El jardín

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cultivó árboles y plantas en el inmenso jardín de la casa solariega. Diariamente, tras regresar del colegio y realizar las tareas pendientes, la acompañábamos con nuestras regaderas infantiles con la intención de derramar el agua sobre aquellas criaturas delicadas de exquisita policromía y deliciosas fragancias.

Igual que personas, los árboles y las plantas poseían nombre e historia, como para que siempre identificáramos cada uno y no olvidáramos que desde el musgo diminuto, las hojas y las flores, hasta los troncos y las ramas balanceadas por el viento, se trata de expresiones de la creación, criaturas vivientes, rostros de la naturaleza que sonríen o entristecen.

Nos enseñó la maravilla del renacimiento, el milagro de la vida. Había que sentir asombro y alegría al presenciar el espectáculo de la naturaleza. Todo era, en el jardín, ensueño y magia. Bastaba con permanecer atentos, entrar en comunión con la flora, para captar los murmullos del universo, el canto del renacer, los susurros de un Dios benevolente.

Así, aprendimos que cualquier terreno, por abrupto e infértil que parezca, puede convertirse en reflejo de un oasis de incomparables belleza y excelsitud. Sólo había que remover los poros de la tierra, llegar a la intimidad de las cosas, y depositar las semillas para dar vida y modificar el paisaje.

Fue ella, mi madre, quien se convirtió en guía de sus pequeños exploradores para internarnos en el jardín, con su sendero empedrado, y abrazar los árboles y percibir las voces de la vida, el pulso de la creación. Hubo ocasiones en que renunciamos al comedor por el pasto y la sombra de uno de los pinos.

Inmersos en aquel rincón edénico, en el jardín de mi madre, entre árboles, plantas, piedras, agua, tierra, pájaros e insectos, entendimos que la vida hay que cultivarla cada instante con amor y detalles para que florezca, de tal manera que si uno diseña un paraíso, tendrá incontables flores que renacerán y se convertirán en ángeles de aromas y colores, y si descuida y agrede el escenario, crecerán abrojos y matorrales que cubrirán de tintes melancólicos y sombríos cualquier paisaje.

Juntos, colocamos cercas y guías para que determinadas plantas crecieran firmes o treparan, y nunca las descuidamos porque sabíamos que con nuestros detalles y atenciones cumplirían su ciclo natural.

En la medida que amábamos y cultivábamos el jardín de la casa, percibíamos el amor, la belleza y el palpitar de la vida. Transformamos un paraje mundano en cielo. Y así es todo en la vida, reflexionaba mi madre, porque de lo que uno cultiva, de los cuidados que tenga el segador, dependerán los resultados durante la cosecha. Todo en la vida -amor, amistad, arte, negocios, salud, estudio- es como el jardín que se atiende y cuida con esmero.

Más grande, en mi adolescencia, mi madre y yo plantamos, ante mis hermanos, un árbol que compró mi padre. Lo cuidamos mucho y atestiguamos, al paso de los años, su robustecimiento. Devolvió, a cambio de nuestra entrega, aire fresco, sombra y vida.

Cuando transcurrieron los años -oh, el tiempo que esculpe jeroglíficos y todo lo convierte en polvo-, y ya muerto mi padre, ella, mi madre, ingresó al hospital para una cirugía de corazón y como el resultado podría ser un sí o un no, encargó a sus hijos mayores el cuidado de los menores, pero también las atenciones a sus plantas que representaban el amor y la vida. Y en verdad tuvo tiempo para regresar un día a su rincón campestre.

Hasta la hora postrera de su existencia, mi madre permaneció cerca de su jardín que aunque más pequeño que el de antaño y en otra ciudad distante a la que nacimos y abrigó nuestra niñez e historia, siempre lució hermoso y como espacio para amar y dar vida porque en eso consiste, parece, el camino a la felicidad y la plenitud.

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