Tarímbaro, “tierra de sauces”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas lluviosas y frías, cuando la campiña obsequia sus más bellas tonalidades y deliciosas fragancias a los sentidos y el tañido que escapa de los campanarios añejos se mezcla con el susurro del aire y el concierto de los pájaros refugiados en las frondas, las estampas amarillentas se desprenden del álbum de evocaciones y estimulan al aventurero, al trotamundos, al viajero, a recorrer el caserío de San Miguel Tarímbaro y sus rincones.

Aquí y allá, en las callejuelas, en los recintos centenarios, en el terruño y en todos los parajes que exhalan aromas de historia, tradiciones y legumbres, el aire fresco del amanecer sonroja las mejillas e invita a caminar, desentrañar secretos escondidos en el baúl de los recuerdos y consumir las horas de un día inolvidable.

Al recorrer los campos perfumados y polícromos, sombreados por árboles corpulentos que balancean los ósculos del viento, él o ella, los visitantes, recordarán que Tarímbaro fue suelo y hogar de un pueblo muy antiguo que denominó al sitio Ixtapa, que en lengua indígena significa, según los estudiosos, “lugar salitroso”. El paraje fue habitado, en su primer período, por personas de origen chichimeca y pirinda.

Ya en el siglo XIV, 200 años después del establecimiento de los primeros pobladores, Tanganxoan II, descendiente directo de Tariacuri, conquistó la comarca y la anexó, en consecuencia, al imperio purépecha, denominándole Tarímbaro, que significa, en lengua chichimeca, “tierra de sauces”.

Las horas sosegadas fluían en aquel rincón indígena, entonces intoxicado por una variedad impresionante de flora y fauna, hasta que en el albor del siglo XVI, cuando los ramajes de los sauces dejaron de balancearse como antes, el canto de las aves anunció a quienes supieron interpretarlo, a aquellos que permanecían en comunión con la naturaleza, que los otros días estaban por venir. Y ciertamente, tras la caída de la Gran Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, Cristóbal de Olid emprendió la conquista de la provincia de Michoacán a partir de 1522. Estaba por aparecer la figura siniestra de Gonzalo Nuño de Guzmán, hombre ambicioso e implacable verdugo de los indios y enemigo encarnizado, por cierto, de Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano.

Pronto, lo que otrora fueron aldeas con adoratorios y plazuelas, se transformaron en paisajes de desolación y muerte, en ruinas. Los pueblos fueron abandonados ante el temor que generaba la gente recién llegada. Ellos, los nativos, se refugiaron en escondites montaraces, confiados en que allí, entre arbustos y piedras, no los encontrarían sus persecutores. Vivían en barrancos, cuevas y montañas.

Ante los abusos, injusticias y voracidad de los conquistadores españoles, quienes establecieron su Encomienda en Tarímbaro en el discurrir de 1524, los misioneros franciscanos llegaron al lugar entre 1529 y 1531. No fue fácil. Los nativos desconfiaban de cualquier forastero, independientemente de que apareciera vestido con armadura o hábito. Todos, a fin de cuentas, pretendían algo de ellos. Unos con el crucifijo y otros con la espada, pero todos deseaban incorporarlos a sus intereses. Desconfiaban de los invasores. Ninguno les inspiraba confianza.

Bajo la tierra que exhibe surcos con verduras y cerros que invitan a caminar, a la excursión, a las investigaciones arqueológicas, permanecen ocultos fragmentos de aquella gente nativa que abandonó adoratorios e ídolos para convertirse, como acontecía en otras regiones de México, en la primera generación mesoamericana que miró de frente a los colonizadores españoles, con los que se fusionó y dio origen a una raza distinta e irrepetible.

