquilo con su conciencia porque si bien es cierto no daba nada a la gente, tampoco le quitaba. Consideraba que no existía una ley, humana o divina, que lo obligara a compartir sus bienes materiales, y que los días de su existencia se justificarían simplemente con no causar daño a los demás.

Su fortuna le permitía vivir con ostentosidad, recorrer el mundo, disfrutar los placeres más caros, cumplir caprichos. Su industria daba empleo a gran cantidad de familias. Pagaba impuestos. No le debía a nadie. Se sentía conforme con su vida, satisfecho con lo que hacía.

Un día, tras la cabalgata de las manecillas, decidí recluirme en una cabaña, en medio del bosque, con la intención de reencontrarme y definir las rutas de mi existencia. También reflexionaría sobre el amor. Sentía que por las experiencias protagonizadas un día y otro del ayer, había protegido mi corazón, mis sentimientos, con una coraza de acero. Debía retirar la armadura con el objetivo de recuperar la capacidad de amar a alguien. Así lo pensaba y sentía.

Todos los amores, excepto el de un hombre y una mujer, me resultaban claros. Quizá por las experiencias negativas que hasta entonces había vivido, tal vez por no coincidir con las personas idóneas, acaso por no valorar a quienes me acompañaron, e indudablemente, lo acepto, por no actuar con oportunidad ni alcanzar a la mujer que sentí amar profundamente, en ese aspecto transformé mi corazón en una fortaleza inexpugnable y mezclé, sin percibirlo, la idea de los sentimientos sublimes con el simple querer. Sabía, en consecuencia, que debía curarme.

Aquella noche, encerrado en una de las habitaciones de la cabaña, escuché el fragor de los rayos y miré, tras la débil cortina, el relampagueo que rasgaba el cielo y proyectaba, enormes y fantasmales, las sombras de los árboles. Creí inspirarme con la tormenta, en el ambiente boscoso de la montaña, hasta que decidí escribir una carta, un texto que hoy, al recordarlo, me parece redactado por un hombre atrapado entre el amor y el querer. Quizá plasmé sentimientos e ideas que brotaban, en esos instantes, como consecuencia de un enamoramiento confuso.

Cuando amaneció, salí de la cabaña con la finalidad de caminar por alguno de los senderos boscosos del monte. Sentí el aire fresco y húmedo que se filtraba entre las cortezas enlamadas de los pinos y enrojecía mis mejillas. El espectáculo que ofrecían las nubes densas y plomadas que flotaban sobre los cerros verdosos, me cautivó profundamente, embelesó mis sentidos, y si minutos antes, acaso por las horas de desvelo, sólo miraba un lienzo policromado, percibía los aromas de la vegetación y escuchaba el concierto de las aves y el viento, las compuertas de mi ser se abrieron hasta que las formas y los colores intensos y tenues de las flores minúsculas, los árboles y la maleza, mezclados con el perfume del ambiente, los gritos de la vida y los sonidos de la naturaleza, aparecieron majestuosos, sublimes. Experimenté, entonces, su pulso en mi interior. Sentí que el mundo y sus cosas palpitaban en mí y, a la vez, me observé caminando en algún paraje abrupto, entre flores ufanas y riachuelos cristalinos.

Al andar por sendas insospechadas, descubrí con asombro enredaderas, abrojos y hiedras que asfixiaban, al cubrir flores y matorrales o trepar por árboles, los rostros de la naturaleza. Había plantas parásitas y trepadoras que necesitaban la presencia de otras criaturas de sublime belleza, para satisfacer sus necesidades, seguir sus impulsos natos y continuar viviendo.

Las formas caprichosas cautivaron mi atención y me recordaron a quienes buscan una pareja, un opuesto o un similar, para descargar su pasión, sujetar y hasta ensombrecer a quienes les entregan todo por un amor aparente, una necesidad, un capricho o un impulso.

Seguí deambulando por la senda, mientras el bosque, el riachuelo y la vida me susurraban al oído. Observé los troncos enlamados, algunos con musgo, como prueba de amor y protección a las criaturas minúsculas, a los que requieren el apoyo de otros para no morir ante el proceso inacabable de la vida.

También distinguí, a la distancia, la campiña alfombrada de flores y matorrales en plena armonía, bañados por la corriente diáfana de un riachuelo. Igual que los días de la existencia, el agua corría sin detenerse; pero a su paso regalaba vida y refrescaba a todas las criaturas, buenas y malas, mayúsculas y minúsculas, bellas y deslucidas.

