La Alberca, majestuoso paraje natural de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Huele a tierra mojada, a hierba, a flores silvestres. Las sendas se bifurcan y conducen a parajes intrincados por la vegetación, donde los insectos se ocultan y coexisten en un mundo minúsculo. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo de la mañana acaricia la piel.

Conforme uno asciende, contempla la llanura de lo que fue la ciénega de Zacapu y las montañas que se abrazan cual cómplices que se deleitan con el inacabable paisaje natural que presencia, imperturbable, los ciclos de la vida, con sus auroras y ocasos, sus primaveras y veranos, sus otoños e inviernos.

Las mariposas vuelan y posan, delicadas, sobre las flores, mientras los pájaros de bello plumaje hurtan la semilla, pican el fruto, o vuelan raudos para refugiarse en las frondas, donde construyen nidos y entonan conciertos que se funden con los susurros del viento.

Existe relación, parece, entre las hojas que desprenden las caricias desgarradoras del aire, la flor casi imperceptible entre la intensidad del verdor de la naturaleza, y las gotas de la lluvia, las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata de los aventureros.

Cuando uno llega, al fin, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, los sentidos quedan arrobados al contemplar, ipso facto, el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del viento, que refleja las siluetas del bosque y la coquetería de las nubes de efímera existencia.

Uno siente, al admirar el paisaje lacustre, que ha llegado a un mundo mágico, a un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, para gozar anticipadamente las delicias de un edén perdido.

A una hora y a otra, en la mañana y en la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices encantadores y mágicos que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a caminar o correr por las veredas, con una gran sonrisa al experimentar el vuelo de la libertad.

Estas mañanas nebulosas y frías y las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, a los poros de tierra, para besar, cual enamorado a su amada, al lago que responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman coquetas, enamoradas, seductoras, al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, y desde la altura, igual que los músicos con el violonchelo y todos los instrumentos de la orquesta, colaboran con el sol en el concierto excelso de colores.

Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Manto hermoso, velo prodigioso. Escenario mágico y maravilloso.

Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en la piel lacustre, en el rostro de agua que allí permanece, atrapado en el cráter, desde hace milenios.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cerro, el cono volcánico.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza, con la creación. Percibe el palpitar del universo y de la vida en cada rincón.

Al sentir los ósculos del aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y sus manos, el viajero se estremece y comprende, entonces, que forma parte del todo.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo es nota del mismo concierto, de la sinfonía universal, de la música que proviene de la existencia eterna.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Narra la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje con rasgos lacustres y volcánicos.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

Ya en ese momento, casi para llegar a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España, él, fray Jacobo Daciano o de Dacia, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado, musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza. Siente energía y tranquilidad.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distraerá la atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. El silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones al interior del ser. Sólo quien lo ha vivido, comprende el estado de armonía que prevalece en el lugar.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un suave arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente auténtico, pleno, real.

Si es anacoreta, místico, disfruta la soledad y percibe el aliento de la creación; si es deportista, prosigue su caminata alrededor del lago; si es artista -escultor, músico, pintor, poeta-, abre los brazos y recibe el amor de las musas.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o a introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes dentro de la eternidad, el pulso de la creación, el palpitar del universo, el saludo de la vida.

En aquel paraje insospechado se encuentra consigo, con el todo, con el uno, o sencillamente le jura amor eterno a su pareja; pero evidentemente, hay que admitirlo, algo habrá cambiado en él, en ella, que su visión del mundo y de sus cosas será otra. Algo destilan los rincones cubiertos de maleza, salvajes, solitarios, que al paso de las horas adormecen, arrullan, envuelven con su hálito misterioso.

Cuando hace algunos años investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No encontraron el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con el ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénega de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénega de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénegas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella como la de hoy: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénega de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénega tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénega hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un eco de la creación, un trozo del poema de la vida dentro de su fugacidad.

Quizá solitario o tomado de la mano de alguien, uno descenderá y escuchará, ocultos en las frondas de los árboles y en los matorrales, el concierto de las aves y de los insectos, en una pretensión de recordar que la vida es breve y que parajes como La Alberca, enclavados en ciertos rumbos del planeta, son para disfrutarlos con plenitud e incluirlos en la ruta existencial, en una historia inolvidable que es para enriquecer al ser y relatar con emoción.

