No es lo mismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Definitivamente no es lo mismo. Hay clases sociales con diferencias muy marcadas, aunque algunos se empeñen en insistir que México ya no es, como en la Colonia y otros períodos, un país de castas. Todo depende de los rasgos, el color de piel, los apellidos, las relaciones con los grupos de poder y hasta el ambiente en que coexiste cada persona.

Cuando observaba con dolor e impotencia las imágenes de los pequeños de Ostula, en la costa de Michoacán, por el asesinato de los menores Heriberto Reyes García y Neymi Natalí Pineda Reyes, presuntamente cometidos por fuerzas armadas, y leía los textos de los carteles que portaban -“¿Cuál fue el delito de Hidilberto?” (sic), “Alto al fuego”, “No disparen, somos niños”, “El pueblo no mata al pueblo” y “Queremos que nos cuiden, no que nos maten”, entre otros-, apareció ante mi mirada una nota publicada en el portal de Carmen Aristegui, cuyo título, “Pemex contrata a sobrina inexperta de Peña Nieto”, estimuló mi disgusto, como indudablemente reaccionaría cualquier lector.

Resulta que una joven de 25 años de edad, llamada Fernanda Said Pretelini, hija de la única hermana de Mónica Pretelini, primera esposa del hoy presidente Enrique Peña Nieto, todavía no cumplía un año de egresada como licenciada en Mercadotecnia, cuando Petróleos Mexicanos (Pemex) la contrató con el nivel de subgerente, sin experiencia dentro o fuera del gobierno en labores de Comunicación y con percepciones de aproximadamente 59 mil pesos mensuales, quien a los dos meses de su ingreso a la paraestatal recibió un préstamo de 80 mil 800 pesos y permaneció en Nueva York dos días extras, con recursos públicos, después de asistir a una gira de trabajo.

Ofensivo, es cierto, en un país donde coexisten millones de personas en la miseria y en el que el salario mínimo apenas es de 70 pesos diarios para quienes mejor les va dentro de ese rango, equivalentes a 10 pasajes de transporte público en ciudades medias como Morelia, la capital de Michoacán.

Cuando uno se entera de privilegios como los de la sobrina del mandatario nacional, funcionaria de confianza en Pemex, acuden a la memoria las reformas estructurales -la energética, verbigracia-, e inevitablemente surgen preguntas relacionadas con las tentaciones de enriquecimiento y beneficio personal que han de presentarse cuando se controlan y manejan cantidades millonarias de recursos públicos.

Uno mira a personajes como Fernanda Said Pretelini, quienes con o sin ellos las dependencias públicas y los órganos descentralizados funcionarían igual. En este país, México, los recursos públicos benefician a gran cantidad de hombres y mujeres recomendados por los dueños del poder, por quienes toman las decisiones nacionales, realidad muy lejana a los discursos referentes a austeridad y transparencia.

Y mientras esa clase de personajes disfrutan beneficios y se sitúan en niveles económicos superiores con el dinero que los mexicanos aportan a través de sus impuestos, contrasta la cifra de niños asesinados, como los de Ostula, con motivo de una estrategia criticable y deficiente contra la inseguridad.

Los crímenes contra los pequeños de seis y 12 años de edad, en Ostula, se agregan a las cifras de la Red por Derechos de la Infancia, cuyo informe señala que de diciembre de 2006 al mismo mes de 2014, han fallecido mil 796 menores de cero a 17 años de edad como consecuencia del llamado combate a la delincuencia organizada.

Según el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas, en materia de asesinatos de menores, México comparte espacios similares a los de Mozambique y registra mayor cantidad que los que se cometen en Congo, Irak, Somalia y Tanzania, entre otras naciones. Sí, en esos niveles se encuentran los mexicanos.

Es vergonzoso lo que está ocurriendo en México, y más cuando parece que dentro del mismo país existe una realidad para los influyentes, los que disfrutan todos los beneficios dentro del poder económico y político, y los desposeídos, los que en cualquier momento pueden morir asesinados, como ocurrió con Heriberto Reyes García y Neymi Natalí Pineda Reyes, de 12 y seis años, respectivamente, a quienes en una lucha sin sentido que ni siquiera presenta resultados favorables para los mexicanos, cortaron sus juegos e ilusiones, arrancaron la oportunidad de probarse como seres humanos y vivir lo que les correspondía, y en eso, me parece, todos somos responsables.

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