La bicicleta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El ya fallecido magnate de las salas cinematográficas de México, Enrique Ramírez Miguel, solía parafrasear parte de la cita que en 1930 escribió uno de los seres humanos más brillantes y extraordinarios de la historia, Albert Einstein, a su hijo Eduard, respecto a que “la vida es como andar en bicicleta. Para mantener el equilibrio, debes estar en movimiento”, a la que el empresario mexicano añadió: “la vida es como andar en bicicleta, siempre hacia adelante y guardando el equilibrio”.

Y fue de tal modo que al morir el empresario que fundó cines y plazas comerciales, la sociedad organizada de Morelia, capital de Michoacán, colocó una escultura en la avenida que lleva su nombre, precisamente a unos metros de donde moró, la cual lo representa en una bicicleta y recuerda la célebre frase de Albert Einstein, con la adición mencionada.

El primero de los personajes es fuente de emulación e inspiración para millones de seres humanos, precisamente porque se trata de uno de los genios más grandes de la historia, mientras el segundo, en tanto, fue uno de esos hombres controvertidos que difícilmente se olvidan, con sus luces y sombras.

Ambos se referían a la importancia de mantener el equilibrio y seguir adelante en la vida, como cuando uno anda en bicicleta. Tenían razón. Si la vida parece indiferente a lo que haga uno de la misma, cada acción humana, buena o mala, repercute y marca el rumbo. Uno podrá voltear atrás y a los lados por diferentes motivos, pero jamás deberá quedarse atrapado en el escenario que se deja.

Cuando tuve mi primera bicicleta, a los 10 años de edad, escuché la cita del célebre físico alemán de origen judío, nacionalizado suizo y estadounidense, y aprendí en la práctica, adicionalmente, que si rompía el equilibrio y me distraía con el paisaje que dejaba atrás y empequeñecía conforme pedaleaba, sufriría un accidente. Comprendí, en consecuencia, que basta con que alguien pierda el equilibrio para que resbale y caiga.

Mis padres se las ingeniaban para ser creativos en la formación de sus hijos, de modo que aplicaron la famosa frase cuando aprendí los primeros pasos del ciclismo. Entendí que la existencia no solamente es conservar el equilibrio y mirar hacia adelante; también es experimentar los días de la vida en armonía y con plenitud.

Si uno desea que la historia de la existencia sea irrepetible, grandiosa, bella, intensa e inolvidable, tendrá que enriquecerla cada instante. Las experiencias ajenas a lo cotidiano, a la rutina, son las que de alguna manera enriquecen y dan sentido a las horas de la vida.

Fue mi tía Noemí Bolio, que entonces vivía en Coyoacán, en la Ciudad de México, quien me obsequió una bicicleta antigua y de origen alemán, que databa de la Segunda Guerra Mundial. El ingenio y la tecnología de los alemanes se habían adelantado a su época, de manera que el modelo era diferente a las que existían en mercados como el de México. Era una bicicleta extraña, como seguramente yo también lo fui; pero curiosamente ese modelo, como otros que indudablemente existieron en el mundo, fue antecedente de las que en la actualidad se fabrican.

Aunque en mi infancia ya era una bicicleta con varios años de uso, pero bien conservada, se transformó en uno de mis juguetes preferidos. La utilicé varios años, hasta el ocaso de mi adolescencia. Fue mi compañera de una y otra andanza. Era la novedad entre mis amigos y vecinos, y todos, cuando iban a casa, deseaban probarla por lo menos unos minutos porque se trataba de una bicicleta extraña, diferente, única.

Las llantas de hule eran anchas. Cautivaba la atención por ser distinta. Nadie poseía una bicicleta como aquella. Cierto que unos miraban con asombro la estructura; otros, en cambio, se burlaban no por el porte distinguido de la bicicleta, sino por su rareza; algunos más preguntaban dónde la había comprado.

Me enseñó mi bicicleta que si anhelaba ser disímil, apartarme de las personas adocenadas, tener un distintivo propio, seguramente lo conseguiría si trabajaba arduamente en mi proyecto existencial, como lo hacía cuando pedaleaba y me transportaba a rutas insospechadas.

No bastaba, como la bicicleta, ser distinto a los demás, sino contar con un itinerario bien definido, porque uno puede caminar por rutas existenciales en armonía y con equilibrio, pero carecer de rumbo, y eso no siempre conduce a destinos plenos y seguros.

