El de San Juan de los Mexicanos, barrio tradicional de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los colores, aromas y sabores de la fruta y verdura, dispersos en un puesto, otro y muchos más, junto con los rumores del mercado y los tañidos del campanario, en el barrio de San Juan de los Mexicanos, invitan al naufragio de las horas, a la aventura de embarcarse a los muchos días del ayer, para desentrañar de las profundidades de la historia los rasgos de la antigua Valladolid, el semblante de Morelia, la capital de Michoacán.

Quizá una mañana primaveral, acaso una tarde veraniega o tal vez una noche otoñal o de invierno, uno regresará al centro de Morelia y deambulará por sus calles y plazuelas, por sus espacios y rincones, para descifrar sus signos y armar su historia. Los trozos de antaño aparecen, entonces, vacilantes e imprecisos, similares a las casonas de piedra reflejadas en los charcos después de una tarde de lluvia.

Cuando uno recorre Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del acueducto barroco del siglo XVIII, del otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y de la virreinal Calzada Fray Antonio de San Miguel, para conocer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y visitar, de paso, el mercado “Revolución”, con todos sus simbolismos.

En el discurrir de los años virreinales, precisamente en el siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid era el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los descendientes de los aztecas que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Más antigua, sin duda, que la fecha inscrita en su fachada -1696-, la capilla del barrio alberga, entre otras reliquias, un Cristo de grandes dimensiones, al que la gente atribuye características especiales. En el siglo XIX, verbigracia, los moradores del lugar aseguraban que le crecía la barba y que el tamaño de la escultura era superior al que tenía inicialmente,

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el 18 de mayo de 1541.

Valladolid ocupaba mano de obra, alimentos y materiales, y qué mejor barrio que el de San Juan para proveerse. De acuerdo con información obtenida y publicada en 1883 por el autor del “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, quien fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la población de la ciudad, en 1803, era de 18 mil habitantes, de modo que entre 1809 y 1810 superaba los 20 mil moradores.

Como consecuencia del movimiento independiente, la emigración considerable y las epidemias que se registraron durante 1813 y 1814, la población de Valladolid, escribió el autor ya citado, se redujo a tres mil personas, cifra que le parecía exagerada. En 1822, la ciudad tenía más de 14 mil habitantes, en 1842 alrededor de 21 mil y en 1868, en tanto, 25 mil. El folleto “Morelia en 1873”, editado por un hombre de apellido Mendoza, indicaba que la urbe contaba con aproximadamente 30 mil habitantes.

Y si uno continúa examinando una hora y otra del ayer, descubrirá que en la época en que se publicó la obra de Juan de la Torre -1883-, Morelia era una ciudad que requería mano de obra y productos por parte de los habitantes del Barrio de San Juan de los Mexicanos. En esa época, había 52 sacerdotes católicos, 23 médicos, 103 abogados y 22 farmacéuticos.

Mensualmente eran sacrificadas, en lo que llamaban “el abasto”, 600 cabezas de ganado vacuno, cuyo valor ascendía a nueve mil pesos de aquella época; 600 carneros que representaban 900 pesos; mil 800 cerdos que significaban un valor de 18 mil pesos. Cada mes, la ciudad de Morelia consumía nueve mil fanegas de maíz, mil 800 cargas de harina; asimismo, requería 300 arrobas diarias de leche durante el período comprendido de junio a octubre, y 150 en la estación de secas, incrementándose el valor de este último a 84 mil pesos anuales.

Morelia poseía 21 capillas y templos, tres colegios, nueve escuelas públicas, dos hospitales, dos hospicios, dos panteones, dos teatros, una plaza de toros, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia y cuatro para caballos.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular barrio de San Juan, exhibe una planta de cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original de siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por los especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Una exhibe, igual que una abuela, la fecha de su fundición: 1778.

Contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios de San Agustín, el Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos también fue cerrado y se convirtió en un espacio que los moradores denominaban Plazuela de San Juan, donde indudablemente discurrieron muchas de sus horas existenciales.

Y es que entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, de manera que los amigos y las familias dialogaban plácidamente, bailaban, cantaban, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, y así lo hicieron, igualmente, los personajes que participaron en la conspiración de Valladolid, en 1809.

Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban, según los especialistas, en casas humildes y endebles que se localizaban en el barrio de San Juan de los Mexicanos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y al movimiento independiente de 1810. Nadie desconoce que Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual figuraba en un mapa elaborado en 1794 como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “Plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Al escudriñar los documentos amarillentos de la historia, uno descubre que de acuerdo con el plano que ordenó elaborar, en 1794, el intendente corregidor Felipe Díaz de Ortega, San Juan de los Mexicanos todavía figuraba, al norte de la ciudad, junto con otros poblados indígenas pequeños como San Pedro, al oriente; la Concepción y Santa Catarina, al sur. Obicácuaro, y Santiaguito también se localizaban al norte de Morelia. Evidentemente, en el ocaso del siglo XIX, algunos pueblos indígenas desaparecieron y otros, en cambio, se fusionaron a la ciudad.

Refiere la tradición que el templo de San Juan Bautista pertenecía al pueblo que se extendía desde las otrora pila de Zárate y calle Las Carreras, hasta La Cantera y la garita del Zapote. El caserío, reducido, se extendía en la campiña.

Todavía durante la madurez de la decimonovena centuria, en 1844, el espacio que ocupaba la plaza de toros y la zona aledaña, se había destinado al cultivo de maíz. El autor del “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, atribuía en su obra editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, que varias circunstancias habían contribuido a la formación del barrio de San Juan, principalmente por la construcción de la plaza de toros.

El autor recordaba que en noviembre de 1844, con motivo de la fiesta derivada de la construcción de la plaza de toros, los nativos instalaron puestos o jacales pequeños alrededor de la construcción, los cuales utilizaron como moradas.

Quienes se atrevan a internarse por las rutas de la historia, entenderán que en 1850, cuando se llevó a cabo el reparto de tierras en la capital michoacana, los indígenas que habitaban las chozas que rodeaban la plaza de toros, construyeron casas más sólidas y así formaron el Barrio de San Juan.

El cementerio principal de la capital de Michoacán se localizaba, exactamente, a un costado del templo de San Juan Bautista. Si bien es cierto que los habitantes de la ciudad lo consideraban “higiénico” y con condiciones “indispensables para la salud pública” por no encontrarse expuesto a las corrientes de aire que con mayor frecuencia recibía la ciudad, admitían que no contaban con un cementerio digno y acorde a las civilizaciones de la época, la de la ancianidad del siglo XIX.

Faltaban arbolado y diseño ornamental. Incluso, existían noticias en esa época de que los cadáveres no eran sepultados a la profundidad conveniente por encontrarse las criptas próximas unas de otras, al grado de que con frecuencia no se les exhumaba oportunamente.

Por lo mismo, en 1892, durante la administración estatal de Prudenciano Dorantes, el gobierno proyectó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, para lo que se dieron los primeros pasos; no obstante, las condiciones del erario público impidieron que continuara la obra.

Hay que recordar, en consecuencia, que finalmente el acaudalado Ramón Ramírez, propietario del establecimiento comercial La Mina de Oro y de la Hacienda La Huerta, donó parte de un terreno que denominaba El Huizachal, donde en 1885 se practicó la primera inhumación, el cual fue inaugurado en las horas de 1895 y es morada final, hasta la fecha, de no pocos morelianos. De hecho, las autoridades municipales ya habían planeado en 1882 la construcción de un panteón que sustituyera los de San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales (consultar https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2014/11/01/panteon-municipal-de-morelia-la-otra-historia-de-la-ciudad/).

Mercado de San Juan o “Revolución”

Como que traen las fragancias de la campiña, las tonalidades del terruño, el sabor de la lluvia, las caricias del sol y las formas de la vida. Saben a hortaliza, a huerta, a parcela. Recuerdan los surcos, el aire matinal, el sol brillante, las tardes lluviosas y hasta los arcoíris y las nubes.

Igual que ecuaciones, los colores, perfumes y sabores se mezclan aquí y allá, en un puesto y en otro del mercado, con rostros de aguacates, ajos, calabazas, cañas, cebollas, chayotes, chiles, cilantro, jitomates, lechugas, papas, pepinos, rábanos, tomates y zanahorias; pero también con rasgos de chabacanos, ciruelas, fresas, guayabas, mameyes, mandarinas, mangos, manzanas, melones, papayas, peras, piñas, plátanos, sandías, tejocotes, uvas y zapotes.

