Infectología

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A los 16 años de edad, cuando ingresé al área de Infectología, en un hospital de la Ciudad de México, la enfermera, malhumorada, ordenó que me desnudara e introdujera en la tina que contenía agua con hielos; además, me entregó unas tijeras enormes para que cortara las uñas de los pies en caso de que lo requiriera.

La fiebre me acosaba y volvía torpe. Ella, la mujer atrapada en un uniforme blanco, aprovechó la ausencia de mi padre que se encontraba tramitando mi ingreso hospitalario, para anticiparme que allí, con los infectados, miraría de frente a la muerte, y aseguró que nosotros, los enfermos graves, representábamos la escoria de la sociedad, la inmundicia del mundo, y que quizá, tras días de sufrimiento, perecería como había acontecido con otros pacientes.

Estaba preso en la celda de la salmonelosis, camuflajeada por la muerte, con la apariencia de una y otra enfermedad para desviar la atención y confundir a los médicos, a los especialistas.

Fue un día 10 de enero, en la tarde, cuando iniciaron los síntomas con escalofrío, dolor de cabeza y abdominal, vómito y fiebre muy elevada que provocaba convulsiones. Esa noche, mis padres me llevaron con el médico, quien informó que se trataba de una infección severa en la garganta. Elaboró la receta y empecé el tratamiento.

Conforme transcurrían los días, mayor era la gravedad. Mis padres me llevaron una y otra vez con médicos particulares e incluso del sector público, y en todos los casos, basados en resultados de análisis clínicos, coincidían en que se trataba de una infección en la garganta.

Uno, al enfermar a ese grado, pierde el sentido de las cosas, de tal manera que los proyectos e ilusiones, los bienes materiales, los intereses, resbalan a abismos insondables y emergen, en su lugar, dolores y preocupaciones que acaparan la atención. Como que los esquemas de la vida se derrumban ante las ideas de las enfermedades crónicas y la muerte.

Cuando uno tiene poco más de década y media de vida, difícilmente comprende que la vida presenta luces y sombras y que es tan frágil la diferencia entre la aurora y el ocaso, que en cualquier momento puede descender el telón y dejar inconclusa la trama existencial. Entre el cunero y el ataúd solamente hay un paso. Por eso, en los cementerios, entre árboles de ramas agachadas y entristecidas y sepulcros ennegrecidos, las ráfagas parecen repetir “vive”.

Las atenciones de mis padres, las revisiones de los especialistas, los medicamentos y las inyecciones resultaron insuficientes para contener las altas temperaturas, el vómito, los dolores intensos y las convulsiones.

Tan maquillada estaba la salmonelosis, que confundió hasta los especialistas del Centro Médico, quienes igual que los galenos que les antecedieron, opinaron que yo sufría una infección muy aguda en la garganta.

Finalmente, me recibió un médico de apellido Juambelz, quien tenía su consultorio por el rumbo de Mixcoac, donde se encontraba la casa de su madre. Hombre él ya viejo, con bastante experiencia, pronosticó que mi enfermedad se debía a una infección muy fuerte, y citó la salmonelosis como posibilidad.

Ya debilitado, escuché como entre sueños que mi nivel de gravedad era bastante elevado y, por lo mismo, enfrentaba el riesgo de sucumbir. Aseguró que estaba demasiado grave y que moriría si no me atendían de inmediato. Era primordial que ese mismo día fuera internado en el hospital y los médicos se orientaran a tratar la enfermedad que definitivamente no era causada por una infección en la garganta. En todo caso, el exceso de tratamientos había alterado el cuadro clínico. Recomendó el Hospital de la Raza.

Mi padre luchó contra la burocracia de los empleados y la soberbia de los médicos, quienes a pesar de mi gravedad, rechazaron que sufriera salmonelosis. Ataviados con sus batas blancas y atrapados en su síndrome de deidades, se oponían a los argumentos paternos. ¿Cómo iban a admitir que un hombre ajeno al ejercicio médico les diera indicaciones? En cuanto a las recomendaciones del doctor Juambelz, su orgullo y celo profesional, que no fue más que una actitud superficial y frívola, propia de hombres y mujeres que olvidan que también morirán con todos sus conocimientos acerca de salud, les parecieron exageradas y totalmente absurdas.

A pesar de la oposición de los médicos, mi padre consiguió mi ingreso hospitalario, y es que él no se daba por vencido. Solía expresar que el día que la humanidad dijera “no puedo” y abandonara todo intento de lucha, el mundo llegaría a su fin. Y lo practicó toda su vida.

