El globo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El viento lo arrebató de mi mano. Solté el hilo y el globo voló lentamente entre las frondas de los ahuehuetes centenarios, en el Bosque de Chapultepec, como para darme oportunidad de mirar su huida a rutas insospechadas y memorizar sus colores e instantes efímeros de fantasías e ilusiones.

Los ósculos del aire lo hacían girar mientras se elevaba por el gas que contenía. Mi globo se marchaba, se dirigía a otros rumbos, con la brevedad de la historia que habíamos compartido aquella mañana dominical de mi infancia en un paraje boscoso de la Ciudad de México.

Al mirarlo partir, entristecí porque mis padres lo compraron para mí y juntos, desde muy temprano, disfrutamos el paseo; sin embargo, sentí que en sus entrañas llevaba mi esencia y nuestra historia, mis huellas, la fragancia de mis manos, mi imagen reflejada en su superficie lisa. Como que el globo y yo nos pertenecíamos. Siempre, en cualquier parte del mundo que estuviéramos, las vivencias compartidas nos identificarían, como dos enamorados que nunca se olvidan porque llevan el encanto de su amor.

Mi ingenuidad -oh, bella infancia- me motivó a expresar en voz alta mi deseo de que el globo no reventara en el camino porque entonces se desvanecerían mis ensueños y esperanzas. Supuse que las ráfagas lo empujarían y conducirían aquí y allá, a un espacio y otro, igual que un velero en la inmensidad del océano.

Cualquier incidente que se registrara durante la travesía -una tormenta, el paso entre abrojos, la intensidad del sol- bastarían para que el globo explotara y sus despojos cayeran a la campiña, al río, al asfalto, a alguna azotea o a un patio.

Imaginé que al estallar mi globo, también morirían mis fantasías, los juegos, las ilusiones y la magia de la niñez. Confié en que aquella esfera policromada sería fiel a nuestra historia y un día, el menos esperado, regresaría a mí. Quizá una mañana nebulosa, asomado en la ventana de la casa solariega, descubriría el retorno de mi globo que descendería al jardín.

Ahora que contemplo desde una orilla cada vez más distante aquella escena de mi niñez dorada, sonrío al reflexionar acerca de mi inocencia; pero compruebo que acaso sin percibirlo, ya definía los trazos de la alegoría del amor porque se trata de un sentimiento tan fino, sensible y delicado, que cuando se vive plenamente, parece flotar en una burbuja, en un globo encantador que puede reventar en determinado momento ante cualquier descuido.

El globo huidizo de la primavera de mi existencia, me dio una diversidad de ideas como la fragilidad del amor, verbigracia, porque por más bello y sublime que sea ese sentimiento, enfrenta el riesgo de morir si se le abandona, se resbala a los abismos de la cotidianeidad y la rutina, se le aprisiona o no se cultiva con detalles cotidianos.

De nada sirve encapsular al amor porque equivale a atarlo y crearle una prisión, una mazmorra húmeda y lúgubre, un patíbulo para presenciar su ocaso fatal. El amor, si es auténtico y libre, permanece siempre con uno, y no se desvanece como aconteció con mi globo que escapó con nuestra historia.

El amor es el poema que se introduce en un globo que se deja volar libremente con la intención de que flote bello y resplandeciente, pero cuidando siempre que no se rasgue porque una vez que reviente, perderá su esencia y no volverá a ser el mismo. Cada uno decidimos, en consecuencia, si atendemos con esmero el globo del amor o si lo descuidamos y consentimos que escape y estalle con la pérdida de su encanto.

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