Y si la jamaica y el tamarindo reservan esencias deliciosas al paladar, los cocos mantienen atrapado el rumor del mar, mientras los elotes, las habas, los frijoles, el arroz, los cacahuates y el orégano compiten por un espacio. En estos pasillos, la fruta resume las huertas mexicanas; en aquellos, la verdura transporta a las parcelas, donde las manos campesinas se mezclan con el agua y la tierra para recoger trozos de vida.

Tal vez el encanto consiste en que cada cosa se agrupa en diferentes áreas del mercado. Aquí, las verduras; allá, las frutas; en aquel extremo, los arreglos florales; allende los puestos de comida y carne, los que exhiben juguetes, ropa y curiosidades; el otro espacio, las plantas.

Vida y muerte. Alegría y tristeza. Camino desde el cunero hasta el ataúd. Sí. Flores amarillas, blancas, moradas, rojas y rosas para el bebé, la quinceañera, la boda, los amantes, los enamorados, los que celebran algo y los que mueren. Sólo cambia la presentación, y ese es su hechizo y misterio.

Desde la rosa, la gladiola y la orquídea, hasta el cempasúchil, hay quienes arrancan una lágrima, un suspiro o un gesto de alegría. Se trata, en realidad, de flores, criaturas de intenso aroma y colorido que dentro de su efímera existencia acompañan a los seres humanos en sus alegrías y tristezas, en sus triunfos y fracasos, en su vida y en su muerte,

Los afiladores, casi extintos, anuncian su paso y sus servicios con las notas de sus caramillos, y reciben navajas, cuchillos y tijeras, mientras los músicos, cuando los hay, emiten notas que se mezclan con los chiflidos peculiares de los globeros, las campanas diminutas de los paleteros, las voces de los personajes típicos, los gritos de los cargadores y los murmullos de los vendedores de algodones, frituras y merengues.

Huele a mar, a establo, a granja. En los corredores, ellos, los carniceros y los aprendices, deslizan suavemente sus cuchillos sobre los pescados que aún emanan el olor del océano, en las reses que otrora pastaron en la llanura, en los cerdos de formas primitivas, en las aves liberadas de los barrotes y corrales para enfrentar su fatal destino.

Pequeño mundo donde las otras, las cocineras, preparan platillos típicos, muy mexicanos, al mismo tiempo que ellas, las mujeres nativas de algún pueblo o ranchería, comercializan nopales, tunas, aguacates, tortillas, uchepos, sopes, corundas y tamales.

Como piezas de museo, dignas de un coleccionista, de un melancólico que suspira por los muchos signos perdidos en las horas del ayer, metates, molcajetes, anafres, tortilleros, sopladores y molinillos permanecen pacientes, resignados, en espera de algún comprador.

La “yerbera” ofrece pomadas, jarabes, tés y remedios contra agotamiento, cáncer de próstata, diabetes, caída de cabello, cólicos e hinchazón de piernas, entre otros males que enumera ante las señoras que caminan cerca de su puesto, en plena competencia con las mujeres que anuncian polvos, ungüentos y fórmulas.

Durante las fiestas patrias, las banderas tricolores y los rehiletes intentan recordar fechas gloriosas; en diciembre, las tradicionales piñatas con formas de estrellas y personajes infantiles, invitan a las posadas, a cantar villancicos, a probar ponche para contrarrestar el frío invernal. Junto con las piñatas, las colaciones, el heno, el musgo y las piezas que emulan el nacimiento del Niño Jesús, quedan grabados en la memoria infantil, en los pequeños que se ilusionan y llevan consigo imágenes mágicas.

Ropa, juguetes, fruta, verdura, arreglos florales, coronas para muertos, trastes, plantas, alimentos, alfarería, antojitos, tés y tantas cosas que sintetizan un mundo, el de los mexicanos, quienes mezclaron, hace centurias, los productos de Europa con los de América.

Los mercados de este país, como el “Revolución”, en el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos, resumen rincones insospechados, el colorido intenso, los sabores y los aromas de un suelo exquisito. Como que simbolizan el más auténtico mexicanismo.

El que se localiza en San Juan, es un mercado tradicional de Morelia con casi media centuria de haberse fundado, que rememora a los antiguos habitantes de la ciudad, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas que moraban en la ciudad.

La modernidad y la influencia de la publicidad de la hora contemporánea, cuyas formas y reflectores envuelven a los consumidores y los transportan a un mundo de apariencias y superficialidades, parecen ensombrecer los mercados tradicionales, donde uno, al caminar, siente el palpitar del más puro mexicanismo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s