Uno, al evocar las muchas horas del ayer, se transforma en arqueólogo e historiador. Al encontrarse en el centro histórico de Tarímbaro, el turista descubrirá cual anciana descalcificada, apoyada en muletas, la casona con portales, durante cierto tiempo casi derruida y posteriormente convertida en locales comerciales, donde una noche lejana, la del 15 de octubre de 1811, pernoctó Miguel Hidalgo y Costilla, a quien el pueblo mexicano considera padre de la patria, personaje que encabezó el movimiento independiente contra los españoles.

Cuántos sentimientos e ideas acosarían la mente de Hidalgo, quien ya se encontraba en medio de la nación y ante los desfiladeros del destino, puntual, porque emprender un movimiento, subir la escalera de la historia, no es fácil, y cierto, en ocasiones causa dudas y temor. Él, que quedó estampado en las páginas mexicanas con sus luces y sombras, como todos los personajes de la historia, durmió en la Casa del Diezmo, entre muros que le brindaron abrigo.

Casa del Diezmo durante los años virreinales, hoy, en el siglo XXI, es fustigada por las bofetadas del aire, la lluvia, y el sol, y, sobre todo, por el descuido de la civilización, por la irresponsabilidad de quienes podrían curarla, rescatarla, para convertir sus entrañas en museo, en recinto dedicado al arte, a la cultura, al estudio.

Junto, se encontraba la escuela donde estudió el primer santo michoacano, Bernabé de Jesús Méndez Montoya, quien nació el 10 de junio de 1880. Este personaje vivió a unas cuadras del antiguo colegio, en una casa humilde de adobe que soportaba el peso de las centurias.

En la contraesquina de la antigua Casa del Diezmo, se ubica el atrio del templo dedicado a Miguel Arcángel, patrono de Tarímbaro, donde yace monumental, soberbia, barnizada por la sombra jaspeada de los árboles, la cruz de piedra que durante mucho tiempo permaneció abandonada en el cementerio, cubierta de musgo y rodeada de caracoles, hojarasca y lombrices.

Arbolado, el atrio divide la Plaza Guadalupana de la Plaza San Bernabé de Jesús Méndez Montoya; aunque sobresalen, principalmente, el majestuoso templo de San Miguel Arcángel, al estilo plateresco, construido entre 1580 y 1586, y el ex convento franciscano, que funcionó como hospital durante los minutos virreinales.

Durante todo el año llegan peregrinos a Tarímbaro, unos de ciertos pueblos de Michoacán y otros, en cambio, de la ciudad de México, Guadalajara, Guanajuato e incluso Estados Unidos de Norteamérica, y es que en aquel país radican innumerables michoacanos que algún día abandonaron el terruño y renunciaron a su familia, a sus cosas, ante la falta de oportunidades de desarrollo. Llegan y veneran a Miguel Arcángel, a la Virgen de Guadalupe, a Nuestra Señora de la Escalera o a Bernabé de Jesús Méndez Montoya, santificado por el Papa Juan Pablo II.

Ellos, los peregrinos, acuden al complejo sacro a cumplir una manda, a depositar una ofrenda ante la imagen venerada, a introducir billetes o monedas a las alcancías, a colocar flores, fotografías y otros objetos queridos a un lado del santo de su devoción.

Nadie desconoce que el conjunto religioso consta, además, de una capilla abierta, similar a la de Cuitzeo, donde indudablemente antaño se celebraron misas muy concurridas durante los días de fiesta. Tras el complejo sacro, aparece otro templo virreinal, el que está dedicado a Nuestra Señora de la Escalera.

Cierto que el templo dedicado al Arcángel Miguel, conserva una decoración interesante y gran cantidad de reliquias, entre las que destacan El Nazareno, El Santo Entierro, El Señor del Hospital, El Misterio de la Muerte de Cristo, El Señor de la Columna, la Inmaculada Concepción, una vértebra del santo Bernabé de Jesús Méndez Montoya y, obviamente, el patrono del pueblo. Posee, igualmente, bautisterio, confesionario, coro, órgano y púlpito.

