Los Olivos, panadería con historia, sabor y tradición

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El lago plomado devolvía, al final, en el horizonte, la imagen de las nubes rizadas e incendiadas por el crepúsculo postrero, las siluetas de las montañas y las sombras del tule acumulado en la orilla, mientras incontables aves de bello plumaje volaban a sus nidos y refugios. El ambiente lacustre parecía, entonces, trozo arrancado de algún paraíso. Discurrían las horas de la década de los 50, en el irrepetible siglo XX.

Tal era el paisaje que don Florencio Cruz contemplaba al retornar a su casa, en Santa Ana Maya, cuando andaba, al lado de sus burros, por caminos de terracería. Entre escenarios abruptos, el panadero regresaba cansado y, a la vez, satisfecho, acaso porque era la época del trueque y si algunas de sus piezas las comercializaba en pueblos y rancherías de la región, otras las cambiaba por gallinas, frijoles, maíz, trigo, calabazas y diferentes productos de la campiña.

Su hijo, Rodolfo Cruz Chávez, permanecía en la panadería, unas veces preparando la masa y otras, en tanto, introduciendo los panes o sacándolos del horno, mientras sus hijos, asistían a la escuela y jugaban.

Oliverio Cruz Gutiérrez, el propietario de la panadería Los Olivos, en Morelia, la capital de Michoacán, evoca los primeros años de su existencia. Los días de la infancia y las horas juveniles se diluyeron entre juegos, cuadernos, libros, harina, azúcar y aromas que escapaban del horno de la panadería, cuando a una hora y otra Santa Ana Maya recibía las caricias del legendario lago de Cuitzeo.

Eran otros tiempos, los del siglo XX. La trama de la historia familiar se desarrollaba en un mundo de convivencia, estudio, sabores y trabajo, salpicados algunas veces por la campiña, las fiestas patronales, las tradiciones y el ambiente que suele presentarse en los pueblos y caseríos lacustres.

Oliverio asistía a la escuela, junto con sus hermanos, porque sus padres, quienes por muchos años se dedicaron a la labranza y conocían, por lo mismo, los ciclos y lecciones de la vida, deseaban que ellos, sus hijos, estudiaran para que por lo menos aprendieran a leer, escribir y hacer cuentas.

Los hermanos Cruz Gutiérrez ensayaron, desde muy pequeños, los juegos y las tareas escolares con las labores de la panadería. Fue allí, en el negocio de la familia, donde Oliverio aprendió a hacer figuras y hornear, a mezclar los ingredientes para arrancar a la naturaleza los colores, fragancias y sabores.

Conforme Oliverio y sus hermanos crecieron, asumieron mayores responsabilidades dentro del quehacer de la panificación, pero sin descuidar sus estudios porque era fundamental que contaran con alguna formación académica. Un día, el rostro de Oliverio cambió de joven estudiante y aprendiz de panadería a normalista especializado en Matemáticas.

Para orgullo de sus padres y ejemplo de sus hermanos, Oliverio recibió su título profesional. Hombre sencillo, detallista y de conversación amena, siempre dispuesto a apoyar a los demás, don Oliverio, como le llaman quienes lo conocen, asegura ser “panadero por vocación y maestro por profesión”.

Ya como profesionista y maestro de Matemáticas, Oliverio se mudó con su esposa e hijos a Ciudad Hidalgo, al oriente de Michoacán, donde trabajó para el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. Colaboró en la organización de programas orientados a ofrecer estudios de secundaria a personas que por diversas causas enfrentaban rezagos educativos.

Fue en el municipio de Hidalgo, en algún paraje enclavado en las montañas boscosas, donde una tarde nebulosa y fría se reunió con sus compañeros de trabajo con la intención de comer, para lo cual horneó algunas piezas de pan, como las que elaboraban él y sus hermanos al lado de sus padres, en el negocio que fundó don Florencio, su abuelo. Resultaron tan sabrosas, que uno de sus colegas le insistió en lo bien que le iría económicamente si se dedicaba a la panificación.

Hace un cuarto de siglo, Oliverio pensó la sugerencia de su compañero: fundar un negocio y obtener éxito. Planteó la idea a su esposa, quien inicialmente titubeó porque la plaza como maestro era segura y contaba con días de descanso y vacaciones; sin embargo, el hombre consideró que la moneda giraba en el aire y que las posibilidades de triunfar significaban un sí o un no. La clave consistiría en la probabilidad más el entusiasmo que aplicaría en el oficio. Finalmente, Oliverio recibió una respuesta de su esposa, quien se sumó al proyecto con optimismo.

Discurrían los días de 1991. Oliverio renunció a su empleo y se mudó con su familia, como lo había planeado, a Morelia, precisamente a la colonia Independencia, donde habilitó un local de apenas 24 metros cuadrados. Él y su esposa se trasladaron ilusionados al monumento a Lázaro Cárdenas, en calzada La Huerta, donde compraron una mesa de madera reforzada, y así, tras las celebraciones por los 450 años de la fundación de la ciudad, optaron por inaugurar su panadería dos días después, el 20 de mayo de 1991.

El olor del pan, asegura Oliverio, siempre atrae a la gente, de modo que la panadería que inició como una reducida empresa familiar en la que participaban su esposa y un colaborador, empezó con la venta diaria de 100 a 200 piezas de pan, no más porque “para que algo sea negocio, hay que vender todo”.

Sentado en la banca de las remembranzas, Oliverio refiere que su pequeño negocio se convirtió en la panadería de la colonia, y las familias saboreaban el pan porque su idea siempre ha sido hacer las cosas bien. Hay que ofrecer calidad, atención y servicio. Aumentaron la producción de kilo en kilo, conforme los clientes solicitaban el producto.

A partir de aquel domingo, recuerda Oliverio, a él y su esposa les quedó claro que la calidad y el servicio son tan primordiales como entender las necesidades y preferencias de los consumidores. Hay que analizar cuál es el pan que se termina primero, qué piezas solicita el público.

Tres años más tarde, Oliverio y su familia trasladaron el negocio a avenida Periodismo, donde actualmente se encuentra la panadería Los Olivos, empresa sólida y de gran tradición que no solamente atiende las necesidades del barrio, de la colonia, sino que ha trascendido y ofrece sus productos y servicios a personas que reconocen la calidad del pan y la repostería para consumo diario y los momentos especiales e inolvidables.

En ese lapso, Oliverio ha sido presidente de los panificadores michoacanos y también se ha dedicado a impartir clases sobre el oficio en diferentes instituciones educativas. Los Olivos, empresa que surgió de un sueño, de una sugerencia, le ha dado a Oliverio Cruz Gutiérrez un sitio muy especial entre los actores de la iniciativa privada michoacana, quienes lo aprecian y reconocen.

Hoy, Los Olivos es una empresa que genera aproximadamente dos decenas de empleos y cuenta con tal planeación y organización, que su operatividad y sus resultados la convierten en un caso de éxito dentro de las historias de los negocios familiares y locales de Morelia.

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