De este modo, la enfermera que me recibió, menos humana y más con aspecto de carcelera o soldadera, me reprendió y asustó con el argumento de que el área en la que permanecería era la de los más graves, el recinto de la basura entre los pacientes del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Débil y casi sin sentido, me condujeron hasta un área bastante restringida, que consideraban era de los pacientes de gravedad. Me acomodaron en una cama y de inmediato me aplicaron suero. No tardaron en visitarme los médicos, quienes me revisaron minuciosamente y ordenaron exámenes de laboratorio.

Una vez que médicos y enfermeras se retiraron de la habitación, los tres internos que se encontraban en las otras camas me recibieron con la noticia de que momentos antes había fallecido un paciente con síntomas demasiado similares a los que yo presentaba. Bautizaron mi espacio como “la cama de la muerte”, porque referían que todos los pacientes que eran instalados allí, fallecían. Curiosamente, yo fui el único de los cuatro que sobrevivió. Tales señores padecían infecciones intestinales y no tuvieron oportunidad de sanar.

Tal vez resultaría ocioso narrar las pruebas dolorosas e interminables que pasé; pero basta comentar, para dar idea del ambiente, que la enfermera que me introdujo en la zona anal un palo con el extremo cubierto de algodón, lo hizo con brusquedad y exclamó “¡Esto es lo que se siente, para que nunca lo olvides!”

Cómo se mofaban las enfermeras de mi padecimiento e ingenuidad. Cuando me tomaban las placas de rayos X, ingresaban y ante el radiólogo que reía, ordenaban que colocara las manos en la nuca. Reían cuando sentía resbalar los pantalones enormes de mi pijama.

Los hombrecillos de las tres camas vecinas, insistían en fastidiarme, a pesar de que los cuatro recibíamos el aliento de la muerte que acechaba en los corredores, en todos los rincones del hospital.

Desde la cama donde me encontraba -la de la muerte-, distinguía el paso apresurado de camillas, médicos, enfermeras y personal que llevaba tanques de oxígeno y equipos para auxiliar a los moribundos, a los que agonizaban, a los que daban el último suspiro.

Mi madre se hizo cargo de mis cuatro hermanos menores, mientras mi padre permaneció en el hospital prácticamente día y noche, atento a los reducidos horarios de visita y a cualquier noticia, buena o mala, sobre mi salud y mi vida.

Cuando mi padre iba a casa, en las mañanas, con la finalidad de bañarse y mudar ropa, compartía con mi madre las noticias sobre mi estado de salud tan deplorable. Prácticamente, había que estar preparados para el desenlace porque la enfermedad se agudizaba y los especialistas auguraban mi deceso.

Fue en el período de mayor gravedad cuando recibí no solamente la visita de mis progenitores, sino de algunos de mis parientes y vecinos, acto más similar a la despedida, a la visita postrera, al anuncio fatal.

Uno de esos días aciagos, los especialistas anunciaron a mis padres que las esperanzas de vida para mí se acortaban. El cuadro clínico resultaba demasiado complejo, principalmente porque los resultados de laboratorio, al inicio de la enfermedad, habían sido ambiguos y, en consecuencia, provocaron confusión en los médicos que me atendieron previamente- Se perdió mucho tiempo, mientras la infección avanzaba incontenible.

Al recibir la noticia, se abrazaron fuerte, con el amor tan intenso que siempre los unió, hasta derramar lágrimas, fundir sus corazones en uno y comprender que la vida es un sí y un no, y que si hay auroras, arcoíris, cascadas, también existen ocasos, noches frías y desoladas. Se fortalecieron y, a la vez, decidieron seguir luchando conmigo hasta el final; aunque no desconocían, por su formación, que de mí dependería gran parte de mi salvación.

Mi padre volvió a abrazar a mi madre. Lloraron y al mirarse, experimentaron una sensación dolorosa y un vacío terrible, como si se hubieran transmitido calladamente la idea de que su familia se desmoronaba y resultaba preciso, en todo caso, impedir que prematuramente se convirtiera en trozo, ruina, fragmento. Aún no era día de las ausencias.

Atormentado, el hombre abandonó la tristeza e impotencia en la sala de espera del hospital y entró a la habitación infectada, donde yo, su hijo, renunciaba gradualmente a la vitalidad. Mi vida escapaba con cada exhalación. Era un navegante, parece, que se alejaba del puerto, guiado por un viento extraño y melancólico que arrastraba el aroma pútrido de la muerte.

Hombre de incontables vivencias y gran fortaleza, mi padre enjugó sus lágrimas e ingresó a la habitación donde me encontraba. Acarició mi cabeza, me observó y habló pausadamente, con la ternura que lo caracterizaba. Se transformó en un ser humano que mira a otro, su hijo, demacrado e irreconocible por la fiebre, por la infección arrolladora. Era la mayúscula frente a su minúscula que se encuentra próxima a ser borrada de la plana.