Sólo el agua que se distraía en cuestiones baladíes, desviaba su camino y se estancaba hasta descomponerse y contaminar a los demás habitantes del bosque, a las otrora flores tersas, a las plantas que consintieron la intoxicación del lodo putrefacto.

Entendí que las criaturas más bellas y plenas eran las que que dentro de aquel paraíso que parecía cielo y tierra, vivían con amor hacia las demás, pero sin empeñar su libertad ni su naturaleza. Las más auténticas y sublimes, las que se balanceaban ante los ósculos del viento y abrazaban la lluvia, los arcoíris y el sol, proyectaban mayor alegría y belleza porque en realidad amaban y eran libres.

Todo era parte de lo mismo. Unos se fortalecían por medio de sus coincidencias, y otros, en cambio, se enriquecían con sus diferencias; pero finalmente iban hacia el mismo objetivo que es, sin duda, la armonía, el equilibrio y la plenitud expresados en el amor más amplio y puro.

Al hablarme las flores, el río, los abetos y las aves, comprendí que el amor palpita en el interior de cada ser y en el universo, como si todo estuviera enlazado o proviniera de la misma fuente. Aquellos seres que permiten que los encierren en mazmorras umbrías y subterráneas, se desmoronan y mueren cuando se encuentran en sus mejores horas porque se transforman en sombras de otros, se encadenan a caprichos e intereses, no se dan la oportunidad de derramar el verdadero amor.

Durante mi expedición matutina, lloviznó y se manifestó, esplendoroso, un arcoíris que impregnó sus colores al lienzo mágico de la vida. Todo era amor y libertad. Los pájaros de bello plumaje cantaban para todos. Únicamente las criaturas parásitas y trepadoras, en compañía de las que las alimentaban o les servían de sostén, permanecían atrapadas, aisladas en su mundo natural y de egoísmo.

Respiré profundamente y sonreí al admirar el panorama natural, el escenario de la vida, el espectáculo del amor y el querer. No lo dudé. Corrí de inmediato hacia la cabaña. Debía preparar mi retorno para terminar capítulos e iniciar páginas e historias más plenas y sublimes.

El amor no es el querer. Va más allá de documentos firmados, ceremonias religiosas o compromisos. Ya lo había practicado con mi familia y mis amigos, pero debía intensificarlo con otros seres humanos, como la señora moribunda que lloraba en su lecho, y buscar a mi amada, a quien indudablemente se encontraba en algún rincón del mundo, para expresarle mis más nobles sentimientos y mi deseo de descubrirnos en nuestras miradas con la intención de juntos, uno al lado del otro, retirar la piedra y la enramada del camino, dejar huellas indelebles, con el objetivo de que los demás, los que andan atrás, encuentren horizontes más plenos.

Bien es sabido que el amor no solamente es para uno, sino para el bien que se pueda hacer y la dicha que se derrame en beneficio de los demás. Por eso decidí modificar mi carta y cambiarla por la invitación a mi amada, cuando la descubriera en algún paraje, a unir nuestras manos no solamente para sentir las caricias en un momento de frenesí, sino con la intención de dar al necesitado, ayudar al que cae, jalar la cuerda hacia praderas exquisitas.

Sí, los labios no solamente son para besar; forman parte de la boca que tiene la facultad de expresar hermosas palabras de aliento, fe y esperanza. Una palabra puede salvar a quien una noche planeó morir o devolver la alegría y el ánimo de luchar a aquellos que se creían derrotados.

El bosque me confesó sus secretos acerca del amor y el querer. Conocí el lenguaje de uno y otro, hasta asimilar que cada instante de mi existencia tengo la oportunidad de ser enredadera, abrojo y hiedra o manantial, arcoíris, cascada, flor y lluvia.

2 comentarios en “Entre el amor y el querer

    • Agradezco tu expresión, Irene. Creo que el día que tengamos capacidad no solamente de amar a nuestros seres cercanos, sino de ampliar y manifestar ese sentimiento tan sublime a los demás sin esperar nada a cambio, creceremos como seres humanos y el mundo será otro. Claro, no es sencillo, pero bien vale el esfuerzo por todo lo que significa. Gracias por tu comentario. Saludos.

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