Lago de Camécuaro, su magia y encanto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si alguna vez, dentro de la brevedad de la existencia, uno se despojara, por fin, de las ataduras y del ropaje artificial, de la rutina y la monotonía, para sentir las caricias y el vuelo de la libertad? ¿Y si al caminar descalzo por sendas insospechadas, uno sintiera el roce de la hierba y las flores minúsculas, el barro, el agua helada, el viento húmedo? ¿Y si una mañana, al introducir los pies al lago, abrazar los árboles de cortezas musgosas o contemplar las burbujas que surgen diáfanas de la intimidad de la tierra, uno mirara hacia arriba, al cielo, para descubrir nubes plomadas de formas caprichosas? ¿Y si uno decidiera, entonces, correr bajo la lluvia vespertina, experimentar las gotas que se deslizan sobre la piel y percibir las caricias de la vida? ¿Y si, finalmente, tras el aguacero, uno marchara nuevamente hacia el puente colgante, a la orilla del lago, las raíces de los ahuehuetes o la alfombra de la naturaleza con la intención de buscar los poros de la vida y tocar los arcoíris?

La vida es bella y, a la vez, tan breve, como si con sus enigmas y siluetas se empeñara en invitar a experimentarla plenamente. Hay quienes no atienden los susurros de la naturaleza, disfrazados de aire, lluvia, río o trueno, y hasta los desdeñan, como si el concierto de las aves valiera menos que el hechizo de un aparador con reflectores; aunque a otros, en cambio, les cautivan los ecos del silencio, los murmullos de la creación, y aprenden a fundirse con la hoja que se desprende del árbol, con el agua ondulada al soplar el viento, con la flor polícroma y fragante, con el palpitar de la vida que está presente en cada expresión dentro de la flora y fauna.

Es en el lago de Camécuaro, que en lengua purépecha significa “lugar de baño”, donde uno experimenta, al caminar o pernoctar, la maravilla de encontrarse aquí, en medio de la vida y el mundo, con la opción de cavar una tumba para no admirar ni disfrutar las bellezas naturales, o al contrario, entregarse a los arrullos de la creación, al palpitar de cada rincón lacustre.

Desde que uno llega al parque nacional, enclavado en el municipio michoacano de Tangancícuaro y a aproximadamente 14 kilómetros de la ciudad de Zamora, queda arrobado al contemplar los ahuehuetes centenarios de troncos arrugados y raíces entrelazadas, similares a un tejido caprichoso que se extiende sobre la superficie, a la orilla del manto acuático de tonalidades azuladas y verdosas.

Unos ahuehuetes o sabinos emergen del lago, mientras otros, sus vecinos, miran sus ramas agachadas en el espejo de agua cristalina, de donde escapan incontables burbujas de la intimidad de la tierra. Algo maravilloso impulsa el burbujeo en los manantiales -mil 37, dicen unos, y más de dos mil, aseguran otros-, como si uno asistiera al espectáculo de la creación, al nacimiento del lago, a la formación del mundo.

Al iniciar la caminata, aparecerá, magistral e imponente, la orilla amurallada con árboles que parecen abrazarse desde horas no recordadas para custodiar el espejo acuático de jade y turquesa, morada de peces y patos silvestres.

Los enamorados, quizá tomados de las manos, correrán entre los árboles corpulentos y las raíces entretejidas, sin importarles, porque así son, empaparse, y hasta posarán para una foto aquí y otra allá, que un día, al mirarlas en el álbum de las remembranzas, les arrancarán hondos suspiros; las familias elegirán los sitios más bellos, donde convivirán y escribirán capítulos irrepetibles que siempre quedarán almacenados en la memoria; los poetas, artistas, pensadores y místicos buscarán los parajes más desolados, en los que sentirán la presencia de las musas para inspirarse y crear sus obras, descubrir las fórmulas y percibir el pulso del universo.

Habrá quienes prefieran nadar o bucear en el lago de Camécuaro, de donde relata la tradición purépecha que durante los días prehispánicos se desarrolló el romance intenso entre un joven guerrero y una sacerdotisa de belleza cautivante que habitaba un templo de Tangancícuaro.

De acuerdo con la tradición indígena, el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de dioses de barro y piedra, y el hombre de incontables aventuras y batallas, tuvo un desenlace trágico porque durante su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban ser dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora aciaga, según la tradición oral, los espíritus de ambos enamorados permanecen en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra versión de la leyenda, un tanto distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco y al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

Así, el espíritu de la doncella purépecha habita en las profundidades del lago de Camécuaro, que también significa, para otros, “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que ella, la joven desafortunada, desea un hombre, un ser del sexo masculino, sin importar su edad, alguien muere ahogado en el lago que en algunas zonas registra profundidades hasta de seis metros.