Aquella bicicleta cómoda, agradable y manufacturada con calidad, se atrevió a ser diferente e innovadora en una época en que la mayoría de los modelos eran similares. Aunque era usada y databa de un período cada día más distante, como fue la Segunda Guerra Mundial, conservó su apariencia encantadora, su estilo y su esencia, a pesar de los gestos, muestras y palabras de asombro, envidia y crítica.

Un día, como todo, el juguete enfrentó su ciclo postrero. Después de años de aventura intensa y vivencias inolvidables, llegó plena a su etapa final, convirtiéndose en recuerdo; pero al dejar huellas durante su jornada, también heredó lecciones, y es que no solamente hay que andar con equilibrio, mirar hacia adelante y conservar el movimiento, sino poseer rumbo, buscar la armonía y la plenitud, disfrutar la excursión con sus claroscuros y experimentar cada instante del viaje existencial. Eso aprendí de mi bicicleta.

A conformarnos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En ciertos sectores de la sociedad mexicana, la gente suele dedicarse a pepenar vidas ajenas y, por lo mismo, descalificar, juzgar y menospreciar a sus vecinos, acentuando sus carencias, defectos y problemas para así compararse y justificar sus fracasos y mediocridad.

Hasta cierto grado, resulta cómodo el hábito perverso de destacar los problemas y rezagos de los demás y tomarlos como tabla de comparación y medición; pero es una trampa engañosa que si de alguna manera opaca al compañero, al vecino, al amigo, al familiar, para que la figura del crítico destaque, también denota conformismo, pequeñez e incapacidad para ser uno mismo y crecer más allá de analogías.

El pasado 3 de agosto de 2015, el presidente Enrique Peña Nieto declaró en el Estado de México que si bien es cierto que la nación no alcanzará los niveles económicos que se desean, existen otros países “a los que les ha ido peor”, y destacó que en un período en el que el dólar rebasó los 16 pesos, su administración ha tomado decisiones con responsabilidad para mantener las variables macroeconómicas que propicien el crecimiento y proyectar confianza al mundo.

Realmente no es cómodo ni grato escuchar la expresión presidencial en el sentido de que a otros países “les ha ido peor” que a México, ya que se interpreta como una justificación de los fracasos gubernamentales, algunos, es cierto, ocasionados por situaciones externas, cuando millones de personas demandan, cada vez con mayor descontento, combatir la corrupción e impunidad y atender, en verdad, temas urgentes como educación, empleo, estabilidad económica, igualdad de condiciones, inversiones productivas, justicia, medidas antiinflacionarias, salud, seguridad y vivienda, entre otros.

Si bien es cierto que la macroeconomía es importante y la imagen ante la comunidad internacional genera confianza en la medida que se acompaña de acciones positivas y reales, las autoridades mexicanas se encuentran en los peores niveles de credibilidad y confianza, y desde hace mucho olvidaron la microeconomía.

En un período en que el enriquecimiento desmedido de funcionarios públicos y políticos parece competencia y dictarse desde las más altas esferas del poder y cuando el número de pobres aumenta, las clases medias enfrentan desestabilización, la corrupción e inseguridad asfixian a todos, la aplicación de las leyes y la justicia es dispareja, las respuestas a los reclamos sociales son lentos y torpes y prevalece una clara tendencia a gobernar sin razón ni transparencia, con inclinaciones al autoritarismo, no es agradable asegurar que a otros países les ha ido peor que a México. Uno esperaría de su líder una propuesta de acciones y lucha, no de comparaciones y justificaciones.

Si aseguro públicamente que a otros vecinos les ha ido peor que a mí, y yo, complaciente, permanezco sentado en un trono ante el desmoronamiento de mi hogar, inmerso en conflictos y discusiones, entre integrantes de una familia deshonesta y farsante, ahogado en la pobreza e inmundicia, seguramente todos reirán y se mofarán de mis palabras. En vez de permanecer sentado como un monarca ajeno a la realidad de mi casa, gozando privilegios a los que nadie puede acceder, tendría que actuar responsablemente y presentar resultados tangibles; sin embargo, cada uno poseemos un parámetro diferente para medirnos, interpretar la realidad y actuar. Por lo pronto, el mensaje que transmitió el mandatario nacional parece indicar que tendremos que conformarnos con nuestra situación nacional porque a otros les ha ido peor.