Vetusto, atrapado en una urna, El Santo Entierro muestra su dentadura y presenta un semblante adolorido. Cuentan los moradores que durante la celebración de sus fiestas, lo han descubierto fuera de la urna, ausente de sábana, incorporado y descansando, atribuyendo el hecho a que la imagen se siente fatigada por tantos años de permanecer acostada. Murmuran que en tiempos inmemorables, llegó un hombre desconocido a San Miguel Tarímbaro y pidió posada a una familia; luego partió misteriosamente. Días después, al descubrir abandonada la imagen del Santo Entierro en algún paraje, los habitantes coincidieron con asombro que se trataba del forastero. Cristo había estado con ellos, concluyeron totalmente emocionados.

Los investigadores calculan que la construcción del templo de San Miguel Arcángel fue concluida aproximadamente en 1580 y que una centuria más tarde, en el siglo XVII, se llevó a cabo la modificación de su fachada. La torre, incluso, data de 1825.

Adyacente al templo, el ex convento franciscano, edificado durante el ocaso del siglo XVI, reposa húmedo, lúgubre, solitario, con arcadas de piedra, corredores melancólicos, recintos y muros con frescos, como la pintura que plasma a dos frailes, un obispo y un conquistador, que ahora son hojas del ayer, páginas de una historia distante.

Varios años antes de su fundación, hubo un primitivo convento y un hospital. Fue en ese lugar, hoy sombreado por los tintes del tiempo, donde se registró la cautivante y estremecedora cita entre fray Pedro de la Reyna y Nuestra Señora de la Escalera.

Tras el ex convento franciscano, aparece bello e irrepetible, el santuario de Nuestra Señora de la Escalera, inmueble edificado en 1747. Si allí, en el altar, se encuentra el enigmático bloque con el óleo colonial de Nuestra Señora de la Escalera, bajo el cual fue sepultado fray Pedro de la Reyna, alguna vez los moradores de Tarímbaro trasladaron los restos de la hermana de Tanganxoan, Beatriz de Castillejo Inahuatzi, benefactora y fundadora del pueblo, al templo dedicado a Miguel Arcángel.

Como dato adicional para quienes se interesan en cuestiones religiosas, Nuestra Señora de la Escalera es de las Vírgenes que poseen coronación pontificia; además, su santuario está agregado a la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma.

Aunque el ritmo de la llamada modernidad ha rasguñado a Tarímbaro, en algunas de sus callejuelas todavía existen casas de adobe que suspiran por los muchos días ya consumidos del ayer.

Si San Miguel Tarímbaro se localiza a aproximadamente 12 kilómetros de Morelia, capital de Michoacán, la ex hacienda de Guadalupe se sitúa cerca de este pueblo de tradiciones, célebre por los “toritos” de petate, el pulque y la representación anual del viacrucis.

Como abuela atrapada en un cuerpo enfermo y putrefacto que muere cada instante y se apoya en muletas endebles, la casona añeja desafía a los años, la humedad, la lluvia, el salitre, el viento. Su fachada reposa en arcadas de cantera, en columnas de piedra linajuda y soberbia.

La Hacienda de Guadalupe, construida en el discurrir del Virreinato, en un rincón de Tarímbaro, en un mundo de amos y desposeídos, conserva siete arcadas y un campanario olvidado, solitario, vetusto.

Finca hermosa. Arcadas en la fachada, en el rostro, y también en las entrañas, en la intimidad, en el corazón, en el patio que antaño lucía macetas con flores aromáticas y multicolores en las que posaban, ufanos, abejas, mariposas e insectos.

La ex hacienda de Guadalupe cuenta con portón de madera y algunos detalles y rincones que delatan la presencia distante de familias linajudas, dueñas de riqueza, tierra y vidas. Rincón de amos. Refugio de historias anónimas, alegrías, tristezas, tertulias y fiestas inolvidables.

Una de las haciendas michoacanas más esplendorosas en el siglo XIX, la de Guadalupe, poseía en esa época mil 380 hectáreas y colindaba con propiedades de Chiquimitío, Copándaro y Valladolid.