Quien camine lejos del bullicio, descubrirá un puente colgante que une las dos orillas, desde el que los viajeros admiran el paisaje lacustre, las montañas azuladas ante la distancia y los cultivos de intenso verdor que se extienden en la campiña. El agua se funde en el río Duero que tras su caminata infatigable, besa, kilómetros después, la corriente del Lerma.

El parque nacional de Camécuaro, tiene una reserva de 9.65 hectáreas y se sitúa a mil 700 metros sobre el nivel del mar; sin embargo, el lago y sus alrededores están protegidos y cuentan con bancas, asadores, restaurantes, juegos infantiles y algunas sendas. También es sitio para pasear en lancha, bucear, nadar y acampar.

Aquellos que alguna vez se han sentido enamorados e inspirados, quizá han dejado parte de su esencia en el parque nacional, en el agua pintada de matices azules y verdes con los pinceles de la creación, porque al caminar, al correr bajo la lluvia, al introducir los pies al agua, al sentir el barro que cubre sus pieles, han compartido la delicia de la vida y derramado las horas en el espejo del paraíso.

Y si las mañanas y las tardes asoman al lago, con sus auroras y crepúsculos postreros, en las noches la bóveda celeste aparece magistral, con incontables luceros que alumbran a los caminantes, estrellas que guían sus sendas, en un concierto de incomparable armonía y plenitud.

Días y noches de ensueño los que uno, al renunciar a la cotidianeidad, a la rutina, incluye en sus capítulos existenciales, en el volumen de una historia irrepetible, maravillosa e inolvidable, y la jornada en el parque nacional de Camécuaro, alrededor del lago, forma parte, sin duda, de horas intensas que igual que las burbujas que escapan de las hendiduras de la tierra, se diluyen porque eso es la vida, una esfera fugaz, una ilusión, un encanto pasajero.

Para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me parece que las historias más cautivantes y grandiosas de amor inician con pequeños detalles, con una sonrisa y otra más, con la ilusión de reconocerse al mirarse retratado en los ojos del alma gemela, con la alegría de compartir cada instante existencial, con la emoción de correr bajo la lluvia y con la esperanza de que tan sublime sentimiento lo guíe a uno a la inmortalidad, donde palpitan la vida, la plenitud, la belleza y la armonía. Quien ama así, se anticipa y abre las puertas de un cielo maravilloso.

Ni en 1883 ni en 2015

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya en 1883, en su obra “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, quien fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, escribió: “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria”.

No obstante, el autor admitía que “puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Continuaba el investigador al referirse que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, de cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces”, y terminaba con un etcétera que motiva a suponer que las otras actividades eran irrelevantes.

Igual que hoy, hace 132 años predominaba el comercio en la capital michoacana, mientras la industria era insípida. Llegaban los productos del campo y se comercializaban, según reseñaba, en la plaza. Juan de la Torre explicaba que el comercio consistía “en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Morelia, la capital de Michoacán, no se ha caracterizado por contar con grandes industrias, como tampoco la mayor parte de la entidad; sin embargo, desde postrimerías de siglo pasado, en la década de los 90, gobernantes y funcionarios públicos han hecho creer a la población que se instalarán armadoras de automóviles, que existe interés por parte de reconocidos inversionistas mexicanos y extranjeros en establecer fábricas, que se encuentran en “pláticas” con capitalistas importantes, y al final, hay que recordarlo, todo queda igual porque resulta una farsa o los supuestos dueños del dinero optan por alternativas diferentes.

No hay que gastar los recursos públicos en más estudios e investigaciones sobre el tema, cuando la realidad se encuentra ante la mirada de toda la sociedad: las vocaciones de Michoacán son, invariablemente, las actividades agropecuarias y el turismo; la industria es factible y debe dirigirse, principalmente, a los sectores fuertes del estado, no a fantasías ni mentiras.

Bien es conocido que Michoacán ocupa primeros lugares en diferentes productos agrícolas, como también es evidente que no solamente hay que comercializar e incluso exportar las frutas y verduras frescas, sino darles valor agregado, con lo que mayor número de familias resultarán beneficiadas económicamente.