Arte e historia del templo colonial de Santa Rosa de Lima y del Conservatorio de las Rosas, en Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que gotas de lluvia que al unirse forman charcos capaces de reflejar las nubes plomadas o las estrellas contenidas en el firmamento y que parecen integrar la más hermosa de las diademas, las notas musicales escapan de las celdas antiguas para flotar en el ambiente y ya articuladas, en los corredores con arcos y en el jardín apacible, transformarse en conciertos que cautivan los sentidos.

Una nota, otra y muchas más del piano o del violín se acumulan, motivando a sus ejecutantes a entregarse con pasión al arte, como también las voces de los solistas se preparan para un día, una tarde o una noche, en el escenario, ofrecer sus cantos magistrales ante un público emotivo y sensible.

Cuando uno camina por los corredores y rincones del Conservatorio de las Rosas, donde las arcadas y baldosas se presentan cual mosaicos del ayer o cuentas de las horas coloniales, acuden a la memoria los capítulos de la historia, mientras los sentidos se deleitan con los acordes que emiten los instrumentos y las fragancias, los colores y las formas que presume el jardín.

Uno abre, entonces, los cerrojos de la historia y de las remembranzas. El rostro del pasado asoma de nuevo y es posible armar las piezas, unir los fragmentos, para entender ciertos capítulos de Valladolid, ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541.

Y es que tras desentrañar cada espacio del templo y del Conservatorio de las Rosas, dos de las fincas virreinales más hermosas y significativas de Morelia, la antigua Valladolid, se antoja sentarse en una banca para consultar el libro de la historia y transportarse hasta las horas del siglo XVI, cuando las callejuelas olían a conquista, a evangelización, a trazo de ciudad.

Fue en aquellos días, los de postrimerías de la decimosexta centuria, cuando ellas, las monjas dominicas, llegaron a la ciudad y decidieron refugiarse en uno de los rincones más alejados de la misma, hasta que 202 años después de la fundación de Valladolid, exactamente en 1743, se emprendieron trabajos en la construcción de un templo de estilo barroco, en cuyo interior fueron colocados tres retablos dorados. Estos, los retablos, conservan su complejo estilo barroco y churrigueresco.

El templo fue construido bajo instrucciones del obispo Martín de Elizacoechea, donde originalmente se encontraba el primer convento de las monjas dominicas, que por cierto fue fundado en 1590 y abandonado por sus moradoras durante el primer tercio del siglo XVIII, ya que el inmueble estaba totalmente deteriorado, destinándose el recinto en colegio para niñas. Así se creó el Colegio de Santa Rosa de Santa María.

De fachada doble o pareada por corresponder, en su época, a un convento de monjas, el templo de estilo barroco exhibe una serie de tableros tallados en cantera muy próximos a los portones y ventanales, junto con imágenes como la de Santo Domingo que permanece sobre el contrafuerte central.

Los acordes continúan propagándose en los rincones del Conservatorio de las Rosas, como sigue también el repaso de la fachada del templo de Santa Rosa de Lima que después de la catedral barroca de Morelia, es el recinto religioso de la antigua Valladolid con mayor número de elementos escultóricos.

Los relieves de la magnífica fachada representan a la Sagrada Familia, que permanece sobre la puerta derecha, mientras en la parte izquierda, cerca del otro portón de madera, se encuentra el de la comunidad dominica, con Santa Rosa, a quien está dedicado el templo, en la parte central. Santo Tomás de Aquino figura en el tablero con el sol de la verdad en el pecho y la paloma del Espíritu Santo.

En la misma fachada doble, correspondiente a los años 1746 y 1756, resaltan Dios padre, el Espíritu Santo y Cristo, formando así la Santísima Trinidad. Igualmente, existen cuatro medallones que representan, por parejas, a San Fermín y San Francisco Javier, evangelizadores y mártires de la Iglesia Católica, y a San Martín de León y Santa Teresa, escritor y predicador el primero y la segunda, en tanto, escritora y mística reformadora.

Con tales detalles, la doble portada del templo exhibe su estilo barroco. Hay dos portones, un par de cubos que fungen como ventanas y relieves tallados en la cantera durante la época virreinal.

Ambos portones de madera presentan tableros que el aire, la lluvia, el sol y las centurias se han empeñado en deformar y que, no obstante, conservan rasgos de los hombres-vegetal de añejo linaje medieval.

Todavía sorprendido por los tesoros que oculta el recinto religioso, uno repasa cada detalle del interior para recordar, ipso facto, que existen tres tableros soberbios de un dorado que cautiva la atención, dos bajo la imponente cúpula, precisamente los dedicados a San Juan Nepomuceno y a la Virgen con otras santas. Un retablo se encuentra frente a otro y si uno ostenta la santidad masculina, el otro, en cambio, lo hace con la femenina.