En la aurora de aquella centuria, precisamente en 1804, Isidro Huarte, comerciante y político, quien fue padre de Ana Huarte y, en consecuencia, suegro de Agustín de Iturbide, emperador de México tras la consumación independiente, adquirió la Hacienda de Guadalupe en 51 mil pesos, heredándola en 1810 a su hijo José Antonio Huarte.

La hacienda tuvo diversos propietarios. Ya en la juventud de la centuria citada, en 1835, registraba un gravamen de 36 mil 380 pesos. Un año más tarde, en 1836, Onofre Calvo Pintado, gobernador de Michoacán entre 1833 y 1834, vendió la finca en 33 mil 500 pesos, incluyendo abrevaderos, caballerizas, casas, capilla, cercados, cerros, huerta, molino, oficina, pastos, potreros, trojes, usos, costumbres, regadíos y, obviamente, servidumbre.

De 1859 a 1893, la Hacienda de Guadalupe perteneció a Luis Gonzaga Sámano. En el siglo XX, en tanto, tuvo varios propietarios, sirviendo desde bodega hasta seminario de padres misioneros y sede de masones.

Incluso, cuando funcionó como seminario provisional durante la persecución cristera, conflicto armado contra la Iglesia Católica registrado en México entre 1926 y 1929, los alumnos y maestros intentaron huir y llegar hasta la catedral de Morelia a través de una cueva que se encuentra entre la ex hacienda de Guadalupe y el poblado de Santa María.

Cada vez que los seminaristas intentaban introducirse por esa arteria natural, las flamas de sus veladoras se apagaban, de modo que nunca pudieron trasladarse a la catedral de Morelia por medio de ese túnel.

Narra la tradición popular que allí, en las habitaciones húmedas y oscuras, y en los rincones desolados del casco de la ex hacienda, suele aparecer la Virgen de Guadalupe. Durante sus tertulias, los moradores refieren historias sobre manifestaciones extraordinarias.

Entre la ex hacienda de Guadalupe y el pueblo de San Miguel Tarímbaro, cerca de la comunidad ejidal Rancho Nuevo, se extiende un puente de piedra con dos arcos que permiten el paso de un río que refleja en sus aguas verdosas las frondas de los árboles que crecen en las orillas y las siluetas de las nubes pasajeras.

Cuentan los moradores de Rancho Nuevo que el puente es contemporáneo a la ex hacienda de Guadalupe y que un día, otro y muchos más soportó galopes de caballos y el paso de carretas, porque era camino por el que transitaban ellos, los amos, los dueños de la finca y de las tierras.

Platican los habitantes de Rancho Nuevo, pequeña población formada con motivo del reparto agrario en las primeras décadas del siglo XX, que allí, en las inmediaciones del puente, por un camino sombrío y de aspecto tétrico por las ramas de los árboles que se unen de un extremo a otro, que a determinadas horas de la noche escuchan llantos de niños, pequeños que supuestamente fueron sepultados en la época de la Hacienda de Guadalupe y del puente de piedra, entre los gruesos muros.

Sus abuelos les contaban que hace centurias existía la opinión de que las construcciones durarían mucho tiempo si emparedaban niños, y creen, por lo mismo, que tales prácticas se efectuaron en los muros de la ex hacienda y del puente.

Otros, en cambio, creen que por esos parajes ronda una mujer, un personaje siniestro al que denominan “llorona”, y los más ancianos aseguran haberla visto en determinados momentos de sus existencias. Después de todo, tales historias forman parte de los atractivos históricos y naturales de aquel rincón provinciano.

Hacienda de Guadalupe que forma parte del recorrido turístico a San Miguel Tarímbaro. Tarímbaro mestizo, reubicado y fundado por la princesa purépecha Beatriz de Castillejo Inahuatzi, el 29 de septiembre de 1545, con autorización del rey Carlos V.