Las agroindustrias que tanto se han mencionado en los discursos de gobernantes, funcionarios públicos y políticos, deben concretarse en Michoacán para dar mayor valor a la producción agropecuaria. Mientras las autoridades no den énfasis ni trabajen con resultados en ese rubro, los michoacanos seguirán cortando trozos de periódico para envolver las papayas y arrojarán a los desperdicios toneladas de mangos, toronjas y otras frutas.

Obviamente, Michoacán es rico en minerales y diversos materiales. También es fundamental aprovechar esa potencialidad que se mantiene olvidada y que, en otros casos, es motivo de saqueo.

Paralelamente, una estrategia bien diseñada y aplicada en materia industrial facilitará la atracción de otra clase de industrias; no obstante, antes habrá que dar prioridad a lo que ya se tiene, a las fortalezas del estado.

Hay que admitir que ni Morelia, como capital del estado, ni Lázaro Cárdenas, con su puerto tan reconocido, son modelo de éxito industrial. En la zona costera de Michoacán, la mayor parte de los habitantes coexisten en la miseria e inseguridad, y solamente miran el paso del progreso en el ferrocarril insensible de hierro, con su silbato imperturbable, hacia el Distrito Federal, Estado de México y otras zonas del territorio nacional.

Si la industria acerera ha prosperado, es porque en aquella región costera se encuentran los yacimientos; pero los conflictos sindicales, la inseguridad y los problemas sociales representan una continua amenaza para esa clase de fábricas que invierten millones de dólares.

En el caso de la Ciudad Industrial de Morelia, la asfixian las colonias, los asentamientos irregulares que le rodean, los fraccionamientos. Es un parque fabril de juguete comparado con los de los estados vecinos de Jalisco, Guanajuato, Querétaro y Estado de México.

Carente de infraestructura acorde a las necesidades de la hora contemporánea, la actual Ciudad Industrial de Morelia mezcla sus actividades fabriles con bodegas y calles desiertas en las que la seguridad es deficiente.

¿Algún inversionista del ramo automotriz tendrá interés en establecer una de sus plantas en la zona industrial de Morelia o de otra ciudad michoacana? Aunado a lo anterior, la efervescencia e inestabilidad social, junto con gobiernos tambaleantes y poco o nada comprometidos y responsables, más la inseguridad, los conflictos, las finanzas públicas deterioradas y la ausencia de un proyecto estatal que contemple a todos los sectores, se convierten en ingredientes tóxicos para cualquier empresa, independientemente del ramo al que se dedique.

Maestros, normalistas, moradores de casas de estudiantes, sindicalistas y otros grupos no tienen idea del daño que causan a las actividades productivas cuando bloquean carreteras, accesos a ciudades, caminos, instituciones bancarias, edificios públicos y avenidas.

Con relación al turismo, es tan poco valorado por las autoridades estatales, que hasta hace unos días el edificio sede de esa actividad, estuvo en riesgo de ser donado a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, de modo que la dependencia, de por sí con un presupuesto recortado, hubiera enfrentado problemas graves para conseguir un espacio rentado.

Tal actitud define, en breves palabras, lo que el turismo significa para los gobernantes: nada. La presión social influyó para que los legisladores recién salidos, que se caracterizaron, en gran parte, por arrogancia, discusiones estériles, falta de transparencia, ignorancia e improductividad, no aprobaran la desincorporación del edificio emblemático que corresponde a la Secretaría de Turismo en el estado.

Si las autoridades y los políticos son incapaces de fortalecer e impulsar las dos vocaciones de Michoacán -sector primario y turismo-, sus declaraciones, estrategias y políticas siempre resultarán fraudulentas y lejanas de la realidad, y cualquier promesa sobre la atracción de inversiones productivas en el rubro automotriz o en otros ramos, se desmoronarán como ha acontecido hasta el momento.

Michoacán necesita con urgencia políticas, estrategias y acciones reales, acordes a los planteamientos contemporáneos, que verdaderamente redunden en el progreso integral de sus habitantes, no dependencias que favorezcan a los funcionarios y sus amigos, desde las que no pocas veces se hacen negocios particulares.

Los grandes parques industriales serán una realidad en la medida que se ofrezcan y garanticen las condiciones para el establecimiento de fábricas sólidas, generadoras de empleos e impuestos que se traduzcan en riqueza. Mientras no suceda, los michoacanos verán pasar el progreso en un ferrocarril que les ha robado dinero y tiempo al atravesarse y maniobrar en la capital michoacana cuantas veces se les ocurra a sus directivos y empleados.

