Fray Pedro de la Reyna y la historia de Nuestra Señora de la Escalera en Tarímbaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El suspiro de las tardes coloniales acariciaba las frondas de los sauces, donde se refugiaban incontables pájaros de hermoso plumaje, cuando él, fray Pedro de la Reyna, protagonizó una de las historias más bellas, cautivantes y conmovedoras de la provincia de Michoacán, en alguno de los rincones conventuales de San Miguel Tarímbaro.

Hombre él bondadoso, estaba mortificado por las injusticias que los conquistadores españoles cometían contra los indígenas; sabía que la tarea evangelizadora no era fácil, que cada día consumido tendría que sumarse a la misión iniciada por ellos, los franciscanos que llegaron a Tarímbaro entre 1529 y 1531.

Cada uno de esos hombres acudió de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y si allí discurrieron algunas de las horas existenciales de fray Antonio de Lisboa, evangelizador de los pirindas en Guayangareo, y de fray Juan de San Miguel, quien partió de tan fértil terruño a fundar Uruapan y otros pueblos, fray Pedro de la Reyna permaneció fiel, hasta el ocaso de su vida, a los nativos de la región de Tarímbaro.

Nadie desconocía su amor a los indígenas. Aseguraba la gente que predicaba con el ejemplo de su vida recta. Ellos, tan endebles como eran, sentían alivio y consuelo a su lado. Los fortificaba. El hombre comprendía, sin duda, que los otros, los conquistadores, los dueños de las espadas y los caballos, habían devastado la región y, por lo mismo, desintegrado a las familias y a los pueblos que una década antes todavía moraban felices en lo que era tan suyo.

Uno y muchos días del siglo XVI, fray Pedro de la Reyna y otros monjes franciscanos caminaron por la campiña que ya cubría adoratorios e ídolos de piedra, recorrieron parajes y mantuvieron comunicación con los indígenas, a quienes impartieron su doctrina. Ya por las tardes, fatigados, retornaban al convento, a sus celdas oscuras y silenciosas, proyectando sus sombras en los muros de cantera húmeda. El crepúsculo maquillaba los paredones. Los monjes subían las escalinatas y miraban el muro donde se encontraba ella, la Virgen del Refugio con su Niño Jesús en los brazos, una pintura de peculiar belleza. Diariamente, al pasar, la saludaban con reverencias.

Refiere la tradición que una tarde de 1560, al regresar ya enfermo de Tzintzuntzan, fray Pedro de la Reyna subió lentamente los escalones de cantera, en el convento de Tarímbaro, como contando los pasos, e hizo, igual que siempre, una reverencia a la Virgen del Refugio, quien sorpresivamente sonrió al franciscano e inclinó la cabeza. Quedó en tal posición como testimonio del acontecimiento, que dio cumplimiento al sueño mariano y profético que fray Pedro de la Reyna tuvo alguna vez en España. La Virgen del Refugio le prometió, aquella ocasión distante de su vida, que tres días antes de que él muriera, se le manifestaría de alguna manera.

Cumplió la promesa: el buen fray Pedro de la Reyna murió un atardecer de 1560, ante los pies de la Virgen del Refugio, con la satisfacción de haber dedicado los días de su existencia a una causa justa. Concluyó su jornada existencial con la dicha de haber realizado algo en beneficio de los otros, de los indígenas que tanto lo amaban.

Hay seres humanos extraordinarios, cuyos días y obras son un prodigio, y él, fray Pedro de la Reyna, muy superior a tantos religiosos soberbios y conquistadores poderosos y perversos, supo dar sentido a la historia de su vida. Desde un inicio supo que en él yacía la decisión de protagonizar capítulos épicos y dejar huellas para aliviar los padecimientos de los indígenas.

Los días transcurrían implacables, en medio de dos conquistas -la impuesta por la ambición, por la espada, y la otra, la de la fe, la del crucifijo-, y precisamente en la ancianidad del siglo XVI, la noticia del milagro, del encuentro entre la Virgen del Refugio y fray Pedro de la Reyna, se difundió por Valladolid, Pátzcuaro y toda la antigua provincia de Michoacán, propiciando la llegada de incontables peregrinos a San Miguel Tarímbaro. La Virgen del Refugio adoptó un rostro nuevo en aquel pueblo porque todos los moradores le llamaron Nuestra Señora de la Escalera, en honor, exactamente, al acontecimiento registrado esa tarde silenciosa.

Primero, los frailes construyeron una capilla modesta; más tarde, en 1747, con respaldo del obispo Juan Escalona y Calatayud, sus sucesores edificaron el Santuario de Nuestra Señora de la Escalera o Santa María de la Escalera, recinto que conserva hasta nuestros días el bloque con la imagen al óleo de la Virgen del Refugio.

Y es a los pies de Nuestra Señora de la Escalera, pintada en 1545, donde reposan los restos de fray Pedro de la Reyna. Ella, Nuestra Señora de la Escalera, permanece levemente inclinada, contenta, con el Niño Jesús, observando a un fray Pedro de la Reyna bondadoso que amó a los indios, a las generaciones del siglo XVI; aunque también parece contemplar a uno, otro y muchos visitantes que acuden a su recinto virreinal, en San Miguel Tarímbaro, a admirarle y conocer su historia, muy cerca de Morelia, la capital de Michoacán.

Las horas se diluirán una mañana primaveral o una tarde de lluvia, mientras uno recordará, quizá sentado en alguno de los rincones atriales de Tarímbaro, envuelto en la conversación amena y el encanto de una convivencia inolvidable, la conmovedora historia de Fray Pedro de la Reyna, su misión, su sueño mariano y la imagen colonial de Nuestra Señora de la Escalera.

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