El de los trabajadores domésticos, mundo de superficies y laberintos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permaneció dos horas en su cuarto, el de servicio, en espera de alguno de sus patrones, porque el viejo, recién operado, colocó un billete enrollado en su busto y con voz tartamuda y casi inaudible, le propuso que accediera a sus apetitos, y ella, Agustina, era una joven pobre e inexperta, pero decente e ilusionada con la posibilidad de ganar dinero, a pesar de las dificultades, para enviarlo a su familia y ayudar a sus padres con la educación de sus hermanos menores.

Cuando llegó uno de los hijos del patrón mayor, la llorosa mujer salió a su encuentro y le relató, angustiada y temerosa, lo acontecido con su padre, la falta de respeto que el hombre había cometido contra ella. Le entregó el billete que el otro, el viejo, había depositado entre el vestido y su pecho.

El hijo, sonriente, llamó a su padre, al viejo que apenas podía hablar por la parálisis sufrida tiempo atrás y que fingía mayores padecimientos de los que en realidad tenía, quien negó las imputaciones de la joven sirvienta, a la que acusó, como pudo, de adúltera y ofrecida. Con palabras entrecortadas, dijo que si apenas podía hablar y caminar, resultaba ilógico que le hubiera ofrecido dinero a cambio de prostituirse; además, la acusó de ladrona. El billete, argumentó, le pertenecía; ella, Agustina, lo había sustraído de su cartera.

Al escuchar el cinismo del viejo, atrapado en pijama y pantuflas, Agustina no pudo contener su coraje e impotencia y se lanzó encolerizada contra su verdugo; pero el hijo la sujetó fuertemente y le ordenó que empacara sus cosas y se fuera de inmediato de la casa, sin ninguna prestación económica, porque de lo contrario la denunciaría ante la policía. Debía marcharse antes de que regresara su madre, la esposa del anciano, a quien deseaba evitar disgustos.

Hoy, después de varios años, Agustina recuerda aquel hecho con dolor y tristeza, acaso porque le parece mirar a la joven provinciana, ingenua e ilusionada con trabajar para remitir recursos económicos a sus padres y hermanos empobrecidos, condenados a las carencias y falta de oportunidades que había en su pueblo. El viejo patrón mató sus ilusiones y el hijo, burlón, arruinó la posibilidad de ayudar a su familia en ese momento. La echaron a la calle como cualquier objeto inservible que se arroja al carretón de la basura.

Agustina contrajo matrimonio años después y es madre de dos niños. Lamenta que en su medio, el de la servidumbre, se registren tantos abusos económicos, laborales y sexuales contra amplio número de mujeres. Sabe que no pocas sirvientas han sido asesinadas, explotadas, maltratadas y violadas, y que los delitos casi siempre quedaron impunes porque la razón la tienen, generalmente, quienes poseen dinero para comprar las leyes y la justicia.

El otro caso, también real, es el de Delfina, empleada, casada, madre de tres hijos, quien contribuye con el gasto familiar porque Marcelino, su marido, percibe un salario muy bajo que definitivamente no alcanzaría para sostener el hogar; aunque con la diferencia de que ella, después de más de ocho horas de jornada laboral y una alimentación deficiente, llega a casa a revisar tareas, lavar y planchar ropa, preparar la cena y la comida para el siguiente día, barrer y trapear, mientras el otro, el señor, mira la televisión, envía whats app desde su celular o duerme. El hombre ni siquiera atiende las palabras de sus hijos ansiosos de atenciones, conversación y juegos.

Los fines de semana, Marcelino se ausenta durante horas porque juega en un equipo de futbol y después, en la tarde, sus amigos y él se reúnen en alguna casa para convivir, comer botana y beber cervezas; al contrario del hombre, la mujer, Delfina, dedica el tiempo a organizar el hogar, convivir con sus hijos, realizar las compras de la despensa y esperar, en la noche, a un hombre transformado, tambaleante y embrutecido por las bebidas alcohólicas, deseoso de cenar y de placer.

Tal es la vida de incontables mujeres que se dedican a los trabajos domésticos de manera remunerada o como trabajadoras y amas de casa. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 58.8 por ciento de las personas que realizan alguna tarea doméstica en la República Mexicana son mujeres, las cuales, por ciento, a partir de los 25 años de edad dedican más de 20 horas semanales a los quehaceres en sus hogares.

En cuanto al trabajo doméstico remunerado, el de la servidumbre, la institución federal indica que el 95 por ciento es realizado por mujeres, de las cuales el 34.5 por ciento obtienen ingresos de un salario mínimo o menos, cuando el 16.3 por ciento de hombres se encuentran en esa situación. Esto significa que poco más de la tercera parte de las personas dedicadas a la servidumbre, son mujeres que ganan el salario mínimo o cantidades inferiores. Hasta en ese sentido, los hombres tienen mayores prestaciones.

Cada 22 de julio se celebra el “Día Internacional del Trabajo Doméstico”, el cual contempla el remunerado y el que no recibe ninguna percepción económica por tratarse, generalmente, de las tareas del hogar; no obstante, tanto quienes realizan labores de servidumbre como de quehacer en casa, no son valorados. En el primer caso, muchas veces son pisoteados y reciben tratos indignos e injustos; en el segundo, casi nadie valora a quien mantiene la casa limpia, realiza las compras de la despensa y prepara los alimentos.

Las cifras de la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT), son claras y realistas al señalar que el promedio de horas semanales dedicadas a los quehaceres domésticos y a los cuidados no remunerados en la población de 12 años de edad en adelante, es de de 33.4 horas, tomando en cuenta que el índice más alto para las mujeres es de 47.9 horas y para los hombres de 16.5 horas durante el mismo período. Las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres en las tareas domésticas.