Con casi década y media perdida como consecuencia de malos gobiernos, Michoacán comienza a presenciar su funeral en materia empresarial. Si las autoridades y los políticos no reaccionan ni enmiendan el camino para atraer capitales y fortalecer las actividades productivas, el escenario fabril resultará similar al de 1884, cuando en su obra Juan de la Torre señalaba “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria”, con la diferencia de que la sociedad de 2015 no es la de hace 132 años.

La historia habla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La historia habla. Da lecciones a cada generación. Solamente aquellos que desconocen el método para descifrar e interpretar sus mensajes, resbalan una y otra vez y quedan presos en los errores del pasado. Son pueblos que, como el de México, no entienden que sus gobernantes, los que durante décadas los han controlado y manipulado, diseñaron y tejieron una historia falsa, casi con santos y demonios, en la que es más importante memorizar nombres, fechas, acuerdos y batallas que comprender el sentido de los hechos y la realidad nacional.

Existen ciertos personajes históricos en México que son intocables. Supuestamente representan un patriotismo grandioso y los ponen de ejemplo para millones de personas; sin embargo, bastaría con escudriñar sus vidas, sus acciones, para entender lo que en realidad fueron. Así, si a la clase política le conviene enseñar que cierto presidente repartió la tierra en beneficio de los campesinos, y no explica que fue para arraigar a las turbas y evitar que se sumaran a un nuevo movimiento armado, con los consecuentes daños a la productividad agropecuaria al cuadricular los terrenos y propiciar resentimientos y pleitos comunitarios, o si sólo destaca que el hombre, casi un ángel, arrancó el petróleo de manos extranjeras y no delata los abusos que cometió al favorecer a sus descendientes, no le importa distorsionar la historia porque finalmente le es primordial tener las condiciones propicias para continuar saqueando al país. Efectivamente, una nación sin historia ni civismo.

Si a ellos, los que integran la élite del poder, les interesa más resaltar la grandeza de los revolucionarios y colocarlos en el nivel de paladines, sin mencionar que en su mayoría, ya libertinos y resentidos, actuaron como bandoleros, saqueadores, borrachos y violadores, a cambio de hundir la figura de un presidente que se convirtió en dictador, con sus luces y sombras, al que paradójicamente emulan al favorecer políticas que dañan a millones de familias, en realidad no los importa el destino nacional porque están empeñados en abusar y enriquecerse desmedidamente.

Antes, las mayorías andaban descalzas, no sabían leer ni escribir, se condenaban en las tiendas de raya, coexistían entre enfermedades y miseria, con trabajos infames; ahora, en el tercer milenio de nuestra era, la gente compra automóviles, posee tarjetas de crédito, adquiere celulares y equipos de cómputo bastante caros y sofisticados, acude a los clubes y aparenta lo que no es, sin percibir que continúa en la misma situación de mediocridad que hace más de una centuria.

Con una moneda transformada en chatarra, que no vale nada y proyecta el basurero en que se ha convertido México, y que ya ni siquiera presenta las imágenes de los héroes nacionales ni ideales patrióticos, los habitantes de este país están atrapados en las consecuencias de no haber asimilado las lecciones históricas. Una y otra vez cometen los mismos errores, y las consecuencias son, precisamente, gobernantes corruptos, políticas demenciales y progreso nulo..

La historia habla. Nunca miente. Hoy, la sociedad mexicana tiene un gobierno con tendencias autoritarias, represor, corrupto, insensible a las necesidades mayoritarias, falso, derrochador e injusto, más proclive al espejo, a la ropa cara, a las reuniones con la nobleza europea, a coquetear y prostituirse con la comunidad internacional, que a reaccionar y trabajar por el desarrollo de innumerables personas que coexisten en la pobreza.

Y si esta clase política mexicana se ha empeñado en distorsionar y ocultar la verdadera historia del país, su ambición e ignorancia la conducen a perderse por olvidar u omitir las consecuencias del abuso de poder. Los gobernantes, funcionarios y políticos siguen empeñados en su ceguera, en su irresponsabilidad histórica y social, sin recordar, acaso, que los síntomas de descontento social no son solamente notas periodísticas que generalmente pueden callarse a cambio de dinero y prebendas, sino una realidad creciente que al final desencadenará un estallido con lamentables consecuencias para todos.