De la ex hacienda de Guadalupe a Chiquimitío, por el rumbo de El Arco, existe un agujero, un orificio, donde ellos, los nativos, siempre se han acercado con la finalidad de escuchar el rumor que proviene del fondo, de algún rincón oscuro y solitario, delatando lo que parece ser un río subterráneo.

Antaño, cuando habitantes de comunidades como Rancho Nuevo, Santa María y Hacienda de Guadalupe, entre otras, caminaban hasta Chiquimitío con la intención de asistir y participar en la misa del buen temporal, miraban el poro, al que se aproximaban para escuchar el murmullo del río oculto en las entrañas de la tierra.

Si colocaban un sombrero para cubrir el boquete, una ráfaga que procedía del interior se los arrebataba de las manos, por lo que suponían, en consecuencia, que la turbulencia del río subterráneo era bastante intensa. Aquel regalo de la naturaleza los ha acompañado día y noche. La gente conoce el lugar como “el hoyo del aire”.

Célebres son, en San Miguel Tarímbaro, los denominados “toritos” de petate, herencia de Vasco de Quiroga. Aseguran los investigadores que el primer obispo de la provincia de Michoacán, diseñó y elaboró unos “toritos” rústicos que posteriormente cubrió con petate, los cuales, por cierto, eran acompañados con música y danzantes.

Hay referencias antiguas respecto a los “toritos” de petate, como la que menciona que el martes 21 de octubre de 1568 salió el padre Ponce del poblado de Queréndaro y que al llegar a San Miguel Tarímbaro, donde celebraría misa, la multitud lo recibió con música de trompetas y chirimías, y con la danza de indígenas enmascarados que bailaban con un toro contrahecho.

Una crónica del siglo XVI recuerda que otro martes, pero de febrero de 1586, llegaron varios misioneros a San Miguel Tarímbaro, donde los moradores los recibieron con chirimías, trompetas y danza de indios con un toro.

Los habitantes de Tarímbaro preparan sus “toritos” de petate con bastante anticipación, con los que bailan los tres días precedentes al miércoles de ceniza. Se trata de una celebración tradicional en el pueblo. Disfrutan su festividad tanto como su pulque tradicional.

Desde minutos coloniales, los habitantes tuvieron devoción al Cristo San Salvador, patrono de los “toritos” de petate. Se trata de una imagen resguardada en el barrio de la Doctrina, que en los años virreinales llevaban los frailes franciscanos en sus misiones; posteriormente, el Cristo San Salvador acompañaba a los “toritos” de petate.

Todavía hace algunos años, durante el domingo de carnaval, los vecinos de los tres barrios de San Miguel Tarímbaro llevaban consigo la imagen y sus respectivos toros de petate. Lo entronizaban en la parroquia durante tres días. Lo mismo hacían el martes de carnaval.

Cuenta la tradición que en ocasiones se manifiesta una gota de sangre en la punta de la nariz del Cristo San Salvador y que si los fieles la limpian y desaparece, significa que él, el Señor, desea una penitencia, un sacrificio; al contrario, si permanece la mancha, no quiere que lo hagan.

Durante el siglo XVIII y parte del XIX, el Cristo San Salvador permaneció en el barrio de la Candelaria, integrándose posteriormente al de la Doctrina, donde los moradores lo conservan hasta la actualidad.

Los habitantes de la región de Tarímbaro, municipio colindante con el de Morelia, la capital de Michoacán, son por tradición personas proclives a las fiestas, y hay, incluso, quienes las califican de muy divertidas y excelentes cuando la música se escucha de determinada comunidad hasta las rancherías aledañas.

Suprema, la naturaleza toma los pinceles y los pasa una y otra vez sobre el lienzo, hasta que pinta un paisaje de intensa policromía; luego sujeta la batuta e interpreta la más augusta de las sinfonías. Y es que San Miguel Tarímbaro, con sus casas, historia, tradiciones y campiña, es canto, cuadro y poema que seduce y encanta los sentidos.

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