Allí estaba el hombre de intensa historia, mi padre, quien alguna vez, durante el desembarco de Normandía, luchó contra la monstruosidad de la Segunda Guerra Mundial, ante su hijo, apenas convertido en adolescente, con una jornada que tal vez quedaría trunca. Aspiraciones, juegos e ilusiones parecían náufragas que en algún momento se rendirían. El rostro con rasgos todavía infantiles, ya reflejaba la silueta de la muerte disfrazada de enfermedad.

Fue claro. No había tiempo para preámbulos. Pronunció las primeras palabras y explicó que lo más probable era que moriría, motivo por el que tendría que ser valiente, medirme, acudir como un caballero a la lucha, demostrarme la capacidad y el deseo de vivir que tenía, poner de mi parte y fundirme con el universo para obtener la salud y energía que huían.

Quienes conocieron su sensibilidad y el amor que tuvo a sus hijos y esposa, aún se asombran al enterarse de aquellas palabras tan crudas; pero eran necesarias para sacudir mi conciencia e inducirme a la mayor de las cruzadas que hasta entonces había protagonizado.

Ese día, al anochecer, me llevé sus palabras y consejos a la ruta que me marcó la agonía. Asistí, en plena adolescencia, a mis nupcias con la muerte, a mi funeral, al vagabundeo al lado de mi consorte.

Mi ser estaba preparado, desde la infancia, para desafiar las adversidades. Solamente los médicos y las enfermeras supieron lo que significó arrojar el ancla de la embarcación al mar embravecido y lanzar el salvavidas al moribundo; mas yo, que crucé el umbral entre la vida y la muerte, libré la lucha más encarnizada que hasta entonces había enfrentado.

Una madrugada, antes de despertar, regresé a mi morada temporal. Vi un destello muy especial en mi interior, como al final de un túnel, y abrí los ojos, liberado de fiebre y ante el asombro de médicos, enfermeras y compañeros de cuarto que posteriormente se agravaron y sucumbieron.

Lacerados por la infección intestinal y muy cerca de las fauces del gran final, ellos, mis compañeros de cuarto, ya adultos, se mofaron de mí y no sólo recordaron mis expresiones durante la agonía, sino pretendieron asustarme con la noticia de que extraerían líquido del sistema óseo, quizá de la columna vertebral o de la cadera, prueba tan dolorosa, aseguraban, que me causaría la muerte, como aconteció a quien ocupó mi cama un par de horas antes de mi ingreso hospitalario.

Si el acoso prolongado de la enfermedad había resultado desgarrador, el de aquel trío fue peor como consecuencia de que los seres humanos, cuando se lo imponen, tienen capacidad para lastimar y destruir.

Llegó un médico sudamericano a mi cama, acompañado de enfermeras y estudiantes, quien se presentó afablemente y me explicó los niveles de gravedad que había enfrentado. Admitió, igualmente, que él y sus compañeros estaban asombrados por lo que prácticamente fue un milagro. Se calificó mi amigo y advirtió que no pretendía lastimarme; aunque era preciso hacerme una prueba un tanto dolorosa para determinar si la infección había provocado algún daño. Y fue así como el equipo me sujetó con fuerza y extrajo, a pesar de mis lágrimas y gritos suplicantes, líquido del sistema óseo.

No morí como lo predijeron una y otra vez mis compañeros de cuarto. Me recuperé y la institución hospitalaria emitió mi alta de Infectología. Cuando los médicos anunciaron la fecha de mi salida del hospital, mi mamá anotó en el calendario de la cocina: “día muy feliz”. Al conducirme al auto, mis padres casi me cargaron porque la debilidad me impedía caminar. El sol, radiante, me deslumbró.

Más allá de cuestiones médicas, aquel período de mi existencia me legó gran aprendizaje: el negocio de la salud en México es tan sucio que amplio número de médicos padecen síndrome de deidades, son arrogantes y lucran con el dolor del que son indiferentes; la perversidad es real en no pocas personas, al grado, incluso, de que aun en el lecho de muerte son capaces de dañar; el amor de los padres es grandioso y dan todo, incluso sus vidas, por el bienestar de sus hijos. La otra lección es que cuando uno tiene oportunidad de vivir nuevamente, tras una prueba mortal, contrae el compromiso de mejorar y aportar algo bueno para los demás.

La vida comienza cada instante, y más cuando uno, alguna vez, ha muerto. Con cada amanecer surge la oportunidad de sonreír, agradecer lo bello y dejar huellas indelebles, para que otros, los que caminan atrás, las sigan y descubran el camino a horizontes más plenos. En uno se encuentra la decisión de protagonizar la historia más bella, irrepetible, plena e inolvidable. Eso es lo que aprendí en el área de Infectología de un hospital, a los 16 años de edad.

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