El pueblo mexicano, históricamente sometido al capricho y a los intereses perversos de quienes lo han gobernado, no solamente enfrenta las consecuencias de políticas y acciones erróneas, sino la obstinación de sus gobernantes en que todo marcha bien, a pesar del escenario internacional, junto con la creciente descomposición que ha intoxicado casi todas las instituciones, desde la familia, que es el núcleo de la sociedad, hasta las más altas esferas del poder.

La historia habla y se repite. Actualmente, el menú no ofrece grandes alternativas. Alguien se adueñó de la cocina, del horno, de la alacena. La mesa está servida con todos los platillos e ingredientes que irremediablemente conducirán al caos. El mandatario nacional critica a quienes hablan mal del ejercicio y los resultados de su gobierno, y hasta da ejemplo de inversiones, generación de empleos e inflación supuestamente controlada -claro, todo estampado en estadísticas-, cuando bastaría con que saliera a la calle sin escoltas ni acompañado de los señores y señoras encargados de transformar los escenarios en los que se realizan las giras presidenciales, donde todo está fabricado con la intención de ocultar la verdad lacerante de las mayorías, para que descubriera que no es lo mismo que su esposa e hijas viajen al extranjero a comprar vestidos carísimos y rodearse de superficialidades, que ser uno más de los incontables mexicanos que diariamente coexisten en una realidad desafortunada.

Mientras los mexicanos continúen indiferentes a las condiciones que ya atentan contra su integridad, sus familias, sus patrimonios y su nación, alimentarán de manera permanente a quienes se han apropiado del país con el objetivo de beneficiarse económicamente. Sin duda, a pesar del malestar social contra la corrupción e impunidad crecientes, las injusticias, la represión, la inseguridad, los abusos y la incompetencia gubernamental, entre otros síntomas de descomposición, la actual gestión presidencial quedará como un capítulo más dentro de la oscura historia, igual que yacen en el olvido las administraciones nefastas de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid y otros.

Cierto, los capítulos se repetirán y formarán parte de un grueso volumen de historia salpicada de infortunios para millones de mexicanos que tienen en su memoria -así se los inculcaron- las imágenes de héroes y traidores, buenos y malos, santos y demonios, como si se tratara de una religión. Aquí, en la realidad mexicana, la gente tiene mayor interés en oír la estridencia de los bufones de la televisión y mirar el teatro futbolero, las telenovelas, los chistes y morbosidades que abundan en las redes sociales, beber la copa, que escuchar los susurros de la historia que anticipan que algo anda demasiado mal en este país.

Le ganó la pasión

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Le ganó la pasión. Se define como físico, filósofo y académico mexicano; pero quizá su afán de transitar a la historia o tal vez sus compromisos con la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, de la que fue rector antes de que lo convirtieran en gobernador, tuvieron mayor peso que la lógica. Resulta que a menos de un mes de que concluya su gestión como mandatario michoacano, Salvador Jara Guerrero pretende sumar un lastre al de por sí quebranto económico que mantiene hundido al Gobierno de Michoacán, y es que desea que los legisladores locales aprueben la desincorporación del edificio que ocupa la Secretaría de Turismo para cederlo a la institución universitaria, específicamente a la Facultad de Derecho.

Evidentemente, quienes integran la ya casi saliente legislatura local, tampoco se distinguieron durante su ejercicio por su brillantez; al contrario, los abusos, la ignorancia y los pleitos fueron los puntos que la destacaron y colocarán en la historia como una de las más mediocres. En todo caso serían ellos, los diputados, quienes podrían aprobar irresponsablemente la propuesta del gobernador michoacano.

De acuerdo con los empresarios, el Gobierno de Michoacán, sumido en una deuda millonaria, debe rentas a particulares hasta por tres años. Su incapacidad financiera le impide cumplir sus compromisos. Lo peor es que si logra que el Congreso del Estado apruebe la cesión o regalo del edificio público a la institución universitaria, la Secretaría de Turismo tendrá que ser trasladada a una sede nueva en la que pagará renta de su de por sí menguado presupuesto, el cual, por cierto, cada año es menor gracias a la falta de sensibilidad de los legisladores.