Y dentro de este escenario, de por sí desolador para el sector femenino, los hombres únicamente contribuyen con el 22.8 por ciento del total de horas dedicadas a los quehaceres domésticos y a los cuidados no remunerados, porcentaje que contrasta con el 77.2 por ciento por parte de las mujeres.

Hay más todavía. Las mujeres dedican, en promedio, 20.1 horas a la semana al cuidado de otros integrantes de la familia y 13.7 horas a la elaboración de alimentos; en contraparte, la única actividad en la que ellos, los hombres, superan al sector femenino en tiempo, es la relacionada con el mantenimiento y mejora a la casa, apenas con 1.9 horas en el mismo lapso.

Según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), de los 49.8 millones de personas ocupadas en México, el 4.7 por ciento, equivalente a 2.3 millones, son trabajadores domésticos remunerados.

En este sentido, de las dos millones 355 mil 266 personas que figuran en ese rubro, 83.9 por ciento son empleados, ocho por ciento cuidadores de personas, 4.7 por ciento lavanderos y planchadores, 2.4 por ciento choferes en casas particulares y uno por ciento cocineros domésticos.

Se trata, desde luego, de cifras oficiales que ofrece el INEGI a través de encuestas, análisis y estudios; pero indiscutiblemente existen números negros, como lo es la informalidad y en la que mucha gente realiza trabajos domésticos por la fuerza o por otras causas.

Obviamente, el trabajo doméstico remunerado es realizado por mujeres en un 95 por ciento. El 85.8 por ciento efectúan labores de limpieza en hogares particulares, 8.2 por ciento cuidan personas y cinco por ciento lavan y planchan en domicilios. Los hombres que laboran en dicho sector, son más de 121 mil, de los que 45.4 por ciento se ocupan como empleados domésticos y 45.4 por ciento son choferes en domicilios particulares.

Dentro de este sector, el de los empleados domésticos remunerados, 66.6 por ciento de hombres son casados y 47.5 por ciento de mujeres se encuentran en la misma situación civil. El 21.2 por ciento de las mujeres y el 6.2 por ciento de los hombres están separados, viudos o divorciados.

Quienes tienen interés en el tema, deben saber que en México, las trabajadoras domesticas remuneradas que tienen más de tres hijos, representan el 48.8 por ciento; las que tienen uno, son el 29.3 por ciento.

Resulta fundamental conocer los niveles educativos de este sector. La información oficial disponible por parte de INEGI, permite saber que el 40 por ciento de los hombres y el 35.6 por ciento de las mujeres cuentan con secundaria. En el otro extremo se encuentran el 23.8 por ciento de mujeres y el 17.6 por ciento de hombres que no tienen estudios de primaria, lo cual resulta demasiado preocupante.

Rubros como el de los ingresos, también son dignos de tomar en cuenta, como el hecho de que el 74.9 por ciento de las mujeres obtienen hasta dos salarios mínimos de sueldo y el 41.4 por ciento de hombres reciben esa cantidad. Y es que si el 22.1 por ciento del sector masculino gana más de tres salarios mínimos, únicamente el 3.9 del femenino percibe ese monto. Claro, en el sector de los trabajadores domésticos remunerados existe una élite compuesta por el 3.6 por ciento de hombres que obtienen más de cinco salarios mínimos contra 0.2 por ciento de mujeres que llegan a esos niveles.

Las condiciones laborales de quienes se dedican a actividades domésticas, no siempre son las adecuadas porque con frecuencia carecen de prestaciones, están expuestos a riesgos y en ocasiones son acosados, humillados y maltratados.

No es lo mismo trabajar en una mansión del Pedregal de San Ángel o Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México, donde en ciertos casos la servidumbre es hasta uniformada, que en casas en las que las condiciones son inestables, y si no lo cree uno, habría que platicar con Agustina, la sirvienta que en su juventud un viejo recién operado intentó prostituir, o con alguna otra mujer dedicada al trabajo doméstico remunerado.

Evidentemente, es innegable que desde la servidumbre también se han tejido historias terribles. Si bien es cierto que un porcentaje considerable de personas dedicadas a esas actividades reciben tratos injustos, es del conocimiento general que hay quienes se refugian en ese sector con la intención de cometer delitos y crímenes.

Se trata, desde luego, de un mundo complejo con luces y sombras, superficies y laberintos, digno de estudiar y analizar, ya que después de todo también son mexicanos y forman parte de la dinámica social. No se les puede excluir. Hay que incorporarlos al desarrollo, pero si se desea contribuir a que tengan oportunidades tangibles, es fundamental conocerlos y entender su realidad.

En el otro caso, el del trabajo doméstico no remunerado, más allá de discusiones radicales y estériles entre feministas y machistas, es cuestión de cultura, de manera que corresponde inculcar a los hijos, hombres y mujeres, la importancia de participar por igual en los quehaceres de la casa. Se trata, en verdad, de un trabajo colosal ante la inercia de costumbres, modas y otros conceptos llenos de estulticia; pero la responsabilidad corresponde a todos.

De ninguna manera el quehacer de casa es denigrante; al contrario, quienes lo desarrollan, en su mayoría mujeres, merecen un amplio reconocimiento y que se les valore. No es justo ni válido que los hombres permanezcan como aplaudidores, jueces severos, holgazanes o espectadores en sus casas; también deben participar por igual con compromiso y responsabilidad.

Por otra parte, por sus bajos niveles académicos, su falta de cultura y experiencia, los ambientes familiares y sociales donde se desarrollaron, y en los que coexisten, sus carencias y presiones económicas, el de la servidumbre es un sector vulnerable que en México requiere mayor atención; aunque se trate, para muchos, de personas a las que se les denigra.

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