Dos retablos laterales de un exquisito dorado anteceden al mayor, el central, que contiene obispos, predicadores y monjas de innegable santidad, acompañados de la Santísima Trinidad y la Virgen de Guadalupe, patrona de los católicos mexicanos.

Figuran en el retablo central la Santísima Trinidad, la Virgen de Guadalupe, Santa Catalina de Sena, Santa Teresa de Jesús, San Fermín, Santa Rosa de Lima, San Martín, San Francisco Xavier, San Francisco de Borja y el manifestador.

Antecede al altar principal un barandal con figuras de querubines. Están por pares. En medio de cada pareja de querubines se encuentra un cáliz con una hostia, mientras en la parte superior de los mismos cuelgan uvas y hojas de vid.

En el otro extremo del altar central, casi adyacente al par de portones, se encuentra el coro sobre una arcada y la pesada reja de herraje forjado que en la Colonia mantenía aisladas a las monjas, quienes participaban en las ceremonias litúrgicas sin ser observadas por los feligreses de entonces.

Si uno recurre a los archivos de la memoria, a las páginas del álbum fotográfico o a los sentidos, mirará una, otra y repetidas veces la reja empotrada y en la parte superior, tras un barandal de herraje, el órgano con sus flautas ya silenciosas e inertes.

Cuando uno asoma por la pesada reja de hierro forjado y mira el espacio desolado y lóbrego que otrora ocuparon las monjas, parece como si percibiera su presencia; pero aparecen entre las sombras no las siluetas de aquellas mujeres atrapadas en hábitos oscuros y pesados, sino una colección de lienzos coloniales. El recinto ofrece una rica pinacoteca.

Entre el barandal que antecede al altar central y el coro, casi contiguos al vetusto púlpito de madera y al retablo lateral, el enorme muro del templo muestra pórticos que rematan con ventanas protegidas por rejas de hierro forjado, desde donde uno descubre pequeños recintos que actualmente resguardan algunas imágenes sacras.

Cada ventana está dentro de un pórtico. Marcos de piedra sujetan las rejas. Rodean a las ventanas, detalles decorativos como hojas pintadas en el muro. Todos los elementos arquitectónicos y decorativos indican que en las horas coloniales se trataba de confesionarios. Comunican al antiguo Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, considerado el primer conservatorio de América.

La caminata de las horas transcurre y uno, embelesado, orienta la atención a los lienzos, las imágenes sacras, los querubines y los detalles tallados en los retablos dorados, hasta que los susurros de la historia distraen la atención y recuerdan que las celdas, los rincones y las arcadas que hoy forman el Conservatorio de las Rosas, un día de antaño, en horas del Virreinato, fue Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María. Fue construido en el predio que antiguamente ocuparon las monjas catarinas, quienes se mudaron del lugar en 1738.

La institución funcionó en el claustro y contó, adicionalmente, con escuela de música. Las internas, en su mayoría niñas españolas, pobres y huérfanas, junto con algunas viudas, asistían a clases de canto sacro.

Si la fachada barroca del templo es una de las más artísticas, bellas y soberbias de la antigua Valladolid, hoy Morelia, el rostro exterior del Conservatorio de las Rosas, otrora Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, es totalmente sobrio, ya que en la planta baja solamente presenta el pórtico de acceso y contadas ventanas, como si se tratara de una fortaleza, mientras en la parte superior, que fue terraza, existen tres secciones de arquerías que dan a la finca una imagen muy singular.

Al recorrer el claustro, entre la arquería y los lavaderos labrados en cantera, acude a la memoria la imagen del Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, inmueble que había pertenecido al convento dominico de Santa Catalina de Siena, cuya actividad musical, en ambos casos, ha propiciado que se le considere el antecedente más remoto del Conservatorio de las Rosas.

Fundado en 1743, el Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María funcionó hasta los días de 1870, fecha en que fue clausurado de manera definitiva tras casi una década de dificultades; sin embargo, los especialistas lo consideran el antecedente y el inicio de lo que han catalogado como el conservatorio más antiguo de América.

Igual que las gotas de lluvia que se han acumulado entre las baldosas, las notas musicales se disgregan por los corredores y rincones del Conservatorio de las Rosas. Se desvanecen con las horas del atardecer cual suspiro fugaz y postrero, al mismo tiempo que uno cierra las aldabas de la historia y los recuerdos.