Lejos de que su cierre de gobierno sea magistral, la administración jarista arruinará más a los michoacanos. Si la donación del inmueble es originada por un compromiso, un acto altruista, un sentimentalismo o el afán de pasar a la historia, definitivamente los michoacanos no tienen la culpa de tales lucubraciones e impulsos. Las condiciones económicas de Michoacán y México son desfavorables como para tomarse la libertad de obligar a una dependencia a abandonar su casa y pagar renta. Eso significará que el escaso presupuesto se fugará más en cuestiones de gasto corriente que en aplicarlo en promoción turística.

Habría que tomar un lápiz y hojas para hacer cuentas. La actual administración estatal invitó a trabajar en sus dependencias a innumerables amigos, recomendados y académicos que ganan sueldos bastante elevados y que en realidad no son necesarios en sus cargos. Si en vez de despilfarrar los recursos del erario público en favorecer a esa nueva casta de funcionarios, la actual administración hubiera ahorrado para construir un edificio dentro de Ciudad Universitaria, ahora no habría necesidad de despojar a la Secretaría de Turismo de su sede y dejarla desnuda.

Es incongruente que mientras a nivel federal se califica la actividad turística como estratégica y prioritaria, en Michoacán se le minimice y hasta se le arrebate su edificio a una dependencia tan importante.

Michoacán tiene dos vocaciones: la turística y la agropecuaria. Traer armadoras de vehículos y otros inventos de funcionarios respaldados por aplausos, es soñar porque ni siquiera existen condiciones para cristalizarlo ni se perciben intenciones por parte de la clase política. Así que el turismo y el campo son las dos fortalezas de Michoacán y lejos de debilitarlas y ahogarlas, es preciso impulsarlas.

Despojar de su sede a una dependencia estratégica como es la de Turismo, no es lo mismo que encontrarse parado ante alumnos en un aula y realizar algún experimento científico, filosofar o escribir números y borrarlos en el pizarrón. Por si no lo sabe la clase política, el turismo en Michoacán aporta el 8.7 por ciento del Producto Interno Bruto y genera más de 160 mil empleos directos, sin contar, desde luego, a un número superior de 40 mil artesanos.

¿Qué pensaríamos de una familia que enfrenta quebranto económico, diferencias y problemas, y que lejos de fortalecerse, decide regalar su casa para posteriormente rentar una? Eso es lo que acontece en Michoacán.

¿No quieren trabajar?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando Julia leyó el anuncio laboral en el periódico, experimentó alegría y hasta pensó, en broma, que el texto estaba dirigido a ella porque la empresa solicitante no exigía edad ni experiencia, y es que para una persona como ella, con más de 40 años de edad, resulta complicado obtener una contratación.

Ese día, con el apoyo de su padre jubilado, compró una solicitud. Miró su imagen apagada y entristecida en el espejo y consideró que necesitaba solicitar el empleo con seguridad y buena presentación. Comprendió que el mercado laboral es de competencia despiadada y que muchas veces quienes toman las decisiones, al aprobar una solicitud, se interesan más en el rostro y el cuerpo que en la capacidad, experiencia y honestidad. Piensan más en ir de la mano con la empleada a un romance fugaz, que transformarla en colaboradora e integrante de un gran equipo.

Durmió con la idea de que conseguiría el empleo. Imaginó que por fin, tras más de un año de búsqueda, recibiría la contratación y al menos obtendría un salario digno para ayudar a sus padres y cubrir el costo de sus necesidades básicas.

Al siguiente día, despertó muy temprano y abordó un camión que le cobró siete pesos de tarifa y la dejó en el centro histórico de la ciudad de Morelia, capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México, donde esperó otro transporte público que le cobró la misma cantidad.

Durante el trayecto, miró a las mujeres que se trasladaban a las escuelas, a los empleos, quienes portaban bolsas y zapatos de piel medianamente cuidados. Unas expresaban su descuido y se maquillaban en los asientos colectivos, como si se encontraran en el tocador desordenado; otras, en cambio, miraban sus apariencias en espejos portátiles, enviaban mensajes por celular o presumían sus perfumes y hasta la estancia en un restaurante. Así, como ellas, seguramente viajaría muy pronto Julia, con la seguridad de contar con un ingreso semanal o quincenal.

Imaginó que pronto apoyaría económicamente a sus padres, los llevaría al médico y atendería sus necesidades; aunque también habría oportunidad de ir al cine, acudir con sus amigas al café, comprar ropa y zapatos. Sonrió. Miró a través de la ventanilla del camión y revisó nuevamente la dirección inscrita en el anuncio laboral del periódico, como para cerciorarse de que no se había extraviado. Iba por la dirección correcta.

La empresa solicitante era un centro de copiado con algunos artículos de papelería en una institución educativa. La mujer que la atendió, al parecer la encargada, la recibió malhumorada, Ordenó que se sentara mientras revisaba varios documentos dispersos en su escritorio; luego gritó a una de las empleadas, a quien pidió fuera a la cafetería por un refresco y una torta. Como que recordó que Julia esperaba porque le preguntó si llevaba la solicitud.

La mujer leyó rápidamente, casi sin atención, los datos escritos cuidadosamente por Julia en la solicitud. Le formuló varias preguntas para finalmente anunciarle que estaba contratada, que podría quedarse a trabajar a partir de ese día.

Inquieta, Julia preguntó por el sueldo, las prestaciones laborales, el horario de trabajo y las funciones específicas que desarrollaría, dudas que exasperaron a la mujer, quien declaró que percibiría el salario mínimo, dispondría de una hora para comer y llevaría a cabo tareas desde barrer y trapear el centro de copiado hasta operar el equipo duplicador y engargolar.

¿Sueldo mínimo?, preguntó Julia. Sí, respondió la señora cortante, como si la pregunta le hubiera ofendido. Julia recordó el salario mínimo vigente en ese momento. Calculó que si su sueldo diario sería de 66 pesos con 45 centavos y su gasto de transporte ascendería a 28 pesos, le quedarían 38 pesos con 45 centavos, a los cuales habría que descontar entre 30 y 35 pesos por concepto de una torta y un refresco a la hora de la comida. ¿Era redituable? Claro que no. Trabajaría exclusivamente para pagar el viaje a cuatro choferes del transporte público y apenas comer un pan con jamón y beber un refresco que en poco tiempo afectarían su salud.

Impaciente, la responsable del negocio le informó que la presentaría con el personal para que la capacitara en las diferentes funciones; pero Julia interrumpió al advertirle que no aceptaría el empleo. La mujer encolerizó y aseguró que las personas son holgazanas y no desean trabajar. Expuso que hay muchas fuentes laborales, pero que la gente es irresponsable. Julia le explicó que con el sueldo que le ofrecía, apenas alcanzaría para pagar el transporte diario y una pésima alimentación. Le resultaría menos oneroso quedarse en casa que trabajar en ese lugar establecido en una institución educativa de prestigio.

Julia salió desanimada del centro de copiado. Miró a su alrededor. Descubrió los edificios con las aulas, los pasillos, las áreas verdes, los espacios comunes, donde los jóvenes estudiantes o sus padres pagaban colegiaturas superiores al salario mensual que le ofrecían. Miró a las parejas estudiantiles en la cafetería y entendió que gastaban más en un desayuno que lo que ella percibiría como empleada. Regresó derrotada a su casa con el fólder que contenía la solicitud y sus documentos oficiales.

Hace poco, durante una de mis visitas al centro histórico de Morelia, escuché parte de la conversación de dos comerciantes. Uno solicitó al otro que le recomendara una persona para que se encargara de atender su negocio. El segundo hombre preguntó al primero si requería experiencia o juventud y falta de pericia porque los sueldos, en ambos casos, son muy diferentes. Claro, aceptó el negociante, quisiera experiencia con necesidad para pagar menos. Seguí caminando.

Ante la ausencia de industrias sólidas, abundan en Morelia y otras ciudades de Michoacán establecimientos comerciales y de servicios, atendidos en su mayoría por personas jóvenes o, en su caso, adultos de figura adusta, quienes demuestran inexperiencia o amargura en la desatención a los clientes, distracciones en horarios de trabajo, arrogancia, bullyng laboral e indiferencia.

No pocos comerciantes y prestadores de servicios se quejan por la disminución en las ventas, causadas por diversos factores; pero generalmente no analizan que al pagar tan poco a cambio de horarios laborales extensos, condiciones adversas y falta de prestaciones, el personal tampoco es comprometido, y los resultados se registran todos los días. Las pruebas son evidentes en incontables negocios.

Definitivamente, los salarios que muchos establecimientos comerciales y de servicios ofrecen a sus empleados, como fue el caso de Julia en el centro de copiado de la institución universitaria, resultan insuficientes para vivir dignamente. ¿Será que la gente no desea trabajar o que le resulta incosteable percibir esa clase de ingresos?